Artes

Una biblioteca personal, por Alonso Cueto

Por Prodavinci | 17 de enero, 2013

SONY DSCFragmento de artículo publicado en Letras Libres

Un escritor en el siglo XIX escribe que una ballena blanca surca un océano y un lector en el siglo XXI oye el malévolo ruido que su cuerpo despide sobre las aguas. Un poeta de la antigüedad describe a un padre arrodillado frente al asesino de su hijo y un lector contemporáneo siente el calor de sus labios besando las manos homicidas. El territorio de la ficción que fabuló un escritor en otro tiempo, en otro lugar, en otra lengua, se convierte para el lector de cualquier tiempo, de cualquier lugar, en un presente sólido y luminoso, con cuerpos y rostros, aromas y sonidos, emociones y actos imperecederos. La literatura que no tiene tiempo, que en cierto modo ocurre por encima del tiempo, puede ser definida como un eterno presente, un presente activado por la lectura. Incluso los hechos más rutinarios son sagrados para un escritor. Los lectores nos convertimos en portadores de algunas de las palabras, de las imágenes, de los personajes de ese libro, y con ellos seguimos viviendo siempre. Nuestros libros son nuestra biografía clandestina. No expresan lo que vivimos sino lo que hubiéramos querido vivir. La imaginación de cada uno de nosotros es, en otras palabras, equivalente a los libros que hemos leído y que conservamos en la memoria. Nuestra biblioteca es nuestra memoria secreta, el espejo de nuestras obsesiones y traumas. Gracias a esa memoria secreta, podemos vivir de un modo más pleno. Pero no vivir la vida de todos los días sino otra clase de vida, una vida más fulgurante y sólida, aquella que no conocíamos, que solo conocemos en los libros, en esa zona íntima que solo nuestros autores han palpado.

Pero quizá no recordamos propiamente libros sino algunos pasajes que los representan. Por ejemplo, el momento en el que Ana Karenina se enfrenta al ferrocarril con un miedo similar al que tenía cuando se tiraba al agua siendo niña o el instante iluminado en el que Borges abre la puerta del sótano y distingue un tornasolado fulgor. O el episodio en el que Javert se tira al río después de ser salvado por Jean Valjean, y el momento en el que madame Bovary besa la cruz, con el más grande beso de amor que jamás diera. Algunos pasajes, algunas frases, se convierten en un acto de magia. Nuestra memoria a lo mejor los ha modificado y a la vez nos han convertido en quienes somos.

Estos pasajes están atados a ciertos espacios y tiempos. Tengo asociado mi recuerdo de Melville a mis viajes en los metros de Madrid, cuando vivía allí. Fue en el año de 1977, durante esos viajes en ese metro en el que los pasajeros discutían el retorno de la democracia a España, cuando la obsesión del capitán Ahab entró para siempre en mi corazón, y cuando la imagen de la ballena blanca surcando el océano malévolo formó por primera vez parte de mi vida. Del mismo modo, mi recuerdo de Los miserables está atado a la casa de la que entonces era mi novia y ahora mi esposa, Kristin, en Austin. No puedo separar mis imágenes de Jean Valjean –en especial de su muerte, que me hizo llorar copiosamente mientras leía ese pasaje– de las de los árboles que se cernían sobre ese balcón de madera de su casa. Lo que quiero decir es que la revelación de algunos de los pasajes que me deslumbraron fue tan intensa que recuerdo todo lo que ocurría a mi alrededor en ese instante, como si mi relación con el mundo hubiera cambiado de pronto. Me imagino que todos tendrán recuerdos de los libros que leyeron atados al lugar en el que esos libros entraron a formar parte de sus vidas. Cuando leí Moby Dick tenía veintitrés años y acababa de llegar a España, y cuando leí Los miserables tenía casi treinta, vivía en Estados Unidos y estaba muy enamorado. Creo que esta asociación entre la vida del lector y la lectura de la obra es siempre parte esencial de nuestra biblioteca personal. Recordamos dónde y cuándo hemos leído los libros de nuestra vida y esos libros impregnan esos tiempos y lugares, y quiénes éramos entonces en ellos. La vida que nos rodea es siempre también parte de nuestra lectura porque los libros son también sobre la vida, sobre la vida concreta, sobre la vida de los personajes pero también sobre la vida individual, irreductible del lector, desde la cual asimila e interioriza un libro.

Cada lector, por lo tanto, lee un libro desde algún lugar y desde algún tiempo. El mismo libro, leído en épocas distintas de nuestra vida, es un libro distinto, como bien descubrió Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”. Nuestra biblioteca personal es tan relativa como lo somos nosotros. Pero una gran obra les puede decir algo esencialmente parecido a muchos lectores, en muchos lugares y tiempos. El Quijote o Hamlet, leídos en diferentes épocas de nuestras vidas, toman significados distintos. Estas obras contienen pasajes que por refracción albergan los anhelos y frustraciones de distintas edades, distintas identidades dentro de nuestra multiplicidad de rostros de lector.

Todos, cualquiera sea nuestra cultura o lengua, celebramos a Shakespeare o a Cervantes. Y eso ocurre porque esos dos autores supremos, al igual que Joyce, al igual que Víctor Hugo, al igual que Borges, demostraron que en todo texto literario hay un encuentro entre lo mundano y lo sagrado, entre lo contingente y lo permanente, entre lo individual y lo colectivo. La narrativa es la gran integradora de los niveles de objetividad y de subjetividad de la experiencia. De algún modo, una gran historia logra que lo cotidiano aparezca tocado por la magia de lo sagrado. La forma que adquiere el lenguaje y la potencia de la visión logran esa proeza, la gran proeza de un escritor. No sé por qué, de pronto los viejos restaurantes de carretera tienen una dimensión mágica en los cuentos de Raymond Carver y una caja de cerillas tiene una reverberación sagrada en el relato de Chéjov. Nunca voy a olvidar esa caja de cerillas y esos asientos redondos y vacíos en un diner junto a la carretera. La soledad de los seres humanos está reflejada en esos lugares creados por sus autores, como nunca la habíamos visto en la vida real. Estas palabras que tienen un sentido tan utilitario y con frecuencia banal entre nosotros adquieren en manos de un gran escritor, sin perder su naturaleza terrenal, un poder de iluminación de la realidad, que las hace únicas. Recuerdo aquí siempre la frase de James Joyce para quien la operación de un escritor –la de convertir los elementos de la vida real en la materia de un arte que aspire a la eternidad– es una proeza similar a la de la consagración en la misa cuando el sacerdote convierte el pan en el cuerpo de Cristo. Esta idea de James Joyce siempre me ha inquietado, que el arte es la operación de conferir una naturaleza sagrada a la materia terrenal con la que trabaja: lo efímero en lo duradero, lo material en lo esencial. De acuerdo a esto, tal vez una manera de definir la literatura es el encuentro de las palabras con lo sagrado.

***

Lea el texto completo aquí.

Prodavinci 

Comentarios (2)

Maripili Salas
18 de enero, 2013

Sublime texto. Gracias.

Maribel Cortell
18 de enero, 2013

Maravilloso escrito. Así es, prendida a mi biblioteca, está mi historia. Aferrada a cada libro, descansa, una parte de mi vida. Las temporadas en las que no he leído, son ahora recuerdos sombríos y silentes, como si hubiera vivido menos o casi, como si no lo hubiera hecho.

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