Artes

Un claro en el bosque, por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 2 de Mayo, 2013
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Hasta los 46 años me dediqué exclusivamente a la Arquitectura. La literatura se fue apoderando de mi tiempo de una manera al principio imperceptible, acariciadora, a veces fantasmal, pero siempre creciente y decidida a no perder el terreno que iba ganando en mi cuerpo. A veces me preguntan por qué abandoné la Arquitectura por la literatura. Respondo que en esta vida abandonamos muy pocas cosas. Uno suele ser el abandonado, al final, por la vida misma.

Creo que primero fui escritor y por un tiempo utilicé a la arquitectura como un cuartel de invierno donde encontraba tranquilidad, método, compañeros de estudio, conciencia de qué significa llevar un proyecto hasta el final. Y entonces, ya más maduro y menos temeroso, retomé la aventura de mi infancia y de mi dolorosa juventud.

Toda esta introducción es para contarles que al diseñar partía siempre de una ficción que era la futura vida de mis clientes, una comedia que esperaba no se convirtiera en drama. Solía cuestionarme: “¿Este espacio es armonioso, grato, generoso, adecuado para la historia que quiero contar?”. Pero nunca tuve la curiosidad y la valentía de hacer una pregunta más peligrosa: “¿Qué es el espacio?”.

En una exposición de los croquis de viaje de mi padre, Rafael Pereira nos dio una charla sobre el sentido que tenían aquellos pequeños dibujos a lápiz y pluma en hojas de libreta. A Rafael le impresionó la fuerza con que plasmaban la vocación de un sitio, de un lugar y, partiendo de esta idea, nos explicó que nuestra generación había sido estafada al imponerle la idea de que el espacio geométrico es el tema central de la arquitectura.

Voy a intentar resumir las palabras de Rafael:

La idea clásica de lugar ha sido sustituida por la moderna de espacio. Para los griegos el topos estaba referido a una serie de atributos geográficos, atmosféricos, culturales y psicológicos que iban definiendo la percepción de un lugar. El espacio, en cambio, se refería a una abstracción sin atributos más allá de sus medidas o era una referencia para designar un sitio tan incognoscible como el Olimpo. En el siglo XVIII, la célebre frase de Pascal “El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra” perdió fuerza y la astronomía comenzó a acompañar y alimentar con esa misma infinitud silenciosa el ideario abstraccionista de la modernidad, privilegiando el término espacio sobre el de lugar. En este proceso se fueron perdiendo, entre otras cosas, los atributos esenciales de los lugares urbanos y se generó una fatal segregación de funciones en la ciudad, así como esa neutra abstracción conocida como “espacio urbano”.

En los años setenta, Yi-Fu Tuan introduce en la Geografía Humana la noción de Topofilia, una actitud que nos permite revisar el conjunto de atributos de un lugar específico. Este proceso permite crear valores integradores entre los hombres y sus lugares. Al necesario recorrido plural y sensorial de un lugar, Tuan lo denomina Coreotopía, una danza en que el sujeto se transforma en un actor que va recorriendo, comprendiendo y propagando la buena nueva de un lugar más pleno y vital.

Durante los años en que la arquitectura comenzó a abandonarme, como una esposa harta de infidelidades, ya el llamado Estilo Internacional parecía haber sido derrotado por un Postmodernismo que se jactaba de su ingenio, ornamentos y referencias. Era la respuesta a los formalismos de un movimiento que no quería fundarse sobre tradiciones, mitos o prejuicios, sino en verdades racionales y universales.

Advierto que quizás estoy siendo mezquino. Como arquitecto jamás me acerqué a la dignidad y belleza que logró mi padre en sus edificios de los cincuenta junto a su socio, José Miguel Galia, a quien quise como a un tío materno. Es tan fácil y tentador renegar del Estilo Internacional para los que no hicimos nada valioso. Es lógico que un movimiento que exigía tanta sabiduría y heroicidad se desgastara con los años al caer en la trampa de su propio desarraigo y vanidad. Su gramática era tan exclusiva que terminó siendo tan excluyente como reiterativa. Fue divertido y también cruel cuando Venturi convirtió el “less is more” (menos es más) de Mies van der Rohe en “less is a bore” (menos es aburrido).

Yo confieso haber participado en esa aberración de considerar el lugar como una tabula rasa para la neutra localización de piezas arquitectónicas autónomas e indiferentes a su entorno urbano y con pretensiones de reinar. Basta con ver a la ciudad desde el Ávila para constatar cómo lo mejor de nuestros valles y colinas se llenaron sin ningún pudor de miles de reyezuelos, aburridos unos de otros.

Es lamentable también la cantidad de plazas y parques que han sido eliminados por las nuevas vialidades y centros comerciales. Donde está el Centro Tolón hubo una vez un parque, un campo de fútbol donde está el Centro San Ignacio, una plaza donde se encuentra el Centro Comercial Santa Mónica y la plaza del Nuevo Circo tuvo una vez vida donde acaba de ser construido el Museo de Arquitectura.

De manera que ya había comprendido, como narrador y como arquitecto, que el espacio no es una entidad real y perceptible, sino una abstracción que ejerce su poder desde distintas corrientes y a partir de peligrosos supuestos, pero no me había asomado a la penetrante clasificación de topofilias y topofobias ni a las gratificantes bondades de una coreopatía.

Los que tuvimos la suerte de acompañar a Martín Vegas en sus viajes, conocimos su manera de recorrer un lugar. Al caminar por un pueblo, de pronto se detenía como si recordara algo y quisiera anotarlo. El gesto y la posición siempre era casual: unas veces se apoyaba de una columna y minutos después se sentaba en una escalinata o en un café. Al contemplar su comunión con una parte del mundo donde apenas estábamos de paso, dejábamos de ser nómadas y nos hacíamos juiciosamente sedentarios, lugareños. No importaba la duración, el lugar, la técnica o la destreza, gracias a su compenetración el viaje parecía asentarse y sentíamos el encanto de la permanencia, de coexistir con una realidad que ha podido ser tan sólo un recuerdo difuso, pasajero, ajeno. Si la vida toda es un tránsito, viajar es la manera más genuina de vivir, y una libreta de dibujos un genuino testimonio de nuestra estadía en la tierra.

Para Le Corbusier dibujar significa primero mirar, luego observar y al final, con suerte, descubrir. “Todo nuestro ser  entra en acción y es esta acción la que cuenta. Otros permanecieron indiferentes, ¡pero tú viste!”. Ese “ser que entra en acción” también equivale a esa danza que requiere el comprender un lugar mientras surge una inesperada revelación.

Hoy en día puedo preguntarme “¿Qué es el espacio?” sin el asedio de clientes y la Ingeniería Municipal. El diccionario ofrece una acepción bastante mercantilista: “La capacidad de un terreno, sitio o lugar”. En nuestro idioma el término espacio fue una vez semejante a sosiego, consuelo. Hubo una época en que “espacioso” quería decir silencioso, sereno, y “espaciar” equivalía a aliviar el dolor, alegrar, divertirse, y la opción más bella de todas: “Andar habiendo placer”.

Pero toda palabra suele tener trasmutaciones y cambios de rostro, veamos pues qué nos ofrece la etimología. Espacio deriva de spatium, materia o tiempo que separa dos puntos. A su vez spatium proviene de spodium, un campo para correr o caminar, y de la raíz indoeuropea spao, que significa yo jalo, estiro, arrastro, incluso desgarro.

De manera que el espacio puede permitirnos “andar habiendo placer”, pero también desgarrarnos con sus estiramientos, incluso castrarnos. No en balde spatium tiene relación con spasmus: espasmo, y con spado: eunuco. Quizás ya es hora de proclamar: “¡Espacio, cuantos crímenes se comenten en tu nombre!”.

Lo que más preocupa a Pereira tiene que ver con el proceso de abstracción que alimenta el espacio geométrico al dejar de ser instrumento y convertirse en finalidad.  Su entronización ha ido mermando cualidades esenciales de la ciudad al convertirla en un sistema de zonificaciones, densidades, lotes, porcentajes de ubicación y construcción, retiros, altura máxima, fórmulas y cantidades como el R4 y el R6, ingeniería vial, áreas verdes en vez de plazas y parques, ductos de ventilación en vez de patios. La adivinanza infantil: “¿Qué pesa más, un kilo de algodón o un kilo de plomo?” estaba destinada a enseñarnos que el kilo, el litro y el metro tenían vida propia e independiente de la sustancia o alma de lo que medían. Y como en esas novelas de ciencia ficción donde las máquinas terminan dominando al hombre, las medidas establecieron su leyes inertes y deshumanizantes.

El siguiente paso en la abstracción del espacio sería inflarlo con ideologías. Durante mis años de estudiante el sumo sacerdote fue Manuel Castells con su dogmática y aburrida Sociología Urbana, un libro que durante los años setenta nos persiguió en la Facultad de Arquitectura hasta por los pasillos y el cafetín.

La mayor de las sorpresas que generó Pereira me aguardaba en la palabra “lugar”. El diccionario filosófico de Abbagnano nos ofrece la visión de Aristóteles: “El lugar es el primer límite que abraza a un cuerpo”, y luego la de Descartes, quien plantea el caso de un pescador en una barca que se aleja de la orilla: si bien no varía el lugar del pescador en la barca si cambia su lugar con respecto a la costa. Mediante este ejemplo Descartes explica su concepto de la idea de lugar como un sistema de referencias entre un cuerpo y los demás.

Este sistema de referencias ya nos abre un camino, pero veamos que dicen los diccionarios etimológicos. La primera versión que conocí establece que “lugar” proviene del latín localis y de locus: un lugar donde se localiza algo, donde se coloca un objeto. Esto equivale a decir que el lugar para comer es donde colocamos la mesa y las sillas.

Resulta que existe otra posibilidad. Lugar puede también venir de lucaris y de lucus, un claro en el bosque que se destinaba a la protección y celebración de una divinidad y más tarde al establecimiento de una aldea. Este sentido quizás se perdió con el cristianismo al eliminar la veneración por las divinidades de la naturaleza, una tradición propia de la religión romana. Las palabras lucus y lucaris originalmente significaban claro, claridad, y comparten raíz con lucir, lucero, luminoso, elucubrar, esplendor. En esta segunda versión el comedor es el lugar ideal para comer, incluso antes de que aparezcan la mesa y las sillas. Este otro punto de vista me recuerda un proverbio: “No es más grande el que más espacio ocupa, sino el que mas vacío deja cuando se va”.

En la antigua Grecia una colina no era sagrada por estar coronada por un templo: el templo se colocaba sobre colinas consideradas sagradas. Quiere decir que primero se concebía el lugar y luego el espacio. O dicho con palabras de Vincent Scully en su libro La Tierra, el templo, los dioses: “Los elementos formales de todo santuario griego son, primero, el paisaje específico donde se coloca, y luego los edificios que se construyen en él”.

Justo cuando aterricé en la idea de lucus y lucalis, tuve la suerte de encontrar un ensayo de Patricio De Stefani titulado Reflexiones sobre los conceptos de espacio y lugar en la arquitectura del siglo XX. De Stefani hace un útil repaso sobre la evolución del concepto de espacio y llega al momento en que se empieza a cuestionar su pretendida y abstraída universalidad.

Veamos primero una de las expresiones más descarnadas de esa futura ciudad tal como la vislumbro Rimbaud en sus Iluminaciones (1886):

Soy un efímero y no demasiado descontento ciudadano de una metrópoli creída moderna porque todo gusto conocido ha sido evitado en los mobiliarios y en el exterior de las casas así como en el trazado de la ciudad. Aquí no podríais distinguir las huellas de ningún monumento de superstición. La moral y la lengua están reducidas a su más simple expresión, ¡por fin!

Y ahora pasemos a una de las más influyentes reacciones, iniciada por Heidegger al anteponer la idea de habitar a la ruptura con el pasado de la modernidad que se extendió, dice De Stefani, a una ruptura con el lugar y con el tiempo al proponer una suerte de “escape a un futuro emancipado, perfecto, puro y acabado”.

El más famoso ensayo de Heidegger sobre este tema es de 1951: Construir, habitar y pensar, traducido y publicado en 1964 por el profesor Alberto  Wibezahn en el Boletín de Investigaciones Históricas de nuestra facultad en la UCV. Tomaría tiempo para que estas reflexiones pasaran del ámbito de los historiadores al de los arquitectos.

Del mismo año es otro de sus ensayos Poéticamente habita el hombre, basado en un poema de Hölderlin. Los ataques de Heidegger al espíritu omnipotente de la modernidad son bombas de profundidad. Primero cita un epigrama de Hölderlin titulado La raíz de todo mal: “Ser en unidad es divino y bueno; ¿de dónde entonces el afán entre los hombres de que tan sólo uno y una cosa tan sólo sea?”. Luego nos cuenta sobre una meditación del mismo Hölderlin: “Quizás el rey Edipo tenía un ojo de más”, y nos comenta: “De este modo podría ser que nuestro habitar impoético, su incapacidad para tomar la medida, viniera de un furioso medir y calcular”.

Al comentar el poema de Hölderlin, En un amable azul, Heidegger se centra en una estrofa:

Aunque pleno de méritos, es solo poéticamente que el hombre habita en esta tierra.

Ciertamente el hombre tiene el mérito de ser un gran constructor, pero hay que tener cuidado, nos advierte Heidegger:

…los méritos de este múltiple construir no llenan nunca a la esencia del habitar. Al contrario: llegan incluso a negarle su esencia al habitar.

E insiste:

…estos méritos, precisamente por su profusión, restringen este habitar a las fronteras del construir.

Por lo tanto no podemos olvidar que:

El poetizar construye la esencia del habitar. Poetizar y habitar no sólo no se excluyen. Al contrario, poetizar y habitar se exigen alternativamente el uno al otro, se pertenecen el uno al otro.

Para Heidegger, cuando Hölderlin especifica en su estrofa que se habita “en esta tierra”, nos está señalando

…propiamente la esencia del poetizar. Éste no sobrevuela la tierra ni se coloca por encima de ella para abandonarla y flotar sobre ella. El poetizar, antes que nada pone al hombre sobre la tierra, lo lleva a ella, lo lleva al habitar.

Holderlin lo dice aún mejor:

Siempre, ¡queridos!, la tierra
anda y el cielo aguanta.

Además de ese “furioso medir y calcular” con mirada rastrera, está el problema de la ideologización del espacio. Para De Stefani “el espacio abstracto no tiene nada de etéreo, de homogéneo o incluso de inmaterial. Su grandiosa y a la vez violenta capacidad de abstracción es solo un medio, un instrumento para llevar a cabo su no menos heroico plan ‘maestro’: el de hacer coincidir la realidad socialmente vivida con un simplista y excluyente modelo concebido para reducir todas las contradicciones y conflictos que ponen en tela de juicio su validez, un modelo al servicio del poder del estado, económico, religioso, moral, etcétera”.

A continuación De Stefani resume a Henri Lefebvre, para quien el espacio abstracto es un instrumento ideal para integrar una determinada representación de la realidad a una ideología. No hay un gran proyecto urbano que sea inocente cuando no es concebido a partir de la realidad, sino mas bien de su “blanqueamiento”, de “su reducción a un estado homogéneo, visual, absoluto, legible”.

“¿Cuál es entonces el modus operandi del  espacio abstracto?”, se pregunta De Stefani. Y contesta: “La devastación –aunque sea en nombre de una nueva creación– de todo lo que se excluya de su lógica o su modelo, de todas las diferencias y dimensiones irreconciliables con sus ‘buenas intenciones’, de todos aquellos grupos sociales que cuestionen pasiva o activamente su concepción del ‘mundo’. Mas aún, implica la devastación incluso de sus propias diferencias internas no reconocidas”.

Lefebvre advertía que estamos ante “un espacio que se presenta a sí mismo bajo la bandera de la homogeneidad, el orden, la coherencia, la unidad y la estabilidad como valores absolutos; no obstante, es un espacio que se encuentra subdividido y segregado en todas las direcciones, que es fundamentalmente discontinuo”.

Concluye De Stefani que este tipo de espacio “está hecho exclusivamente para ser visto como un símbolo, pero no de lo que se pretende que sea o de lo que las personas que lo erigen pretenden que signifique: progreso, estabilidad, grandiosidad, éxito, integración, eficacia, sino más bien de la arrogancia, el ego, la violencia, la autoridad y el control.

Pasemos a analizar que está sucediendo con la arquitectura y el urbanismo de Caracas, una vez que contamos con los conceptos del espacio como un sistema de abstracciones geométricas; del lugar como un sistema de referencias culturales que, a su vez, puede ser considerado como una plataforma para localizar objetos o como un “claro en el bosque” que se consagra a una actividad.

Un ejemplo notable en nuestra historia urbana lo encontramos al comparar dos proyectos de Villanueva: sus desarrollos de vivienda en El Silencio y en el 23 de enero. En el primero se utilizó una receta histórica de siglos a través de una reinterpretación del damero caraqueño. Siguiendo estos lineamientos se colocaron los bloques de vivienda generando grandes patios internos y un sistema en el exterior de arcadas, plazas y calles. En un sector de la ciudad con una intensa herencia cultural se crearon nuevos y luminosos espacios públicos consagrados a nuevos usos. Si George Simmel tenía razón al decir que el objetivo de la vida es generar más vida, la vocación de un lugar es generar más lugares.

En el 23 de enero no se parte de una tradición urbana caraqueña sino de una potente situación geográfica en la cual se colocan titánicos bloques en base a una elegante combinación geométrica de prismas que recuerda a Mondrian. Es ciertamente un ejercicio de localización en una enorme pendiente del cual no resultan claros en el bosque con capacidad de ser consagrados, sino una prodigiosa composición donde los vacíos carecen de vocación y de límites, por lo que han tendido a ser invadidos o abandonados a su suerte.

Otro caso que se presta a una interesante comparación lo encontramos en los dos concursos recientemente convocados para el aeropuerto La Carlota. El concurso organizado por el oficialismo propone diseñar un “Recinto ferial” en una porción del actual aeropuerto de acuerdo a un denso programa que incluye salón de convenciones para 4.000 personas, un auditorio de 1.200 personas y una gran plaza techada. Esta propuesta en un sector del aeropuerto revela una patética ignorancia de la vocación del lugar, al punto de que todavía se desconoce el plan maestro para el resto de un terreno de unas 100 hectáreas. Simplemente se escogió una décima parte para colocar funciones y espacios que podrían estar en otro lugar de la ciudad. Se trata de una operación de ocupación que da continuidad al poder de los militares, los actuales dueños y señores del aeropuerto, pues no se plantea un cambio sustancial y definitivo de la base militar que exija su entrega definitiva a la ciudad de Caracas.

El concurso organizado por la Alcaldía de Caracas reconoce una de las más extraordinarias oportunidades para ofrendarnos un verdadero lucaris, el mayor y más puro claro en ese bosque denso, intrincado y paralizante que ha cubierto nuestra ciudad. La sola idea de un parque verde erradica la presencia militar de una base aérea y convierte el lugar en el gran patio civil y civilizatorio de Caracas. Ya no se trata de un locus donde colocar metros cuadrados de construcción, sino de conquistar y respetar el alma fundacional de una nueva ciudad mediante un lucus lleno de luz y naturaleza. Como dice Francisco Feaugas sobre las ideas ganadoras de los dos concursos: “Una ocupa, la otra otorga”.

La visión del espacio cargado de ideología y convertido en objeto y sujeto de la acción de gobierno hoy la vemos expresada con descaro en todos los ámbitos. Se colocan edificios idénticos, con una homogeneidad que se basa en la repetición, a lo largo de la avenida Libertador sin ninguna consideración por el lugar o aporte a la vida de la avenida y sus aceras. Se densifica sin crear espacios públicos ni siquiera en las inmediaciones de los edificios. El proceso a debido comenzar por una revitalización de la avenida aprovechando el vacío que quedó al hundirla y allí crear una serie de plazas y espacios públicos que serían el punto de partida para densificar el eje y darle una vida urbana donde se pueda tanto habitar como “andar habiendo placer”.

Está también el caso emblemático de Ciudad Caribia, una caricatura de ciudad fundada no en un cruce de caminos, como fue la tradición en la colonización del país, sino al final de una solitaria y empinada calle ciega. Algo en su separación y su aislamiento me recuerda ese Olimpo que alimentó fantasías y costosas abstracciones.

El episodio que ha resultado más doloroso fue la colocación del Museo de Arquitectura donde tradicionalmente había existido la plaza del Nuevo Circo. Para Ignacio Sola Morales la topología es el paisaje de los conceptos, y la topografía el paisaje específico descrito, narrado. Para ubicar el Museo se utilizó un plano topográfico de la ciudad donde aparecía un lote vacío luego que la plaza fue borrada del mapa y ya se estaba devastando al Parque Vargas. Un museo de Arquitectura debería habernos dado el ejemplo y nacer a partir de un plano topológico de la ciudad, donde conoceríamos la historia de los conceptos, de las conquistas urbanas y de las derrotas que se debían compensar, reivindicar.

¡Ah! Y luego está el Mausoleo, que continúa vacío, como todo lugar que se nutre del espectáculo de la muerte. Y el llamado por Farruco “cohete ideológico”, instalado en la plaza San Jacinto como un estruendoso símbolo del afán por dominar en vez de crear claridad, transparencia, luminosidad.

Estas acciones arquitectónicas son consecuencia de un estilo de poder, lo increíble es como los frutos terminan definiendo el árbol y hasta las raíces. Esas obras serán tan simbólicas del chavismo como lo fue El Silencio de la época de Medina y el 23 de enero de los tiempos de Pérez Jiménez. Algo en Ciudad Caribia se extiende a todo el país, como caribeándolo, develándolo, y contagiando las causas con las consecuencias. Tarde o temprano la arquitectura es incapaz de mentir.

Debo decir que, no obstante esos extremos de arrogancia, autoridad y control, el panorama puede ser esperanzador. En nuestras ciudades ha sido lento el regreso a la idea clásica de lugar, pero pareciera que comienza a tomar cuerpo a un ritmo creciente. Centros urbanos donde reposaban como bellas durmientes las mejores lecciones sobre como habitar poéticamente comienzan a despertar en Quito, Bogotá, Medellín, Lima. En Caracas tenemos el caso del nuevo bulevar en El Cementerio y la recuperación de la plaza Diego Ibarra, así como la serie de nuevas aceras y sistema de pequeñas plazas en Chacao.

El ejemplo que adoro, y el más reproducible por su escala y sus aportes, es la plaza de Los Palos Grandes. Esta creación de un lugar puede multiplicarse por cien y representar en esos lucus las más dulces y gratas comedias de nuestro idioma espiritual, y hacer menos oscuros e inconducentes nuestros dramas cotidianos.

Heidegger definía una “Cuaternidad” formada por la Tierra, el Cielo, las Divinidades y los Mortales. “La Tierra es la que presta servicios fecundando”. “El Cielo es el camino abovedado del sol, la orbita cambiante de la luna, el brillo peregrino de las estrellas”. “Las Divinidades son los mensajeros donde se manifiesta Dios en su contemporaneidad”. “Los Mortales son los hombres”. Su explicación continúa: “Los Mortales habitan en la medida que salvan la tierra… en cuanto acogen el cielo como cielo… en tanto aguardan a las divinidades como divinidades…”.

Yo estoy feliz de haber encontrado en la literatura una explicación a mis dudas arquitectónicas y urbanas.  En el fondo de los fondos y los abandonos no hay tanta diferencia entre las artes. Se ha renovado mi fe en que sí podemos habitar de una manera plena y poética en un lugar que congregue a los hombres, a la tierra, al cielo y a Dios, y en donde podamos andar con placer y contestar con alegría la pregunta que nos legó Holderlin:

¿Cuando la vida es toda fatiga, puede un hombre mirar hacia arriba y decir: “Así quiero ser yo”?

Federico Vegas 

Comentarios (9)

Jose Luis Quintero
2 de Mayo, 2013

Hay que agradecer mucho a Federico Vegas por sus novelas y por el asombro y el deleite que se sienten leyendo esta gratísima y sabia reflexión sobre la arquitectura y la vida.

Helena Arellano Mayz
2 de Mayo, 2013

Si “el poetizar construye la esencia del habitar”, me permito citar a María Zambrano:

“El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese sólo instante y que nunca más se dará. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. [...] Y queda la nada y el vacío que el claro del bosque da como respuesta a lo que se busca. Mas si nada se busca, la ofrenda será imprevisible, ilimitada.

Si bien las palabras de Zambrano se refieren a la experiencia mística, porqué no imaginar un parque verde —que nada busca y cuya ofrenda sea ilimitada— un lugar para andar con placer, para mirar hacia arriba, preguntarse, y con suerte encontrar algún “claro en el bosque”.

Otras palabras para pasearse por la plaza de Los Palos Grandes, Federico. Gracias.

Ricardo Faccini
3 de Mayo, 2013

Ahora se fusionan, y de que manera, la Arquitectura y la Literatura Excelente Articulo!

Ana María Marín
3 de Mayo, 2013

Querido Federico, envío tu artículo a mis estudiantes en homenaje a tu padre y a tu maravillosa manera de escribir sobre la ciudad, el paisaje y “las oportunidades perdidas” que a todos nos agobian, en una ciudad que quiso ser y ko es. Una ciudad que cada vez sufre mas y mas de la ocupacion brutal de lo edificado sin cohesion, en consecuencia vivimos la imposibilidad de vaciar un poco Caracas para el placer, el ocio, el encuentro. En fin, para la ciudadanía. Abrazos agradecidos por brindarnos lecturas estupendas, Ana María Marín

Fina Weitz
3 de Mayo, 2013

“Andar habiendo placer”. Si lo lograramos en Arquitectura,música, literatura…si lo enseñaramos,seriamos felices.

Gracias Federico más que un artículo,es una reflexión necesaria y sincera en esta época de banalidades y logro % porcentuales ideológicos. Una imágen analizada por mi papa de 94 años dice al observar los edificios de la misión vivienda, “copia mala. de lo que tanto tiempo costo tumbar,” el reten de Catia”.

Víctor Celestino
3 de Mayo, 2013

Parto desde lo dicho al principio: el encuentro con la literatura, desde esa edad. Lo tomo porque igual me ha sucedido, salvando las distancias y a una edad mucho más avanzada y ojalá, pueda encontrar el espacio que pareciera destinado a cada quien, en el equilibrio necesario entre lo construído por el hombre y lo moldeado por la naturaleza. Encontrar ese claro en el bosque y que sea lo suficientemente ancho para dejar pasar la luz de la creatividad, es algo que no debemos dejar de intentarlo. Usted lo ha logrado señor Vegas, aspiro hacerlo también y si no, pues, siempre es grato andar aspirando aires de bosques humedecidos.

María Isabel Peña
4 de Mayo, 2013

Sí Federico, sin duda “vaciar para hacer ciudad” (el claro en el bosque) es el mensaje, para que nuestra Caracas despierte con la calidad de la ciudad que soñamos todos… mip maría isabel peña

miriam armengol
8 de Mayo, 2013

Federico, tu artículo me llegó y me maravillo, volví a llevar a mis cuatro hijos al Tolón, a recorrer las colinas caraqueñas y a lamentarme por la depredación que ha ido sufriendo la ciudad desde que fue la mía en 1975, te recuerdo como un chamo valiente y decidido a “ser” y leerte me ha conmovido por la profundidad que has alcanzado. A mi y a mis hijos nos abrazó una casa de Frutos Viva en la colina de Chuao, allí fuimos felices. Mi hijo Panchito emprendió su vuelo final y se quedó revoloteando paisajes en tu tierra, recorrió el aire de tu bello país al que amaba. El dolor de su partida se ha perdido en el tiempo y me queda el recuerdo de un chamo que era la naturaleza misma. Tu y tu forma poética de expresar el espacio, mas allá de nuestro metier, me han acercado otra vez a ese hermoso valle que ya no es el evocado por Herrera Luque, el cemento lo tapó y muchas generaciones hemos sido ingenuamente cómplices del “progreso”. A ti te salvó de esa complicidad una profunda mirada hacia la vida que es tu conversión de arquitecto a escritor y poeta. En tu patria conocí a gente que recuerdo con gran cariño y admiración y de alguna manera todavía me siento allí, , en tu valle.

Juan Carlos Castro
10 de Mayo, 2013

Federico como hago para que la Arquitectura me abandone por la literatura para siempre ? La literatura es a la Arquitectura como la sal al mar…..

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