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Artes

Un bastidor, un perro y una corte (I); por William Ospina

Por William Ospina | 8 de Mayo, 2013
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(Monólogo del rey Felipe IV sobre ‘Las Meninas’ de Velázquez)

No por capricho he tomado la decisión de hacer arrestar a Diego Rodríguez de Silva y Velázquez.

Es verdad que ha sido mi pintor de cabecera desde cuando ascendí al trono de España, y que se ha destacado entre todos como artífice supremo, fino dibujante, excelso retratista, gran constructor de cuadros históricos y de atmósferas, recreador inmejorable de escenas mitológicas y exquisito conocedor de la luz y las cosas.

Pero al mismo tiempo advierto que se ha aplicado de manera persistente e insidiosa a contrariar la tradición y a insinuar en su arte las más peligrosas ideas que puedan surgir en la mente humana, delirios que de abrirse camino podrían subvertir el orden social y moral de la civilización, convirtiendo al mundo en un verdadero caos.

He pasado largas horas mirando su retrato de la infanta Margarita Teresa de Austria, mi hija y primera heredera, al que han dado a llamar en la corte Las Meninas, porque aparecen en él sus damas de honor, Isabel y María Agustina, lo mismo que la enana Mari Bárbola y el enano Nicolasito Pertusato, bufones de la corte. Nótese que ya esa designación espontánea revela cómo los espectadores del cuadro advierten enseguida la primera de las muchas transgresiones del artista. Siendo ésta una escena de corte, y específicamente un retrato de la princesa que, en el momento de ser pintado, era legítima heredera de la corona, hasta los espectadores distraídos comprenden que Velázquez no sólo les ha dado la misma importancia a las meninas y a los bufones que a la princesa, sino quizás un poco más, porque los ha puesto a ellos en primer plano.

Es cierto que la princesa está bellamente pintada: la luz en su rostro y en su traje es maravillosa. Pero no sé por qué artes malignas las figuras secundarias se van volviendo principales en el cuadro, y el espectador tiende a conceder menos interés al modo como la princesa es ataviada para una ocasión especial que al modo como Nicolasito Pertusato da un puntapié al perro que estaba entredormido.

Un gesto tan vulgar no tiene por qué merecer ser eternizado por el arte: usurpa aquí la dignidad de la realeza, y aspira a la misma eternidad que merece la escena perfecta de la princesa llevada por sus edecanes a la presencia de los reyes. Pero, además, los cánones y la mera elegancia mental ordenan que una escena palaciega eternice un momento de orden y compostura; todos los personajes del cuadro deberían estar en su sitio, posando para recibir la entrada suprema de los reyes. Y en cambio aquí, ¿qué vemos?

Un momento anterior, de desorden y de improvisación: la princesa no acaba de estar lista, sus ayudantas están apenas acabando de prepararla, una de ellas ha advertido que los reyes están entrando y apresuradamente se vuelve para intentar la reverencia; hasta un personaje incidental, José Nieto, que se encontraba al fondo, en la escalera, en medio de una luz que sobra en este espacio íntimo, se vuelve a mirar más bien sorprendido a los monarcas que hacen su entrada.

¿Qué significa todo esto? No que Velázquez por accidente haya capturado un momento anterior a toda solemnidad, una improvisación, un ensayo: sino que con toda voluntad y premeditación, y además con maligna maestría, ha decidido eternizar precisamente el desorden previo al momento de la pose oficial; tomando partido por los hechos contra los reglamentos, por el boceto contra la obra terminada, por el desorden del mundo contra el orden sublime del arte.

Para colmo, ha tenido la idea insidiosa de poner al rey y a la reina en el último plano, como reflejos apenas en un espejo borroso al fondo de la habitación. ¡El rey y la reina borrosos en el fondo, cuando en primer plano ha puesto al perro! Esto tiene que obedecer sin duda a una conjura pérfida, es una ironía maligna, una burla afrentosa y una perversidad.

Cuando insinué un comentario sobre el tema, el artista encontró sin embargo un argumento a la vez ruin y difícil de refutar: me dijo que si los reyes aparecen al fondo, reflejados, es porque en realidad están en primer plano, son las presencias invisibles hacia las que se dirigen las miradas de todos los personajes. “El rey y la reina”, me dijo con una venia que ahora descifro burlona, “son el tema del cuadro; es por su aparición que todo se conmociona y se apresura. Las figuras no estaban preparadas para la entrada anticipada de los reyes, están apenas reaccionando: eso revela la importancia de los que llegan. Y todo en el cuadro ha sido pintado para sus majestades, puesto que el cuadro es lo que ellos están viendo”.

“El artista”, añadió Velázquez, “no está construyendo una imagen mentirosa: está cumpliendo con el principal deber de un súbdito, diciendo a sus reyes la verdad, mostrándoles el mundo como es, no como será más tarde, cuando todo esté organizado para complacerlos, cuando cada figura esté al fin en su sitio: la princesa en el centro, las meninas en reverencia a su lado, los bufones replegados a un lugar más discreto, el perro cumpliendo su función de animar el cuadro”.

Claro, el lenguaje puede con todo, y el pintor sabe extremar los recursos verbales para atenuar la gravedad de su invento. Pero es que lo peor falta todavía.

William Ospina  es un poeta, ensayista y novelista colombiano. Entre sus obras se encuentra la novela "El País de la Canela" (2008, La Otra Orilla) y el libro de ensayos "Los nuevos centros de la esfera" (2001, Aguilar). Ganador del Premio de Novela Rómulo Gallegos (2009) Colaborador del diario El Espectador

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