;

Artes

Efectos especiales, por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 12 de Enero, 2013
1

efectos especiales

Alguna vez leí una novela en la que el narrador divagaba durante cien páginas sobre las manifestaciones de un fantasma que nunca llegaba a cobrar forma en la historia. Como si le fueran a cobrar por los efectos especiales, se contentaba con aludir una aparición que, supongo que sintiéndose muy elegante, jamás consumaba. Tengo la impresión de que este rasgo, si se quiere mínimo, es un síntoma de por qué miles (no digo millones porque tampoco es que esto sea Atenas) de lectores no encajan con cierta narrativa contemporánea.

Del mismo modo que un espectador de a pie ve cierto arte contemporáneo como una colección de cachivaches acomodados sin particular gracia, son legión los lectores que sienten que los timaron al abrir una novela que les acaban de ponderar como la panacea y toparse con que, en vez de una historia, lo que contiene es algo que, le informan después, es “la huella textual de un concepto”.

El siglo XX marcó un quiebre entre lo que los artistas producen y lo que los espectadores están capacitados para leer o contemplar (también dio excusas a muchos estafadores para posar de artistas, pero esa es otra discusión). Me temo que en una sociedad como la nuestra, en la que no están resueltos siquiera los problemas de alfabetización esenciales, va a ser poco significativa para el 99.9 por ciento de la población una novela o pieza artística que, para juzgar como es debido, requiere que uno haya tenido contacto previo con la postura de Zizek sobre las polémicas de los lacanianos con los freudianos a través de una crítica de los trabajos de Foucault (o cualquier contexto equivalentemente complejo).

Si la idea de poesía de la mayor parte de nuestros conciudadanos son cosas como Arjona y el egregio Espinoza Paz, si su idea de arte son los bodegones colgados en un comedor o esos cuadros de manchones pastel que combinan con la sala, no podemos esperar que su gusto literario vaya más allá de Guadalupe Loaeza. Y esto, perdónenme, es tanto un problema de ese espectador maleducado como del artista que ofrece una obra cuyo público objetivo está conformado por cinco doctores cum laude. Un corto circuito. La perfecta esquizofrenia entre el creador y el público.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

Comentarios (1)

jo vergara
15 de Enero, 2013

jajaja, tremendo.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.