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Artes

Malditos periodistas, por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 27 de Junio, 2013
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Oscar Wilde escribió alguna vez aquello de “el periodismo es ilegible y la literatura no se lee” y, humor aparte, reveló el desprecio que numerosos escritores han sentido por sus colegas (¿contrapartes?) dedicados a difundir información. Ya Baudelaire había dicho que no entendía cómo una mano sensible podría tomar un periódico “sin estremecerse de disgusto”. Auden, Handke, Woolf, Kierkegaard, mil más, han dejado sentencias tonantes contra el periodismo y quienes lo practican, aforismos que a veces son prejuiciosos, a veces acertados y otras, simplemente, síntomas de una suerte de clasismo arrogante.

La prensa escrita, pues, ha debido cargar a lo largo de los años con un papel de hermano tonto, sensacionalista y poco dotado que es, en rigor, injusto. Sin las “corresponsalías” de Hemingway o el empleo de Kipling en una redacción, sus universos literarios serían más pobres. Y más allá de casos particulares, es muy defendible la idea de que el discurso periodístico ha desarrollado herramientas y abierto espacios para la creación literaria y la ha influenciado tanto o más que otra larga serie de disciplinas y fenómenos. Sin las “crónicas de sucesos” decimonónicas no se entendería a Balzac, Zola o Dostoievski; sin la nota policial sería imposible pensar en la “novela negra” de Hammett, Chandler, Thompson y Cain (y, desde luego, en algunas obras cardinales de Capote o Mailer). El propio Proust no leyó en vano las secciones de sociales (y su prosa lo registra, con plena ironía) y por ello fue rebajado por algunos críticos a “mero periodista”. Pero ¿acaso los escritos de autores tan disímiles como Tom Wolfe, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Ryszard Kapuscinski, John Lee Anderson o Robert D. Kaplan no son tan capaces de problematizar la realidad y sus infinitos matices por medio del lenguaje como las obras de los narradores, ensayistas o poetas?

En lengua española hay dos géneros en el que el periodismo ha resultado motor y combustible de las letras: la crónica y el articulismo. Roberto Arlt, Rodolfo Walsh, el propio García Márquez, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Ibargüengoitia, Monsiváis, Tomás Eloy Martínez, Martín Caparrós, Juan Villoro, Alma Guillermoprieto, o, ahora mismo, Diego Osorno y algunos otros en nuestro país, así como el núcleo de narradores iberoamericanos de “no ficción” agrupados en torno a la espléndida revista Etiqueta Negra son ejemplos de ello.

Es cierto que gran parte del periodismo es pasajero y superficial (y por ello, prescindible), y que la buena prosa no abunda en él, sino que es escasa como el plutonio. Es cierto también que la crisis por la que pasan los medios ha convencido a muchos de sus empresarios de empobrecer los contenidos y sacrificarlos aún más a la inmediatez y la frivolidad. Pero la era digital también ha puesto en crisis a las letras.

No hay terreno firme al cual escapar. Y quienes escriben, desde una u otra orilla, tienen ante sí el mismo problema de toda la vida: intentar que sus textos sirvan de algo a los demás o resignarse, interesadamente, a que sólo le sirvan a ellos mismos.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

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