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Artes

“El país del escritor” (Fragmento); por Gustavo Valle

"El País del escritor" es el nuevo libro de Gustavo Valle, publicado en Buenos Aires por las editoriales Milena Caserola y El 8vo Loco (2013)

Por Gustavo Valle | 4 de Mayo, 2013
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argentina texto

(La fe)

Frente a mí la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo, con su letrero amarillo al borde de la vereda donde figura Bienvenidos… Os saludan las iglesias de Cristo; con su polvorienta vitrina donde hay biblias y revistas a la venta junto con otros objetos de devoción y un cartel con los horarios de la misa. Es un edificio sin gracia, bastante humilde, de un gris escrupuloso, que ha ido sumando un piso tras otro gracias al diezmo de los creyentes hasta alcanzar, con su agujereado tanque de agua en la azotea, una parte de ese cielo que se abroga.

Yo me encuentro ahora en el balcón de mi casa (un sexto piso con ficus y canteros con geranios) desde donde veo el techo de la iglesia que poco a poco se está inundando. Tengo entre mis manos La luna y las fogatas de Cesare Pavese y lo leo de manera intermitente ante el eventual desplome de la azotea pentecostal. Por supuesto pienso en avisar acerca de inundación. Pienso en llamar al 911 y consignar la denuncia. Pienso incluso en bajar los seis pisos que me separan de la Iglesia para advertirles del peligro… Pero solo pienso, y al final no hago nada. Me convenzo, con argumentos irrefutables, de que la tragedia jamás ocurrirá. Es un típico sobresalto de mi mente fatalista y paranoica, me digo. Ellos están al tanto de la avería y no hace falta que baje. En el peor de los casos, de ocurrir algo, Dios estará del lado de ellos.

Un inmigrante suele practicar la indolencia ante situaciones de este tipo. Se ubica detrás de su extranjería para eludir ciertos deberes ciudadanos. Opta por no preocuparse; ya tiene suficientes preocupaciones encima. Piensa que siempre habrá un vecino o un portero que se adelante, que maneje mejor los mecanismos de respuesta.  Lo más probable es que alguien haya llamado a la policía o los bomberos; varias unidades deben estar en camino. Además, él teme que su aviso de inundación no sea escuchado o peor aún, que sea recibido como un alerta ridículo. Y él no puede darse el lujo de quedar en ridículo.

Un inmigrante (al menos este) no es precisamente un héroe. Tampoco un antihéroe. Un inmigrante es un inmigrante. Un hombre, como cualquier otro, sin demasiados atributos.

He comenzado por las conclusiones: sepan disculparme. A veces comenzar así es la mejor manera de extraviarnos. Vayamos entonces poco a poco.

Mi hipótesis sería esta: si registro lo que está al alcance de mis manos veré mejor mis propias manos. Si pinto mi aldea (así sea mi aldea adoptiva) me pintaré a mí mismo. Se trata, como ven, de una hipótesis simple. Me propongo, pues, inventariar lo que se encuentra a cincuenta metros a la redonda, registrar la diminuta galaxia barrial que me acompaña todos los días junto con sus noches.

Un inmigrante medianamente conciente de su rol de inmigrante debe localizar con la mayor exactitud posible sus coordenadas, trazar su GPS no espiritual sino territorial, y en una escala casi milimétrica atrapar ese sitio voluble en el que habita como una forma de poner los pies en la tierra (tierra, ese palabra tan escurridiza para un inmigrante, esa voz que cobra elusivos significados para el que está acostumbrado a entrar y salir) Repito tierra, y es como arena que se filtra entre mis manos.

Alguno juzgará arbitrario el inventario que me dispongo hacer. Pensará que antes debo reflexionar acerca de mi testaruda existencia extranjera: las diferencias y semejanzas entre el exilio, el destierro o la emigración (drama, tragedia y comedia) Qué implica escapar, quedarse o dejarse llevar por la inercia hacia otras geografías. Qué es viajar y qué es vivir afuera (afuera de dónde, de qué), o qué consecuencias tiene abandonar constantemente lo que se supone le ¿pertenece a uno?, para luego pasarse la vida reconstruyendo ese lugar en sucesivas versiones incompletas. En definitiva, qué es esa pertinaz tendencia a ser de otra parte, o por qué uno decide la distancia en vez de la cercanía o, si al caso vamos, dónde se está cerca y dónde lejos, cuál es el lugar asignado si es que eso existe, porque con los años ese lugar puede ser todos los lugares y a la vez ninguno, y la voluntad de pertenencia es más parecido a una fantasía doméstica (casa grande con jardín y recio perro vigilante, digamos), que a un estado del alma. —¿Y qué diablos es un “estado del alma”?

Dicho esto, un relevamiento de lo que me rodea puede fijar mejor ese fantasma que es la conciencia de un extranjero. Y si hablamos de fantasmas nada mejor que comenzar por la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo, con sus cantos de domingo (aunque hay misa varios días a la semana), esos coros melifluos que oigo como si rebotaran contra el aire y que hablan de la resurrección del señor en tiempos de inflación galopante y estados laicos peronistas. O al menos eso alcanzo a entender o imaginar, pues aguzo el oído, pongo atención, me esfuerzo, y sin embargo apenas rescato palabras deshilachadas: señor, salve, piedad, amor, consuelo. El resto, es decir, la manera en que esas palabras se integran para conformar un mensaje, lo pierdo entre los ruidos de las ambulancias que llegan a la urgencia del Hospital Italiano que está en la otra cuadra, o los bocinazos de los automovilistas que se han visto sorprendidos por el semáforo roto, o los gritos del vecino del séptimo que practica un harakiri nacional y popular con cada gol que la selección no hace.

Tengo vista hacia el norte, hacia Palermo, y puedo ver los aviones de Austral y Gol que a lo lejos pasan como pesados zancudos rumbo al Aeroparque Jorge Newvery. Veo también unos sesenta o setenta edificios: sus antenas tapizando las azoteas hablan de un pasado inmediato (antes de la televisión por cable), y a pesar de lo oxidadas e inservibles se mantienen como auténticos íconos de la ciudad. El skyline de Buenos Aires luce esta inconfundible corona de hierros retorcidos.

Los feligreses van llegando por goteo. Algunos caminan en pequeños grupos familiares, arrastrando, las mujeres, indumentarias que parecen salir de domésticas máquinas de coser Singer. Pienso que esas faldas por debajo de la rodilla color tamarindo no las venden en las tiendas de la avenida Cabildo ni de Once (aunque se parecen mucho a las que lucen las judías ortodoxas de Once), y mucho menos en las boutiques del Shopping Abasto. Son, pienso, faldones que estas damas higiénicas y severas confeccionan en las mesas de sus comedores mientras ven por televisión los programas de los enervados sacerdotes brasileños, o escuchan por la radio canciones en ritmo de cumbia que llaman a la salvación eterna. Van, pues, con sus faldas severas y su prole tamarindo, y los caballeros que encabezan la caravana arriba de sus zapatos de suela bailando dentro de pantalones de pinzas, morenos casi todos bajo sus camisas blancas abotonadas hasta el cuello. Veo a este grupo acercarse y cruzar la portezuela de la Iglesia que el mismo sacerdote (un hombre joven y discreto) mantiene abierta y los recibe con ruidosa cordialidad, como si más que feligreses fueran amigos o vecinos, como si en vez de habitar en esta megalópolis porteña discurrieran en la vereda de algún pueblo de provincia.

Lo sé: estoy en vías de convertirme en un viejo chismoso de los que abundan en Almagro. Especulo acerca de la vida de mis vecinos, alimento biografías de gente que no me conoce ni yo a ellas. Y mientras interpreto sus gestos e imagino sus conversaciones leo La luna y las fogatas, de Cesare Pavese:

No sabía que crecer significaba irse, envejecer, ver morir a alguien.

Detengo mi inventario para pensar en esos temas luctuosos. La muerte. Pero no pienso en la mía y tampoco en la de los otros sino en la muerte como eso que ya no está, lo que desapareció, lo que en definitiva hemos dejamos atrás. Se me antoja que el inmigrante suele acelerar ese proceso de desaparición de su entorno. A veces su vida opera como una máquina borradora de contextos. Con frecuencia es un sujeto descontextualizado, y quizás por eso mi insistencia en llevar adelante este descabezado inventario.

También me da por pensar en mi agnosticismo militante. Esa porfiada convicción que no alcanza con negar o ningunear a un Dios. Que no cristaliza en un ateísmo soberbio y menos en una fe dogmática pues adquiere la forma de una duda larguísima, casi infinita, un no saber si el Fulano existe o no existe, ni tampoco requerir explicación al respecto, porque no hay teología ni ciencia que a esta altura pueda disuadirme, ni tampoco ideologías que me convenzan de lo contrario. Una melindrosa actitud, dirán mis enemigos, ante asuntos que para otros son de suprema importancia. Y entonces veo allá abajo, caminando al encuentro de la Iglesia a estos feligreses que acuden al templo con tanto entusiasmo… No los envidio y tampoco pretendo deconstruir sus ingenuidades ni combatir sus dogmas. Yo solo quiero recortarlos en el lugar en el que están, frente a mí, allá abajo, a escasos metros, fijarlos en mi mapa mental y barrial, ejercer mi propia entomología ciudadana, saber que mi casa en Buenos Aires tiene enfrente una Iglesia, y a escasos metros, en realidad en la puerta de al lado, como si se tratase de una deliberada coincidencia, está la lavandería china.

(La limpieza)

La cercanía entre estos dos negocios de la limpieza, uno del alma y otro de la ropa, no es casual y me obliga a pensar en un irónico urbanista que ha unido, medianera de por medio, la eucaristía con los detergentes, Oriente y Occidente. Imagino que este orden aleatorio contiene un sentido profundo, una razón escrita en el ajedrez invisible del catastro. Pienso que estoy obligado a descifrar ese orden en apariencia circunstancial y otorgarle un valor, o en todo caso interpretar por qué una Iglesia tiene a su lado una lavandería, si acaso pertenecen ambos locales al mismo dueño o si son, digamos, negocios complementarios que se apoyan mutuamente para mejorar sus servicios. Quizás las faldas tamarindo son llevadas allí junto a las camisas blancas de los caballeros creyentes, o por qué no, los criollos que atienden la lavandería (de un tiempo para acá los chinos subcontratan a criollos en sus negocios; así ha sido el ascenso social de estos enigmáticos inmigrantes), digo, estos criollos ¿acaso harán proselitismo a espaldas de sus patronos, a favor del templo? ¿Reclutarán entre sus clientes frescos feligreses, limpios de ropa al menos, que ven en la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo un lugar donde comunicarse con otra fe que no sea la de Bailando por un sueño, el engendro de Marcelo Tinelli que rompe el rating todas las noches con su show maratónico y sicalíptico?

Mientras pienso en estas cosas mi hijo Manuel se acerca al balcón para hacer sus labores de jardinería. Me pregunta qué estoy haciendo y le digo que estoy leyendo (le enseño el libro de Pavese) y escribiendo sobre la Iglesia (le enseño el cuaderno que contiene estas líneas). Él comienza a jugar con las herramientas que le regalamos en las navidades; se siente orgulloso de sus habilidades y sobre todo de una planta de lechuga que ha sembrado, cosechado y comido. Ahora lo observo sacar la tierra de uno de los canteros, abonar con compuesto nuevo, regar el ficus y transplantar un pequeño geranio. Se me ocurre pensar que sus conceptos de tierra, territorio, plantar y transplantar están, a pesar de sus seis años, mucho más desarrollados que los míos. Y concluyo que en vez de papel y lápiz lo que yo necesito es una pala, una regadora y un rastrillo.

— ¿Iglesia? –pregunta, y yo le indico el lugar, allí al lado del plátano enorme, entre la casa de ladrillos y la lavandería. Él asoma su cabeza por entre la red de protección y no ve nada más que un edificio gris de tres pisos con un letrero amarillo.

— ¿Y qué es una iglesia? –Manuel no conoce lo que es el agua bendita, las ofrendas a los santos, el olor de la mirra ni ningún otro artilugio líquido o sólido proveniente de la fe. Lo hemos criado en un hogar radicalmente laico. Convenientemente laico.

— Una iglesia es un lugar donde la gente va rezar –le digo para ganar tiempo mientras pienso una respuesta más ilustrativa.

— ¿Rezar? –parece que le he dicho algo en otro idioma.

— Hay gente —aclaro—que se comunica con Dios. Las iglesias sirven para que las personas que lo deseen se comuniquen con Dios.

— ¿Y cómo se comunican?

— Bueno… como en sueños –arriesgo una respuesta—, como si le hablaras a alguien en sueños.

— Qué raro –dice, pero no parece darle importancia.

Pienso que la charla teológica ha concluido. Manuel agarra la pala y cava en la maseta para sacar la tierra vieja y colocar la nueva, planta el geranio y encima coloca unos cantos rodados que sirven de decoración. Yo me siento relativamente satisfecho con mis respuestas y creo haber sorteado la coyuntura. Pero de pronto abandona la pala, levanta la mirada, observa un avión que va cortando el cielo, y arroja:

— ¿Y qué es Dios, papá?

(La carne)

Justo frente a la Iglesia y la lavandería, en toda la esquina de la calle Yatay, donde hábiles motochorros rompen casi a diario los cristales de los autos estacionados para robar los reproductores o hurtan las carteras de las mujeres desprevenidas que esperan su turno para cruzar el semáforo, se encuentra el negocio más emblemático del barrio: la carnicería. El templo del espíritu enfrentado al santuario de la carne. De un lado la abstracción pudorosa y del otro el sensual materialismo.

Cacho, un tipo de unos sesenta y pico, ex cantante de milongas, hincha del club deportivo Chacarita (eterno perdedor del fútbol argentino), de dedos hipertrofiados, joroba temible, alopecia legendaria y nariz de gancho, es el encargado del arte de cortar con los cuchillos. Como aquel marqués de Villena del siglo XVII, autor del famoso Arte cisoria, Cacho detenta una sabiduría equivalente a la de cualquier intermediario de Dios en la tierra. Él resume la quintaesencia de un porteño venido de abajo con sus atributos y taras a flor de piel: la franqueza en el trato, el amor hacia los niños (nunca faltan golosinas para Manuel), el comentario político arbitrario y despiadado, y un notable interés por las actividades culturales: años tras año, sin falta, lleva a sus cinco nietos a la feria del libro.

Con sus manos ciclópeas elabora firuletes con los cuchillos y corta delgadas milanesas a partir de un jugoso trozo de nalga o de una sangrienta bola de lomo; extrae con eficacia la picaña que está dentro del cuadril o corta longitudinalmente, con la ayuda de la sierra eléctrica, un largo asado de tira (“esto es una manteca”, dice). Y mientras corta habla. Y habla mucho. Y con la misma precisión con que separa la grasa de la carne deja colar sus agudas paradojas: “un cuchillo afilado es un cuchillo seguro”, dice, y yo me voy a casa con la carne (y un nuevo aprendizaje) dentro de la bolsa.

Me imagino a Cacho como uno de esos personajes de El matadero de Esteban Echevarría: violento, ingenuo, intransigente. Alguien que llegado el caso podría cometer un homicidio en defensa propia. De hecho, cuando habla de la creciente inseguridad que golpea al país, suele echar mano de metáforas ad hoc como “cortar la cabeza” de los delincuentes, o agarra el gancho donde cuelga la media res en la cámara frigorífica para simular el gesto de enterrarlo (en las entrañas de un delincuente, claro) mediante un movimiento sorpresivo. A pesar de todo esto (pienso que de manera idéntica a las paradojas que formula) Cacho es un hombre radicalmente tierno y en los bolsillos de su bata ensangrentada siempre hay caramelos y chupetines para los niños.

(El país del escritor)

La iglesia, la lavandería y la carnicería. Y a pocos metros la venta de lubricantes automotores; aceites fósiles cuya tarea es permitir que todo, en la medida de lo posible, fluya. Porque en la calle Perón (¿he dicho que todo esto ocurre en la calle presidente Juan Domingo Perón, entre Pringles y Yatay?) la vida no siempre fluye y más de una vez se atasca.

Es el caso de dos hermanos (eso creo, son idénticos: mismos huesos puntiagudos, mismos ojos desorbitados) que se instalaron al lado de la carnicería, es decir, frente a la iglesia y la lavandería, diagonal a la venta de lubricantes. Llegaron hace un año arrastrando sus bultos percudidos y su largo tufo a Termidor en tetrabrick. Eligieron los escalones de la puerta de al lado de Cacho e hicieron campamento con sus colchones de goma espuma y sus trapos amontonadas. Siempre saludan a los vecinos y preguntan la hora y a veces piden monedas a los autos detenidos en el semáforo. Cuando llega el invierno se quedan hieráticos bajo el cono de luz que baja de la copa de los plátanos y fuman cigarrillos que piden a los transeúntes o beben caldos humeantes que sujetan con sus guantes agujereados. Luego, cuando llega la noche, acuden al estacionamiento del pequeño almacén textil que está en la otra cuadra, y allí se refugiaban hasta el día siguiente.

Es curioso, pero durante el año que han permanecido allí no he visto a ningún miembro de la Iglesia Evangélica Pentecostal Puerta del Cielo acercarles un cuenco con lentejas o un poco de pan. Yo tampoco lo he hecho, es cierto, pero sé que una vecina les ofrece comida preparada por ella misma, servida en envases plásticos. También un hombre de unos sesenta años charla con ellos e intercambia cigarrillos, y Cacho, al final de la jornada les obsequia con algún pedazo de falda que luego guisan en el estacionamiento del almacén textil. Tampoco he visto que la gente del Gobierno de la Ciudad los ayude, a pesar de que existe un programa de albergues y comedores públicos. La lavandería, por supuesto, no ofrece quitar las manchas de sus ropas percudidas y la tienda de lubricantes nada puede hacer con quienes carecen de vehículos. Quizás por todo esto los amigos clochards han preferido semanas atrás mudarse a otra parte. Los he visto retozar en las veredas del pasaje Bogado, incluso ahora integran una tropa mendicante que anda por los lados de Potosí, cerca de un edificio ocupado.

Ahora (demasiado tarde) advierto que estos dos hermanos fueron durante un año los inmigrantes visibles de mi calle, miserables viajantes en busca de refugio o asilo. Gente que llevó su renuncia y despojamiento a niveles franciscanos (y etílicos), personas cuya condición migratoria es la única condición que les queda. No muy distintos, a decir verdad, de lo que seré, de lo que alguna vez fui o de lo que a veces pienso que soy. Y este paralelismo, sin duda un poco fantasmal e inexacto, esta identificación más o menos oblicua, me produce una molesta inestabilidad moral. Claro que ahora no sirve de nada arrepentirme, pero sobre mí pesa el no haberles echado una mano o no haberme detenido a conversar un rato con ellos. ¿Por qué no lo hice? ¿Qué me frenó? Al intentar una respuesta solo encuentro endebles y bajos argumentos, explicaciones autocomplacientes que no conducen a ningún lado. Primero fue el techo de la Iglesia, y ahora los hermanos Clochards. Asignatura pendiente: revisar cuanto antes mis niveles de participación ciudadana.

Hay otros negocios que hacen vida en mi calle: la panadería de los panes duros, la cerrajería secreta del paraguayo, la verdulería boliviana, el taller de reparación de hornos y heladeras, el almacén del chino misterioso y el kiosko nocturno de Ricardo en el que, según cuentan, venden drogas con el favor de los policías. También están los vecinos de mi edificio: las hermanas locas del octavo, el escandaloso hincha del séptimo, la psicoanalista del tercero, o la encargada del edifico que, haga lo que haga (pula el piso, limpie la vereda, o suba a la azotea a colgar ropa) nunca deja de hablar por teléfono.

Lo que me rodea me delimita; es la prolongación de lo que soy. Yo y mis circunstancias callejeras, yo y mis veredas rotas, y mi Iglesia en la que no creo, y mi carnicería a la que acudo casi a diario, y la lavandería que me salva cuando muere el lavarropa. Pequeña galaxia de satélites que orbitan al alrededor de mi estrecho campo gravitatorio. Y sin embargo, ¿no será a revés, digo, que en vez de yo atraerlos, ellos me atraen a mí, como si yo fuera una especie de meteorito que ha caído en lo ancho de la sabana? Corrijo: soy yo el satélite (o el meteorito) de este microcosmos urbano, sideral e indescifrable.

Retomo el libro de Pavese:

¿Es posible que a los cuarenta años y habiendo visto tanto mundo todavía no sepa cuál es mi país?

Yo creo haber aprendido a identificar, con enorme lentitud y esfuerzo, cuál es ese país. Y sin ánimo de dar lecciones creo que el país del escritor es simplemente el lugar donde escribe. El albergue, así sea accidental o provisorio, donde realiza su actividad. Ese rincón adonde fue alguna vez empujado por obra de la voluntad, el destino o la inercia. Las coordenadas desapasionadas que lo fijan a la silla.

Por eso escribo acerca de la calle Tte. Grl. Juan Domingo Perón, a la altura de Yatay, desde un balcón a la calle, sexto piso, a pesar del ruido de las ambulancias y los cantos amortiguados de los feligreses, a pesar de las interrupciones de Manuel que, rastrillo en mano, vuelve a preguntar asuntos de gran profundidad teologal. Escribo, a fin de cuentas, para procurarme un lugar donde escribir.

De nuevo, Pavese:

Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aún cuando no estés te sigue esperando.

Yo no creo que exista un país que lo esté esperando a uno, ni a nadie. Más bien uno está esperando ese país. Pero como un país suele ser algo que demora en llegar, entonces uno lo espera, y también lo vive y además lo inventa. Y la articulación de esas tres operaciones da como resultado un país posible. Transitorio, escurridizo, incompleto, pero posible. Yo sugiero tener siempre cerca un país con estas características. Entre otras cosas para mejorar nuestros niveles de participación ciudadana, y de paso neutralizar la máquina borradora de contextos.

***

El país del escritor
Gustavo Valle
Milena Caserola y El 8vo Loco (2013)

Gustavo Valle Autor de los libros "Materia de otro mundo" (2003), "Ciudad imaginaria" (2006), "La paradoja de Itaca" (2005), "Bajo tierra" (2009) y "El país del escritor" (2013). Ganó la III Bienal de Novela Adriano González León y el Premio de la Crítica.

Comentarios (3)

Enio
4 de Mayo, 2013

Materia,materia,poeta!!! abrazos.

juana castilla
5 de Mayo, 2013

me recuerda al EXTRANJERO de CAMUS, pero el EXTRANJERO no logra hablar con ningún hijo ni maravillarse de la lechuga que su niño ha plantado y de que su relación con la TIERRA es pobre. hay fuego, belleza, nostalgia, ironía, descripción, costumbres, techos, antenas, lechuga, fieles que llegan “por goteo”. esta imagen me pareció TRAGICA y POETICA a la vez. ENORME agilidad y colorido la de estas imágenes y la de este diálogo, ya que podemos ver todo: la tele, el rating, los ricos, los pobres, los chicos, los grandes, los medianos …. todo !!!!!

claudia
17 de Enero, 2014

Muy bueno, inspira!!!!

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