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¿De qué se ríen los venezolanos?, por Leila Macor

Por Prodavinci | 26 de Diciembre, 2012
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De que le han arrancado al bebé. Pero casi me gusta más. ¿Un monumento a la Paternidad en Venezuela? Por favor. Seamos realistas. Ahora, el monumento a la Paternidad en Ciudad Guayana representa, con su demoledora semiótica, la nación improvisada que somos, definida por la frivolidad, la deshonestidad y el vandalismo. Un niño arrancado de las manos de su padre, para vender su peso en bronce. No hay imagen que simbolice mejor la cultura del saqueo de los venezolanos.

La Paternidad, una escultura de 800 Kg de bronce y 3,5 m de altura que muestra a un hombre alzando en brazos a un bebé, fue develada en 1992 en “la explanada del Papa” de Ciudad Guayana, en el estado Bolívar. (No en 1985, como está reseñando la prensa). El escultor es mi padre, Aldo Macor, quien acaba de cumplir 84 años y vive su retiro en Montevideo. Yo era adolescente cuando papá trabajaba para aquella obra, presencié con hartazgo su proceso creativo y, como buena joven rebelde y malagradecida que era, no quise ir a su inauguración porque estaba harta de oír hablar de ella.

paternidad texto 2Dos décadas después, una mañana de mediados de noviembre de este año, la escultura amaneció con las manos mutiladas. El bebé, esfumado. El bronce del que estaba hecho ya debe de estar derritiéndose en un caldero. Pero, por espectacular y cinematográfico que luzca este robo en particular, no es diferente al vandalismo de cables eléctricos ni a la rapiña de las esculturas cinéticas de Soto para lucrar con sus varillas de metal.

El diario local El Correo del Caroní, el primero que reseñó el robo, informó el 1 de diciembre que ningún ente gubernamental se ha pronunciado al respecto, ni para evaluar una eventual restauración ni para buscar culpables. Zero. Niente. Doce días después, el jefe de la oficina de patrimonio del Instituto Municipal de Cultura, Enrique González, le dijo a la revista Primicia que, si bien no se había avanzado en la investigación, él trabajaría para “contactar al autor”. Bueno. No hay nada más fácil en el planeta que “contactar al autor”, un hombre muy deseoso de comunicar y con un ratio de Respuesta a emails de 4 minutos. ¡Lo difícil es dejar de contactarlo! Basta googlear su nombre y aparecerán decenas de maneras de escribirle. Pero, hasta el momento, nadie le ha hablado del asunto oficialmente.

Le digo entonces a Macor que escribiré esta nota sobre el caso. Y cuando le pregunto, como periodista, qué sintió al ver las primeras fotografías de la mutilación, me responde muy teatralmente: “Muy triste, rabioso, por esos brazos mancos, sangrantes, clamando al cielo…”.

“En serio, papá”, lo interrumpo. “Sin pistoladas”.

Y, aunque mi padre quiere sonar rimbombante, digno de un momento teatral, resulta que la segunda versión, la más prosaica, es aún más triste: Macor no está sorprendido.

“Qué quieres que te diga”, contesta. “¿Crees que es la primera vez? Esto no es nada comparado con lo del Toro”.

Claro. Los Macor conocemos la historia, pero el resto de los venezolanos no. La Paternidad era la primera parte de una trilogía que públicos y privados habían encargado a mi padre para donar al estado Bolívar entre fines de los ’80 y principios de los ’90. Las otras dos esculturas eran el “Toro Caído” y la “India Guri”, que en efecto se realizaron, pero nunca se llegaron a inaugurar.

Respecto al pago reina la confusión. Mi padre, que nunca pudo cobrar el total de la suma pactada por las tres, ni siquiera recuerda (o eso dice) quién ordenaba las obras, quién las cancelaba ni cuánto se le debe aún. El asunto estuvo primero en manos de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG), un conglomerado de empresas estatales que explotan los recursos del sur del país; luego de una filial de la CVG y, finalmente, de una asociación privada de empresarios de Guayana conocida como ASEDAGA. Esta última es la que figura, en los papeles, como la donante de la Paternidad, según reseñó el Correo del Caroní.

Como sea, el Toro Caído, un toro volteado de 2 metros que representaba, desde un punto de vista bastante positivista, el triunfo de la civilización sobre la naturaleza, iba a erigirse en alguna plaza de Puerto Ordaz. El toro salió de la fundición moldeado en bronce, como muestran las fotos más abajo, que son el último registro que Macor tiene de él. Luego fue colocado en un camión y enviado a su destino, donde fue guardado en un depósito a la espera de que se decidiera la fecha de su inauguración.

toro caido textoSemanas después, mi padre recibió la noticia de que alguien se había llevado la pieza de media tonelada de bronce. Según le dijeron, el saqueador la sustrajo argumentando que haría así un bien a su comunidad. “Un tipo dijo ‘a ese toro lo agarro yo, porque si no, se lo roban los demás’, y se lo llevó él y lo puso en su finca”, me cuenta Macor. “No puedo decir su nombre”, advierte inmediatamente después, pidiéndome que tampoco yo lo diga.

Igual cualquier guayanés sabe quién es. Se trata de un empresario con mucho dinero, poderoso hacendado de la región, que vio la escultura en el depósito y decidió llevársela a su hato porque le gustó y le dio la perra gana de tenerla.

Y ahí está el Toro Caído, modelado para adornar una plaza pública, adornando en cambio el jardín privado de un caudillo local.

La tercera obra es la India Guri, un desnudo de tamaño natural que simboliza el anhelo de la indígena por la tierra perdida y para la que por cierto serví yo de modelo. Luego de realizarla en bronce, Macor ya estaba listo para enviarla también a Ciudad Guayana.

Pero como no había terminado de cobrar la trilogía aún, y vista la situación, decidió quedársela. Por las dudas.

Años después, cuando emigraron a Uruguay, mis padres se la llevaron con ellos. La fulana India Guri ha sido una pesadilla para todos, porque es muy grande y pesada y no sabemos nunca dónde demonios meterla. Este año la cedimos “en comodato” a la embajada de Venezuela en Montevideo, donde al menos tiene algún sentido de ser.

En un episodio separado, la minera estatal Minerven encargó en 1992 a mi padre el retrato monumental de un periodista llamado Juvenal Herrera. Era un busto de bronce de un metro de altura que se iba a colocar en El Callao. Fue enviado a su destino e, igual que el Toro Caído, desapareció misteriosamente de los depósitos de la empresa, por cierto filial de la CVG.

Muchos de nosotros sonreímos con esta clase de anécdotas. Pero no por simpatía, que no se confunda el lector, sino por un venezolanísimo sentido de la claudicación.

¿Qué somos? Un país de vándalos que saluda con buen humor el robo y el ventajismo. Hace unos días me contaron del saqueo a la escultura de Soto de Chacao, una bellísima bola naranja conocida como “la Esfera de Jesús Soto” o, más coloquialmente, “La Arepa”. No conocía la historia porque me fui de Caracas hace 15 años. “Terminó toda despelucada”, me dice mi amiga Liz, “porque le robaron todas las varillas”. Al final restauraron la obra, la rodearon con una cerca eléctrica y desplegaron vigilancia armada las 24 horas, cuenta mi amiga, riendo. Yo también me río.

Sí, parece gracioso. ¿Pero qué clase de país es ese, que tiene que vigilar el arte con las armas?

Hace sólo una semana, la encuestadora estadounidense Gallup divulgó un estudio según el cual Venezuela es el cuarto país “más positivo del mundo”. Su población, por lo visto, dio las contestaciones más alegres al sondeo. Pero que nadie se equivoque: no somos felices los venezolanos. Estamos sobreviviendo. Nuestra risa es una risa de hiena, una risa hueca de alcohólico; histérica, macabra. En las encuestas que miden la felicidad de los pueblos, la confunden fácilmente con alegría. Pero no hay nada de gozoso en ella: es apenas una forma de convivir con la cultura del saqueo en la que fuimos criados. Optamos por esa risa cómplice, porque la otra alternativa es una indecible vergüenza.

Prodavinci 

Comentarios (19)

Jonathan S.
26 de Diciembre, 2012

Ser honesto y persona de ley, en este país, no mola. Muchas veces, siento cierta vergüenza por ellos y vivir rodeado de ‘eso’: la cultura del “vivo” y el “pendejo”

R. Vivas
26 de Diciembre, 2012

Nos reimos de la farsa que rodea todo lo que se pretende noble o solemne en nuestro pais , es la risa del picaro para quien ningun valor cuenta sino la rochela , el bochinche , el ardid socarron del que expolia al otro valiendose de su superior audacia , malicia y astucia . Para empezar levantar una estatua a la paternidad donde nadie la honra , donde abundan los padrotes y escasean los padres es algo soberbiamente risible !!

Alejandro
26 de Diciembre, 2012

La verdad es que todo se resume en esta pregunta “¿Pero qué clase de país es ese, que tiene que vigilar el arte con las armas?”

Diogenes Infante
26 de Diciembre, 2012

No sé porqué a tanta gente le m molesta que seamos felices, eso no tiene que ver con nada más sino con la felicidad. Uno puede ser bien desordenado y bien feliz, bien desordenado e infeliz.

Reinaldo Muñoz
26 de Diciembre, 2012

Me apena toda esa situación, y a la vez resulta desesperanzadora. Hay combinación de vandalismo con viveza criolla

Golcar Rojas
26 de Diciembre, 2012

Esa risa que nunca he podido descifrar en el venezolano me atormenta la cabeza desde hace tiempo. Cuando nos cuentan, por ejemplo, que una señora iba de parrillera en una moto taxi y el mototaxista iba, revólver en mano atracando a la gente en la cola y, en un momento dado, se volteó a su cliente y le dijo “Tranquila, no se preocupe que a los clientes no los atracamos”, uno sonríe. Sonríe quien cuenta y sonríe quien escucha y yo no logro identificar si la risa es de incredulidad, de asombro, de impotencia, de frustración o de admiración. El texto de Leila Macor, me recordó un poco este que escribí con motivo de los resultados de las elecciones de gobernadores: Yo no estoy triste http://golcarr.wordpress.com/2012/12/18/yo-no-estoy-triste/

No.7
27 de Diciembre, 2012

Como Guayanés me siento avergonzado e indignado por esto, más allá que no vivo ahora en Puerto Ordaz, la verdad “otra raya más pa’ un tigre”…

Alfredo Ascanio
27 de Diciembre, 2012

Pero también se han robado las defensas de aluminio de las autopistas, las boca de visita de hierro,y otro mobiliario urbano o sea los depósitos para la basura que se colocan en los postes y que duran allí muy poco. Si a estos robos se le agrega el “grafitis” que no es tal y que lo que hace es dañar y ensuciar paredes e incluso los aparatos telefónicos, entonces estamos en una ciudad caos que nos da mucha lástima y vergüenza.

Lucho
27 de Diciembre, 2012

Retrata una situación patética de abulia nacional. Lo patente del “no- escándalo”. Es una situación que me recuerda una historieta de Mafalda en que ella decía algo así como que hoy no se le encoge el corazón a nadie, porque todo el mundo lo tiene ‘sanforizado’. Yo creo que tenemos mucho, más que sanforizado: tenemos congelada la sensibilidad, la vergüenza, la moral (entendida como ánimo: estamos “desmoralizados”; la otra moral, la de mi abuelita reprochando los actos non sanctos de niñas de trece años con tipos de treinta, hace tiempo que claudicó…); no hace falta que hayamos sido derrotados en una batalla: pareciera que hemos perdido la guerra, la lucha, por nuestros sueños, y las que han quedado como ganadoras son nuestras pesadillas, que ni siquiera sufrimos, porque, para peor, las vivimos esas pesadillas en la más satisfecha y cochina normalidad, la propia banalidad del mal. En cierto modo, eso explica mucho de nuestra historia presente. No habríamos sido el país de Latinoamérica que cayera a esta altura en lo que hemos caído, si un poco de responsabilidad hubiese vibrado para siquiera dolerse de todo lo que nos pasa. Pero decidimos sobrevivir. Y no nos damos cuenta de que, en el sobrevivir, hemos perdido la batalla por el vivir.

pollinob
28 de Diciembre, 2012

Nos reímos porque no tenemos educación ni referencias de nada; nos reímos porque somos imbéciles.

¿Tendrán razón quienes dicen que la inteligencia es enemiga de la felicidad? Porque si es así, cumplimos mayormente el requisito de esa renuncia. No es posible vivir en un naufragio patético de país como este y ser feliz, a menos que se haya claudicado totalmente a la inteligencia y la civilización.

Carolina Maya
28 de Diciembre, 2012

Tengo una anecdota personal respecto a cuidar armas con arte. Corría 1995 y atendía a un inglés que nos visitaba para negociar la compra de la empresa familiar. Como parte del tour caraqueño lo llevé a conocer el Museo de Arte Contemporáneo acompañada de un familiar. Con orgullo le mostré el Francis Bacon perteneciente a la colección del museo. Al escucharme el familiar me pegó disimuladamente un codazo mientras me susuraba, ” No seas loca. Como le dices que es un original? Si estos cuadros fuesen originales tendrían que tener un guardia armado al lado de cada uno!”

Aldo Macor
29 de Diciembre, 2012

Sí, yo soy Aldo Macor, la persona que concibió la obra, mía fue la maqueta que se presentó al Ministro para su aceptación. Yo la persona que organizó un equipo válido para la ampliación de la obra a tres metros y medio. Fui yo quien la llevó y pagó a la fundición para el proceso del paso a yeso y fundido en bronce.

Si tuviera 40 años, haría lo posible para restaurar esa vergüenza.

Pero ya no tengo los 40. Tengo más del doble. Voy por los 85.

Ya no tengo la fuerza física para trabajos de ese tipo. Pero la sabiduría, o quizás el adaptarse a las situaciones de cada edad sugiere, casi diría que me ordenan otra cosa:

Dejemos así la estatua como esta. Nada de reparaciones. Nada de ocultarla en otro lugar. Ya no es monumento a la paternidad o al emigrante. Nada de hipocresías. Que sea lo que es. Solamente y tristísimamente un monumento al horror. A la vergüenza. A la miseria de esos pobres ladrones, quizás tampoco ellos los únicos responsables. Que sea a la falta de educación. Sin duda en Venezuela. Pero no solo en Venezuela. No solo en esta tierra que tanto he amado. Que lo sea por el mundo entero. En todo este nuestro pobre mundo donde cada día se sabe más de horrores. Horrores de todo tipo. Animaladas, corrupciones, drogas, robos, dictaduras, pedofilias, violencia y violaciones, sangre y lágrimas…que quizás existían desde siempre pero que hoy en día se conoces más. Y nos entristecen y nos avergüenzan. Aldo Macor

Luis Betancourt
29 de Diciembre, 2012

Soy venezolano vivo en Medellin. Hace unos meses Botero dono un gato de bronce para una plaza, al colocarlo se dieron cuenta de que le robaron un pelo del bigote del gato. Al menos en Pto Ordaz el niño durò varios años….

Oscar Sucre
29 de Diciembre, 2012

Bueno, bueno el articulo. Una muestra mas de nuestra falta de cultura, civilidad y sentido de comunidad. Venezuela hace 50 años no era asi, pero la abundancia del petroleo definitivamente nos ha pervertido. Y miren Uds. un empresario guayanes, que deberia ser ejemplo y usar sus recursos para apoyar iniciativas que constribuyan a construir comunidad, es el primero que participar en el saqueo. No en baldo, compatriotas, tenemos a Chavez… Creo que hay una salida, reconstruyendo la educación que transmita valores ciudadanos al pueblo. Ese es el camino!!!

maria carnicero
29 de Diciembre, 2012

“Canto por no llorar” decía la letra de una canción que cantaba mi mamá. Tal vez el venezolano oculta unas enormes ganas de llorar.

luciano alcorta
1 de Enero, 2013

Si realmente lo fuéramos, a mí no me molestaría que “seamos felices”.

Lucho
2 de Enero, 2013

Luciano Alcorta, comparto plenamente su breve pero integral comentario. Pero me parece que no somos “felices” nada, ni mucho menos felices sin comillas (eso es ya una entelequia existencial, jajajaja). Creo que aquí podría hablarse de “sensación de felicidad”, parafraseando a la tristemente célebre funcionaria que dijo eso de la “sensación de inseguridad” de los venezolanos. Solo que, en el caso de la sensación de felicidad, parece ser muy falsa, o como dicen los niños psicólogos, un “mecanismo de defensa”, que a esta altura, está degenerando (¿o evolucionando?) como un mecanismo de suicidio, o de “autosuicidio”, como dijo ese otro presidente muy anterior al pte. Se dice: “ríamos por no llorar” o “cantemos por no llorar”. A este paso, vamos a pegarnos un tiro por no llorar.

Carlas Canache
14 de Enero, 2013

Mas cierto imposible . Que tristeza que perdimos la verguenza.

Félix Marín
20 de Enero, 2013

En Porlamar, la estatua de la Plaza del Periodista es (o era) un busto de Eleuterio Rosario Campos quien fundó el primer periódico del estado Nueva Esparta. Eleuterio era tio paterno de mi papá. El busto desapareció pocco después de la inauguración. Hasta ahora no se si ha habido una reposición.

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