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Una cierta literatura “chabona”, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 13 de Enero, 2013
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chabon pron texto

“After Chabón”, último disco de la banda argentina Sumo y predecesora del “rock chabón”

A raíz del hecho de que no es posible corregir el pasado, uno se ve tentado a considerar que la historia de la literatura argentina, como la de todas las literaturas nacionales, no puede ser objeto de una reescritura, en el sentido de que nadie puede eliminar de ella a un autor o modificar las fechas que la conforman, pero un puñado de publicaciones recientes de autores de ese país parece señalar que en esto, también, Argentina es la excepción que confirma la regla.

Los libros de los que hablo narran singularmente una sola historia, como si sus autores se limitaran a copiarse los unos a los otros. Esa historia es la del propio autor o autora del libro, el o la cual, a pesar de venir de un ámbito social o familiar en el que no se lee, acaba descubriendo los libros y convirtiéndose en escritor o en escritora, de lo que el libro que uno tiene en las manos pretende ser testimonio suficiente. En la mayor parte de los casos, sin embargo, no es suficiente, pero eso importa poco (tampoco parece importar que estos libros, que pretenden ser la expresión de una visión individual y, por lo tanto, única, sean todos tan parecidos entre sí, curiosamente). Más importante es que estos libros parecen venir a decir que sólo se puede escribir acerca de la experiencia personal y que la verdad que subyacería a la escritura de la experiencia (naturalmente, una verdad relativa, ya que hablamos de literatura) sería suficiente para que esa escritura adquiriera el estatuto de lo literario mas allá de su pobreza técnica y argumental.

No es irrelevante mencionar que estos libros han sido escritos por autores cuyas experiencias formativas tuvieron lugar en la década de 1990; de hecho, si sus obras tienen algún valor, éste consiste en ser el equivalente literario de lo que en esa década fue bautizado como “rock chabón”, una etiqueta que, como todas ellas (y me viene a la memoria una particularmente superflua: “Nueva Narrativa Argentina”), servía para crear una tendencia mas que para ponerle nombre: una especie de versión intelectualmente degradada y musicalmente pobre del rock a la The Rolling Stones cuyo tema era la vida cotidiana de aquellos que habían sido excluidos del (imaginario) bienestar económico de esa década en Argentina. Su regodeo en la marginalidad y en la precariedad material e intelectual y su elitismo (necesariamente populista, pero no por ellos menos excluyente) fueron perfectamente funcionales al orden que decían rechazar, ya que no dotaron a sus consumidores de ninguna herramienta para poner fin a su exclusión, que celebraban y promovían con un gesto de rechazo; creyendo estar en la disidencia (llamada “el aguante” en aquellos años), el “rock chabón” se puso de esa manera del lado del consenso, ya que musicalmente (pero no sólo musicalmente) era un movimiento conservador: uno no puede evitar confirmarse en la idea de que su remedo literario también lo es.

Claro que, aunque quizás haya algo de eso, estas consideraciones tienen una importancia secundaria en relación a la que parece la principal característica de los textos a los que hago referencia: todos ellos practican un cierto tipo de reescritura (algunos dirán “una corrección”) de la historia literaria argentina tras la cual nada relevante ha sucedido desde, digamos, las bienintencionadas páginas de los autores de Boedo. Por consiguiente, cabe decir, es una literatura definitivamente antiborgeana, lo que sería perfectamente legitimo de no ser porque el suyo no es un gesto de rechazo sino de negación (Borges no sucedió nunca, digamos) y porque esa negación no está dirigida a los textos de Borges sino a la libertad que el autor de “El Aleph” nos otorgó a los escritores argentinos en 1932: la de disponer de toda la tradición occidental para escoger nuestros referentes, nuestros temas, nuestras formas.

Se trata, pues, de un curioso escenario contrafáctico para la literatura argentina en el que nunca nadie ha escrito “El escritor argentino y la tradición” y, por consiguiente, la literatura argentina es muchísimo menos rica. No me desagradan los escenarios contrafácticos y las ucronías, pero me parece inevitable decir que la literatura de esa Argentina imaginaria sería una literatura que excluyera por completo la obra de aquellos autores que (como Ricardo Piglia, Fogwill, Osvaldo Lamborghini, Marcelo Cohen, Alan Pauls y algunos otros) encontró una solución productiva a la pregunta de “qué hacer” con y después de Borges. Una literatura, en fin, que propone la exclusión en nombre del fin de la exclusión que sus autores alguna vez padecieron, que renuncia a los bienes no sólo materiales de una tradición rica por una especie de rechazo fundamental a la riqueza, una literatura que renuncia a su naturaleza de artefacto en nombre de una “originalidad” de expresión y de una “verdad” de la experiencia que, pienso, son cualquier cosa menos literatura. Nada singular en un país que, como Argentina, suele articular su historia en torno a oposiciones binarias, pero una notable pérdida para la literatura argentina y para sus lectores. No una tragedia, ya que casi ninguna cosa en literatura es de vida o muerte (excepto para algunos de los que la escribimos), pero si una manifestación de que algo parece haberse torcido y es necesario enderezarlo antes de que sea demasiado tarde. Empobrecer la literatura en nombre de un presente de empobrecimiento no es ofrecer ninguna resistencia a ese empobrecimiento: es contribuir a él, celebrarlo, hacerlo posible, y éste no es únicamente un problema literario; es un problema político: es decir, un problema de todos nosotros, no sólo de aquellos que nos contamos entre los lectores de estas obras.

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Texto publicado en El Boomerang

Patricio Pron 

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