Artes

Museos estrambóticos

Por Prodavinci | 1 de junio, 2013
bandolero texto

Museo del Bandolero, España

Fragmento de un artículo publicado en El Mundo 

Italia

Italia, país con un inmenso patrimonio artístico y cultural, está también muy bien nutrida de museos estrambóticos. La prueba es que la página web www.insolitimusei.com recoge hasta 104 museos extravagantes o curiosos clasificados en nueve categorías.

Hay joyas como el Templo de la Canción Italiana, un museo nacido de la obsesión de un Erio Tripodi, un cantante melódico italiano que fue amigo de María Callas, de Frank Sinatra y Grace Kelly y que ha dejado para la posteridad en la localidad de Imperia una imponente colección que reúne todo tipo de objetos relacionados con su particular melomanía: grabaciones, discos, partituras, fotos, fonógrafos, micrófonos, juke-box, instrumentos musicales…

O el Museo de las Ánimas del Purgatorio de Roma, hijo de un sacerdote llamado Vittore Jouet que en 1897 vio en una pared incendiada una mancha que parecía reflejar un rostro en pena y que, convencido de aque se trataba del alma de un difunto en el purgatorio, se decidó a buscar por toda Europa apariciones de ese tipo, llegando a reunir una colección de objetos ‘tocados’ por las almas de los difuntos.

Por haber, en Italia hay también un museo dedicado a los cromos. Se encuentra en Modena y se nutre de los cientos de miles de estampitas de colores que juntó un desaforado colecciónista de cromos: Giuseppe Panini, quien en 1961 junto con sus hermanos fundó la famosa compañía Panini, que como no podía ser de otra manera se dedica a los cromos y que es especialmente famosa por sus cromos de fútbol.

Pero la lista de museos estrambóticos italianos es interminable: en Treviso hay un museo dedicado al calzado deportivo, en Trieste está el museo del viento, en Roma hay un Museo Internacional de Belenes (con 3.000 piezas procedentes de decenas de países), en Milán hay un Museo de hojas de afeitar, en Barolo (la localidad del Piamonte de la que toma su nombre el famoso vino) hay un museo de sacacorchos, en Ferentillo (en Terni) hay museo de momias, en Parma no podía faltar el museo del jamón de Parma ni el del queso parmigiano, en San Maurizio d’Opaglio (en Novara) está el museo del grifo… Y así hasta 104.

España

Aunque el pillaje no es bien recibido en un museo, en éste de Ronga (Málaga) es marca de la casa. El Museo del Bandolero, tanto en su faceta más violenta como en la de luchador, repasa esta parcela de la memoria histórica, como un legado cultural en los pueblos españoles y en concreto de Andalucía.

Alicante dedica en Castell de Guadalest un espacio al arte de la buena mesa…con saleros y pimenteros de excepción. Este museo exhibe una colección de 22.000 piezas del siglo XIX hasta la actualidad.

Para los aficionados a la gastronomía existe en Navarra un espacio hecho a su medida: el Museo de la Trufa. El visitante puede conocer de la mano de expertos su historia, variedades, ciclo biológico y propiedades culinarias. Y los más curiosos, presenciar cómo se adiestra a los perros en la caza.

Y hasta una de las actividades más íntimas del ser humano tiene su propio espacio del arte. Ciudad Rodrigo, Salamanca, dedica desde el año 2006 un museo a los orinales, que atesora unas 1.320 piezas. Es el legado que dejó José María del Arco , quien durante décadas fue coleccionando orinales de hombre, de mujer, de viaje, nuevos o usados, desde el siglo XIII al XX y con todo tipo de formas y tamaños.

Francia

París tampoco se queda atrás en la lista de ciudades con los museos más raros del mundo. Hay algunos como el Musée Lenine, el Bricard de la Cerrajería o el Pierre Fauchard de Arte Dental, que cerraron sus puertas definitivamente hace pocos años por falta de público; aunque la colección de arte flamenco, prótesis dentales y antiguo material odontológico del segundo se conserva en los archivos de los Hospitales de París y puede consultarse rellenando varios formularios.

Otros, como el de la Bouillotte, han optado por volverse digitales y solicitan, a través de su web, un mecenas que esté dispuesto a albergar en sus instalaciones esos cientos de termos de acero, calentadores de estaño y bolsas de agua caliente que han acumulado a lo largo de los últimos lustros.

Pero la mayoría permanecen abiertos, aunque conviene informarse previamente sobre sus días de apertura, ya que tienen horarios estrafalarios o bien sólo reciben con cita previa.

El Musée de la Contrefaçon, por ejemplo, ocupa un espacio en la sede de la Unión de Fabricantes y es, con sus más de 350 piezas falsificadas, un símbolo de la lucha por la protección internacional de la propiedad intelectual. Aquí pueden verse desde bronces de Rodin hasta relojes, prendas textiles o perfumes de marca, cuyos originales se exhiben al lado de sus burdas copias. Un didáctico aviso contra el top manta.

Otra joya es el Musée Fragonard d’Alfort, que no guarda la menor relación con la histórica casa perfumista de Grasse —la cual tiene su propio museo parisino en la rue Scribe—, sino que atesora, en los locales de la Escuela Nacional de Veterinaria de Maisons-Alfort (un suburbio de París), el gabinete de curiosidades del profesor de anatomía decimonónico Honoré de Fragonard: un santuario de los esqueletos, la casquería en formol y la taxidermia que no dejará a nadie indiferente.

Además, la ciudad del Sena puede presumir de ser quizá la única en contar con dos museos dedicados a las obediencias masónicas, como son el Museo de la Francmasonería que gestiona el Gran Oriente de Francia o el de la Gran Logia, sito en las oficinas centrales de la Gran Logia de Francia.

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Puede leer el texto completo aquí.

Prodavinci 

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