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Una de espías, por Martín Caparrós.

Por Martín Caparrós | 14 de Mayo, 2013

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Un oficial de inteligencia de la Policía Federal Argentina se pasó estos diez últimos años infiltrado en la Agencia de Prensa Rodolfo Walsh, un grupo de periodistas dedicados a difundir las actividades de los grupos más críticos. La agencia tenía la confianza de todos esos militantes: al trabajar allí, el botón conseguía la mejor información sobre las actividades de la izquierda argentina.

Lo descubrieron, por fin, sus propios compañeros, que al principio no podían creer que Américo Alejandro Balbuena, el tipo con el que habían compartido tantas cosas, no era ése que decía que era sino uno que se había pasado todos estos años trabajando para sus enemigos, traicionándolos, cagándolos.

Hay que ser una persona muy particular para poder pasarse diez años engañando a las personas con las que uno se pasa la vida, diez años diciendo todo el tiempo lo contrario de lo que se piensa, diez años actuando, truchándose quince horas por día. Y es horrible, del otro lado, descubrir que alguien no es lo que uno creía, que no es lo que había dicho. Hay pocas formas de sentirse más engañado: por un amor, un amigo, un proyecto. Es horrible descubrir que un gobierno, un proyecto político no son lo que habían dicho.

En cuanto se hizo pública la denuncia del espionaje de Balbuena, la ministra de Seguridad Nilda Garré lanzó un comunicado que dice que “requirió un informe urgente al jefe de la Policía Federal sobre las tareas que desempeñaba Américo Alejandro Balbuena y sobre otros efectivos del área de reunión de información; resolvió iniciar una investigación sumaria y pasar a disponibilidad preventiva a personal de inteligencia de la Policía Federal Argentina, para contribuir a esclarecer si las tareas que realizaba están comprendidas o no dentro de las funciones asignadas a la fuerza por la ley de Inteligencia”.

La hipótesis de que la ministra no supiera que sus hombres estaban espiando a esas organizaciones de izquierda es risible o patética. Risible: parece más bien una mentira de ocasión, berreta, ofensiva. Patética: si se lo creemos es peor. ¿Está diciendo que en la Policía Federal hay grupos que espían por su cuenta, mano de obra autónoma que trabaja para vaya a saber quién? ¿Está diciendo que el gobierno no controla – no sabe – lo que hacen sus fuerzas armadas? En cualquiera de los dos casos – si no sabía, si sabía y mintió – por inútil o por mentirosa, debería irse a su casa.

Pero eso importa poco. Con Garré o sin Garré, lo preocupante es que el gobierno argentino sigue demostrando su voluntad creciente de reprimir: palos, tiros, amenazas, espionaje. Por supuesto que no es el único: sus oponentes, como Mauricio Macri, también lo hacen. Pero ese intento de exculparse diciendo que el otro hace lo mismo ya era pobre en la primaria. Mal de muchos, solíamos decir.

Y el caso Balbuena no acepta un consuelo de tontos. Es gravísimo: espionaje del mejor estilo dictadura. Aunque los grandes medios no le hacen mucho caso: a quién le importa si botonean a unos zurditos. El gobierno tampoco: fuera de ese comunicado inverosímil de Garré, nadie salió a hacerse cargo del asunto.

Los voceros kirchneristas, tan vocingleros otras veces, ahora silban bajito. Debe ser difícil. Frente a estas evidencias, los que alguna vez eligieron – por las razones que sean, más o menos defendibles – seguir al kirchnerismo se atrincheran, redoblan sus medidas de seguridad o de ceguera. Sus gobiernos, nacionales y provinciales, han matado manifestantes, promulgado leyes represivas como la “Antiterrorista”, sostenido módulos de espionaje como el Proyecto X, torturado en cárceles y comisarías, asesinado a cientos de pibes con sus policías de gatillo tan fácil. Y siguen, mientras tanto, diciendo que son populares, progresistas, democráticos, todas esas cosas. Y sigue habiendo gente que quiere creerles. Debe ser cada vez más laborioso.

Dejenlo, muchachos. No hay guita ni ilusión que valgan tanto engaño.

Martín Caparrós 

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