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Leer en el baño es cultura, por Marco Avilés

4 cosas que toda persona culta debe saber antes de bajarse el pantalón

Por Marco Avilés | 29 de Junio, 2013

1. El trasero es como la humanidad y viceversa

La humanidad siempre estará divida en dos. Exacto. Igual que un trasero. Además de las guerras, las ideas políticas y los credos religiosos, otras discrepancias menos obvias crean abismos insalvables entre las personas.

Un gato divide al mundo entre los que aman a esa especie y los que la detestan. La carne crea una barricada entre los que adoran ingerir sangre y los que sólo se alimentan de plantitas. Dios mismo, dudoso instrumento de unión, establece una línea entre los que creen en él y los que no.

En esa infinita lista de bandos y divisiones, inocentes existencias como la sopa, las Mac y las estrellas de fútbol son el germen de discusiones acaloradas, velados odios familiares y prejuicios profesionales (¿en verdad aún usas una PC?).

En el ámbito del aseo personal, los sanitarios demarcan dos países de ciudadanos irreconciliables: por un lado, millones de personas que disfrutan la cotidiana visita al baño y la aprovechan para fines culturales como la lectura; y por otro lado, aquellos que no sólo no leen en Waterloo sino que condenan esta costumbre calificándola de bárbara y poco higiénica. Jamás habrá amor verdadero entre ambas poblaciones.

El debate público sobre la lectura en el baño es considerado de mal gusto, sobre todo cuando brota en medio de una reunión social. Antes de que el lector de Waterloo pueda establecer su defensa (y después de haber sido vapuleado por el bando contrario, como suele ocurrir), escuchará a una damisela o a un correcto caballero proponer: «Mejor pasemos a otro tema». Dadas las circunstancias, la correcta invitación equivale a un contundente: «Ya cállate, cochino. Apestas».

2. Estadísticas en el inodoro

Muchas guerras atávicas han sido encubiertas bajo los asépticos modales de la civilización. El lector de baño es un soldado de sus costumbres y ha de saber que no se encuentra solo en el mundo. Por el contrario, forma parte de una inmensa e invisible comunidad. Si este es su caso, practique usted el siguiente ejercicio. Póngase de pie allí donde se encuentre (en el autobús, en la sala de espera del dentista, en un concurrido restaurante) y repita con voz firme: «Mi nombre es (____ ____) y soy un lector de Waterloo. ¿Quién más está conmigo?».

Si se hace el llamado con firmeza, como un general que alienta a sus huestes, las aguas se dividirán y usted encontrará el apoyo emocional que siempre necesitó. Enfrente hallará nuevos compañeros para toda la vida. Si se exclamaran aquellas líneas en cualquier local público de Bélgica, ocho de cada diez personas se pondrían de pie para afirmar que ellos también leen en el baño y que, por lo tanto, los adversarios representan una triste y aburrida minoría.

3. Dos placeres son mejores que uno

Henry Alford es un columnista del periódico más influyente del mundo, el New York Times, y por supuesto lee en el baño. A comienzos de 2006, redecoró los servicios de su casa y como punto y final instaló 42 libros sobre el tanque del wáter. Seguía un criterio estético pues buscaba que las portadas combinaran con el color del techo y, en conjunto, generasen una buena impresión en los invitados de casa. Todo entra por los ojos.

Cuando hubo terminado y contemplaba su obra, Alford se preguntó qué demonios había hecho. ¿Había un síntoma oculto detrás de esa simple banalidad de hombre culto? El periodista convirtió esta inquietud en un asunto profesional y envió correos electrónicos a 72 amigos suyos pidiéndoles que lo dejaran husmear en sus cuartos de baño en busca de la repuesta. ¿Por qué algunas personas llevan libros al baño y otras no? ¿Qué ideas nos guían cuando ponemos libros en el baño? ¿Son los libros que dejamos allí una reflexión sobre nuestro más profundo ser?

La aparente futilidad de esta interrogante encierra un saber fundamental.

Todo baño ofrece un paréntesis de soledad en un mundo superpoblado y cargado de obligaciones. Entrar en esa habitación es salir por un momento de la vida. El individuo deja fuera a los demás y se queda consigo mismo y sin espías para lo que quiera hacer, ya sea planificar un crimen, soñar un rato con esa chica o hundirse en las páginas y harenes de Las mil y una noches. Pocos encierros ofrecen tal libertad.

En el baño, el niño que sabe mirar más allá de las paredes pronto aprende las reglas del juego. La puerta cerrada de le toilet es un campo de fuerza. Un tabú que ahuyenta. Si estás afuera, golpear o tratar de correr el pestillo es un acto de muy mal gusto. Genera rechazo en la víctima de la intrusión, y cargo de conciencia en el victimario. Los padres se impacientan con los hijos que entran al baño y se demoran en salir: están en una región donde ya no pueden controlarlos. A veces gritan y el niño, desde el interior, disfruta del espectáculo de un adulto que pierde la compostura. Cuando papá o mamá irrumpen usando la llave y su autoridad, sólo descubren a un inocente con los pantalones abajo. Si el pequeño aún no sabe leer, estará absorto con sus juguetes. Si sabe leer, estará encerrado en un libro. Libros y juguetes son ventanas al país de la fantasía. Los padres, por el contrario, son agentes del mundo real. Apúrate, dicen, tienes tareas, una cita con el médico, la cena que se enfría.

En épocas más peligrosas, el baño era un lugar seguro para refugiarse de los censores del conocimiento, esos sustitutos de los padres. «Siendo joven –recordaba el escritor Henry Miller–, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el retrete». Eran inicios del siglo XX, y la lista de autores vedados incluía a muchos que ahora nos parecen adecuados para exhibir en un parque, como D.H. Lawrence o James Joyce. Por aquel entonces, había que devorarlos en cuclillas.

Los baños han hecho tanto por la cultura universal como las bibliotecas. Algunos manuales de educación del siglo XVI y XVII recomendaban a los nobles combatir la bajeza de la evacuación leyendo tratados de filosofía mientras se atendía «el llamado de la naturaleza». La invención del baño privado, en la era de los castillos, impulsó este curioso sistema de educación. Sin embargo, los arqueólogos expertos en la Antigüedad han hallado restos de nutridas bibliotecas en las ruinas de los baños públicos del Imperio Romano. Leer y defecar es un hábito clásico. Pero no es propiedad sólo de los espíritus cultos sino de quienes han aprendido a sumar dos placeres: liberar el cuerpo mientras el espíritu se alimenta, ya sea con un poema, un cuento, un cómic o un delicado aforismo.

¿Dónde está el placer? El novelista francés Georges Perec creía que éste radicaba en una región interior tanto corporal como mental. «Entre el vientre que se alivia y el texto se instaura una relación profunda –escribió–, algo así como una intensa disponibilidad, una receptividad amplificada, una felicidad de lectura: un encuentro entre lo visceral y lo sensitivo». En general, disfrutan leyendo en Waterloo quienes han hallado la manera de unir dos placeres en apariencia irreconciliables. Leer nos crea la ilusión de que somos seres especiales. Cagar nos recuerda que somos simples animales.

4. La función literaria del papel higiénico

La conexión entre el uso del inodoro y la lectura no ha pasado inadvertida para las grandes corporaciones. La fábrica de papel higiénico Scott (la del cachorrito feliz) encargó una encuesta para conocer mejor a su público, y descubrió que dos de cada tres personas que leen en el baño tienen maestrías y doctorados. Es decir, son gente de gustos sofisticados, que han viajado, que tienen buenos trabajos y que saben gastar en placer y cultura. El dato lo recuerda el editor estadounidense Jack Kreismer, quien trabaja en ese nicho comercial desde los años ochenta y publica una serie de textos ad hoc como El libro de baño del Rock and Roll y, por si fuera poco, fundó la Semana Nacional de la Lectura en el Baño, una feria que concentra editoriales y lectores especializados. Toda costumbre gregaria oculta un mercado potencial.

Dicha máxima alimenta la inventiva y emprendedorismo de hombres como Koji Suzuki, un escritor japonés que aterró al mundo con su novela El aro o El anillo, o como se la prefiera traducir, la cual lo volvió célebre entre la comunidad de adictos al miedo. A fines del 2009, Suzuki –que debe ser un gran estudioso de las estadísticas– irrumpió en otro nicho de mercado con la novela Drop (lágrima), un thriller que transcurre en un baño público y que fue pensado para ser leído y usado, capítulo a capítulo, en el retrete.

En el siglo del iPad y de las pantallas, Drop, el primer libro impreso en un rollo de papel higiénico recuerda que la mejor tecnología es la que se hace esperar. Tres años después, los lectores aún no lo esperamos con impaciencia en los baños de Latinoamérica.

***

Marco Avilés es periodista peruano y director del proyecto Cometa

Marco Avilés  Editor y periodista. Es cofundador de Cometa, un proyecto que busca nuevas maneras de acercarse a los lectores. Puedes seguir a Cometa en twitter en @Cometa_C

Comentarios (15)

omar rojas
28 de Octubre, 2012

Divino atículo, gracias por el deleite¡¡¡¡¡

Carlos Cogorno. Cirujano Colorectal
28 de Octubre, 2012

Napoleón al no utilizar adecuadamente el Watercloset le paso su Waterloo. Amigo lector no lea en exceso al evacuar, porqué aunque no pierda una batalla, puede perder el Ano con una Enfermedad Hemorroidaria severa.

maría alvarez
29 de Octubre, 2012

acá se está hablando de libros y una de las piezas más fundamentales en el hogar (físicamente grande o pequeño), también uno de los “amigos íntimos” dispuesto a deslomarse ante su usuario sin solicitar nada a cambio o sea, si en esa hermosa y necesarísima pieza hogareña también usamos la música..siempre a nuestros pies para no decir piernas dobladas en relación a lo que tengo ahora en mi mente así como los accesorios indispensables en el cuarto de baño agregando un comentario algo duro y muy real pero me pregunto si alguien tiene libros que ya le requetesuperfastidian, no ha logrado que algún familiar opte por llevárselos y decide hacer una pila con ellos y usarlos para tener las piernas con mejor postura y dar total facilidad para cuando llega la hora placentera para algunos y dificilona para otros, no es nada criticable…pienso que el cirujano colorectal, don carlos cogorno entiende

carlos
30 de Junio, 2013

Me llamo Carlos, soy de Venezuela, y leo en el Waterloo (risas) De hecho, esa costumbre me ayudó mucho cuando hice mi MBA, ya que debía leer una cantidad enorme de casos para cada clase. Soy uno mas de las Estadísticas!

felipe uzcátegui
30 de Junio, 2013

Siempre he sido un lector del water,no es cualquier libro es ( La biblia ), porque ella, es ese mundo de soledad siento la necesidad espiritual,de counicarme, con proverbios salomónico,los salmos, los hechos de los apostoles…son de una manera muy reflexiva y laxerantes, me permite levitar, en ese lugar sagrado de lectura y espiritualidad…hasta esecribir en lirica…” Deseao defecar…”,escudriñir mi prosa, es para mi que cada verso o estrofa, es un deleite de mis estrañas que suavizan, mi duodeno espandiendo el aro muscular al dejar caer el pozo el fin escremental de los decechos triturados para escurrirce en el mundo final de la felicidada y tranquilidad estomal…

ibrahim pazos
30 de Junio, 2013

El water es mejor sitio para leer y meditar.leer en el acto de evacuar es el mejor tratamiento contra hemorroides.no estas apurado y no necesitas pujar

Oswaldo Aiffil
30 de Junio, 2013

Nunca me ha gustado esa costumbre que considero antihigiénica, pero he de confesar que una vez entré al baño de un amigo y sobre el wc había un ejemplar de lujo de “La Ilíada”. Lo miré de reojo y no me atreví a tocarlo. Me senté a lo que iba pero no pude resistir la tentación y lo tomé, lo abrí y estuve leyendo mientras bajaba de peso. El libro era, como me imaginaba, hermoso, tanto que pasé más del tiempo previsto, perdido entre sus textos e ilustraciones.

Karen Colmenares. Ginecobstetra – Fertilidad
1 de Julio, 2013

Excelente articulo… “liberar el cuerpo mientras el espíritu se alimenta” Pero cuidado.. atentos a la sugerencia de Cogorno.

jorge delgado
2 de Julio, 2013

Sin duda es lo mas placentero y educativo. Una buena lectura alimenta el espíritu y la mente. Si hay diarrea sugiero leer reportes de economía y proyecciones de Giordani, de inmediato se “cerrará”, caso contrario, al leer las diarreas y declaraciones de nuestro presidente, evacuará sin molestia ni problemas.

Hector Escalona
3 de Julio, 2013

Es un artículo para leerlo en el baño, y esto puedo decir es todo un elogio de alguien que es del club más escondido, además que instructivo leer relaja y hace mas fácil ¨laborar¨ como decían antes, sin embargo he de decir que tiene un dos efectos contraproducentes el primero es el de las hemorroides ya que según estudios realizados la gente tiende a quedarse más tiempo en el baño cuando lee y puja inconscientemente por más tiempo a pesar de haber terminado, y dos, que se forme una asociación entre ambos actos y no se pueda ir al baño si no se tiene algo que leer, y no siempre se tiene algo a mano, a menos que la sepas leer como las gitanas

Keylor Madrigal
8 de Julio, 2013

El tema exacto para tocarse durante una reunión de los Amish

ahorro energetico
9 de Julio, 2013

Leer en el baño es cultura, por Marco Avilés « Prodavinci, me ha parecido muy genail, me hubiera gustado que fuese más amplio pero ya saeis si lo bueno es breve es dos veces bueno. Enhorabuena por vuestra web. Besotes.

Edgar
9 de Julio, 2013

¿Leer en el baño? no sé si tengas problemas de estreñimiento (o si alguno de por aquí los tenga) pero cuando yo voy al baño no tardo mas de 5 minutos, lo único que da tiempo de leer en ese momento son las instrucciones de algún botellón de champú. Quizá en diferentes puntos del globo si tengan por costumbre leer hasta en el W.C. (o como le quieras decir) Pero concuerdo con Oswaldo al creer esto un tanto atihigiénico, y un tanto tonto por su parte por haber tomado el libro que encontro allí, ya se he de suponer (quizá no sea el caso) que, todos los lectores de ese libro no han de lavarse las manos para usarlo y después de usarlo (a menos que sean una especie de slenderman para llegar al lavabo y asearse como es debido antes del uso de cosas comunitarias.) Un saludo.

Tibisay Ravelo
26 de Agosto, 2013

!Fabuloso! Mi caso lo disfuto mucho:todos los dìas a la misma hora, a veces me devuelvo si no hay tan siquiera una factura de la farmacia para leer…mi colmo ha sido tener un diccionario, planes de gobierno de distintos candidatos, boleta escolar, informes de gerentes…Rayuela, El Aleph…todos mis momentos de reflexión, nunca han sido en total soledad.

Yoyoyo
9 de Abril, 2014

Yo leí esto en el baño! ;)

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