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Venezuela sin Chávez, por Rodrigo Pardo

Por Prodavinci | 8 de Abril, 2013
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chavez alba

BOGOTÁ– ¿Qué cambiará en América Latina con la muerte de Chávez? El líder populista fue el principal arquitecto de una construcción política que en los 14 años años de su gobierno produjo cambios importantes en las relaciones de los países de la región con Estados Unidos y entre ellos.

Hoy hay en el hemisferio, profundamente dividido, un grupo significativo de países con gobiernos de izquierda que han elaborado nuevos mecanismos de integración entre ellos y cuyas relaciones con Washington tienen mayores niveles de autonomía. Organismos tradicionales como la Organización de Estados Americanos (1968) y la Comunidad Andina de Naciones (1969) -donde la influencia de EE.UU es su rasgo constitutivo- se han debilitado para abrir paso al ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de América), la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños) y UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas).

Bajo el concepto de “socialismo del Siglo XXI”, Chávez cambió su país con una fórmula compuesta por un alto gasto gubernamental en programas sociales, estilo populista, lenguaje demagógico y estirpe autoritaria. Las élites tradicionales fueron remplazadas, la inclusión social de los sectores más pobres se intensificó y las estructuras de poder tradicionales fueron demolidas. La revolución venezolana necesitaba de un apoyo externo y, para asegurarlo, Chávez puso en marcha una política exterior de alto perfil, sustentada en la riqueza petrolera, que incluyó una redefinición de la dependencia tradicional frente a Estados Unidos (calificado y tratado como un peligro imperialista), el acercamiento con poderes extra regionales (incluidos países antiestadounidenses como la Libia de Gadafi, el Irán de Ahmadinejad y la China), y la consolidación de aliados ideológicos en América Latina.

La gran pregunta es si Venezuela, sin Chávez, mantendrá el alto grado de protagonismo en la política latinoamericana y en el escenario global.

Hay algunos argumentos para pronosticar que sí. El principal de ellos tiene que ver con la fortaleza de un país rico en un recurso tan vital para las relaciones internacionales actuales, como el petróleo. Cualquier presidente venezolano (llámese Nicolás Maduro, chavista, o Henrique Capriles, de oposición, quienes disputarán el poder en una elección el 14 de abril) tendrá una voz con audiencia en la comunidad internacional.

De hecho, Chávez no ha sido el único mandatario venezolano que ha utilizado la palanca petrolera para impulsar una política exterior activa y un protagonismo personal visible. Hay antecedentes que van hasta Carlos Andrés Pérez, en los años ochenta y en la Venezuela pre-revolucionaria. Y si se cumplen los pronósticos de una victoria electoral holgada de Maduro, el ex canciller será un presidente con la vasta experiencia de un sexenio al lado de Chávez empeñado, además, en seguir sus pasos. Por ejemplo, el apoyo y participación de Venezuela en la negociación entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC encontraría plena continuidad en un régimen presidido por Maduro. Con Capriles habría una diplomacia más tranquila y de menor tinte ideológico, pero seguramente ambiciosa.

No obstante lo anterior, también hay argumentos que van a obligar al próximo mandatario venezolano a modificar su postura internacional. Nicolás Maduro es el sucesor pero no es Hugo Chávez. No tiene la misma oratoria ni goza del mismo carisma. Y, por decir lo menos, tiene que demostrar que tiene un talento político semejante al de su tutor. Aún si resultara un alumno aventajado, habría que ver si es capaz de comunicarse con las masas y lograr que ellas lo sigan, como lo hacía Chávez. Maduro, igual que Capriles –si la oposición alcanzara el poder- tendrá que dedicarle sus primeros meses, o años, y toda su atención, o casi toda, a la consolidación de su poder interno y a la atención de graves problemas domésticos como enderezar una economía en crisis (desbalance fiscal, desempleo e inflación), controlar la inseguridad ciudadana y disminuir los profundos y peligrosos niveles de polarización política y social. El próximo presidente de Venezuela no tendrá tiempo ni recursos para hacer de la política exterior una prioridad.

Tampoco encontrará en América Latina un terreno receptivo para un discurso demasiado radical. Incluso los gobiernos progresistas hoy se sienten más cómodos con alternativas pragmáticas y con agendas menos ideológicas. El tono cauto de Brasil parece gozar de mayor receptividad, por ejemplo, que la encendida retórica anti imperialista. Y, en general, en América Latina –donde la reciente redefinición de espacios políticos con Washington cuenta con un amplio beneplácito- casi nadie está dispuesto a una confrontación. El Ecuador de Rafael Correa, bajo un régimen de inspiración chavista, no ha seguido el mismo diseño de Caracas en las relaciones con Estados Unidos. Por otra parte, existen versiones creíbles de un interés recíproco entre estadounidenses y venezolanos por mejorar su tratamiento mutuo.

En una balanza con elementos contradictorios, en consecuencia, es previsible una continuidad con algunos elementos de cambio en la política exterior venezolana. Es decir Venezuela, si Nicolás Maduro confirma su favoritismo y gana las elecciones, seguirá siendo chavista pero al fin y al cabo sin Chávez.

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Publicado originalmente en ProjectSyndicate.org

Prodavinci 

Comentarios (1)

Enrique
8 de Abril, 2013

No coincido para nada, cuando muere un líder muere su movimiento, la historia lo confirma, el tiempo es sabio y la ausencia marca los nuevos caminos. Murió Perón y desapareció el peronismo, sería interminable la lista y lo mismo pasará con el chavismo más pronto que tarde.

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