Arte

Al Pacino: Yo nunca creí en la fama

Por Prodavinci | 5 de Abril, 2013
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pacinoFragmento de una entrevista de Rocío Ayuso publicada en El País

¿Bohemio o indigente? ¿Estrella por encima del bien y del mal o simplemente descuidado? Tiene las uñas negruzcas, la chaqueta de cuero raída y el aspecto algo desaseado. Pero ese que está colgado de su móvil en el hotel Four Seasons de Los Ángeles, en pleno corazón de Beverly Hills, es Al Pacino. Así que de indigente, nada. Estrella indiscutible, una de las mejores de su generación, uno de los pocos actores con mayúsculas que van quedando junto a Robert De Niro, Dustin Hoffman y, quizá, Robert Redford. Bohemio siempre, y más ahora, con esos pelos que parecen no haber visto un peine en años y que con toda seguridad intentan encubrir la calvicie que conlleva el paso de toda una vida, un último intento de conservar el aire de juventud desenfadada que sus 72 años dejaron atrás. Los dos libros que alberga en sus bolsillos, convertidos en alforjas de una cultura de la que no se separa, también contribuyen a su aire desmadejado. Los dos volúmenes, el Otelo de Shakespeare en el bolsillo derecho y la biografía de Edward G. Robinson en el izquierdo, están bien leídos. Su charla resulta salpicada con citas de otros. Porque Pacino, este hijo del Bronx neoyorquino y de la posguerra mundial, sobre todo es actor escondiendo su timidez en las palabras de otros. Allí encuentra su refugio de una fama que le ha perseguido a su pesar toda la vida. Porque uno no puede interpretar El padrino, Tarde de perros, Serpico o Esencia de mujer y pasar desapercibido. Por eso, si existía algún aire de frialdad y descuido, desaparece con el abrazo y el par de besos con que saluda.

(…)

P: ¿Qué tuvo la década de los setenta que no exista ahora? ¿Fue mejor o es pura nostalgia?

R: Yo también lo pienso. ¿Fueron obras maestras o somos unos sentimentales? Es fácil pensar que lo pasado fue mejor, pero también es cierto que se dan momentos en los que confluyen factores que propician el nacimiento de algo nuevo. Pero sí, el pasado siempre fue mejor, ¿no? Los setenta fueron un renacimiento, ocurrieron cosas que han hecho correr ríos de tinta. Yo tuve la suerte de estar allí, de participar en un par de películas de esas que lo cambiaron todo. Lo que hacíamos en cine, dar una visión sociopolítica de nuestro mundo o como lo quieras llamar, hoy se hace en la televisión. O en la prensa. Pero nosotros estuvimos en el centro de lo que pasaba.

P: ¿Fue consciente del momento que vivía?

R: Probablemente. Recuerdo el rodaje de Tarde de perros. Todos sentimos que era el comienzo de algo. ¿Recuerda la escena del repartidor de pizza, el circo mediático que le rodea y cómo sale diciendo eso de “soy una estrella”? Recuerdo que en ese momento Sidney Lumet se me acercó y me dijo al oído: “Se nos va de las manos. Esto se nos escapa”. Sí, lo veíamos mejor que nadie, la sed de fama, aunque fuera por un minuto, la invasión de los medios de comunicación. Lo vimos con claridad porque lo estábamos viviendo.

(…)

P: ¿El ego se pasa con los años?

R: Hay una gran diferencia entre tener éxito y ser famoso. Hasta lo dice la Biblia. En ella no se afirma que el dinero sea la raíz de todos los males. Lo que dice la Biblia es que el amor al dinero es la raíz de todos los males. Hay una diferencia. Yo nunca creí en la fama. Al revés, hui de ella. Luego aprendí a aceptarla, un proceso que te lleva años. O que me llevó años, porque ahora es diferente de cuando empecé. Ahora la fama es algo aceptable. La gente quiere ser famosa aunque sea por nada, algo que para mí es poner la carreta delante del caballo. Pero en mi caso la fama era una carga, una presión que no me dejaba sacar lo mejor de mí, liberar mi interpretación, porque tenía que responder a esa imagen creada de mí que llevaba el nombre de Pacino.

P: Marlon Brando llegó a hablar en los mismos términos de su carrera, pero él nunca pareció superar la sombra de su nombre. ¿Cuál fue su remedio?

R: El tiempo, el teatro, los amigos. Brando nunca volvió al teatro. Yo siempre he contado con gente a mi alrededor en la que puedo confiar. Siento esa cercanía. El teatro también, porque cuando trabajas en un escenario se desarrolla un vínculo que es más difícil de lograr en un rodaje. Y gracias a mi infancia, algo que me gustaría que tuvieran mis hijos, ese círculo de amistades de la calle que crecen contigo. Sin ellos hoy no estaría sentado en esta mesa. Sería ese puro cliché de drogas y alcohol que es tristemente real.

P: ¿Habla de alguien en particular?

R: De mi gran amigo Charlie Laughton, quien desgraciadamente se vio afectado de esclerosis múltiple y vivió los últimos años de su vida paralizado. Le escribí todos los días y sigue en mi corazón. Francis [Coppola], a quien llamo siempre que estoy por su zona para vernos. Sidney [Lumet]. Le amo. Teníamos una relación especial. Le vi poco antes de morir. Me senté con él y hablamos. Incluso mis compañeros de partida. O gente con la que podía haberme casado y con la que ahora tengo buena amistad. “No es amor el amor que cambia cuando un cambio encuentra o que se adapta a la distancia al distanciarse” [cita a Shakespeare]. Disfruto de la compañía de mis amigos. Uno tiende a sentirse atraído por aquellos a los que ama, a disfrutar de la compañía por su forma de ver las cosas. Son gente que te intriga, que te fascina por una u otra razón y que forman así parte de tu vida.

(…)

P: No ha dicho nada sobre el éxito.

R: El éxito es relativo, como todo. Bukowski decía que el dinero es mágico, porque nunca lo ves, pero puedes pagar con él. Un milagro. El éxito es genial. Lo malo es que se junta con la fama y se confunden. Pero, como decía Laurence Olivier, ¿qué es lo mejor de la interpretación? La copa que me tomo cuando acaba la función.

P: ¿Se arrepiente de algo?

R: Me siento afortunado de cómo me ha ido. Soy un tipo con suerte que tiene que dar mucho las gracias, así que si volviera a nacer, lo volvería a hacer todo de nuevo.

P: ¿Los años pesan?

R: Hombre, claro que pesan. Pero después del shock inicial, hace unos 20 años, te empiezas a acostumbrar, y ahora ya no significan nada. No le doy importancia. No me veo diferente por la manera en que hablo. ¿Tengo la energía? La tengo, y mientras la tenga todo está bien. Quizá me engañe. Es un tema complicado, y más en este negocio. Hace siete años cargaba con mis hijos en los hombros. Ahora no podría hacerlo aunque tuvieran dos o tres años. Con mi hija mayor solía jugar a la pelota y lo que más me gustaba era correr a por ella. Ahora, cuando vamos al parque y juego con mis hijos, no dejo de preguntarme por qué los árboles van más lentos. ¿Qué les pasa a los árboles?

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