La primera biografía de Siddartha, el futuro Buda, revela que por mucho tiempo él no fue consciente de la desdichada condición humana. Hijo de la realeza, tuvo una juventud de placeres y lujos, rodeado de música y delicias mundanas. Ya era un hombre casado cuando los dioses decidieron iluminarlo. Un día vio a un anciano decrépito; más tarde, el sufrimiento de un hombre muy enfermo; luego un cadáver. Sólo entonces pudo comprender cabalmente la existencia de la ancianidad, el sufrimiento y la muerte –todos los aspectos dolorosos de la vida de los cuales había estado ajeno-. Al verlos decidió retirarse del mundo, convertirse en monje y buscar el sendero que lo condujera al Nirvana.
Podemos suponer, entonces, que era feliz mientras desconocía las sombrías realidades de la existencia; y que, al final de su vida, después de una larga y ardua travesía, él obtuvo la genuina felicidad que se encuentra más allá de la condición terrena.
¿Puede describirse el Nirvana como un estado de felicidad? Aquellos que, como el presente autor, no sabemos leer las antiguas escrituras budistas en forma original, no podemos estar seguros; la palabra “felicidad” no aparece en las traducciones. Es también difícil estar seguros de que el significado de palabras como “consciencia” o “yo” corresponda a su significado en las lenguas modernas. Se nos dice que el Nirvana implica el abandono del yo. Esto podría llevarnos a suponer que puede haber -como afirma el filósofo polaco Henryk Elzenberg- felicidad sin un sujeto; simplemente felicidad, no vinculada con la felicidad de alguien en particular, lo cual parece absurdo. Pero nuestro lenguaje es inadecuado para describir realidades absolutas.
Algunos teólogos han afirmado que podemos hablar de Dios sólo por vía de una negación: señalando aquello que Él no es. De manera similar, quizá no podemos saber lo que es el Nirvana y sólo podemos afirmar lo que no es. Sin embargo, es difícil estar satisfechos con una mera negación; nos gustaría decir algo más. Y si asumiéramos que se puede hacer alguna afirmación acerca de lo que es estar en el estado de Nirvana, la pregunta más difícil sería: ¿Está una persona en tal condición consciente del mundo que la rodea? Si no es así –si ella está completamente aislada de la vida en la tierra— ¿de qué tipo de realidad forma parte? Y si está consciente del mundo de nuestra experiencia, debe estarlo también del mal y del sufrimiento. Pero ¿es posible estar consciente del mal y del sufrimiento y, no obstante, ser perfectamente feliz?
La misma interrogante surge en relación con los felices residentes del cielo cristiano. ¿Viven ellos en total aislamiento de nuestro mundo? Si no, si ellos están conscientes de la desdicha de la existencia terrena, de las cosas atroces que ocurren en el mundo, sus partes diabólicas, su maldad, su dolor y sufrimiento, ¿cómo pueden ser felices en cualesquiera de los significados reconocibles de dicha palabra?
(Debería aclarar que no estoy usando la palabra “feliz” en un sentido que pudiese denotar tan solo “contento” o “satisfecho”, como en la oración “¿está usted feliz con este asiento en el avión?” o “estoy muy feliz con este emparedado.” La palabra felicidad posee un rango muy amplio de sentidos en inglés; en otras lenguas europeas su significado es más restringido, de allí el dicho alemán “I am happy, aber glücklich bin ich nicht.”)[1]
Tanto el budismo como el cristianismo sugieren que la liberación final del alma es también la serenidad perfecta: una paz total del espíritu. Y la serenidad perfecta es equivalente a una perfecta inmutabilidad. Pero si mi espíritu se encuentra en un estado de inmutabilidad, de tal forma que nada pueda influirlo, mi felicidad será como la felicidad de una piedra. ¿Queremos realmente afirmar que una piedra es la perfecta encarnación de la salvación y del Nirvana?
Ya que ser verdaderamente humano implica la capacidad de sentir compasión, de participar en el dolor y la alegría de otros, el joven Siddhartha pudo haber sido feliz, o más bien pudo haber disfrutado su ilusión de felicidad, sólo como resultado de su ignorancia. En nuestro mundo ese tipo de felicidad les es posible únicamente a los niños, y de hecho solamente a algunos de ellos: un niño menor de cinco años, digamos, miembro de una familia amorosa, sin experiencia de grandes sufrimientos o de la muerte entre sus seres cercanos. Un niño así tal vez pudiera ser feliz en el sentido que aquí considero. Más allá de los cinco años probablemente seamos demasiado mayores para ser felices. Podemos, por supuesto, experimentar placeres fugaces, momentos de asombro y de gran encanto, incluso sentimientos eufóricos de unidad con Dios y el universo: podemos conocer el amor y la alegría. Pero la felicidad como condición inmutable no nos es accesible, excepto quizá en los muy raros casos de verdaderos místicos.
Tal es la condición humana. Pero ¿podemos atribuirle felicidad al ser divino? ¿Es feliz Dios?
La pregunta no es absurda. Nuestro parecer convencional sobre la felicidad es la de un estado emocional de la mente. Pero ¿es Dios sujeto de emociones? Ciertamente se nos dice que Dios ama a Sus criaturas, y el amor, al menos en el mundo humano, es una emoción. Pero el amor es fuente de felicidad cuando es correspondido, y el amor de Dios es correspondido, sin duda alguna, únicamente por algunas de sus criaturas: algunos no creen en su existencia, a otros no les importa si existe o no, y otros lo odian, acusándolo de indiferencia frente al dolor y la miseria humanos. Si Él no es indiferente, si más bien, es sujeto de emociones como las nuestras, debe entonces vivir en un estado de tristeza constante al ser testigo del sufrimiento humano. No es su causante, y no las desea, pero es impotente ante todas las desdichas, los horrores y atrocidades que la naturaleza ocasiona a las personas o que ellas se infligen entre sí.
Por otra parte, Dios es perfectamente inmutable, no puede perturbarse ante nuestro sufrimiento; debe, por lo tanto, ser indiferente. Pero si es indiferente ¿cómo puede ser un padre amoroso? Y si no es inmutable, entonces participa de nuestro sufrimiento y se entristece. En cualquiera de ambos casos, Dios no es feliz ningún sentido comprensible para nosotros.
Estamos obligados a admitir que no podemos concebir a un ser divino, omnipotente, omnisciente, conocedor de todo en sí mismo y a través de sí mismo (y no como algo externo a él), y al mismo tiempo indiferente ante el dolor y el mal.
El verdadero Dios de los cristianos, Jesucristo, no fue feliz en ningún sentido reconocible. Se hizo carne y sufrió, compartió el sufrimiento de sus semejantes y murió en la cruz.
En suma, la palabra “felicidad”, no parece ser aplicable a la vida divina. Pero tampoco lo es a los seres humanos. Esto no se debe solamente a que experimentemos sufrimientos. Lo es también porque, aun cuando no suframos, o seamos capaces de sentir placer físico o espiritual y de vivir instantes más allá del tiempo, en el “eterno presente” del amor, no podemos olvidar jamás la existencia del mal y la desdicha de la condición humana. Participamos del sufrimiento de otros: no podemos eliminar la anticipación de la muerte o las tristezas de la vida.
¿Debemos, entonces, aceptar la sombría doctrina de Schopenhauer de que todos los sentimientos agradables son puramente negativos; esto es, son ausencia de dolor? No necesariamente. No hay razón para afirmar que las cosas que experimentamos como buenas –el goce estético, la dicha erótica, los placeres físicos e intelectuales de todo tipo, la plática enriquecedora y el amor de los amigos – deben ser consideradas como pura negación. Tales experiencias nos fortalecen; nos hacen más saludables espiritualmente. Pero ellas no pueden hacer nada ante el malum culpae o el malum poenae, el mal y el sufrimiento.
Hay, obviamente, personas que se consideran a sí mismas felices porque son exitosas: son saludables y ricas, sin carencias, son respetadas (o temidas) por sus vecinos. Tales personas podrían creer que sus vidas son la felicidad. Pero esto no es más que autoengaño e incluso ellos, periódicamente al menos, se dan cuenta de la verdad. Y la verdad es que son un fracaso, igual que el resto de nosotros.
Aquí podría formularse una objeción. Si hemos absorbido verdadera sabiduría en grado sumo, podríamos creer, como Alexander Pope, que lo que es, es lo justo. O, como Leibniz, que vivimos en el mejor de los mundos lógicamente posibles. Y si, además de aceptar intelectualmente algo como lo que acabo de señalar, si además de simplemente creer que el mundo debe ser justo porque está bajo la constante guía de Dios, también sentimos en nuestros corazones que ello es así, y experimentamos el esplendor, la bondad y la belleza del universo en nuestra vida diaria, ¿no podemos entonces afirmar que somos felices? La respuesta es no; no podemos.
La felicidad es algo que podemos imaginar pero no experimentar. Si pudiésemos imaginar que el infierno y el purgatorio no existen más, y que todos los seres humanos, cada uno de ellos sin excepción, han sido salvados por Dios y disfrutan de la dicha celestial, sin carencias, perfectamente satisfechos, sin dolor ni muerte, entonces podríamos concebir que su felicidad es real y que las tristezas y sufrimientos del pasado han sido olvidados. Tal condición puede imaginarse, pero jamás ha sido vista. Jamás ha sido vista.
***
Traducción: Ibsen Martínez y Marcos Villasmil
El artículo en inglés aquí
[1] (Nde la T.): “Soy feliz , pero no afortunado”
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Ideas 

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8 de Enero, 2013
Todos por nuestra condicion de hombres sabemos que son casi infinitas las formas de la felicidad humana , que las hay humildes , exultantes , infames , eximias , oprobiosas ,banales , ninguna sin embargo que podamos concebir como desligada de la consciencia de nuestra indivisa identidad individual , por eso si el Nirvana representa una forma de felicidad es una que es inmiscible con la condicion humana . Por otro lado sospecho que el Dios biblico tiene la felicidad humana como una frivolidad y es que una persona divina en cuanto absolutamente auto suficiente y auto contenido carece de ese hueco en el corazon humano que lo hace concupiscente y por tanto capaz de conocer esa experiencia que denominamos la felicidad.
9 de Enero, 2013
Un breve comentario sobre el Nirvana. Con base en las enseñanzas del Buda Sidarta Gautama, Sakyamuni, el concepto de felicidad, en sus distintos enfoques, no corresponde al Nirvana, el cual es, más bien, considerado como la detención o eliminación del fluir de la existencia, la detención total del ‘samsara’. La liberación. De modo que no parece tener equivalencia -por así decirlo- con nuestra concepción de felicidad, la cual está asociada al Ser. De acuerdo a lo predicado por Sidarta, el Nirvana se alcanza después de habernos despojado de todo deseo o impulso vital, renunciando incluso a nuestro propio ser individual. Eso toma una vida completa de búsqueda de la iluminación, desechando todo lo que nos ata a la existencia terrenal, particularmente los disfrutes y emociones que hacen placentero el tránsito vital. No se parece a “ser feliz”
9 de Enero, 2013
“…podríamos concebir que su felicidad es real y que las tristezas y sufrimientos del pasado han sido olvidados. Tal condición puede imaginarse, pero jamás ha sido vista. Jamás ha sido vista.”
Ni lo será, porque este es el mundo de la dualidad, del arriba y abajo, bueno y malo, feliz e infeliz. Por lo que nuestra percepción (que cree que cosas como el sufrimiento son reales) no puede ver un estado libre de dolor o carencias. En el nirvana o en Dios está la unificación, un estado distinto, en el que términos como feliz o infeliz no tienen sentido, simplemente se ES. Y es el estado que permitió al Buda convertir las flechas que le lanzaron los ejércitos del demonio en una lluvia de flores, porque en ese otro estado de consciencia no puede existir ni el ataque, ni el dolor ya que la dualidad ha sido superada.
10 de Enero, 2013
Creo que todo es cuestión de “etiquetas” que están en nosotros de acuerdo a nuestra crianza, nuestra cultura, nuestra religión. Por ejemplo lo que la Doctrina Schopenhauer define como “sentimientos agradables” para mí son definidos o “etiquetados” como felicidad. El grado mayor o menor de ella dependerá de mi mismo, así como el nivel de satisfacción en el tiempo que ellos, en mi cuerpo físico (plano terrenal), causen. En el caso de Dios o cualquier otra Divinidad (en cualquier religión) nunca me había cuestionado sin son felices o no, coincido con el autor en que “la felicidad, no parece ser aplicable a la vida divina”, pareciera mas bien ser un concepto de la condición humana, mundana y terrenal.
11 de Enero, 2013
Me parece q Dios es Feliz. No porque no pueda ser infeliz, sino porque decide serlo.
Imaginemos que somos nuestras almas y que estamos jugando un juego en red….. Que el juego mismo y los que estamos jugando (nuestras almas) somos Dios y que los personajes que “encarnamos” en el juego somos los seres humanos de esta realidad. En éste escenario Dios no tiene porque no ser feliz. Ni siquiera siendo testigo de toda la desdicha de los personajes (seres humanos) ya que sabe (nuestras almas saben) que cuando uno de los jugadores no quiera participar más del juego se sale del mismo volviéndose uno con las de mas almas y el juego mismo. Aquí Dios (nuestras almas + el juego) es feliz porque sabe que nuestra vida terrenal es una ilusión y que el sufrimiento y la tristeza de todos los personajes también lo son. Sabe que por medio de la muerte, las almas se salen del juego y analizan todo lo que jugaron … y si lo desean vuelven a entrar al juego en otro “país” “provincia” “situación económica” “padres” etc . (Reencarnación). No hay razón para que nuestras almas no sean felices si están jugando todo el tiempo y cuando se cansan de jugar se salen del juego y se divierten viendo la película del resto de los personajes que es cada vez más divertida. Y los personajes se mienten, matan, abusan y roban. También se aman, ayudan y ríen y todo forma parte perfecta de un juego perfecto, que es cada vez más rico y más abundante en el cual se van programando nuevos escenarios y circunstancias (El universo se expande le llaman los científicos). Obviamente que de esto no tengo pruebas tangibles, no tengo una foto de las almas jugando en un gran ciber….. pero alguien tiene una fotos del purgatorio? DIOS ES FELIZ CAULQUIERA SEA EL SIGNIFICADO DE FELICIDAD.
14 de Enero, 2013
Se me ocurre tras una reflexion adicional que podria haber una felicidad asociada al nirvana y es aquella que nace cuando nos liberamos de una fatiga peso o carga , si los hindues ven la rueda de las existencias como un puro sufrimiento entonces la desaparicion del yo al fusionarse con la totalidad del universo representa una liberacion respecto de esos sufrimientos y por tanto una forma aguda pero pasajera de felicidad . Esta felicidad es distinta a la que sentimos al alcanzar a cumplir un deseo que teniamos insatisfechos.
15 de Enero, 2013
Existe un error en el punto de partida. El Nirvana no tiene nada que ver con lo que se entiende por felicidad en el pensamiento occidental. Mediante el desapego, el bodhisattva niega su ser individual hasta convertirse, en la metáfora de Osho, en una gota en el océano, donde se diluye hasta dejar de ser, con lo que termina el ciclo ininterrumpido de reencarnaciones que es la causa de todo el sufrimiento. Eso es el Nirvana, la extinción del yo. Y ya. No hay eternidad, no hay castigo, no hay premio, no hay dioses. No hay nada que añadir ni que investigar y mucho menos que comparar con el cristianismo.
Esta concepción no puede vincularse en ninguna forma con los conceptos del hombre occidental y mucho menos con Cristo, el cristianismo y las categorías aristotélico-tomistas sobre las que se construyó la filosofía cristiana.
De manera que yo suprimo, por impertinentes, los primeros cuatro párrafos del artículo y paso a comentar sobre los siguientes que se refieren al “cielo cristiano”.
La condición de “deus ex machina” del dios padre judeocristiano, separado del mundo creado en razón de poseer una naturaleza distinta (y considerada por el tomismo “superior”) a la de dicho mundo material, le impide ser feliz o infeliz, estar alegre o triste, en fin: sentir emociones o simplemente sentir. Por esa horfandad y la necesidad de superarla, el mundo romano asumió la figura de Cristo, un hombre de carne y huesos presuntamente nacido en Belén (pero más probablemente en Nazareth) que, según algunos escritos de su época, fue formado en el vientre de una joven mujer de Judea por el espíritu divino, y fue condenado a morir torturado en una cruz, porque así debía ser por mandato legal, al cometer el delito de proclamarse mesías, y le atribuyó el haber cargado con todos los pecados de la humanidad para su redención.
Ese señor no pudo haber sido feliz en vida; ya que sería imposible, por el solo hecho de ser omnisciente (si se supone que era un dios), que no conociera anticipadamente cuál iba a ser su forma de muerte, y ese solo conocimiento es suficiente para amargarle la vida a cualquier hombre.
Ahora bien, compartiendo la creencia a los solos fines de esta nota, si desde su trono a la derecha del dios padre Cristo observa el fruto de su sacrificio y mira a los hombres de buena voluntad marchar hacia la salvación, es plausible pensar que eso lo contenta, le reporta un cierto grado de felicidad, con lo que podría afirmarse que Cristo, si bien no siempre es feliz, tiene ratos de felicidad.
También es imaginable, como advierte el autor en su párrafo final, el final de los tiempos, cuando “…el infierno y el purgatorio no existen más, y que todos los seres humanos, cada uno de ellos sin excepción, han sido salvados por Dios y disfrutan de la dicha celestial, sin carencias, perfectamente satisfechos, sin dolor ni muerte, entonces podríamos concebir que su felicidad es real y que las tristezas y sufrimientos del pasado han sido olvidados. Tal condición puede imaginarse, pero jamás ha sido vista.” Allí podríamos también imaginar a Cristo rebosante de felicidad, reportándose al dios padre: “Misión cumplida”.
No obstante, existe una contradicción en el pensamiento cristiano, entre este estado final de salvación total de la humanidad, y las enseñanzas bíblicas que hablan del “fuego eterno” para los pecadores irremisibles. Una de dos: o no existe tal infierno, sino el mentado purgatorio donde las almas sufren un castigo temporal por sus pecados y después son rescatadas, o es más acertada la filosofía oriental con su ciclo de indefinido de reencarnaciones que sólo finaliza cuando se alcanza el Nirvana.
17 de Enero, 2013
“ Porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente ” San Ignacio de Loyola . “Ejercicios Espirituales” Anotaciones 2 ,5.
Y si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta..