Artes

La ópera: de lo aristocrático a lo popular

Por Prodavinci | 10 de Abril, 2013
opera texto

“En la ópera” (1878), de Mary Cassatt

Fragmento de un artículo de Luciano Marra de la Fuente, publicado en la Revista Ñ

El Palacio Pitti de Florencia y el casamiento de Enrique IV de Francia con María de Medici fueron el marco donde se estrenó, el 6 de octubre de 1600, la primera ópera que se conserva, Eurídice de Jacopo Peri. El lugar y la circunstancia nos dan una idea del contexto en el cual surgió este nuevo género, a partir de la aspiración de revivir la tragedia a cargo de un grupo de intelectuales y músicos italianos de finales del siglo XVI. Este nuevo experimento se fue propagando a lo largo de sus tres primeras décadas sólo en las cortes italianas y en el Vaticano, con una función meramente ceremonial, para festejar bodas o celebrar eventos especiales.

Es en Venecia, activa ciudad de comerciantes, donde en 1637 abre por primera vez un teatro de ópera público, el San Cassiano. Durante el siglo XVII, funcionaron alrededor de diez teatros públicos en esa ciudad, propiedad de diferentes familias patricias que veían con orgullo la glorificación de su nombre en esa inversión.

Desde entonces, quien pudiera comprar una localidad para asistir al teatro de ópera, podía acceder a ese nuevo espectáculo escénico-musical que hasta el momento había sido exclusivo de los salones y jardines de los palacios. Así, en menos de cuarenta años, lo que en sus inicios fue un fenómeno aristocrático se transformó rápidamente en uno popular.

La arquitectura del teatro veneciano reflejaría también las diferencias sociales de la ciudad: en la platea se encontrarían ciudadanos comunes, oficiales civiles y mercaderes prominentes, en tanto que en los diferentes pisos de palcos concurrirían nobles venecianos y extranjeros, como también embajadores y representantes gubernamentales. Asistir a la ópera se transformó en un evento social que iba más allá de lo que sucediera en escena: era el momento para discutir sobre negocios y política, cultivando relaciones sociales e incluso amorosas. Era el lugar para observar y ser observado.

Hasta entrado el siglo XIX, el nivel de ruido y el comportamiento en esos teatros era bastante diferente a los que hoy en día estamos habituados. El público ignoraba los largos recitativos de la “ópera seria” dedicándose a hablar, jugar a las cartas o sencillamente cenaba en sus palcos, y sólo prestaba atención cuando aparecía alguno de los famosos cantantes de la época cantando un aria virtuosa. El público que asistía a los teatros condicionaba el estilo de ópera que el equipo creativo –el compositor y el libretista, pero sobre todo el empresario– presentaba en escena.

Diferente fue la situación, a mediados del siglo XVII, con el surgimiento de la ópera francesa. El compositor florentino, francés por adopción, Jean-Baptiste Lully, impuso un formato de obra escénico-musical que se ofrecía exclusivamente en el teatro de la Academia Real de Música de París o en las diferentes dependencias palaciegas adaptadas para tal fin. Así, la tragédie lyrique –tal es el nombre para designar a la ópera francesa inicial– incorporó varias secciones de danza para complacer el gusto de Luis XIV por el baile, además de un prólogo que alababa sus virtudes nobles y guerreras.

En tanto, en la Viena imperial de los siglos XVII y XVIII se exportaría el estilo de la ópera italiana y los cantantes extranjeros para deleite de un público cortesano. El primer teatro público vienés llegaría recién en las primeras décadas del 1700 con la apertura del Theater am Kärntnertor. El Emperador José II creó también en 1778 un Teatro Nacional con la aspiración de imponer un nuevo género operístico cantado en alemán, el Singspiel. Wolfgang Amadeus Mozart estrenaría allí con éxito El rapto en el serrallo en 1782, aunque en general este tipo de obra, que alternaba partes habladas con números musicales, tuvo poca acogida entre el público burgués. La fascinación por la ópera italiana era demasiado grande, con lo cual, en 1783, la compañía imperial de Singspiel se disolvió. Sin embargo, el género se propagó en los suburbios de Viena sin el patronazgo oficial, en teatros populares como el Theater an der Wien, regenteado por el empresario-actor-cantante Emanuel Schikaneder, libretista de La flauta mágica de Mozart. El éxito popular de este nuevo género se da, en sus inicios, por la aceptación de un público que le daba la espalda a la imposición imperial. Con el florecimiento de los nacionalismos en el siglo XIX, el Singspiel tendría, sin sus componentes cómicos, una nueva vida y una masiva aceptación en territorio germano-parlante.

La idea de asistir a una ópera en un teatro oscuro donde lo importante sea la obra misma y no el heterogéneo auditorio se la debemos, promediando el siglo XIX, a Richard Wagner. Con el aval económico del rey Luis II de Baviera, Wagner concibe el Teatro de los Festivales de Bayreuth, en principio, para difundir su propia obra y para hacer práctico el concepto teórico de “obra de arte total” que había expuesto en varios escritos estéticos: pensar al evento teatral con la jerarquía de una obra de arte y no como un mero entretenimiento.

***

Puede leer el texto completo aquí.

Prodavinci 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.