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Un país que habla su propia lengua, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 9 de Mayo, 2013
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Algún tiempo atrás, antes de viajar a Caracas por una semana, abrumado por la profusión de versiones acerca del país, por el tamaño de la bibliografía sobre las últimas décadas venezolanas, por los comentarios y los consejos de los amigos y familiares que han estado allí antes, que tienen algo que decir a favor o en contra del país o simplemente a modo de advertencia, motivado por un cierto prurito higiénico, por el deseo de mantener limpia la mirada, y no contaminada por las versiones y los comentarios, decido, a diferencia de lo que hago habitualmente cuando visito un país en el que no he estado antes, no leer, no leer absolutamente nada acerca de Venezuela antes de viajar a Caracas por una semana, abrumado por la profusión de versiones acerca del país y decidido a no saber más de lo que sé acerca de él (que es más bien poco: los nombres de algunos autores, de algunas publicaciones y de algunos libros, un puñado de recetas que mi esposa prepara en ocasiones y que en su mayoría requieren maíz, algunos nombres de localidades que rebotan en mi cabeza sin significar demasiado, un puñado de prejuicios positivos y negativos); es decir, decido aprender y no ser enseñado por otros.


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En la carretera, en la sinuosa y perfectamente desoladora carretera que atraviesa Caracas, la sorpresa de ver que un país pretendidamente antiimperialista prefiere alimentarse en los símbolos del imperio (McDonald’s, T.G.I. Friday’s, Subway, Coca Cola), como si lo que sale por la boca pudiese disociarse de lo que entra por ella, carne masticada que entra y palabras masticadas que salen de las bocas y hablan en un lenguaje que alguna vez, hace mucho tiempo, fue algún tipo de esperanza para mis padres y para su generación. Las montañas (pude verlo antes, mientras aún estaba en el avión) son rojas y están cubiertas de una vegetación incomprensible, árboles que no conozco y no sé nombrar, y una arquitectura caótica de casas coloridas y minúsculas que trepan por los cerros imitándola y que sólo pueden parecerle pintorescas a quienes prefieran mirar al costado: es decir, a quienes miren de frente a las casas pero prefieran ignorar los dramas privados y públicos que tienen lugar en ellas. Allí donde mire, por encima de los locales de comida rápida, entre las casas, banderas venezolanas y el retrato de un hombre muerto algunas semanas atrás y el del hombre que lo ha sucedido.


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Algún tiempo después, en alguno de los cinco interrogatorios a los que voy a ser sometido antes de poder abandonar el país, en el marco de alguna de las seis ocasiones en que inspeccionan mi equipaje con medios electrónicos y principalmente manuales, me preguntarán qué he hecho en Venezuela y tendré que repetirlo una y otra vez: soy escritor, he venido a participar de la Feria del Libro de Chacao, escribo libros, aquí están, este es el libro que se ha publicado en Caracas y que he venido a presentar y todas las veces me preguntarán a quién conozco en el país y yo diré que conozco a algunas personas pero sobre todo a mi familia política, a los integrantes de una familia nueva para mí que se distribuye entre San Antonio de los Altos, Los Teques y Caracas. Que esa nueva familia mía sea política hace que, por supuesto, sólo pueda ser venezolana.


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Antes de llegar a Caracas, en el supermercado de un centro comercial cerca de San Antonio, apunto algunos precios: el kilo de arroz cuesta 17,50 bolívares; el de azúcar, 6,11; el de pan, 11,64; el litro de yogurt se vende a 25,50 bolívares; el de detergente para la ropa a 61,59; dos litros de Coca Cola cuestan 21,75: considerando que el sueldo mínimo está en los 2.457,02 bolívares, la bebida gaseosa representa algo menos del uno por ciento. En España ese salario es de 645,30 euros mensuales y una Coca Cola cuesta un euro, por lo que representa el 0,15 por ciento.


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Por la noche, en San Antonio, escucho durante horas lo que creo que es la alarma de un coche. Cuando se lo cuento a mi esposa, me responde: “No es un coche, es un grillo”. Más tarde veré guacamayas tan grandes que pensaré que son cóndores. Una de ellas se posará en la ventana del baño de nuestra habitación de hotel y yo saldré corriendo con el cepillo de dientes en la mano y una expresión de terror en el rostro.


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Algo malo es “chimbo”, cualquier cosa puede ser una “vaina”, la empleada doméstica es una “cachifa”, la gorra es una “cachucha”, ser infiel a alguien es “montarle cachos”, un coche es un “carro”, muchas cosas son un “perolero”, un joven es un “chamo”, un “zamuro” es un buitre, un “zancudo” es un mosquito, un “jojoto” es una mazorca de maíz. Yo tomo nota mental de todo pero cometo errores cada vez que quiero usar esas palabras: soy un venezolano chucuto. Más tarde, firmando ejemplares en la Feria del Libro, recogiendo el dictado letra a letra de los futuros lectores de Trayéndolo todo de regreso a casa, recordaré la crónica de Briamel González Zambrano que he leído la noche anterior en Se habla venezolano (Caracas: Puntocero, 2010) acerca de los nombres en Venezuela y del proyecto de ley de Registro Civil propuesto por el Consejo Nacional Electoral presentado a mediados de agosto de 2007 según el cual los funcionarios del Registro iban a poder “negarse a asentar las partidas de nacimiento cuando se pretendiera poner al niño algún nombre que lo expusiera al ridículo o fuese extravagante o de difícil pronunciación”; el proyecto de ley fue resistido y allí estaba yo firmando a una Maidolis, a una Yuleisi, a un Dioner, a un Rodnei: todos habitantes de un país que parece hablar su propia lengua.


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Algunas de las personas que conozco en ese país y que pasan a ser (para mí) su sinónimo perfecto: Ulises Milla (a todos los efectos, mi editor en Venezuela), Federico Vegas, Alberto Barrera Tyszka, Alejandro Oliveros, Rodrigo Blanco Calderón, Ángel Alayón, Ednodio Quintero, Willy McKey, Antonio López Ortega (los conozco en una recepción en la que hay un perro llamado Andrés y todo el mundo bebe whisky), Daniel Fermín, Michelle Roche y Diajanida Hernández (que me entrevistan), Lisbeth Salas y Vasco Szinetar (que me fotografían, que me preguntan por mi salud, que comparten conmigo una cierta forma de mirar).


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Visito el campus de la Universidad Central de Venezuela después de que mi esposa (que estudió allí) y otros me digan que es deslumbrante. Es mejor de lo que espero, sin embargo. Es una especie de revelación íntima, una versión en absoluto modesta de eso que a veces llamamos paraíso. Además, sirven un café magnífico.


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Alguien en una feria al aire libre me regala un plátano que resulta delicioso. No me siento amenazado en ningún momento, ni allí ni en el metro ni en ningún otro sitio a pesar de que los motociclistas se cuelan entre el tráfico como las abejas de un panal inexistente y a pesar del temor en los ojos de la gente. Ni siquiera cuando, estando en la Feria del Libro, dos jóvenes con camisas rojas se acercan a la cafetería y un anciano les pregunta, desde una mesa: “¿Ustedes son los que perdieron las elecciones? Tómense un café, muchachos”, y los jóvenes, avergonzados, se marchan.


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En Venezuela, cuando llueve, cae “un palo de agua”, el cielo y la tierra se unen momentáneamente en una especie de cortina gris que se despliega frente a los ojos, las calles se inundan, el tráfico enloquece y a mí me dan migrañas, como si el palo cayese sobre mi cabeza.

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“¿De qué trata lo que escribe? ¿Son cuentos para niños con dragones y esas cosas?” me pregunta uno de los cinco o seis policías que me interrogan en el aeropuerto. Asiento, perplejo pero también convencido de que, al menos hoy, lo que escriba será cualquier cosa que ese policía quiera que yo escriba para dejarme pasar. “¿Con princesas?” me pregunta y yo digo que sí y repito: “Con princesas”. A mis espaldas, alguien suspira y le dice a otro: “Si yo viviera todavía acá preferiría seguir viviendo afuera”.

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Visito la Casa de Rómulo Gallegos, la “cota mil” de El Ávila, El Silencio, Sabana Grande y todos esos nombres (que siempre han significado mucho para mí, en particular el primero) dejan de ser sólo nombres. No son los únicos, y mi desconcierto (que es lo que más comparto con mis anfitriones hasta que leo mi horóscopo en el periódico del día que regreso a Madrid y dice que debo tener cuidado con las inversiones en dólares y que es un buen momento para una cirugía estética y yo pienso que por fin tengo un horóscopo de venezolano) aumenta cuando descubro o recuerdo que al plátano se lo llama “cambur”, a la sandía “patilla”, a la fruta de la pasión “parchita”, a la papaya “lechoza”, a los demócratas “fascistas” y a los fascistas “demócratas”, así como a las víctimas, “victimarios” y, en mi confusión, me pregunto si los venezolanos tendrán algún día el país que se merecen o el que tienen ahora y no sé qué responderme. No tengo ni idea de qué responderme y un rato después el avión se levanta dificultosamente de la tierra llevándose también esa pregunta.

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Texto exclusivo para Prodavinci.com

Patricio Pron 

Comentarios (5)

Andrés Cardinale
9 de Mayo, 2013

La lengua venezolana es una buena lengua, don Patricio, a pesar de nuestros enredos. Ya se hará más clara…

luis
10 de Mayo, 2013

Dusfruté leyendo esto.

Marianela Trujillo
10 de Mayo, 2013

Que delicia eate articulo. Lo disfrute muchisimo.

marien
11 de Mayo, 2013

Y a cualquier migajita le decimos ‘burusitas’

Nancy Barreto
12 de Mayo, 2013

Buen artículo. Una visión desprejuiciada de una controversial ciudad, pero se agradece al escritor y como en todas las lenguas tenemos nuestros propios siginificados para determinadas palabras y expresiones Quienes hemos vivido mas de 50 años podemos las diferencias de fondo y de forma de lo que fue y de lo que es nuestro país. Hemos retrocedido? hemos avanzado? Aún no podría responder, pero nos encontramos en un estado donde demasiadas cosas se deben arreglar …

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