Artes

Lentes de sol y cigarrillos, acrópolis y ágora; por Arturo Almandoz

Por Arturo Almandoz Marte | 3 de Enero, 2013
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1. Durante el receso primaveral de 1994, mientras hacía yo el doctorado en la Architectural Association de Londres, visité Grecia por primera y, probablemente, única vez en mi vida. La semana en Atenas y los recorridos por Pireo y el Peloponeso fueron amable invitación de Yanis, cuyo apellido he olvidado por impronunciable, quien estudiaba un diploma de posgrado en la AA, como decenas de profesionales jóvenes en la escuela internacional. Bien parecido y trajeado en elegante estilo casual – rara cualidad en la más bien hippy indumentaria que abunda en medios académicos, sobre todo en aquellos años del furor de Oasis y The Cramberries en el pop británico – Yanis era fumador empedernido, como muchos de sus compatriotas, además de usar con frecuencia lentes de sol, incluso en los frecuentes días nublados de Londres. Si bien con cobriza tez mediterránea, su estampa semejaba al Hugh Grant que por entonces se agigantaba en las pantallas cinematográficas, completando así la imagen entre apolínea y dionisíaca de la que gozaba en la escuela, donde le conocí algunas novias cuya galería amplié después en Atenas.

Aunque quizás eran las escenas glamorosas que mucha gente en la AA asociaba con la Grecia de Yanis, muy poco me atraían las postales radiantes de cruceros por el Egeo o el Jónico, tributarias del jet set fundado por los Onassis y los Niarchos, popularizado más tarde por las revistas faranduleras, de Vanity Fair a ¡Hola!. Lo que más anhelaba al aceptar aquella invitación – no obstante estar ya consciente de que prefería mis viajes solitarios – era poder al fin conocer la polis de la que por años había hablado a mis estudiantes de Urbanismo y Arquitectura, en cursos introductorios de historia de la ciudad. E incluso antes que ello, era poder visitar el escenario histórico de los pensadores sobre los que había escuchado y leído durante la maestría en Filosofía de la Universidad Simón Bolívar. Dictadas a la sazón entre el atardecer y la noche, en el penthouse del edificio Tajamar de Parque Central, desde aquellos años ochenta resonaban para mí las clases magistrales de Ángel Cappelletti sobre filosofía antigua, impartidas con erudición pasmosa y sin nota o diapositiva alguna; con algo homérico en su mirada extraviada, el sabio argentino desplegaba ante nosotros desde los fragmentos presocráticos hasta las cosmovisiones de Platón y Aristóteles, ora navegando por el ígneo río de Heráclito, ora anclando en la ontológica quietud de Parménides. Y aunque no todos los sosías de Cappelletti cavilaran e impartieran desde la clásica ciudad de Pericles, ese pasado académico era para mi el equipaje más preciado al partir de Heathrow para conocer los escarpados paisajes donde, como bien sintetizara Max Weber, cuajaran a la vez ciudad y pensamiento en Occidente.

2. Desde la tarde misma del arribo, quise visitar la acrópolis y el ágora que eran epítomes de aquella polis académica que traía yo en mente; sin embargo, apenas pude divisar el Partenón al pasar en ruta hacia Pláka, un popular barrio decimonónico que Yanis había escogido como nuestra primera estación ateniense. La encalada arquitectura de casas escalonadas sobre las faldas de la acrópolis me recordó algunos arrabales andaluces o incluso de El Cairo; ello no sólo porque el tejido urbano parece conformarse a partir de la agrupación de viviendas sin rígidos patrones viales, sino también porque obviamente se mezcla en Pláka el meridional barullo mediterráneo con nórdicas usanzas contemporáneas. Al contemplar los ceramistas trabajando en sus sempiternas vasijas y ánforas, así como los zapateros y talabarteros que laboran sandalias de esparto y bolsos de cuero con técnicas milenarias, no pude evitar recordar los artesanos que Platón colocara en la génesis urbana de La república, aunque después negara ciudadanía a los comerciantes que con el tráfico de mercaderías se enriquecen.

La calle Lyssicratous por la que accedimos a Pláka, poblada también con sofisticados bares y restaurantes de moda, trajo a mi mente, respetando las distancias históricas y culturales, el renovado colorido de la judería de Córdoba y del Albaicín de Granada. No dejaron de influir vivencias personales en aquella asociación algo gratuita y anacrónica; pero al menos en aquellos años noventa, mucho antes de que Grecia entrara en default e hiciera colapsar la eurozona, me resultaron notorias y hasta intrigantes las semejanzas de hábitos y actitudes con la España comunitaria y consumista que yo recordaba de cuando allí viviera, a finales de los ochenta. Inundadas con concurrentes tan buenosmozos como acicalados, casi todos fumando y portando gafas de sol a cualquier hora del día, las terrazas de Pláka y Monastikari, así como las de la plaza Syntagma que visitamos al día siguiente, parecían playas urbanas de aquella bonanza que la Unión Europea prodigaba entonces a los selectos miembros de su club. Entre el 88 y el 89, yo había presenciado similares conversaciones sobre coches y apartamentos nuevos en las terrazas de La Castellana en Madrid, o sobre las venideras olimpíadas en el Paseo de Gracia en Barcelona. En el contexto subdesarrollado, también recordaba el delirio sobre centros comerciales que debían ser visitados, desde mi adolescencia en la Caracas saudita y disco, antes del Viernes Negro; sólo que ahora lo escuchaba en el entrecortado inglés de los amigos de Yanis, quienes por cortesía hacia mí trataban de no hablar en griego, mientras nos servían aceitosas tapas a base de queso feta y aceitunas negras, salpicadas con orégano, ajo y romero.

Incluso me retrotrajo a mis años españoles el hecho de que, llevado por el frenesí del tapeo y la bebida, volví a fumar una cajetilla diaria durante esa semana en Grecia, a pesar de que había reducido mi consumo de cigarrillos desde que llegara a Inglaterra en 1993. De hecho, esa recaída fue para mí señal inequívoca de que debía erradicar completamente el vicio que sólo disfrutaba para socializar, lo que eventualmente logré poco después de regresar a Londres. Era en todo caso como si, a través del cigarrillo, hubiera sentido de nuevo que ese olímpico modo de vida era embriagador pero riesgoso. Porque vistas hoy a la luz de la crisis griega, algo había de premonitorio en esas postales que conservo en la memoria, pobladas de fumantes atenienses con lentes oscuros, incluso a deshora, como no queriendo aceptar que el sol se ocultaba por el poniente europeo.

3. Fue al tercer día en Atenas cuando Yanis, quien por amabilidad no me dejaba desplazarme por mi cuenta, decidió llevarme al Partenón y al ágora. No habiendo sido inaugurado para entonces el museo de la Acrópolis, puede decirse que había algo de desorden y deterioro en el sitio arqueológico, más allá del comprensible desarreglo de ruinas y el barullo de turistas. Sentado cerca de los propileos con Yanis, mientras contemplábamos las columnas dóricas y el tímpano entrecortado, le comenté cómo el recinto había sido, antes de la erección del templo de Fidias, lugar de reunión religiosa y también política, cuando todavía el ágora no estaba diferenciada espacialmente; no lo sabía él a pesar de su gentilicio heleno, pero le comenté que yo lo había leído en las interpretaciones que Moses Finley hiciera de la así llamada ciudad homérica, basadas en la filología de La Ilíada y La odisea. En éstas resplandece aún, según sir Moses, el término polis en un sentido primigenio, comprensivo de la ciudadela sagrada que era a la vez lugar de deliberación del consejo de ancianos, cuando todavía el mármol no había reemplazado a la madera y la piedra caliza en las construcciones. Eran aún los tiempos preclásicos y monárquicos que se confunden en la épica homérica, cuyos palimpsestos recrean también estratos del pasado micénico y aqueo, antes de la invasión dórica y la edad oscura que le siguiera. Porque no olvidemos que, coincidimos Yanis y yo al final de la plática, la historia griega antigua abarca más de 1200 años, sin contar el período minoico, de manera que no es posible hablar de un solo tipo de polis griega sino de varios estadios, sin contar la pléyade de ciudades aparte de Atenas.

Descender al ágora el mismo día, después del almuerzo, fue también afortunado para la reflexión con Yanis. Primer lugar de asamblea política durante la democracia, a la vez que plaza comercial y de mercado; dejada arriba mucha de la función religiosa en el promontorio sagrado, el ágora ateniense confirma, además de la expansión de la polis después de las Guerras Persas, la primera gran segregación del espacio comercial y político hacia lo que estaba por convertirse en centro urbano. Era una segregación que también tuvo lugar en ciudades clásicas del Ática y el Peloponeso, así como alejandrinas del Asia Menor. Pero la centralidad integrada y accesible que rescatarían más tarde las basílicas religiosas, sólo surgiría en los foros romanos, que fueron en buena medida, como el urbanismo latino todo, herederos del helenístico de Hipodamo de Mileto, por un lado, junto a la ritualidad etrusca, por el otro.

Estructuradas todavía en torno a ciudadelas amuralladas que eran en parte reservorios de víveres – palacio, granero y templo, según la didáctica expresión de Lewis Mumford – Ur y Nínive, Menfis y Babilonia no habían conocido ágora alguna de centralidad y secularismo, así como tampoco habían concebido un régimen político que no fuera teocrático. En cambio la progenie griega, incluso desde las monarquías micénicas y las gerontocracias aqueas, secularizaron el poder político que eventualmente llevaría a la democracia clásica; de allí el gran salto de la ciudad occidental con respecto a la oriental, según otra de las lecciones weberianas. Pero tampoco había que idealizar, como coincidimos Yanis y yo, esa democracia ateniense que sólo aplicaba para ciudadanos, excluyendo mujeres y comerciantes, metecos y esclavos. Había sólo que verla en su propio contexto histórico, según lo hicieron Fustel de Coulanges y Léon Homo por vez primera desde el positivismo decimonónico; pero había que reconocer al mismo tiempo sus errores y limitaciones, como el resabio platónico a la ciudadanía comercial, del que tanto se quejara Mumford en La ciudad en la historia.

4. Ya para el cuarto día, antes de emprender viaje al Peloponeso por la tarde, Yanis, ocupado en sus propios asuntos que no había podido atender por mi visita, permitió que fuera el museo Arqueológico Nacional por mi cuenta, para recogerme al mediodía. Fue una rápida pasada al sobrio edificio neoclásico del siglo XIX, ubicado en el barrio de Eksarhia, pero alcanzó para detenerme ante esculturas de los períodos arcaico y clásico, como el kurós de Tebas y el Poseidón del cabo Artemisio, los cuales recordaba de las enciclopedias de arte y las postales de la librería Soberbia. Sabía de antemano que me atraparían piezas minoicas y micénicas, como el busto del Minotauro y la máscara de Agamenón, con una predilección fundada en que la revolución urbana del Egeo – que permitió la cristalización de la ciudad después de Sumeria y Egipto, según la secuencia documentada por Gordon Childe – ocurrió en Cnosos y las Cícladas primero, y más tarde en Troya y Micenas; de manera que aquellas rostros hieráticos ofrecen, además de sus atributos arqueológicos y estéticos, testimonios mudos de la edad de bronce helénica.

Al salir comenté mis impresiones del museo a Yanis, quien confirmó que se trataba de la mayor colección existente de arte griego, fuera de los sitios arqueológicos; también añadió que sólo faltaban los marbles del Partenón, enfatizando con ironía el término inglés que cobra especial resonancia en este caso. Sabía que la espinosa historia nos rondaba: no obstante la ayuda que prestara el romanticismo inglés a la independencia griega del imperio otomano, bajo la égida de Lord Byron, el inveterado colonialismo británico hizo de las suyas mientras tanto; y como es archiconocido, fueron expoliados del Partenón frisos, métopas y frontones gracias a los oficios leoninos del embajador Elgin, quien terminaría vendiéndolos al British Museum.

Noté que algo se había agriado en la compostura más bien afable de Yanis, así como en las amigas que nos acompañaban en el viaje; pensé que, más allá del affaire Elgin, puede que haya heridas en el nacionalismo de la Grecia moderna porque después de la prolongada y oscura sujeción a los turcos hasta 1833, siguieron los designios de las potencias europeas, instauradoras de regentes bávaros y daneses hasta la Primera Guerra Mundial. Además de la irrefutable pertenencia de los frisos al templo de Atenea, era inevitable que apareciera también el argumento, esgrimido por las amigas de Yanis mientras encendían sendos cigarrillos, de que Grecia es, desde su ingreso en 1981, tan miembro de la Unión Europea como lo es el Reino Unido. Lo que ocurre es que hay que dejar de lado las veleidades colonialistas, sobre todo después de haber desmantelado supuestamente el imperio con la Segunda Guerra Mundial, reforzó Yanis mientras se quitaba los lentes de sol y me miraba fijamente, como si yo defendiera la posición británica, acaso por vivir y estudiar en Londres por aquellos años. Afortunadamente el tema se desvaneció cuando salimos de Atenas hacia Pireo, mientras la conversación retomaba sus trivialidades de ribetes consumistas y cosmopolitas; pero he recordado mucho aquella reacción nacionalista, como los días atenienses de mi visita del 94, en estos años en que Grecia ha tenido que claudicar de nuevo ante los imperativos de sus vecinos europeos.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (4)

Alexandre Daniel Buvat
4 de Enero, 2013

Muy grata lectura que incluso obliga a releer antiguas lecturas de historia y de historia del arte y a pensar que Grecia hace mucho que perdió lo que llamaríamos espíritu espartano

Arturo Almandoz
4 de Enero, 2013

Efectivamente, Alexandre: la Atenas que visité tenía más de olímpica que de espartana, en el sentido que señala; gracias por su comentario.

Rosario Salazar
4 de Enero, 2013

Qué placer da leer sus artículos profesor Almandoz. Me transportan, enriquecen y entusiasman a la vez. Nos queda reflexionar acerca del hecho de que en estos momentos, parafraseando a Homero, Grecia se precipita al Hades para ser pasto de perros y aves.

Arturo Almandoz
5 de Enero, 2013

Es una distinción, Rosario, que una historiadora urbana como tú encuentre estas crónicas placenteras y enriquecedoras. Gracias también por la reflexión homérica.

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