Cultura

¿Por qué el adulterio? La naturaleza de la infidelidad, según Helen E. Fisher

Por Prodavinci | 10 de Mayo, 2013

Que podamos considerar nuestras a tan delicadas criaturas
y no a sus apetitos. Preferiria ser un escuerzo,
y vivirde los vapores de una mazmorra,
antes que reservar una parte de lo que amo
para que lo disfruten otros.
William Shakespeare, Otelo.

 infidelidad

A lo largo de la costa meridional del Adriático, las playas italianas se ven interrumpidas cada tanto por colinas rocosas que descienden hasta el mar. Aquí, detrás de las rocas, en cavernas aisladas con piscinas naturales de agua arenosa y poco profunda, los jóvenes hombres italianos seducen a las mujeres extranjeras que han conocido en los hoteles de temporada, las playas, bares y lugares de reunión. Aquí los muchachos pierden la virginidad antes de los veinte años y perfeccionan sus dotes sexuales, contabilizan sus conquistan y desarrollan una reputación como audaces y apasionados amantes italianos, personaje que cultivarán durante el resto de sus vidas.

Debido a que las mujeres italianas locales son demasiado vigiladas como para que puedan acceder a ellas y como la prostitución no se practica en estos pueblos, los jóvenes dependen del turismo de temporada para su educación sexual hasta que se casan. Pero al llegar a la madurez estos hombres ingresan en una nueva red de vínculos sexuales, un sistema complejo y cuasi institucionalizado de relaciones extra-maritales, con las mujeres del lugar. Con el tiempo, estos donjuanes aprenden a comportarse con discreción y cumplen con una serie de estrictas reglas que todo el mundo comprende.

Tal como concluye la psicóloga Lewis Diana, el adulterio es más bien la regla que la excepción en estos pueblos que salpican la costa adriática meridional; prácticamente todos los hombres tienen una amante a la que visitan con regularidad durante los días de semana, ya sea cerca del mediodía o al anochecer, mientras los maridos aún trabajan en los viñedos, los botes de pesca, los pequeños comercios minoristas, o están ocupados en sus propios asuntos clandestinos.

En general, los hombres de clase media o alta mantienen prolongadas relaciones con mujeres casadas de su misma clase o de una clase inferior. Algunas veces los jóvenes sirvientes visitan a las esposas de sus patrones, mientras los hombres de prestigio se citan con sus criadas o cocineras. Pero las relaciones más duraderas son las que mantienen hombres y mujeres casados con otros; muchos de estos vínculos duran varios años y algunas veces toda la vida.

Las únicas relaciones tabú son aquellas entre mujeres mayores y sin compromisos, y los hombres jóvenes y solteros, en general porque los hombres jóvenes gustan de alardear. El chismorreo es insoportable. En estos pueblos, la familia sigue siendo el fundamento de la vida social, y las murmuraciones ponen en peligro el secreto de la red de relaciones extramaritales y, por consiguiente, la cohesión comunitaria y la vida de familia. De modo que, aunque la infidelidad sea un lugar común entre los adultos –un hecho conocido por la mayoría debido a la falta de intimidad– se respeta un código de absoluto silencio. La vida de familia debe ser preservada.

Esta complicidad colectiva fue quebrada en una oportunidad cuando un comerciante italiano retirado de los negocios y que había vivido en los Estados Unidos desde la infancia, hizo un comentario en un club de hombres acerca de una mujer que deseaba seducir. Todos los que lo rodeaban se quedaron en absoluto silencio. Acto seguido, cada uno de ella se levantó y se alejó. Como informa Diana: “El hombre habría cometido un desliz monumental. Ningún hombre casado habla jamás de su interés por otras mujeres. El tabú es estricto e inquebrantable. Ya es bastante difícil la vida como para poner en peligro uno de sus escasos atractivos.”

A un océano de distancia, en la Amazonia, los vínculos extramaritales son igualmente furtivos, pero mucho más complejos. Los hombres y mujeres kuikuru, un grupo de aproximadamente ciento sesenta personas que viven en una misma aldea sobre las márgenes del río Xingú, en las selvas brasileñas, en general se casan poco después de la pubertad. Pero en algunos casos a los pocos meses de la boda, ambos cónyuges comienzan a tener amantes a los que llaman ajois.

Los ajois gestionan sus citas por medio de amigos; luego, a la hora convenida, salen caminando lentamente del territorio comunitario con la excusa de buscar agua, tomar un baño, ir de pesca o cuidar el jardín. En cambio, los enamorados se encuentran y se escabullen a algún distante claro de la selva donde conversan, intercambian pequeños regalos  y hacen el amor. Informa el antropólogo Robert Carneiro que hasta los hombres y mujeres kuikuru de más edad se escapan regularmente de la aldea para un encuentro al atardecer. La mayoría de los aldeanos mantienen relaciones simultáneas con un número de amantes que oscila entre los cuatro y los doce.

Sin embargo, a diferencia de los hombres del litoral italiano, los kuikuru disfrutan conversando de estos asuntos. Hasta los niños pequeños suelen recitar la trama de las relaciones ajois, del mismo modo que lo niños norteamericanos repiten el abecedario. Sólo marido y mujer evitan hablar entre ellos de sus aventuras sexuales extramaritales, mas que nada porque una vez enfrentados con hechos, uno de los cónyuges podría sentirse obligado a denunciar a su cónyuge públicamente, una alteración del orden que nadie desea. Sin embargo, si una mujer hace ostentación de una de sus aventuras, o pasa demasiado tiempo fuera de la aldea y descuida sus obligaciones domésticas, el marido puede llegar a irritarse. Entonces se discute el problema públicamente. Pero los kuikuru consideran normal la libertad sexual; el castigo por adulterio es raro.

Existen varios estudios etnográficos –sin mencionar los incontables informes históricos y obras de ficción– que dan testimonio de la frecuencia de las relaciones sexuales extramaritales entre hombres y mujeres del mundo entero. Si bien es cierto que flirteamos, nos enamoramos y nos casamos, los seres humanos también tendemos a ser sexualmente infieles a nuestros cónyuges.

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Fragmento de Anatomía del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio (1992), de Helen E. Fisher. Editado por Anagrama en su Colección Argumentos.

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Prodavinci 

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