Cultura

Pedrito Martínez y su buena vibra, por Leopoldo Tablante

Por Leopoldo Tablante | 12 de Mayo, 2013
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Pedro Martínez texto

Sobre el escenario, el percusionista y cantante Pedrito Martínez parece un latino asimilado a la vida americana que, sin embargo, porta los valores del afrocubanismo que venera y que le ha permitido triunfar. Santero hijo de Eleguá (el Santo Niño de Atocha en el sincretismo afrocubano), oriundo de Cayo Hueso, un barrio céntrico de La Habana, Pedrito llegó a Estados Unidos en julio de 1998 y ha tenido la fortuna de consolidar una reputación rápida y sólida, no sólo entre los cultores y aficionados a su propia tradición musical sino entre músicos de jazz y de pop. Es amigo personal y colega de MeShell Ndegeocello, la revelación de la fusión jazz/hip-hop/R&B de los años noventa, gran esperanza comercial del sello Maverick, fundado por Madonna, quien, después de su segundo disco, Peace Beyond Passion, se replegó en una de las experimentaciones más intimistas, enigmáticas e intrigantes de la música afroamericana. Ha acompañado también a Bill Summers, el percusionista que le puso los colores africanos y afrocubanos a la legendaria banda de jazz-fussion de Herbie Hancock, The Headhunters, y quien se ha codeado con todos los grandes, incluyendo Quincy Jones y su pupilo Michael Jackson, y le ha metido la palma a los combos de grandes como Joe Lovano, Eddie Palmieri o Sting. En suma, ha castigado o acariciado sus tumbadoras colándose con gracia entre los esnobismos más abrasivos del mundo del espectáculo.

Cuando toca con su conjunto (cuatro gatos que son cuatro virtuosos de sus respectivas esquinas: la cantante y pianista cubana Ariacne Trujillo, el bajista venezolano Álvaro Benavides y el bongosero y campanero de origen peruano Jhair Sala), la propuesta musical de Pedrito destaca por su modestia y por su apertura. En su repertorio sobresale la música con la que creció en La Habana, pero también líneas escondidas de baladas latinoamericanas (una famosa canción del grupo, “La luna”, incorpora frases de “Procuro olvidarte”, la balada compuesta por los españoles Manuel Alejandro y Ana Magdalena, éxito del nicaragüense Hernaldo Zúñiga, del venezolano Pecos Kanvas y de muchos otros cantantes románticos). Su grupo parece una banda casera que, cuando ataca, le saca la mugre a sus pocas texturas. Nada de vientos metales estridentes ni de actitudes más grandes que la vida, a lo Joe Arroyo o Héctor Lavoe. El sonido del grupo se levanta desde casi nada y eso es justamente lo que importa.

Desde 2004, el percusionista ha tenido su base de operaciones en el restaurante Guantanamera, ubicado en el número 939 de la octava avenida, entre las calles oeste 55 y 56 de la isla de Manhattan, en Nueva York, un bar estrecho que no fue concebido para bailadores acrobáticos y bien vestidos, que apenas ofrece espacio para circular. Colegas venezolanos, como el pianista Gonzalo Grau y el guitarrista Aquiles Báez (quien alternó con Pedrito en la película Calle 54, de Fernando Trueba), son habitués del negocio. A pesar del pequeño formato, Pedrito y su combo han hecho del establecimiento un punto de referencia para una concurrencia híbrida que involucra tanto a antillanos pachangueros como a músicos conquistados por la fusión y que resbalan entre el cante andaluz, el pop, la clave y el borrón armónico del jazz modal. A menudo, Pedrito y sus secuaces, aparte de como músicos, son los líderes de una tierra de asilo que acoge a instrumentistas espontáneos que, luego de pagar su mojito a once dólares, se montan sobre la tarima  para mostrar el producto de sus reflejos.

En ocasiones se presenta vestido de blanco estricto, en hábito de santero; en otras, se viste con jeans rectos, de costuras labradas en hilos de colores cosidos en relieve y con bolsillos cubiertos, gorra de béisbol y camiseta ceñida que revela una anatomía en forma. A sus casi cuarenta años, el conguero es una especie de Daddy Yankee, en la línea pero sin malas intenciones, que parece tener una relación simbiótica y casi líquida con el cuero seco de sus tambores. Su éxito no proviene de la cultura del fuego y la intimidación de la salsa o de su sucesor digital, el reggaetón, sino de un tacto rítmico que se alía a una sonrisa amplia, cordial y tenaz, incluso en momentos de tensión. Cuando habla de su trabajo —siempre escuchando con paciencia—, insiste en hablar en primera persona del plural. Ofrece detalles. No da su fama por sentado.

El ritmo de Pedrito, pulido por una presencia escénica serena y alegre, se abre a otras intuiciones rítmicas. Su disco más conocido hasta la fecha, Rumba de la isla, es una fusión con flamenco en homenaje a Camarón de la Isla, producido por Nat Chediak para su sello Calle 54, el mismo productor de la película Calle 54, y quien editó la banda sonora de la película en dibujos animados del 2010 Chico y Rita, también de Fernando Trueba, en la que Pedrito participó. Esta entrevista fue hecha justo antes de que partiera a Estambul, Turquía, para participar en el Festival de Jazz. ¿Sus compañeros de viaje? Rubén Blades, Esperanza Spalding, Herbie Hancock, Branford Marsalis, Eddie Palmieri, Diane Reeves y Wayne Shorter, entre muchos otros «animales», como él los llama. También se adelanta al lanzamiento de su próximo disco, previsto para el venidero octubre, ya grabado pero todavía sin título.

— Los músicos flamencos son escrupulosos con su arte y los flamencos lo adoran, ¿por qué?

— Debe ser por la coincidencia. En 2000 fui uno de los músicos participantes en el documental Calle 54, de Fernando Trueba. En esa ocasión entré en contacto con el productor Nat Chediak. En Calle 54 toqué con Andy González, Orlando «Puntilla» Ríos y Carlos «Patato» Valdés. Yo estoy al lado de Patato, tocando y cantando. Desde entonces no han parado los trabajos. En los discos que Fernando Trueba y Nat Chediak han producido en Estados Unidos (el de Paquito Hechavarría y el de Isaac Delgado) yo he sido el percusionista. También participé en la banda sonora de Chico y Rita. Ahora tienen pensado lanzar el disco de la cantante afroamericana de R&B Nicky Richards y en ése también voy a participar.

— Llegó a Nueva York en 1998 y ya en 2000 formaba parte del reparto de músicos que figuraban en una película dirigida por el ganador de un premio Oscar. ¿Cómo explica ese despegue?

— Yo creo que todo tiene que ver con la magia de Nueva York. Yo llegué a esta ciudad luego de emigrar vía Canadá. Había venido varias veces a Nueva York porque me invitaban para tocar. Hasta que comenzaron a salir más y más trabajos y aquí me quedé. Si eres músico, en Nueva York no hay manera de escapar de la música. Hay de todo y de lo mejor: jazz, afrolatino, tango argentino, joropo venezolano, bossa nova de Brasil… por supuesto que, antes de llegar, me preguntaba: “¿Podré aguantar? ¿Podré aprender la lengua para seguir aprendiendo música? ¿Podré? ¿Podré?”, lo que se pregunta todo el mundo. Además de que nos cae el gorrión familiar, la nostalgia que crea estar solo. Pero, bueno, tengo que decir que lo que estoy viviendo hoy es una combinación de de sacrificio con suerte.

— ¿Qué le da Nueva York que no le dio La Habana?

— Curiosamente, las dos ciudades tienen una gran semejanza: escuchas música desde que te levantas hasta que te acuestas, igual que Nueva Orleans. Hay ciudades específicas en Estados Unidos que son muy similares a La Habana y una de las que más se parece es Nueva Orleans. El detalle está en que en Nueva York tienes a disposición de todo y en Cuba, debido a la situación política, sólo oyes música cubana. Yo vine de Cuba con un cincuenta por ciento de conocimientos folclóricos y la otra mitad la aprendí aquí. Me encerré a estudiar horas de horas. Prácticamente ni comía.

— Sin embargo, su base musical es el folklore afrocubano.

–Sin duda. Desde pequeño mi vida en La Habana consistió en una rumba de calle relacionada con los toques santos. Cuando llegué a Nueva York visité al fallecido Orlando «Puntilla» Ríos, gran rumbero y tamborero, quien me abrió las puertas de su casa y con quien continué tocando música religiosa. Además, en Nueva York había un lugar que se llamaba La esquina habanera, donde se tocaba rumba todos los domingos. Eso me hizo sentirme como en casa.

— ¿Quiénes son los músicos de tradición afrolatina con los que usted tiene contacto en Nueva York?

— Tengo a mi padrino, Román Díaz, percusionista y la persona que me hizo santo y me enseñó todo cuanto sé de música folklórica. Es una biblioteca ambulante. Lo traje a Nueva York en 1999. Un gran rumbero y un gran compositor. De hecho escribimos una canción juntos para Rumba de la isla. En todos mis discos, con la excepción del primero, él está involucrado.

— ¿Su formación musical formal se la debe completamente a Nueva York?

— Sí. Antes yo ni siquiera podía leer música. Hubo un momento importante, que fue cuando gané el Thelonious Monk International Award de Washington, en 2000. En ese año abrieron una categoría especial para percusión con un jurado integrado por Ray Barreto, Big Black, Cándido Camero, Milton Cardona, Giovanni Hidalgo y Babatunde Olatunji y alcancé el primer lugar. Recibí 10 mil dólares para pagar una escuela de música y 10 mil dólares para gastos personales. Pero con 10 mil dólares si acaso podía estudiar un semestre. Lo que hice entonces fue comenzar a estudiar con profesores particulares de diferentes especialidades: bajo, armonía, composición… Aprendí a tocar percusión con mucha gente, nunca me casé con una sola persona. Eso no sólo me dio una educación formal, sino que me permitió familiarizarme con otros estilos.

— ¿Qué diferencia hay entre Pedrito Martínez y la larga fila de percusionistas cubanos que han desfilado por Nueva York: Cándido Camero, Virgilio Martí, Chano Pozo, Quique Rodríguez, Mongo Santamaría, Carlos «Patato» Valdés…?

— Yo sencillamente soy el seguimiento y el espejo de su legado.

— ¿Y qué diferencia hay entre el toque de la percusión afrocubana entre La Habana y Nueva York?

— En Cuba, una de las pocas vías de escape de las frustraciones y las tristezas relacionadas con la situación política, económica y social es la música. La diferencia con Nueva York tiene que ver con que aquí uno tiene que pagar muchas cuentas, por lo que la vida musical se convierte en un negocio. En Cuba tú te ganas dos pesos y te los vas a vacilar: no tienes que pagar renta, no tienes que pagar medicinas, tienes tiempo para hacer de todo. Allá un día parece larguísimo. En Nueva York las horas se te van en un soplo y a veces ni tienes tiempo para bañarte.

— Y entre tanto agite, ¿cómo es su rutina?

— Me levanto, visto a mi hija, la llevo a la escuela, regreso, voy al gimnasio por dos horas, salgo del gimnasio, almuerzo, me pongo a leer un poco, durante una hora o cuarenta y cinco minutos me pongo a hacer un poco de “goma” [práctica de percusión con baquetas sobre una superficie sorda], llamo a mi manager a ver qué hay de nuevo, llamo a mi esposa, me ocupo de mis viejos, porque los tengo aquí en la casa… los saco a pasear y hablo con ellos un rato, descanso, recojo a la niña en la escuela, vuelvo, me preparo y me voy a trabajar a Guantanamera.

— Usted tiene un tipo atlético que, supongo, debe ser beneficioso para un oficio como el suyo. ¿Qué tan intenso es su régimen físico?

— Mucho, pero los años van cayendo y la energía no es la misma. Ahora hago más ejercicios de estiramiento y no levanto tantas pesas. Hago barras, paralelas, abdominales, pero, por ejemplo, no corro tanto. Los ejercicios cardiovasculares no son lo que eran. Y eso que me he pasado la vida cuidándome: no bebo, no fumo, no tengo nada que ver con las drogas, cero.

— Como los flamencos, los músicos de jazz también lo admiran. Pero llama la atención que su popularidad tenga como marco una banda de cuatro integrantes que parece más bien una reunión entre amigos. ¿Cómo llegó a ese formato?

— Básicamente, la magia se formó gracias al restaurante Guantanamera, que nos ha recibido desde hace ocho años y que nos dio el tiempo para armar el repertorio que tocamos todos los días. Trabajo ahí desde que abrieron el local, aunque durante un tiempo integraba los grupos de Paquito D’Rivera y Steve Coleman y no tenía tiempo para hacer shows particulares. Desde el comienzo estuve claro de que no quería imitar el mismo sonido de la típica orquesta de timba cubana, que tiene entre quince o dieciséis integrantes y una pared de vientos metales. Yo quería darle forma al sonido cosmopolita de la música afrolatina con sólo cuatro elementos: piano, bajo y dos percusiones, aparte de con la voz y versatilidad pianística de Ariacne Trujillo (siempre es bueno tener a una mujer en el grupo). Antes de Ariacne, el tecladista fue Axel Laugart. Pienso que estamos logrando un buen resultado: sonamos densos y fuertes con una dinámica de grupo pequeño. Los integrantes del grupo, antes de ser colegas, somos amigos. Nos apreciamos y respetamos mucho, y la calidad de nuestra relación explica nuestra fluidez musical.

— Guantanamera se ha convertido en un punto de referencia musical de Nueva York, ¿cierto?

— Imagínate, ¿quién no ha pasado por ahí? Desde Eric Clapton hasta Roger Waters. Muchos artistas de pop, cuando están de gira por la ciudad, terminan en Guantanamera para oírnos a nosotros.

— Sin embargo, Pedrito Martínez es más conocido por sus colaboraciones con otros músicos que por el grupo. Su disco más fácil de conseguir por internet hasta la fecha es Rumba de la isla.

— Tengo cuatro: el primero, que hice con una compañía japonesa que se llama Intoxicate Records, es Slave to Africa (2006). Ese disco no fue distribuido en Estados Unidos pero fue comercializado vía iTunes. El segundo, Rumbos de la rumba (2008), lo hice junto a Román Díaz. El tercero se llama Ecobio Enyenison (2010), que quiere decir «Madre África» en la lengua secreta de la sociedad abakuá. En él participan Paquito D’Rivera y Steve Turre. El cuarto, Rumba de la isla (2013). Y el que viene, que va a ser lanzado en octubre, todavía sin título porque los productores no quieren que interfiera con la comercialización de Rumba de la isla.

— ¿Qué canciones componen el repertorio de Pedrito Martínez y su grupo?

— Canciones que vengo escuchando desde mi niñez y juventud: de los Van Van, de un bajista que se llama Pedro Pablo Gutiérrez [miembro del grupo la Charanga Habanera] y de la Charanga Habanera. He mezclado temas míos con las canciones que más me gustan de esas orquestas. La buena música no pasa de moda nunca.

— Hay una canción de Pedrito Martínez y su grupo, interpretada por Ariacne Trujillo, “Memorias”, que parece un lamento de un joven cubano de su vida en Cuba. ¿A qué responde la incorporación de esa canción en su repertorio?

— Esa es una canción de Carlos Varela que habla contra el gobierno de Cuba pero de un modo muy sutil. Carlos Varela vivía en Cuba cuando escribió esa canción. Dice que, de niño, en lugar de tener una figura con la forma de Supermán, tenía la de Elpidio Valdés, que es el superhéroe nacional. Menciona también la película Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968). Dice que no le ponen sus canciones en la radio porque en Cuba piensan que atacan al gobierno. En fin, por medio de esa canción Carlos Varela se defiende del sistema y le reprocha al sistema las que él consideraba sus faltas.

— Y hoy por hoy, ¿cuál es su relación con Cuba?

— He estado en Cuba muchas veces a título personal. Tengo contacto permanente con la escena musical cubana. También he ido dos veces como artista. La primera vez fui con el trombonista Sterre Turre, en el marco de su proyecto Sanctified Shells, en el que él toca caracoles marinos. La última vez que fui a Cuba fue en enero de 2012 al lanzamiento del disco nuevo de Gonzalito Rubalcaba, en el que yo grabé. Tocamos en la sala Covarrubias de La Habana.

— Tuve la oportunidad de verlo con su grupo en un concierto en la sala Tipitina’s de Nueva Orleans. La banda tuvo problemas con el sonido y usted dio la orden de interrumpir el concierto para solventar el problema, siempre con una sonrisa en los labios que parecía formar parte del show. ¿De dónde le sale esa serenidad, incluso en momentos en que muchos artistas se ponen tensos (y el público lo nota) o gastan un desaire contra los técnicos y, a veces, hasta recogen sus petates y se van?

— Supongo que parte de la respuesta tiene que ver con que vengo de una familia muy grande y muy unida, y eso da mucha paz y seguridad. Te puedo decir que, hasta el día de hoy, he sido, en líneas generales, una persona muy feliz, y eso es lo que le enseño al mundo. Además, hasta hoy siempre he cumplido mis metas. Tengo en mente que hay que enfrentar los retos con energía positiva, para que la negativa nunca te lleve. Es peor para tu propio trabajo ponerse rebelde con el sonidista. Por más que creamos que dominamos la tecnología, la tecnología es al fin y al cabo la que nos controla a nosotros. Por otra parte, para mí la música ha sido mi vínculo con la religión. Yo practico la santería yoruba y soy hijo de Eleguá, que es una deidad muy interesante porque simboliza lo que se abre y lo que se cierra, la vida y la muerte, el rojo y el negro, la alegría y la tristeza, la infancia y la vejez. Su espíritu es el de un niño. Y esa deidad es la base de mi equilibrio espiritual y el sentido de mi trabajo.

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Leopoldo Tablante 

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