Artes

Mapas (Lo que pasa en Vegas); por Wilbert Torre #SamNoEsMiTío

"Mapas (Lo que pasa en Vegas)" es una crónica de Wilbert Torre que forma parte de la compilación "Sam no es mi tío: veinticuatro crónicas migrantes y un sueño americano" (Editores: Diego Fonseca, Aileen El-Kadi; Alfaguara, 2012)

Por Prodavinci | 29 de Junio, 2013
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Sam no es mi tioI

Cuauhtémoc Figueroa viaja con una colección de mapas. Unos del tamaño de un muro, otros como de la página de un libro.

Los mapas son la cartografía de su vida. O de muchas: sin ellos estaría perdido.

Es un viernes de invierno y en la oficina de Cuauhtémoc en Washington D.C. —cubo de cuatro por cuatro, limpieza militar, neón y dos ventanitas que miran a la Casa Blanca— el aire está cargado de urgencia.

Cuauhtémoc está sentado en una silla, junto a una radio que le susurra música ranchera. Afina los adjetivos de los discursos que dará más tarde ante promotores de causas sociales, gente que quiere verbos motivacionales, frases alegóricas, un profeta. Cinco mapas —cinco estados— se disputan el escritorio. Se deslizan por sus manos, van y vienen, se mezclan. Cuauhtémoc los observa como si conociera sus reductos desde siempre y les reconociera los olores: aquí una escuela, allá una clínica, allí ese bar.

Coge un bolígrafo y traza dos círculos sobre un mapa: el mayor cubre el estado de Nevada; el más pequeño, Las Vegas. Lo estudia en silencio: no puedo dejar de pensar que está echando todo a la suerte de sus cartas.

Afuera espera un millonario que no ha encontrado obra filantrópica ni comunitaria mejor donde hundir billetes que el plan de Cuauhtémoc de registrar votantes para darle una segunda oportunidad a un presidente que perdió su carisma. Estamos a la mitad del mandato de Barack Obama, a la vuelta de las elecciones legislativas del 2 de noviembre de 2010, que serán una cachetada para el gobierno demócrata.

Pero eso aún no lo sabemos.

En la radio y por ahora, guitarras, acordeones y un violín murmuran con melancolía.

II

En febrero de 2009 Cuauhtémoc Figueroa se apuntó un revolver de oro con una bala de plata a la sien: decidió volver a reunir el voto hispano para que Barack Obama no sea un presidente de un solo término. Los hispanos fueron clave para ganar las elecciones de 2008, y son tantos que harán ganar muchas de las que vengan. También las harán perder.

Cuauhtémoc tiene 47 años pero aparenta más. Lo aqueja una cojera reciente y ha engordado con el régimen fast food de los viajes. Piel de piñón, la armadura sólida de un novillo y los ojos color almendra, muy vivos. Habla con la serenidad de un maestro viejo y se mueve con el nerviosismo de un adolescente en los laberintos de un videojuego. Dicen que conoce mejor que nadie la geografía latina de Estados Unidos. Como una vendedora antigua de Tupperware, hace años que reúne hispanos de una costa a otra y les vende ideas y sueños.

Uno de los muros de su oficina está presidido por un cuadro donde un Obama fibroso y reposado sonríe con boca de media luna. El afiche es de 2008, cuando era un candidato conmovedor. Es formidable —la imagen se agiganta, se apropia de uno— pero más lo son las decenas de botones de campaña que rodean el marco del cuadro. En los botones se leen frases que alguna vez significaron mucho: “Obámanos unidos”, “Boricuas con Obama” y “Sí se puede”.

Cuauhtémoc fue jefe del voto latino en la campaña de Obama y es un veterano de varias elecciones pero siempre mantuvo distancia con todo. Nunca tuvo apego a los fetiches, lo que significa que jamás había coleccionado botones ni otra memorabilia. Pero en la campaña llevó a Obama a visitar pueblos atestados de latinos y se llenó las manos de pines y chucherías. Los buscaba como busca un sabueso o un famélico. Algo había hecho clic. Para Cuahutémoc, esos botones rodeando la imagen del Presidente de la todavía nación más poderosa del planeta son, más que el trofeo de una batalla ganada, un mapa contra el olvido.

También podrían ser una pista de cuánto se ha perdido en el camino.

III

A los seis años, Cuauhtémoc ya sabía que la política era la eterna reiteración del pasado. Mientras los niños del barrio jugaban al fútbol, él daba de beber agua a unos campesinos reunidos en Blythe, California, la tierra de sus padres. Desde entonces ha permanecido cerca de los hispanos como si esos millones de ciudadanos de segunda, morenos y bajitos, fueran su sino. Él mismo es un mexicoamericano de tercera generación, miembro de un clan de activistas de derechos civiles de los campesinos.

Estudió historia en la Universidad de California en Los Ángeles y luego en Harvard. Su primer empleo fue en el Congreso. Un demócrata liberal, George Brown, que se había opuesto a la invasión de Vietnam, fue su mentor. El tipo tuvo la osadía de meterle en la cabeza la idea de que es posible cambiar a un país más grande que un continente a golpes de convicción. Cuauhtémoc se lo creyó todito. En los últimos años ha escrito un libro que llamará Las aventuras de Kiki y Temo, una fábula sobre un niño y un superhéroe que sólo podría habitar la imaginación de un latino: un gallo de pelea viejo y sabio.

El inicio de Cuauhtémoc en la militancia fue el fin de cualquier futuro profesional para Figueroa. Se dedicaría a organizar a miles de trabajadores en la Asociación Americana de Empleados Estatales, de Condados y Municipales, el mayor sindicato del país. Toda esa formación ecléctica hizo al Cuauhtémoc de hoy, un sujeto atípico, esculpido en varias piedras. Cuauhtémoc es una larga enumeración: propietario del declamado discurso de un organizador social, la audacia de un operador político, la experiencia de un lobo de los sindicatos, el pragmatismo de un empresario y el deseo y la urgencia de ser de un latino contemporáneo.

Cuauhtémoc hizo que diez millones de hispanos votaran por un negro venciendo prejuicios racistas. Movilizó gente en caseríos remotos; encendió a los latinos tocándoles la vena del orgullo; les vendió la idea de que había llegado la hora de salir de los sótanos para ser un grupo de poder. En 2008 fue una especie de Obama latino entregado a conocer las frustraciones de la gente y alimentar sus deseos y esperanzas. Hands down.

Pero las cosas han cambiado mucho. A medio camino de su mandato, Obama no envió al Congreso la prometida reforma migratoria. En esos mismos dos años, su gobierno llevaba deportados más inmigrantes que la administración republicana de George Bush en sus últimos dos. Mucha gente dejó de creerle. Ahora, plantado frente a sus mapas, recorriendo los límites de Nevada con la mirada, Cuauhtémoc medita su misión imposible: si antes debía conquistar las expectativas, ahora debe explicar el fracaso. ¿Cómo se convence al traicionado de renovar la confianza?

—Obama no es un mesías y nada quedará resuelto con un chasquido de sus dedos —me dice Cuauhtémoc en su oficina, la voz alta, la mirada en el cuadro donde el Presidente antes sonriente parece ahora el prisionero de una cárcel de cristal.

El teléfono timbra dos veces. Los mapas desaparecen de la mesa y, mientras se ajusta el nudo de la corbata, me dice que organizar gente, más que un trabajo, es una misión. Que es algo personal, que no puedes cruzarte de brazos y no hacer nada para resolver las injusticias del país.

Me muestra una tira de papel con nombres y teléfonos. En Las Vegas conoció a un negro talentoso de 18 años. Lo preparó. Era uno de muchos a la pesca de una oportunidad. Los números del papel son los contactos que le envió para que se abriera camino. Se le enciende la mirada, vuelve a la carga.

—¿Debería haberlo abandonado a su suerte? —me dice—. Si queremos que este país tenga futuro, tenemos que hacer algo por ellos.

Un minuto después cuelga el teléfono y da una última mirada a las ideas de su libreta. Con ellas intentará convencer al visitante de fuera, el millonario en la sala de espera, de que abra la chequera e invierta miles de dólares en las nuevas generaciones de latinos.

IV

Después de que Obama derrotó a McCain, Cuauhtémoc se embarcó en las aguas de Corpus Christi con Andrés González, un amigo texano. Navegaron en un yate, bebieron cerveza, capturaron peces —los liberaron— y hablaron de negocios. Cuauhtémoc debía tomar una decisión: aceptar un empleo en la Casa Blanca o fundar una empresa. González le propuso crear la primera consultoría hispana de Estados Unidos. “Nadie sabe hablar a los latinos como nosotros”, le dijo, y prometió que tendrían un futuro como asesores de campañas de alcaldes, congresistas y gobernadores de origen hispano.

La empresa se llama Adelante Strategy Group y ya hizo alcalde a un joven hispano de San Antonio, la segunda ciudad de Texas. El plan de Cuauhtémoc ahora es ayudar a darle un nuevo período a Obama trabajando entre el otoño de 2009 y el invierno de 2012. Todo pasa por invadir áreas estratégicas de Florida, Arizona, Colorado, Nuevo México y Nevada, politizar los vecindarios latinos, registrar miles de electores y prepararlos para votar.

En febrero de 2009, Cuauhtémoc desembarcó con Adelante en Las Vegas, su primera estación. Allí los latinos germinaron y germinan como semillas pero son semillas amargas. Para cuando Cuauhtémoc llegó, miles habían perdido sus empleos y otros miles sus casas hipotecadas.

En la primavera, para calentar motores, Cuauhtémoc cerró el bulevar de Las Vegas y reunió a más de diez mil latinos para exigir la reforma migratoria. Harry Reid, líder de la mayoría demócrata en el Senado, hijo de un minero de un pueblo rural sin agua potable a una hora de Las Vegas, se plantó frente a la multitud y bajo un sol suave encomendó su reelección al voto latino.

Cuauhtémoc comenzó a reclutar gente. Convocó reuniones en las escuelas, fue a las iglesias a conversar con las mujeres mayores, se reunió con los jóvenes en sus clubes. Un día de agosto cogió uno de sus mapas —otro más— y trazó un nuevo círculo, que en la realidad resultó ser un área de siete kilómetros cuadrados donde vivía la mitad de los latinos de Las Vegas. Montó su centro de operaciones en la barriada. Era una oficina sin pretensiones en una concurrida plaza comercial, amplia, de paredes altas y huecas y una tímida vista a la calle.

La operación para apuntalar el segundo mandato de Obama se lanzó el sábado 5 de septiembre en la secundaria El Rancho, una escuela de tres mil estudiantes en una zona habitada por gringos, al norte de Las Vegas. Cuauhtémoc dijo que querían registrar diez mil nuevos votantes hispanos —uno de cada siete que no estaban en las listas de electores. Su equipo visitaría los hogares para conversar con los vecinos para, como Obama cuando sus promesas valían, atender sus preocupaciones. Dijo un par de cosas más —llamó a involucrarse, a cambiar las cosas— y luego dio paso a un mariachi. El aire se llenó de rancheras y corridos y los niños comenzaron a correr por el salón y los mayores a comer y a beber y a aplaudir, como si fuera lo que realmente estaban esperando. Un grupo de baile mexicano cerró la jornada. La sala se vació al caer la tarde.

Cuauhtémoc puso al frente de la oficina de Las Vegas a Artie Blanco. Ambos se conocieron más de una década atrás cuando eran asistentes en el Congreso, parte de un grupo de cinco latinos abriéndose paso. Hija de un mexicano y una texana, Artie —una morena en sus treintas, alta, cabello largo con coleta— había organizado las asambleas demócratas en Las Vegas en la elección de 2008. Conocía a todos los líderes de los partidos, las iglesias y los barrios.

Cuauhtémoc tenía una idea clara de cómo prepararían a los jóvenes. En la campaña presidencial había creado los Campos de Entrenamiento Obama. Allí, algunos —los soldados— aprendían a hablar con los vecinos y otros —los sargentos— a capacitar más gente —nueva infantería— en sus ciudades de origen. Cuauhtémoc los motivaba con historias de su infancia.

El sexto de siete hermanos, Cuauhtémoc Figueroa, Temo, nació en el barrio Cuchillo, en Blythe, California, un pueblo del desierto de Sonora habitado por cultivadores de melones y sandías. Su casa era un refugio de campesinos e inmigrantes. Allí el abuelo reunía a los nietos para contarles historias que terminaba con una serie de ideas muy personales sobre la igualdad: no confiar en un patrón, compartir sus cosas con los pobres, jamás ser indiferentes ante una injusticia.

Los padres y tíos de Cuauhtémoc se unieron al legendario César Chávez, el fundador del primer sindicato campesino de Estados Unidos. Los niños acompañaban a Miguel, el padre, a reuniones donde los campesinos describían cómo eran explotados. Con frecuencia asistían estudiantes universitarios. “Si vamos a cambiar el futuro, vamos a necesitar educación”, decía Miguel ante aquellos hombres gastados. Cuauhtémoc siempre creyó que ese tipo de dramas generarían una conexión emocional entre los latinos, incluso en las grandes ciudades.

Ahora, en Las Vegas, su ejército sumaba doce chicos a los que recibió como un motivador profesional, cálido pero riguroso, mirándolos a los ojos, el lugar por donde entran las arengas al cuerpo. “Si encuentran a alguien enojado y les grita, no se rindan, sigan y golpeen la siguiente puerta”, les decía. Y: “Deben estar presentables”. Y luego: “Esto no es un trabajo, es el futuro”. Y más tarde: “Tienen un mensaje que transmitir, no asusten a los vecinos”.

La mayoría eran jóvenes de dieciocho años, egresados de la secundaria. Cuauhtémoc pidió a Artie que fuera una madre para ellos y ella los eligió como lo haría una madre, socorriéndolos. Siempre le pareció que esa docena de apóstoles adolescentes no sabían qué hacer con sus vidas. En alguna medida era así. Allí había albañiles, varios desertores de la escuela, desempleados, migrantes, chicas adolescentes, solteras, con uno o varios hijos.

¿Una infantería de menesterosos?

—De otro modo, estos chicos tal vez no tendrían una segunda oportunidad —me dijo Artie un día al teléfono.

V

Los chicos salieron a la calle por primera vez en septiembre de 2009. La recesión estaba en su momento más crítico. Tenían que ganarse la confianza de los vecinos, así que Cuauhtémoc puso en sus manos números telefónicos y direcciones de empresas que ofrecían plazas vacantes. Eran dulces para gente urgida de trabajo.

Tocaban puertas por la tarde, cuando el sol de Las Vegas se convertía en una pelota naranja tibia. Repartían folletos para trámites de ciudadanía, vacunas gratuitas, festivales para niños y documentos del censo traducidos al español. Pasaron seis meses llevando información a los vecinos, todos los días, hasta abarcar casi doscientas mil casas.

Cinco meses después, Cuauhtémoc decidió que era el momento de empezar a registrar votantes. Politizar a los latinos implicaba que sus chicos fueran capaces de sostener conversaciones sobre economía, salud, educación y reforma migratoria. El proceso comenzaba en cuanto se abría una puerta. Si era una mujer o un hombre joven debían hablarle con sus códigos comunes. A los viejos, tratarlos como a sus madres o abuelos.

Artie trabajaba con denuedo en el equipo, que ya sumaba treinta personas a tiempo completo. Los animaba y mimaba. Tenía especial cuidado con Candy, una adolescente nicaragüense muy tímida. Olía que no acababa de adaptarse al equipo. Candy era linda: tenía el cabello largo y le gustaba llevarlo alborotado. Artie supo que ahí estaba la ganancia.

—M’hija —le decía, acariciándole las hebras azabache— put the hair out of your face. ¡La gente tiene que verte la cara!

Cuauhtémoc se encargaba de preparar el mensaje. Llegaba a toda prisa con el desayuno y, mientras los chicos devoraban doughnuts, conversaba con ellos por separado. Quería toda su atención. Les decía que lo más importante era aprender a escuchar y a leer a la gente. Que no se ocuparan de decirles por quién votar, sino de conversar sobre los asuntos que les interesaban: construir conexiones emocionales. En la calle hay confusión e interpretaciones erróneas, decía. Debían estar alertas para detectarlas.

La oficina se convirtió en una segunda casa para el grupo de jóvenes. Artie se preocupaba por que las mamás tuvieran nanas con quien dejar a sus bebés para ir a trabajar y por que los más nuevos no se extraviaran en una ciudad que desconocían. Les enseñaba a comportarse, les pedía tener conciencia, pensar cada paso. Para que otros crean, les decía, ellos debían creer primero. Usaba su propia historia de ejemplo. Cuando tenía 19 años deseaba estudiar medicina y necesitaba un empleo. Su papá le dijo que viajara a Texas a ver a Gen Green, un congresista que acababa de ser electo.

—¿Por qué me va a dar un empleo si sólo soy una chica mexicana del barrio? —desconfiaba ella.

Just go, hija.

Y Artie fue, y por medio de Green comenzó a trabajar para los demócratas, y con los años llegó a ocupar puestos directivos en la Asociación Nacional de Oficiales Latinos Electos y organizó elecciones en varios estados. Luego vino Cuauhtémoc y con él Obama y, tras él, ese picor que sienten en el cuerpo los que van a ser parte de la historia.

VI

Abril de 2010, la bomba: Arizona aprobaba la ley migratoria más severa del país. Cuauhtémoc y Artie se encerraron en la oficina a discutir qué hacer. Cuando los chicos regresaron de tocar puertas ella les explicó que cualquier persona con apariencia latina podía ser detenida por la policía del estado bajo sospecha de ser un inmigrante indocumentado. Les pedirían sus papeles y si no los tenían, podían arrestarlos.

Los muchachos no lo podían creer.

Are you fucking kidding me? —se enfureció Martín, un ecuatoriano de 21 años.

Un mes después, el tema estaba en los diarios, la radio y la televisión. Había tensión en las calles. La radio era un ring: los conductores liberales defendían a los inmigrantes y los conservadores vociferaban para echarlos a patadas. Pero los vecinos de Las Vegas eran indiferentes. Muchos tenían familiares en Arizona pero habían nacido en Estados Unidos: eran ciudadanos. No los afectaba. Los chicos de Cuauhtémoc se esforzaban: el asunto no era la carta de ciudadanía. Era la cara redonda, los ojos achinados, la piel marrón, el pelo hirsuto.

Era el ADN.

Entonces operaba cierta magia. Los sicólogos lo llaman sentido de pertenencia: la actitud de los vecinos cambiaba, se preocupaban, les hervía una irritación repentina. Era lo que Cuauhtémoc y Artie precisaban: sangre viva, un caldo que podía motivarlos a registrarse, a votar, a creer que las cosas podían cambiar.

En esos días, Reid, el senador demócrata, acompañó a Cuauhtémoc a un mitin con miles de latinos. Les repitió, como en casi toda la campaña, que no ganaría la elección sin ellos.

—Los necesito en las urnas —rogó.

Su desesperación era palpable. Las encuestas decían que los latinos, frustrados con Obama, votarían menos, y que una combinación de electores independientes, blancos y mayores de sesenta años definiría el resultado. Sharron Angle, la rival de Reid por el Tea Party Movement, una excongresista que había sido conductora de un show cristiano de radio, se subió a ese caballo. Inflamó el verbo, culpó a los inmigrantes de buena parte de los males del país. En las semanas previas a la elección, Reid se jugó sus últimas fichas. Al extremo del absurdo, se travistió de improvisado maestro de inglés para hablantes de español. Promovía las clases en la radio y en persona, visitando las casas.

Cuauhtémoc se instaló en Las Vegas los dos meses previos a la elección para apoyarlo. Dormía poco, comía mal. Las últimas semanas entrevistó a cientos de muchachos y contrató a varios para ayudar en el registro de hispanos.

Resultó. El último lunes de septiembre de 2010 organizó una fiesta con sodas y pizzas. En una pizarra blanca, en letras negras, escribió la cifra mágica: 10,023 nuevos votantes latinos, veintitrés más de lo planeado.

Así de corto puede resolverse la historia.

VII

El día de la elección, Artie llegó a la oficina antes del amanecer. Nada más la adrenalina la mantenía en pie. Dos horas después reunió a los muchachos, cuarenta y dos, algunos cabizbajos y tristes. Cuauhtémoc arribó más tarde con pan dulce y café. Antes de que salieran a las calles por última vez para llevar a los vecinos a votar, Artie les dijo cuán orgullosa estaba de su trabajo. Los llevaría en el corazón toda su vida. Algunos pidieron la palabra. Mientras los escuchaba, se le arrasaron los ojos; lloró en silencio. Mamá gallina y sus pollos.

Luego, el país votó.

VIII

Hace algunos años, cuando visitaba a su hermano Alfredo, a Cuauhtémoc le llamó la atención una torre de papel sobre una mesa. Eran cientos de cartas de agradecimiento que Alfredo había recibido durante años en su cubículo de la Universidad de California en Riverside, donde matriculaba latinos.

—Esas cartas no valen un millón de dólares —me dijo la última vez que lo vi en su oficina de Washington  D.C.—. Son vida.

Cuauhtémoc recordó la anécdota días después de que los demócratas fueran derrotados en la elección general. Para su goce, en cambio, los latinos escucharon los ruegos y reeligieron a Reid senador por Nevada por quinta ocasión. En Las Vegas, los hispanos votaron en la misma proporción que en las presidenciales de Obama. En el resto del país la participación latina decayó.

Sonriendo como un niño, me dijo que el caso Reid simbolizaba algo parecido a esas cartas. Algo que iba a perdurar. Como un mapa de ruta, pensé. Para él era un triunfo personal —todos lo son—, una manera de probar que la causa por los latinos tenía sentido. También era una nueva victoria para Adelante, su empresa en pañales, la segunda en menos de dos años.

Antes de irme, Cuauhtémoc se puso de pie y encaró los mapas sobre el muro. Terminado Nevada, quedaban cuatro estados: Florida, Nuevo México, Colorado y la problemática Arizona. Abrió un cuaderno. Allí estaban los nombres de quienes se harían cargo de las oficinas: otro paso hacia la reelección de Obama.

Se inclinó sobre el escritorio, respiró profundo, se rascó la cabeza.

La política volvía al mapa de sus venas.

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