Arte

Un bastidor, un perro y una corte (II), por William Ospina.

Por William Ospina | 14 de Mayo, 2013
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Ospina - Velazquez - Las Meninas TXTO

(Monólogo del rey Felipe IV sobre “Las Meninas” de Velásquez)

No le ha bastado a Velásquez con pretender que los perros tienen la misma dignidad que los humanos, ni que los criados y los bufones tienen la misma o mayor importancia que los nobles: con todo el espacio disponible, ha dedicado a la corte la mitad inferior del cuadro, y ha dejado en la mitad superior el espacio prácticamente vacío.

No lo hace para que se piense que no tiene destreza en el manejo de la composición, pues la verdad es que el cuadro se siente asombrosamente equilibrado y armonioso, sino para que esa sala en penumbras donde se insinúan apenas lámparas y cuadros colgados, haga sentir a todos que la realeza es sólo una parte de la realidad, una parte que podría, ¿cómo decirlo?, arrinconarse.

El espacio no sólo pesa con sus penumbras y sus misterios sobre los personajes del cuadro, sino que los disminuye y los hace contingentes; ya hemos visto que en el salón que ocupan son de pronto algo improvisado y no definitivo, algo que intenta acomodarse y no algo establecido.

Las peores ideas regicidas palpitan en esa fórmula extravagante: cosas inconexas y sacrílegas, el orden del mundo parece desquiciarse, lo absoluto se vuelve relativo y lo establecido se vuelve provisional; pero como todo está enmascarado de armonía y belleza, de equilibrio cromático y estabilidad geométrica, esos pálpitos insidiosos se infiltran en la conciencia y empiezan a circular como si fueran moneda de buena ley.

Aprovechando la circunstancia del nacimiento de nuestro nuevo príncipe, y que la infanta Margarita haya perdido su condición de heredera al trono, Velázquez llevó más lejos su insolencia, y ha decidido cambiar la estructura del cuadro: destinar todo el lado izquierdo de la tela a pintarse a sí mismo. Y no es como pintor que se ha pintado, con el pincel aplicado a trazar y colorear la tela, sino como filósofo: ahí está, pensativo, con el pincel en el aire, examinando todo, preparando en su mente lo que después ha de pasar al lienzo. ¡Ahora resulta que el pintor tiene derecho a aparecer en la obra de arte, que el pintor es tema de la obra de arte, y tiene tanta importancia como los nobles a los que debe pintar! Esto podría llevar a consecuencias muy desagradables.

Yo al comienzo lo acepté pensando que era una curiosidad interesante, como cuando un bufón hace una pirueta novedosa o pronuncia una frase insolente pero ingeniosa. Me pareció que le daba al cuadro un aire nuevo, un valor inédito; pero ahora comprendo que esto animaría a los artistas a sentir que no son fieles servidores de las potestades que los patrocinan sino que pueden ser incluso el tema mismo de sus cuadros. ¡Hasta podría animarlos a convertir su oficio de artistas en el tema del arte, contrariando la tradición de estar sujetos a los órdenes verdaderos de la sociedad y del mundo!

Y no estaría llegando yo a esta conclusión si no fuera porque Velázquez ha llevado su desafío hasta la insolencia. Si se hubiera limitado a pintarse a sí mismo, podríamos atribuirlo sólo a vanidad del artífice. Se abre camino la tendencia de los artistas a pintarse a sí mismos, como queriendo emanciparse de las normas de la tradición acerca de lo superior y lo inferior, de lo estético y lo ordinario. Pero cuando se incluían a sí mismos en obras de ámbito social, al menos disimulaban esa vanidad, como Rafael cuando se pintó en el fresco de la Escuela de Atenas representando a un sabio de la antigüedad, del mismo modo que había puesto a Leonardo en el lugar de Platón y a Miguel Ángel en el lugar de Heráclito. Pues no: aquí Velázquez representa a Velázquez, ¡en una tela sobre la corte española! Mañana pretenderán que son ellos los reyes.

Sin embargo ninguna de estas cosas me habría movido a ordenar su arresto. Lo que ha llenado mi paciencia y me ha alarmado hasta el límite es que esté intentando romper con el antiguo sentido de la belleza y del orden del mundo. ¿Qué creen que hizo finalmente en este cuadro que pretendía ser una hermosa y ordenada escena de corte? No sólo se ha pintado a sí mismo, sino que ha pintado el lienzo que tiene frente a él. Es decir, ha puesto en primer plano algo peor que los bufones y el perro, ha puesto el bastidor de su cuadro ¡visto por detrás! ¡Como si de pronto quisiera hacernos sentir que su propio taller en desorden, que el envés de sus telas, con el armazón de madera y hasta la capa de polvo, puede ser un objeto de contemplación del arte, tan importante, o quizás, óigase bien, acaso más importante, que la princesa del centro del cuadro o que los reyes del espejo del fondo!

¡Un bastidor visto por detrás en el primer plano de una pintura! La improvisación antes que la composición, el boceto antes que la obra terminada, la confusión de todo antes que la claridad de las jerarquías, los animales antes que los seres humanos y hasta las cosas antes que los seres vivos. ¿No hay aquí algo diabólico? ¿No estamos ante la irrupción de un desorden maligno? Velázquez no puede ignorar lo que ha hecho, está transgrediendo de un modo demasiado consciente los principios de la autoridad, contrariando los cánones de la belleza, socavando con su destreza diabólica todo lo consagrado para darle paso a inimaginables formas del desorden y de la insurrección.

Si permitimos esto, un día no sabremos qué es la autoridad, qué es el deber, qué es el orden, y hasta nos mostrarán como belleza quién sabe qué frutos del caos y qué formas de la locura. ¡Que se muera en prisión!

***

LEA TAMBIÉN Un bastidor, un perro y una corte (I).

 

William Ospina  es un poeta, ensayista y novelista colombiano. Entre sus obras se encuentra la novela "El País de la Canela" (2008, La Otra Orilla) y el libro de ensayos "Los nuevos centros de la esfera" (2001, Aguilar). Ganador del Premio de Novela Rómulo Gallegos (2009) Colaborador del diario El Espectador

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