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El maratón y la lucha, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 6 de Mayo, 2013

tsarnaev texto

Correr. Correr sin descanso. Correr sin pausa. Correr hasta la meta. Correr aunque los músculos se te desgajen. Correr aunque tus pulmones no alcancen a llenarse. Correr aunque el esfuerzo te reviente el corazón. Correr las 25 millas —unos 42 kilómetros— que separan los llanos de Maratón, donde la armada griega ha vencido a los odiados persas, de la gloriosa Atenas. Feidipides (otras fuentes lo llaman Filipides, Tersipio, Erquio o Eucles) mira la hermosa ciudad a la distancia y, venciendo la debilidad de su cuerpo, acelera hasta donde lo esperan sus ansiosos dignatarios. νενικηκαμεν, pronuncia con su último aliento: “Hemos vencido”. Y muere en el instante.

Según la leyenda griega, recreada en 1879 por el poeta Robert Browning, la carrera que hoy conocemos con el nombre de maratón estuvo siempre ligada con la victoria sobre uno mismo —y con la muerte. Yo, que siempre he odiado las largas distancias (el asma las colocaba fuera de mi alcance), siempre he sentido fascinación por los exultantes relatos de los maratonistas. Según ellos, nada se compara a ese instante de iluminación en el que, cuando el cuerpo parece haber sido doblegado por la fatiga, el corredor sigue adelante en un último arresto, animado por los aplausos de los espectadores.

En Correr, el novelista japonés Haruki Murakami ve en el maratón una filosofía de vida. “El dolor es inevitable, pero el sufrimiento opcional”, escribe recordando el consejo que le dio un atleta veterano. “Digamos que empiezas a correr y te dices: esto duele, no puedo más. El dolor es una realidad inevitable, pero en qué medida puedes soportarlo es decisión del corredor. Esto resume el aspecto más importante del maratón.”

No deja de ser llamativo que Tamerlán y Dzhojar Tsarnaev hayan elegido precisamente el Maratón de Boston como escenario de su venganza. Desde que se reintrodujo como parte esencial de los Juegos Olímpicos modernos, esta carrera no sólo se convirtió en una metáfora del triunfo de la voluntad sobre la carne -basta recordar a tantos agónicos atletas arrastrándose hasta la meta vitoreados por los espectadores- sino de la paz y la armonía entre los pueblos.

La elección no parece casual. Los dos hermanos eran atletas meritorios, si bien sus intereses se hallaban en los deportes más contrapuestos, si cabe, a las carreras de resistencia: la lucha y el boxeo. A diferencia de los maratonistas, cuyo objetivo esencial consiste en vencerse a sí mismos, los peleadores están obligados a imponerse a sus rivales, a quienes difícilmente dejan de ver como enemigos. Aunque sus razones aún puedan resultarnos misteriosas, Tamerlán y Dzhojar dejaron claro no sólo su odio hacia la sociedad secular y consumista que los había acogido desde niños, sino hacia ese autocontrol de los maratonistas que ellos al parecer nunca tuvieron.

A menos que se descubran más tarde otros indicios, todo indica que, a diferencia de los perpetradores de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los hermanos Tsarnaev actuaron por su cuenta, sin vínculos estrechos con organizaciones terroristas. Chechenos étnicos, ambos llegaron a Estados Unidos desde Kirguizistán, adonde su familia había sido deportada por Stalin en los años cuarenta. De acuerdo con los reportes de la prensa, Tamerlán nunca se sintió cómodo en su nuevo país y acaso fue el responsable del adoctrinamiento de su hermano menor, un joven a quien sus compañeros de escuela consideraban simpático y algo retraído.

En principio resulta incomprensible que dos jóvenes más o menos bien integrados a la sociedad estadounidense pudiesen de pronto convertirse en terroristas. ¿Qué frustración, qué deseo de venganza o qué miedo los condujo a asesinar y mutilar a otros atletas como ellos? ¿En verdad la defensa del Islam podría servir de justificación a un crimen tan espantoso? Su desvarío quizás no se separe demasiado de esos otros asesinos solitarios que cada cierto tiempo aparecen, sin falta, en Estados Unidos. Por más que ahora se les quiera asimilar a los talibanes o los combatientes de Al-Qaeda, su ideología religiosa resulta tan vaga como los delirios de Adam Lanza, el homicida de Newtown.

Correr. Correr sin descanso. Correr sin pausa. Correr hasta la meta. Correr aunque los músculos se te desgajen. Correr aunque tus pulmones no alcancen a llenarse. Correr aunque el esfuerzo te reviente el corazón. Correr para que no te atrapen. Tras asesinar a tres personas y mutilar a decenas de inocentes, de enfrentarse a la policía y ver caer muerto a su hermano, Dzhojar Tsarnaev corre por Watertown hasta refugiarse, malherido, en un bote. E antiguo luchador jamás comprenderá que, como dijo el presidente Obama en otro de sus discursos memorables, lo que distingue al maratón no es sólo el combate del corredor contra sí mismo, sino el respeto de quienes lo contemplan. “En la milla más ardua, justo cuando creemos que nos hemos golpeado contra un muro, alguien estará allí para animarnos y levantarnos si caemos”.

Jorge Volpi 

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