Cultura

Desde “La condesa de Hong Kong”; por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 12 de abril, 2013
00/00/1965. FILM "A COUNTESS FROM HONG-KONG"        (LA COMTESSE DE HONG-KONG) BY C.CHAPLIN

Marlon Brando y Sophia Loren en “La condesa de Hong Kong” (1967), de Charles Chaplin

 

1. Recuerdo de niño a mamá quejándose de que, después de haber visto en 1955 Atrapar a un ladrón, dirigida por Hitchcock y protagonizada por Cary Grant y Grace Kelly, papá no la acompañó más al cine, como solía hacerlo cuando la cortejara en la Caracas de Medina Angarita. Envuelto en bocanadas de humo de sus cigarrillos Fortuna, papá por su parte ripostaba, con algo de humor, que las películas a color no le seducían igual que las blanquinegras cintas que vieran de novios. A juzgar por su engominado peinado y los trajinados fluxes príncipe de Gales que vistiera hasta bien entrados los años sesenta – como para que alcanzara yo a conocerlos en mi infancia – algo había de verdadero en la aparente excusa de papá, al menos en cuanto a la indumentaria y el estilo de los galanes hollywoodenses que admiraba, del mismo Grant a Gregory Peck. Porque ciertamente fue hasta finales de los cuarenta, recién casados mis padres en la iglesia de Candelaria, cuando más se estiló aquel dandismo sepia que contrastaba el blanco de los esmóquines y el negro de los fracs, los cuales realzaran los thrillers de Hitchcock y las comedias de Cukor.

Fue entonces todo un acontecimiento para mí, con mucho de reminiscencia romántica para mamá, que papá propusiera acompañarnos a ambos al estreno de La condesa de Hong Kong en el cine San Bernardino, en una de aquellas vespertinas de sábado en que mamá me iniciaba en el gusto cinematográfico. Pero más que por complacencia paternal o conyugal, su gesto obedecía a la arraigada afición por las comedias de Chaplin, cultivada desde sus años mozos en la muda capital del Benemérito, cuando los Almandoz Ramos recién habían migrado desde la oriunda Cumaná egregia pero atrasada. Además de homenajear así a su modo al canoso director ya desplazado por el cinemascope y la estereofonía – quien sólo aparecía como camarero en algunas tomas – quizás papá deseaba ver en la pantalla gigante el maduro esplendor de Sofía Loren, realzado en la cinta por los escotados trajes de Dior, las cejas delineadas y la melena batida a lo Fellini.

Teniendo yo siete años cuando se estrenara en 1967, poco entendí de la trama de A Countess from Hong Kong, considerada por la crítica como fallida comedia romántica con dosis de enredos. Seguramente distraído por la inusual presencia de papá en el palacio de cine de nuestra urbanización, estaba yo más bien absorto con el elenco, desde la Loren que conocía más de revistas que de filmes; pasando por la recia estampa de Marlon Brando, suavizada por su rol como embajador estadounidense que quizás era más acorde con Rex Harrison, quien lo había rechazado después de haber sido Julio César en Cleopatra; hasta la distinguida Tippi Hedren, cuyo nombre no conocía yo por entonces, pero cuyo rostro había fijado desde Los pájaros. Fue la que más ajustada me pareció, en mi criterio pueril, como esposa del diplomático, a pesar de que el papel secundario no satisficiera sus expectativas protagónicas tras filmar Marnie, después de haber roto relaciones con el Hitchcock que la asediaba.

2. Si bien captaron mi atención los bailes en el barco y las escenas de camarote, incluyendo aquella famosa donde aparece la Loren polizona en pijamas, no recuerdo cuánto de Hong Kong mismo asomaba en la trama baladí, más allá de ser el lugar donde aborda Natasha, la indocumentada aristócrata rusa que busca establecerse en Estados Unidos. Sin embargo, desde aquel sábado del 67 en el cine San Bernardino, el exótico nombre portuario se me hizo más seductor y significativo. Porque hasta entonces y con ecos de imitación, made in Hong Kong era para mí sólo la inscripción que aparecía disimulada en innumerables aparatos cotidianos, desde juguetes y relojes baratos hasta radios transistores y cámaras fotográficas de poca monta. Acaso esa manufactura hongkonesa era más frecuente, si cabe, que el precursor “hecho en Japón” y el coetáneo “hecho en Taiwán”, omnipresentes asimismo en cualquier idioma en etiquetas y rúbricas del plexo de objetos – como diría Heidegger en Ser y tiempo – con que inundaron el mundo tecnificado los primeros tigres asiáticos de la segunda posguerra.

No sabía entonces yo que la pobre y diminuta isla de pescadores de Victoria hubo de ser entregada por China, según el tratado de Nankin de 1842, como retribución por el triunfo inglés en la guerra del Opio; ésta había sido el primer intento de las potencias europeas para forzar al Catay inexpugnable a abrirse al comercio y las inversiones internacionales, más allá de la cerámica, la seda y el té que exportaba con creces. Después vino la arremetida franco-británica de finales de los cincuenta, por la que los ingleses ampliaron sus posesiones de tierra firme con la península de Kowloon desde 1860, completados con los Nuevos Territorios que arrendaron desde 1898 por casi un siglo.

Con la impronta anglosajona del puerto franco, los otrora asentamientos pesqueros y artesanales se dedicaron al libre comercio, especialmente con la vecina y congénere Macao, así como con Cantón, por lo que el enclave del imperialismo británico devino suerte de puerta china hacia Occidente. Hasta la caída de la dinastía manchú y el inicio de la Primera Guerra Mundial, el dinamismo de Hong Kong se basó principalmente en su comercio omnímodo y la industria textil de tecnología inglesa y japonesa, siempre apoyado todo en la laboriosidad china. Pero esa prosperidad relativa terminaría con la invasión nipona en la navidad de 1941, abriendo un hiato que se cerraría con la devolución de las posesiones hongkonesas a Gran Bretaña en agosto del 45. La revolución china de finales de la década sólo sirvió para incrementar la inmigración desde el continente, sin que mayores tensiones políticas se produjeran. Se consolidó desde entonces un modus vivendi con la República Popular que sería puesto a prueba en los radicales años sesenta de la Revolución Cultural, pero que Hong Kong hábilmente sortearía permitiendo el ingreso extraoficial de capital al régimen comunista de Mao Tse-Tung, mientras éste le proveía de agua y otros insumos vitales de tierra adentro.

hongkong texto

3. Después de los juguetes y enseres que conocía yo para cuando viera aquella película de Chaplin, el milagro industrial hongkonés, con algunas de sus miserias, resonó de nuevo para mí cuando estudiara Urbanismo en los años setenta. Como la cercana Singapur que lo emulara, el próspero territorio de poco menos de 1.100 kilómetros cuadrados y 2 millones de habitantes aparecía entonces como ejemplo de los países más urbanizados y densos del mundo, con su city portuaria erizada de rascacielos corporativos, de Sanyo a Philips; pero también como muestra de una conurbación que albergaba altos índices de segregación y marginalidad, para utilizar el término en boga entonces. Sirviendo de bastidores a más de una película de acción de Bruce Lee, en Hong Kong se combinaban desde las lujosas residencias para europeos en Victoria Peak, hasta los cubiles para los inmigrantes asiáticos en las ciudades anfibias y los sampanes, que albergaban más de un quinto de la población total.

Pero esos contrastes demográficos y sociales no eclipsaban el milagro económico de Hong Kong, pregonado en la literatura especializada que estudiábamos, de Walt Whitman Rostow a Kingsley Davis, como exponente de la modernización que sigue a la industrialización y urbanización. Desde el plástico hasta los aparatos electrónicos, su amplio catálogo manufacturero de la segunda posguerra daba ya paso a un pujante sector terciario y financiero, epitomado en el índice Hang Sen, que desde 1969 registra las transacciones diarias de una de las mayores bolsas de Asia. A diferencia de casos latinoamericanos como Venezuela – que aparecía todavía en esa literatura, junto a Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur, en tanto prometedor exponente de “país en desarrollo” – ese crecimiento económico era orientado a la exportación con la que habían ganado los mercados internacionales, mientras que los países latinoamericanos, apegados a su industrialización obsoleta y nacionalista, competían sólo por el endeudado arribo a la década perdida de los ochenta.

4. En aquellas peculiaridades y diferencias del modelo de desarrollo de los tigres asiáticos por contraste con Latinoamérica pensaba yo mientras veía en la BBC las pirotécnicas celebraciones por la devolución de Hong Kong en 1997, con aquel telón de fondo de uno los puertos más traficados y rutilantes del mundo. Después del fallido intento de lady Thatcher en su visita a China en 1982, buscando conseguir la aprobación de Deng Xiaoping para extender el lease hongkonés por 50 años más, Gran Bretaña honraba así el acuerdo inicial, devolviendo la otrora comarca de pescadores metamorfoseada en ciudad estado global. Un siglo después del arrendamiento y superadas muchas iniquidades en su progreso, el territorio con casi 7 millones de habitantes alcanzaba un ingreso per cápita de casi 25.000 dólares, superior incluso al de potencias como Canadá. Me maravillé no sólo por el eficiente legado británico, sino también por la ciudadela capitalista que, a lo largo de más de un siglo, ha servido de faro liberal a sus vecinos, incluyendo la China pujante a la que ahora pertenece de nuevo.

No conozco Hong Kong y es probable que nunca la visite, pero la admiro profundamente, como a muchas sociedades pequeñas y de recursos escasos donde el desarrollo ha sido alcanzado, a pesar de las limitaciones y los reveses. Por ello en parte explico mi interés cuando veo cualquier noticia o indicador sobre el progreso hongkonés, sin desconocer las desigualdades sociales y habitacionales que todavía lo aquejan. Pero también me he dado cuenta de que parte de la fascinación es casi infantil, y ha de estar afincada en mí desde aquella tarde sabatina en que viera la comedia de Chaplin con mamá y papá en el cine San Bernardino, tan pretérito ya como el desarrollismo venezolano de marras.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (1)

maría rodríguez
30 de septiembre, 2014

Sr. Arturo Un gusto. Disfruté enormente su entrevista el día de hoy, más pues luego de más de 20 años en Caracas, regresé a mi ciudad Barquisimeto, extrañándo muchísimo, nuestro Ávila, entre muchas cosas más, y entre ellas esa zona especial de lo que ha sido Sn. Bernardino, urbanísticamente particular. Aunque el profesional es ustd.quise estudiar esa carrera, pero ya estando en Mcbo. tuve que ajustar mi decesión de continuar ingeniería en mi bella LUZ.

Bajé algunos artículos suyos, para leer luego con calma, pero no veo El que se refiere a Sn Bernardino y el Regreso a la Metróplois? o los debo buscar en la librería desde ya? Pensé habría sus comentarios o fragmentos de los libros.

Aquí tiene otra admiradora, y ahora desde la capital musical.

Gracias por su atención

Atentamente

Ing. Ma. Auxiliadora Rodríguez

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