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¿Creer o reventar?, por Martín Caparrós

Por Martín Caparrós | 16 de Enero, 2013
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kirchner darin

Un día de verano, aburrida, ansiosa, una señora se sienta en el estudio de su mansión montañesa a escribirle una carta a uno de sus actores favoritos. Sabe que será leída: para algo sirve ser presidenta de un país cholulo. Le escribe largo, meticuloso, rencorosa por tramos, admirativa en otros, sarcástica, melosa, exaltada, quejica, confiada, confianzuda, tímida. Una auténtica carta de admiradora despechada, de ésas que en general no se despachan. Pero la señora la publicó en su face y, desde entonces, hablamos tanto de ella. La Carta a Darín va camino de convertirse en una pieza central, la representación escrita de una época –de la tristeza de una época. Y, por el momento, ha producido diversas discusiones.

Me interesa, hoy, una: por qué tan pocos actores salieron a solidarizarse cuando uno de sus colegas más respetados recibió esas extrañas atenciones del poder: “Descarto, Ricardo, que usted confía en la Justicia. Usted mismo fue acusado y detenido por un juez en marzo de 1999…”.

Por ese silencio, muchos dijeron que los actores –los artistas en general– tenían miedo, o que estaban comprados. O, incluso, que tenían miedo de no seguir siendo comprados.

Es cierto que el Estado kirchnerista se ha ocupado de hacerse con artistas e intelectuales. Es un mérito: hacía décadas que los gobiernos argentinos no se interesaban por esa mercadería vencida. Recuerdo haberme reído más de una vez con amigos mexicanos que se quejaban de la cantidad de plata que gasta su gobierno para ganarse las voluntades de escritores, pintores, sociólogos o músicos; yo les decía que los envidiaba, que llevaba tantos años esperando que un gobierno argentino me ofreciera alguna prebenda –para darme el gusto de rechazarla indignado.

Pero la Argentina, a partir de Menem, había cortado sus gastos en cultura hasta niveles mínimos. Como en todo el resto, en 2003 la base era tan baja que un poco alcanzaba para parecer mucho, y Kirchner lo hizo –Cristina, sobre todo, lo hizo–: pusieron en marcha un modesto sistema de actividades, encuentros, subvenciones, premios, subas salariales que hizo que artistas e intelectuales estuvieran, a priori, mejor predispuestos: se sintieran un poquito deseados. Y pagados, por supuesto.

Por eso se podría pensar que ahora –cuando la Carta a Darín– actores y demás artistas se callaron por codicia o miedo –que, en este caso, sería lo mismo: miedo a perder unos contratos, miedo a que te hostigue el fisco. Miedo monetario: una cosa es callarse por miedo a perder la libertad o la vida; muy otra, por el miedo a perder unos mangos. En cuyo caso el problema es otro: ¿por qué querríamos que hablara un tipo que se calla porque puede perder un contrato? ¿Por qué habría que escucharlo? Si la palabra del que vende su palabra vale, el problema no es suyo; es de los que lo escuchan.

Yo no creo que la plata –o el miedo a perderla– sea lo decisivo en el apoyo de muchos artistas e intelectuales a este gobierno. Puede que lo sea en algunos casos –siempre hay canallas, siempre hay pobres tipos y tipas–, pero no creo que gente como Rodolfo Páez o José Pablo Feinmann o Miguel Repiso piensen su relación con el gobierno en términos de plata. Reducir todo a unos miles más o menos es renunciar a pensar en serio la cuestión. Hay otras razones. Para algunos artistas e intelectuales en la cuesta abajo –en el debe de la vida, decía un tango– es importante recuperar un espacio de circulación, de brillo una vez más: escuchar los aplausos, aunque sean para Otra. Pero creo que, para los mejores, los más inteligentes, lo decisivo es que el kirchnerismo les ofreció la posibilidad de volver a creer.

Es muy difícil vivir sin creer. La historia de la humanidad es el relato de los relatos que los hombres inventaron para escapar del horror del vacío, para no resignarse a que las cosas suceden porque sí y que la muerte es el fin de cada vida y que no hay un orden superior. Así que lo imaginaron: dioses, docenas de dioses, miles de dioses, toneladas de dioses que poblaron milenios, y que consiguieron –y todavía consiguen– que los hombres se maten para probar que su mito que les asegura que la muerte no es tan negra es mejor que el mito que le asegura al vecino tres cuartos de lo mismo.

Es muy difícil vivir sin creer: aceptar que no hay nada más que lo que hay, que todo se termina, que si el tío agoniza no es porque pecó de más o el señor se lo quiere llevar a su jardín con huríes o cuando era zarigüeya se comió a una vaca, sino porque unas células se confundieron y se descontrolaron. Es muy difícil vivir sin creer: un esfuerzo sostenido, a veces triste. A los que no conseguimos creer en inventos sobrenaturales, la política nos ofreció un remedo: creer en la posibilidad de cambiar radicalmente el mundo. Yo creí en ella –y, de otro modo, que intento hacer menos religioso, creo todavía.

Aprendimos a creer, crecimos creyendo. Se nos hizo muy difícil no creer, pero pareció que no teníamos más remedio: la Argentina es muy buena para acabar con ilusiones y esperanzas. Hasta que el kirchnerismo, de un modo imperfecto, casi torpe, volvió a ofrecer la posibilidad. Lo dicho: no era una de esas creencias redonditas, llenas de rulos y sofisticaciones, bien completa; parecía un queso gruyère. Pero si se puede creer que una mujer virgen parió a un chico dios que resucitó a unos muertos y caminó sobre el agua o que la montaña de allá arriba te habla con voz de trueno para decirte que vayas a la guerra, también se puede creer que un par de abogados usureros que gobernaron autócratas y codiciosos una provincia lejana podían cambiar la sociedad argentina. Uno de los poderes mayores de la creencia es imponerse a la verosimilitud: lo creyeron. Una cantidad de señoras y señores que pensaron que ya nunca más podrían, de pronto, descubrieron que, si hacían un esfuercito, podían otra vez. ¿Cómo esquivar la tentación? ¿Cómo no cerrar los ojos de tanto en tanto si era el precio de la felicidad? ¿Cómo no aceptar que algunos hechos no se parecían ni de lejos a los dichos pero ya va a llegar, en eso estamos? ¿Cómo no convencerse entonces de que quien dice la obviedad –que el rey está desnudo, que el mundo no fue creado por un dios hace 6017 años, 2 meses y 25 días– es un perro infiel, un enemigo?

Es lindo vivir creyendo. Uno se siente parte de algo, siente que su vida vale la pena, siente que tiene por fin un fin que comparte con tantos: que todo cobra algún sentido. Es lindo, también, ser alguien en la comunidad de los creyentes: que te respeten, que te mimen, que te inviten al templo; que te permitan, a veces, oficiar ceremonias; que te escuchen, incluso, los más altos dignatarios y que, de vez en cuando, hagan como que hacen algo que les dijiste.

No hay nada más lindo que creer –aunque no te paguen, aunque no te amenacen: nada ha justificado más barbaridades que una buena creencia. Porque no hay nada más lindo que creer –aunque, para eso, haya que cerrar muy fuerte los ojos y gritar amén más fuerte todavía.

***

Texto publicado en el blog de Marín Caparrós Pamplinas

Martín Caparrós 

Comentarios (2)

oliju
16 de Enero, 2013

que interesante es el planteamiento,la vida y la necesidad de creeer para que sea alegre,los intelectuales que son muy pocos dados a creer y a cuestionarlo todo o casi todo que al final crean que deben ir al palacio de miraflores es como para no creerlo, por que un intelectual es un mendigo,alejado del caviar y de los buenos salarios y rico con las ideas.

Encarnación Méndez
17 de Enero, 2013

En resumen, parece se trata de creer que con un mínimo de atención interesada puedo ser “reconocido, recordado”, en suma puedo tener una migaja de “inmortalidad” a cambio de apretar los dientes y cerrar los ojos a la verdad. Parece como muy caro el precio, señores “creyentes soñadores”.

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