Artes

Adriano González León, prólogo anticipado; por Norberto José Olivar

Por Norberto José Olivar | 14 de Enero, 2013

adriano texto

«Acompáñeme a cruzar el parque, poeta», me dijo Adriano González León una tarde de 2004, en Los Caobos, a los calores de una feria del libro, «y me defiende de los pide-prólogos, por favor», añadió soltando una generosa carcajada. A mí me hizo gracia y pensé que se trataba de otras de sus ocurrencias, pero no habíamos recorrido cien metros cuando salió el primero, desde uno de los stands, y, efectivamente, le pidió que escribiera una presentación para un libro que acababa de terminar.

—Déjame una copia en mi casa para revisarlo —respondió don Adriano con amabilidad, pero desaparecido el solicitante, me atravesó con una mirada de cuchillo— ¿No me va a defender, poeta? — y volvió a reírse a sus anchas. En el camino hubo dos rogativas más, a mí solo se me ocurrió interrumpir aquellos abordajes alegando que el rector de la Católica Cecilio Acosta lo esperaba para una reunión.

Antes de ese extraño paseo, Adriano había estado en Maracaibo para recibir un Doctorado Honoris Causa y una serie de agasajos. Yo hice de anfitrión en esa oportunidad: Tuve que pasar el puente sobre el lago, por puro gusto, nostalgia y llevarlo en busca de un pequeño bar, perdido en la Costa Oriental, que él casi ni recordaba y que jamás encontramos, pero que en compensación, exploramos muchos otros. Más tarde, me obligó a entrar en una tienda de auto periquitos y le instaló a mi carro, por cuenta de él, un par de manillas delanteras, piloto y copiloto, para asirse en las curvas, pero en realidad nunca se soltó de ella, dijo que sentía más cómodo y seguro agarrado de ese artefacto, como si fuera de pie en bus o en metro, y cerraba la discusión con sus potentes ademanes. Yo intenté pagárselas, por supuesto, pero no lo permitió. Luego me hizo parar en una camaronera. Al principio lo miraron con cierta rareza y desconfianza, pero al rato, lo invitaron a comer y observar todo el trabajo que hacían allí. Adriano les dio una clase magistral de alta cocina, y cientos de consejos a los propietarios y pescadores sobre cómo lidiar con esos bichos exóticos y delicados. Recuerdo que el gerente, un gordo gigante, destapó una botella de vino y le ofreció una copa. Adriano lo acompañó un momento y agradecido, se despidió asegurando que volvería, pero ambos sospechaban que no se verían nunca más, quizás por eso, aquel hombre desconocido decidió brindar con él.

De vuelta a la ciudad, fuimos a cenar en la Casa del Profesor (Apuz). La concurrencia era buena, lo que no es común, pero el mesonero fue el único que reconoció a don Adriano. Nos guio hasta un buen lugar y luego de traernos la carta y una ronda de cervezas, se atrevió a pedir un autógrafo en una servilleta. Adriano accedió amable y comenzó a echarnos un cuento sobre las locuras de un sacerdote en un pueblo de Valera. La velada transcurría animada cuando apareció, quiero decir, entró al restaurant, la flamante directora del postgrado de Literatura que, para mi sorpresa, no se percató de la presencia de nuestro insigne escritor, ni siquiera porque se sentó en una mesa contigua y estuvimos en su mira todo el tiempo. Yo no dije nada, pero me parecía una situación insólita. Pasada una media hora, llegó el Vicerrector Administrativo. Apenas entró, se vino hasta nosotros y saludó efusivamente a don Adriano. Le dijo que era un honor para la universidad recibirlo y, con discreción, corrió con nuestros gastos. Aún así, la flamante directora literaria siguió sin reconocerlo.

Dejé a don Adriano en su hotel y fui a casa. Mi esposa me mostró un paquete de manuscritos que la editorial de la universidad había enviado para que los revisara. Sin sueño y sin nada mejor que hacer (no había Twitter en esos días) me di a la tarea de mirarlos y encontré uno que se llamaba Geografía urbana (poesía) de un autor que no conocía: Milton Quero. Por la mañana le dije al rector que había que publicarlo de inmediato, era un texto muy bueno, y por alguna razón, confió en mi criterio y dio luz verde a la edición. Geografía urbana apareció unas semanas después, justo cuando Milton Quero ganaba, ¡qué casualidad!, el primer premio de novela Adriano González León.

Comoquiera, a la mañana siguiente busqué a don Adriano y recibió, con emoción, su Doctorado, pero las casualidades ya estaban en marcha…

Epílogo

Previo a nuestra despedida aquel día en Los Caobos, Adriano me miró con cierta picardía y me dijo: «Poeta, le tengo un regalo» y sacó del bolsillo de su chaqueta un ejemplar de Viento Blanco. Él sabía que yo no tenía este libro y de cuánto lo deseaba, y antes de entregármelo escribió la siguiente dedicatoria: «Para Norberto José Olivar, este prólogo anticipado, con el compromiso de que escriba bien. ¿Cómo hacer? Bueno, allí veremos. Con el afecto y la amistad de AGL». Se moría de la risa cuando estampaba su firma, luego me abrazó y me dijo que yo era su amigo y que no fuera a quitarle las manillas que le había instalado a mi carro durante aquellos extravagantes vagabundeos maracuchos.

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Norberto José Olivar 

Comentarios (4)

mirco ferri
14 de Enero, 2013

Todo un privilegio haber compartido esas vivencias, Don Norberto. Adriano, por lo que he leído y este escrito ratifica, fue un personaje especial de esa bohemia que se fue apagando poco a poco en los bares de Sabana Grande.

elba arria
15 de Enero, 2013

tuve la dicha de conocer a adriano y disfrutar de sus cuentos maravillosos aliñados por el humor y la poesia era apenas una niña pero lectora, asì que vivía cada una de sus historias como quién tenìa la oportunidad de oir a una sherezade de escuque,luego fui su alumna en la escuela de letras y el salón de adriano era el más grande de la escuela y se abrotaba de alumnos y oyentes para beber sus clases…cada jueves era nuestra cita

Marie
15 de Enero, 2013

Que disfrute Doctor. Admiro y reconozco la forma de narrar las vivencias compartidas y cargadas de grandes significados. Felicitaciones y éxitos¡

pollinob
22 de Enero, 2013

Entrañable recuerdo.

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