Artes

Colombia y los caballos, por Héctor Abad Faciolince

Por Héctor Abad Faciolince | 27 de Junio, 2013

caballo colombiano texto

Tal vez el día más feliz de mi infancia lo tuve la mañana en que mi papá me tenía de sorpresa un caballo de regalo.

Casi desde antes de saber caminar yo había aprendido a montar por necesidad, para poder llegar a la finca del abuelo, que no tenía carretera y quedaba aislada en unas montañas casi inaccesibles.

El caballo del regalo lo tuve hasta el final de la adolescencia y fue siempre un compañero fiel que le hizo honor a su nombre: Amigo. Hace dos años, en la presentación del libro Desarraigo, un testimonio sobre el padre —asesinado por la guerrilla—, de Eduardo Peláez Vallejo, se me acercó una persona a quien yo no conocía, Juan Luis Restrepo, y me preguntó si quería una yegua, regalada. Sorprendido y agradecido, yo le recibí la yegua, que es fina, de un paso muy suave, aunque más bien difícil de montar, por lo briosa, así que en vez de montarla yo, la hice montar por un caballo que… más abajo les cuento.

Antes debo decir que el mismo autor del libro mencionado, Eduardo Peláez, una especie de hidalgo de El Retiro (ni mafioso, ni político, ni terrateniente y ni siquiera muy rico), hombre poco dado al trabajo y más bien volcado a la ensoñación, acaba de publicar otro libro (mezcla de memoria, novela y tratado) en prosa muy cuidada, y muy raro. Su rareza se debe a que en él se ocupa de una pasión extraña: los caballos de paso fino colombiano. Un libro así habría parecido más normal en el siglo XIX, al lado de esa otra novela colombiana sobre caballos, El Moro, de José Manuel Marroquín, o hace cien años, al lado de Platero y yo, el lírico ensueño de Juan Ramón y su borrico, pero nos llega apenas ahora, un poco anacrónico, y quizá por eso mismo más encantador: Este caballero a caballo.

La pasión colombiana, y más aún, antioqueña, por los caballos no se entiende bien si no se recuerda cómo nos movíamos por aquí hasta hace pocos años. Durante siglos la parte montañosa de este país (no la más extensa, pero sí la más poblada) podía recorrerse sólo a pie o a lomo de bestia. En estas breñas jamás hubo carreteras aptas para las diligencias o las carrozas, y el transporte y el comercio siempre se hicieron a pie, o mejor, en mulas o a caballo, por escarpados y estrechos caminos de herradura. Los caballos no eran un privilegio de señoritos: hasta los campesinos más pobres tenían un táparo (no está en la RAE: caballo ordinario) para poder moverse.

Creo que por esto, sin que lo supiéramos, hacía falta un libro así, que contara desde adentro esta pasión nacional, que quizá se haya vuelto antipática a causa de terratenientes, mafiosos y políticos, pero que se mantiene como un gusto muy arraigado en nuestra cultura rural. Eduardo Peláez, que por intuición y por azar llegó a criar uno de los mejores caballos colombianos, logra tejer una historia que no sabemos bien cómo funciona, pero que avanza bien, al ritmo suave y elegante de un caballo de paso fino. Sin que nos demos cuenta, en su relato de bestias se meten también los humanos (mafiosos conocidos, criadores respetables o menos respetables, montadores bondadosos o malévolos), con su violencia, su viveza, su locura, su maldad e incluso, algunas veces, su bondad.

En la literatura de antes abundaban los caballos (Babieca, Rocinante, Bucéfalo), pero ahora parecía ser la hora de los aviones, los buses, los metros o los carros. Y no: del tema más insólito podía sacarse un buen libro, evocador y nostálgico. Y así llego al caballo que, hace 11 meses, montó a la yegua que me regalaron. Se llama El As y es un caballo indomable, hijo del padrón más famoso de Eduardo Peláez. La semana pasada nació la cría, un macho, y en honor a la memoria le di este viejo nombre: Amigo. Peláez, aunque le presenté el libro, no me regaló el salto: El As le había tumbado un diente al mamporrero, de una patada, y él tenía que pagar la cuenta del dentista: mi salto.

Héctor Abad Faciolince 

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