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Cómo reconocer a una persona genial, por Fedosy Santaella

Por Fedosy Santaella | 15 de Enero, 2013

pupitre fedosy texto

Hoy quiero hablarles de una persona genial. Quiero hablarles de Elsa Miranda, mi profesora de literatura en bachillerato. Elsa Miranda murió hace poco, en Puerto Cabello, Estado Carababo, ya retirada, ya cansada de un cáncer que no la dejaba en paz. En los últimos tiempos supe de ella. Estaba orgullosa de su alumno escritor. Decía que por alumnos así valía la pena toda una vida de sacrificios en la enseñanza. Así me contó mi hermano, quien vive en el puerto y tiene un amigo que fue sobrino de Elsa. Me llena de orgullo saber que lo que uno hace, que lo que uno decidió ser, deja huella en la vida de otros. Pero no quiero hablar de mí. Ya lo dije, quiero hablar de Elsa.

La recuerdo bajita, regordeta, con una melena siempre agitada, siempre pintada de algún color extravagante. La recuerdo inquieta, moviéndose de aquí para allá en aquel salón del segundo año de bachillerato del colegio La Salle. Hablaba sin parar, apasionada con lo que decía. Porque eso le sobraba a ella: pasión. Elsa estaba enamorada de lo que hacía, estaba enamorada de la literatura. Cuando nos daba clases parecía un profesor universitario. Nos retaba, nos llevaba a otros niveles. Nos hacía sentir adultos. O por lo menos, a mí me hacía sentir adulto. Pero no crean que ella gustaba de ser una profesora de lecturas y enseñanzas complejas, aburridas, difíciles. No, Elsa Miranda era una persona genial. Ella tenía una manera de enseñar tan maravillosa que te hacía creer que te estaba dando a conocer algo que muy pocos sabían. Sus explicaciones te hacían sentir único, te abrían la mente. Yo tuve varias personas geniales que me acercaron a la lectura. Una de ellas fue mi padre, y otra fue Elsa Miranda. Elsa me acercó a la lectura con esa capacidad suya de hacerte ver qué sencillo es aquello que parece tan difícil. Ella era una reveladora de secretos, nuestra guía a través de la literatura y de la vida, dos palabras tan enormes, tan intimidantes; dos palabras que, gracias a ella, comenzamos a encarar sin miedo, con seriedad pero al mismo tiempo llenos de alegría, buscando siempre la esencia, ese estallido de luz que nos llevaría a comprender las cosas más allá del caletre, más allá del aburrimiento. Sólo una persona genial es capaz de hacerte entender que para llegar a una respuesta sencilla debes no obstante atravesar un bosque de complejidades. Porque dentro de lo sencillo yace la complejidad. Y si no me creen, pues lo dejo con Albert Einstein, quien dijo: «Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez». También lo ha dicho en los últimos años John Maeda, diseñador gráfico y científico de la computación, genio de nuestros tiempos. «El conocimiento hace todo más sencillo», así nos dice Maeda en su libro Las leyes de la simplicidad. Y esto es cierto, pero creo además que al conocimiento debemos agregarle pasión (que como ya se dijo, le sobraba a Elsa), y cuando agregamos pasión al conocimiento, empezamos a hablar de imaginación. La imaginación es uno de los caminos fundamentales hacia la libertad, hacia la vida plena. Quien imagina, nunca será prisionero. Quizás Elsa Miranda imaginaba que todos aquellos alumnos que estaban allí, frente a ella, iban a crecer imaginativos, libres, buenos hombres. Y si no todos, quizás algunos; y con algunos siempre basta. Por eso Elsa Miranda era genial, porque era capaz de hacernos entender que el conocimiento, la simplicidad y la imaginación eran necesarios para la vida. Elsa se esforzaba por hacernos comprender que la literatura no era una cosa curiosa que estaba ahí de más y para pasar el rato. Para Elsa la literatura era «necesaria». Volvamos a Maeda:

 «Las tareas difíciles se ven más fáciles cuando son ‘necesarias de aprender’ más que ‘agradables de aprender’. Un curso de historia, de matemáticas o de química podrían ser agradables de aprender para un quinceañero, pero aprender a manejar un carro es una necesidad para la autonomía. Al principio de la vida luchamos por nuestra independencia, y hacia el final también hacemos lo mismo. La esencia de los mejores premios se encuentra en el deseo fundamental de la libertad de pensamiento, de vida, de ser».

El mejor premio, la mejor recompensa es aprender de la vida. Elsa Miranda me hizo comprender que la lectura enseña de la vida, y que la literatura enseña a saber vivirla. Y no porque sea necesario aprender de la vida, la lectura y el conocimiento no tienen que ser agradables. Todo lo contrario. Elsa siempre se esforzaba por hacer que nuestra clase fuese entretenida. Y sí, tenía ese estilo que te hacía sentir universitario, adulto; pero nadie ha dicho que un profesor universitario ha de ser aburrido, ni tampoco sumamente complejo. Elsa, como excelente educadora que era, pensaba en nosotros, y nos respetaba porque no nos subestimaba, pero también porque no abusaba de nosotros con lecturas que no estaban a nuestro nivel de maduración. Elsa siempre buscó que nos fascinara la lectura, y para ello nos mandaba libros que contaran historias, que tuvieran una escritura amena y directa; libros con humor, literatura de la buena. Nunca nos lanzó un ladrillo, se lo agradezco, y siempre, pero siempre buscó llegar a la esencia de las cosas a través de lo sencillo. Pero para enseñarles a otros lo sencillo, debemos primero adentrarnos en la complejidad, entenderla y sacar de allí lo fundamental de las cosas. Quien no ha pasado por este proceso, no puede comprender esto que digo, ni tampoco enseñar como enseñan las personas geniales; con humildad, con pasión, con profundos conocimientos y con una claro sentido de la sensatez y de lo esencial.

¿Cuántas personas geniales conseguirán los niños en sus colegios? ¿Cuántas personas geniales harán magia frente a sus muchachos, desplegando los mantos secretos de las páginas de los libros para explicarnos el mundo? ¿Cuántas personas geniales podremos encontrarnos en la vida, hoy, o mañana? Porque siempre habrá un mañana, esa lupa que todo lo agranda, y nos hace reconocer, si no lo hicimos antes, a las personas geniales que pasaron por nuestras vidas. Yo supe reconocer a esa persona genial. A pesar de ser tan diferente supe que Elsa lo era. Desde entonces me siento muy contento de haberla identificado y de haberla incluido en mi lista de personas geniales. Porque una cosa debe quedar muy clara: todos tenemos el derecho de conocer personas geniales, pero también tenemos el deber de buscarlas.

De verdad, muchas gracias a las personas geniales. Muchas gracias a Elsa Miranda.

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Fedosy Santaella 

Comentarios (14)

Angie
15 de Enero, 2013

Yo también recuerdo esa pasión en la Prof. Elsa en el colegio la Salle y aunque no tuve la suerte de recibir sus clases estoy 100% de acuerdo contigo cuando haces algo y le pones pasión haces la diferencia entre un autómata, un mediocre y una persona genial! y si, también me preocupa que pocas veces nos conseguimos personas tan geniales como ella, tan llenas de vida y de imaginación, otra gran verdad que supiste expresar muy bien, quien tiene imaginación nunca sera prisionero, y quien tiene un buen libro, tiene buena información y como yo siempre digo quien tiene la información tiene el poder! excelente artículo!

Naky Soto
15 de Enero, 2013

¡Qué bello, Fedosy! Marcos González. Con doble zeta y acento en la a. Ese era el nombre de mi profesor de Castellano y Literatura. Marcos no hablaba, declamaba, y su exacta pronunciación, su voz modelada y suave, me hizo responderle –más de una vez- la lista de asistencia con un “bendición” en lugar de un “presente”. La primera vez que me dio un libro fue por un tormentoso ataque de alergia que me hacía estornudar varias veces por minuto y que imposibilitaba la fluidez de su clase por culpa de mi descontrol nasal. Abrió su maletín, me llamó al escritorio, me dio un libro y 10 bolívares y me ordenó salir a leer hasta que se acabara la clase. Era un soberbio ejemplar de “La isla misteriosa” de Julio Verne, que volvió a sus manos la semana siguiente. Tras la entrega recibí un nuevo libro, luego de darle mi mejor resumen de por qué me gustó tanto la obra. Invertí muchos recreos en conversaciones con Marcos, que la mayoría de las veces reía con mis observaciones, para luego encomendarme la revisión de otro libro. Y comencé a llevarle los míos, versiones que no conocía, cuentos muy recientes para formar parte de su colección, historias diferentes a las que siempre privilegió. Tras graduarme no volví a verle, pero es imposible no recordarlo como el mejor librero que he tenido el privilegio de conocer. Marcos fue un maestro, que amaba su misión, por eso no daba clases, sino que construía lecturas colectivas con unas alumnas ávidas de romance, sustituyendo muchas veces la selección oficial, para ajustarla al perfil de sus cómplices, prescindiendo incluso de la venia de las religiosas que regían el colegio. ¡Marcos es con mucho mi maestro favorito y por supuesto una persona genial!

P.S: Lloré con tus líneas. Lloré bonito :’)

Oswaldo Aiffil
16 de Enero, 2013

Muy bueno Fedosy. Para mi el concepto de genialidad queda reducido a un personaje vital que se llama Pedro León Zapata. Todo lo que el hace y dice me parece genial. Para muestra cualquier edición del programa “Divagancias” o alguna de sus caricaturas, con o sin Coromotico. Saludos Maestro.

Eva Rosa Briceño
16 de Enero, 2013

Levantar la mano en señal de permiso para intervenir, es un indicador inequívoco de que el maestro es genial, y un escrito como éste lo confirma.

oliju
16 de Enero, 2013

es simplemente reconfortante para la vida leer estos relatos, esa es la parte de un pais que subyace en el olvido y resulta que es la alquimia mas pura y digna que puede existir,inculcar en un niño el tesoro de la imaginacion y luego verlo de adulto mostrandose cual piedra pulida por la maestra elsa, solo esa mujer podia lograrlo.

Beatriz C. Calcaño
16 de Enero, 2013

Me encantó este homenaje a tu profesora y esa invitación a encontrar personas geniales, ellas están siempre por allí, y nos toca a nosotros descubrirlas. Siempre son aquellas que nos hacen pensar, imaginar, nos llevan a otros territorios.

Ricardo Andrade
16 de Enero, 2013

¡Qué bello y justo tributo! Este texto me hizo pensar en la persona genial que nos dio literatura de cuarto año en colegio Independencia (Barquisimeto) hace unos 11 años. Era genial hasta la locura… y hasta la ternura. Se llama Gisela Blanco. Se vino a Caracas. Una vez supe que daba clases en colegio Francia y la llamé un par de veces sin suerte. Otro día me devolvió la llamada, pero yo no estaba en la casa. Más nunca hubo coincidencias… Si alguien tiene noticia, avíseme, porque así como tenemos derecho a encontrar personas geniales, también tenemos derecho a reencontrarlas…

Connie Burger
17 de Enero, 2013

Tú sí que eres genial, Fedosy, tu profe no se equivocó. Excelente artículo, simple y complejo como la vida. Me hiciste recordar a mi profe de primer grado, Mireya, una chica igual a Elsa. Gracias!!!

dariela
17 de Enero, 2013

Siempre la vida nos enseña que existen caminos que nos conducen hacia las personas que para nosotros son geniales pero, ese camino se nos hace borroso; es difícil otear ese camino sin la lupa de un buen maestro. Será que hablo cómo educadora, ya que en su historia me quisiera ver reflejada… jeje modesta? cariño para usted y espero al día tener su apoyo.

alejaleon
18 de Enero, 2013

Mi persona genial también fue aquella que me acercó a la literatura. Gracias mamá!

Katalina
19 de Enero, 2013

Hermoso recuerdo. Los profesores que son grandes maestros y que enriquecen nuestra vida con la suya. Porque como dices, esa pasión que desbordan en cada clase nos contagia, hace realmente que amemos lo que aprendemos, tanto que nuestro afecto por ellos cremos tanto que ya es

Johnny
19 de Enero, 2013

Sencillamente hermoso. Gracias por compartirlo.

Emily
20 de Enero, 2013

Maravilloso, pero por qué no lo publicó mientras su profesora estaba viva? Ya es muy tarde

vivian
26 de Enero, 2013

Bellísimo artículo! Recuerdo algunos rofesores geniales en mi vida .Literatura era una materia que me encantaba y pocas veces vi cómo los profesores sacaban potencial a la misma, la mayoría de los compañeros la detestaba. Sólo recuerdo una profesora argentina, llamada Zulema, que montó en primaria algunas obras de teatro con los libros que nos mandaba a leer. De resto sigo viendo como se desaprovechan oportunidades de enamorar a los muchachos de la lectura mándando ladrillos que son difíciles asimilar hasta para uno mismo porque lo manda el ministerio de educación.La educación debe adaptarse a los nuevos tiempos.

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