Artes

“New Pompey” (Fragmento); por Horacio Convertini

Fragmento de la última novela de Horacio Convertini, "New Pompey", publicada por Ediciones Puntocero.

Por Prodavinci | 20 de Diciembre, 2012

EL 38

Bastaba que el tío Morocho nombrara a Penko para que mi padre empezara a revolverse en la silla.

–Alto como un ropero, una telaraña de piel quemada en el cuello, la nariz roja llena de poros, las manos como dos tenazas…

A esa altura del relato, mi padre dejaba la mesa e iba a la habitación. Se subía a una silla y metía la mano en el último estante del placard, bien al fondo. Bajaba una caja de zapatos. La abría. Ahí estaba. Un Smith & Wesson calibre 38 envuelto en un paño amarillo. Se lo calzaba a la cintura y volvía al living cuando mi tío ya estaba por la parte de la reacción del viejo Rivera.

–Lo mira y le dice: «¡¿Qué me hace, Liserra?! ¡¿Cómo que larga?! No habrá sido por Penko, ¿no?».

El numerito de todas las fiestas familiares terminaba con papá desenfundando el revólver y amenazando con agujerear el techo a balazos. Los grititos de mamá, que jamás eran fingidos o sobreactuados porque temía de verdad que eso fuera a ocurrir, desplazaban la atención de los invitados muy lejos de Penko y de aquella antigua e inolvidable cobardía del guapo de la casa.

Yo era chico y nada me gustaba más que mis padres me dejaran solo para jugar a los pistoleros con el 38. Teatralizaba las historias del Far West que veía por la tele en Cine de Super Acción y siempre ganaba el duelo final doblado de dolor por un balazo imaginario en el hombro. ¿Estás bien, Johnny? Sí, amigo, ha sido solo un rasguño. Hacía las voces de los personajes con acento mexicano y decía «maldición» cuando caía en una trampa de los villanos porque no se me ocurría que los héroes de verdad –los héroes de televisión– pudieran hablar de vos y soltar un «puta madre» de la bronca.

Papá había sido el héroe de mi barrio y el 38 no era otra cosa que la prueba material de sus viejas hazañas. Un trofeo conquistado a las trompadas en un baile de Unidos antes del papelón por Penko. Saturnino, el mejor milonguero de Franja de Oro, se había puesto a bailar con firuletes en el medio del salón. Mi padre lo interpretó como una ofensa y lo desafió a pelear a la vuelta. Según el tío Morocho, el barrio entero se agolpó en la cortada de Luppi y armó un coliseo de ojos angurrientos de sangre. Saturnino era un crack con los pies, pero maleta con las manos. La víctima perfecta para esa noche salvaje. «Le hubieran visto el miedo que tenía. Se quedó paradito, cubriéndose la cara con los puños. Daba lástima, te juro», evocaba Morocho. Mi padre avanzó despacio, balanceando el cuerpo de un lado a otro, como si estuviera esquivando golpes invisibles. Callado, con una sonrisa canchera, sintiéndose ganador desde el vamos. Entre amague y amague, sacudió apenas el hombro derecho, en un movimiento eléctrico y amenazador que desató una reacción mínima en la guardia temblorosa de Saturnino. El bailarín de Franja de Oro habrá supuesto que detrás de ese espasmo venía la derecha y corrigió levemente la posición defensiva de los antebrazos. Poco, nada. Lo suficiente para dejar la luz por donde entró un zurdazo imprevisto y furioso. Volaron gotas de sangre y dientes. Las piernas de Saturnino se aflojaron. Papá tiró, esta vez sí, la derecha a fondo y lo calzó en el mentón. «Voló dos metros el otro, dos metros y me quedo corto». Morocho contaba que la multitud largó un alarido animal y que se fue cerrando en torno al hombre caído y al gladiador victorioso. Saturnino se irguió de rodillas, escupió una baba negra y de algún lado sacó el revólver. «Entonces, el loco este se le tiró encima con la agilidad de un gato –se entusiasmaba mi tío–. Forcejearon. Rodaron por el piso trenzados. Hasta que le pegó un cabezazo y Saturnino quedó como muerto. Agarró el 38 y se lo guardó en la cintura. ‘A bailar se ha dicho, carajo, que la noche es joven’, gritó, y todos lo seguimos en procesión, como a la Virgen de Pompeya».

Jugar con el 38 era, también, una manera de desacralizar la mitología familiar. Cuando no estaba seguro del tiempo que habrían de tardar mis padres en volver a casa, me limitaba a abrir el paño y me ponía a contemplar el revólver como si fuera el Niño Jesús en el pesebre, una fuente de milagros que me llenaba de pensamientos extraños. En esa reliquia de acero habitaba el poder de la muerte. Matar, matar, matar. ¿A quién matarías vos, eh?, me preguntaba mientras recorría con un dedo la curva del gatillo o las aristas del tambor. Y se me representaban las caras de compañeros del colegio, algún maestro, vecinos. Pobre diablos que alguna vez me habían ofendido o ignorado y a los que yo, en las tinieblas de la habitación de mis padres, solitario y rencoroso, procesaba en un juicio sumarísimo y les dictaba la pena capital.

Pero un día no recordé un rostro sino un nombre: Penko, la bestia diabólica que había acobardado a mi papá. ¿Y?, me dije. ¿Matarías a Penko? ¿Vengarías el honor del apellido estampándole un balazo en la frente? Pensé entonces en lo que hubiera sido de mi padre sin ese capítulo desgraciado en su vida. Lo imaginé con su legajo de macho cabrío invicto de dobleces, la distancia aun mayor que lo habría separado de mí, y terminé firmando un indulto piadoso. Yo necesitaba a Penko vivo. Necesitaba lo que él representaba en la memoria de los Liserra: la huella imborrable de una flaqueza.

***

La noche del primer beso de Jose me costó dormir. Por el vértigo de haber afirmado mi sexualidad en los hechos, pero sobre todo por la presencia del Chino en la esquina. Pensaba de qué manera habría de reaccionar él. Cómo manejaría la confirmación de su sospecha. Qué lado de su temperamento terminaría imponiéndose: el del amigo gauchito o el del tipo cruel.

Me acordé, esa noche de miedos transparentes, de lo que le había hecho a Madeira, un compañero de la secundaria que llegó en quinto año. Decían que lo habían expulsado de un colegio católico de Lanús, pero nadie sabía por qué. No parecía el típico alumno que trae problemas y que las escuelas escupen para evitar el contagio. Bajito, gordo, anteojos de lentes gruesos, cachetes colorados y lampiños, manos de dedos cortos, voz aflautada, el uniforme siempre impecable. Encima, inteligente; más que ninguno ahí adentro y, sobre todo, más que el Chino, el peor de la división por lejos. Durante los recreos, Madeira se sentaba solo en los bancos de cemento que estaban junto a la cancha de pelota paleta. O se metía en la biblioteca a ojear algún tomo del Espasa Calpe. Hablaba poco y nunca de rock o de fútbol, los temas que dominaban nuestros días por aquella época. Ni de mujeres. «¿No será puto?», se preguntaba el Chino, casi con asco. Puto, leproso, negro de mierda; lo último de la escala humana, basura que merecía el gaste y el escarnio. Pero como Madeira había llegado tarde hasta para las cargadas, decidió no perder tiempo con él.

El último viernes antes de las vacaciones de invierno, el profesor de Historia nos dividió en equipos para que hiciéramos distintas monografías. «Así no se rascan y van aprendiendo lo dura que es la universidad», dijo. Al Chino le tocó el gobierno de Rosas, con Madeira. Habiendo tantos, justo con él, el amanerado de la clase. Lo llamativo es que aceptó la designación casi con alegría. Se reunió con el pibe en el recreo y acordaron verse ese fin de semana para empezar a trabajar. Juro que olí algo feo desde el vamos. «¿Vos estás loco? ¿Qué te picó?», lo apuré. Y él me contestó, con las rayas de sus ojos casi cerradas: «Tranquilo, ya vas a ver».

El Chino perdió todas las tardes de esas vacaciones en la casa de Madeira. Faltó a partidos de fútbol, a salidas con chicas, al campeonato de billar del club. Se bancó, incluso, algunas cargadas que en otras circunstancias habría callado a las piñas. Imperturbable, seguía con lo suyo, como si tuviera una meta y debiera alcanzarla incluso contra su propia naturaleza.

El lunes que volvimos a clase, el Chino nos reunió en el patio del colegio. Abrió un sobre, sacó una carta y la empezó a leer con voz finita, echando el culo para afuera, quebrando la muñeca. Era una carta de Madeira. Una carta que Madeira le había escrito a él. Le agradecía lo bueno que había sido, lo lindo de su compañía. El pibe estaba cerca. Escuchaba todo. Lo miré. Me pareció que iba a decir algo y se contuvo, o acaso lo hizo, pero en voz muy baja y con la boca casi cerrada. Ahí fue que los demás se le fueron encima como chacales hambrientos. Lo arrastraron hacia el baño, el Chino a la cabeza. «¡Puto, puto!», gritaban. Los anteojos de Madeira volaron y alguien los pisó con saña. Le desgarraron el pantalón, lo escupieron. Yo hice lo que todos, porque ni siquiera tuve el valor de quedarme a un lado, y recién me detuve cuando un chillido de rata desesperada se mezcló con el sonido del timbre que anunciaba el fin del recreo.

Volvimos al aula en silencio, la sangre todavía alterada por ese instante de locura, algunas risitas en voz baja. Madeira no. El profesor de Historia vio su banco vacío y preguntó por él. «Se sentía mal, debe de estar en el baño», le mintieron. Lo mandó a buscar por un celador. Nada, ni un rastro. Solo las astillas de unos lentes rotos, pero que podían ser de Madeira o de cualquiera. El pibe no apareció más. Algunos dicen que prefirió quedar libre y rendir todas las materias en marzo. Otros que intentó suicidarse y, como Sarita, fracasó.

Sarita, Madeira. Gente diferente y humillada. Aquella noche se me metió en la cabeza que yo podía ser el siguiente.

***

Al otro día del beso, Jose no fue al diario. Tampoco avisó. Me resultó extraño, más allá de que yo sabía que él tenía un estatus especial en la redacción porque el estudio jurídico de su familia asesoraba al dueño de la empresa. Llamé a su casa varias veces. Nadie atendió. Cuando terminó mi turno, tomé un taxi y fui a su piso de la calle Guido. Toqué el timbre del portero eléctrico. Escuché la voz de él, preguntando quién era. Respondí y, después de un silencio que me pareció demasiado largo, sonó la chicharra de la puerta. Entré y subí en ascensor hasta el quinto piso. La puerta del departamento estaba abierta. Me asomé. Oscuridad total. Antes de que se apagara la luz del palier, alcancé a distinguir la silueta de Jose en un sillón del living.

–¿Qué pasa? –dije, sin avanzar–. ¿Prendo?

–No.

La situación era misteriosa, absurda. Forcé los ojos en busca de un indicio que me ayudara descifrar lo que estaba ocurriendo.

–Andate, Cali –su voz sonó extraña, desflecada; una voz que parecía salir de otra boca y de otro hombre; un Jose inseguro y tembloroso–. No quiero verte más. Andate.

Me moví rápido y empecé a tantear la pared en busca del interrumptor de la luz. Lo encontré y accioné la perilla. Una araña de caireles de cristal iluminó la sala con una explosión blanca. El estado de Jose me espantó: tenía el pómulo izquierdo deformado por la hinchazón, el labio superior desbarrancado en una masa azul, un parche en la frente. Corrí hacia él. Le tomé las manos y se las besé. Le acaricié la cara. Jose hizo unos movimientos desganados para apartarme y luego se dejó abrazar. Olía a whisky. Estuvimos un rato largo así, sin decirnos nada. Finalmente me pidió que apagara la luz y me contó la historia.

La noche anterior, la del beso, luego de dejarme en mi casa, dobló por Centenera en dirección a Rivadavia. Entre Perito Moreno y Cruz, un Falcon lo sobrepasó a toda velocidad y lo encerró. Pensó que eran policías. Bajaron tres tipos. Lo sacaron de prepo, lo tiraron al piso y empezaron a insultarlo y a pegarle patadas en las costillas. En un momento, uno de ellos, el que parecía el jefe, hizo un gesto con la mano y pararon. Jose les ofreció la billetera y el reloj, pero eso no hizo más que empeorar la situación. El jefe se enfureció. Lo levantó de las solapas, lo tiró sobre el capó del auto y comenzó golpearlo ferozmente en la cara. Los otros dos tuvieron que agarrarlo de los brazos para que no lo matara.

–¿Pero por qué? ¿Te dijeron algo?

–Sí.

–¿Qué?

–El jefe. «Basta de joder con Cali, puto de mierda». Me miró fijo. Tenía los ojos celestes y sucios.

Es falso que el odio te hace hervir la sangre. Es falso que se siente como un fuego que te quema el cerebro y que te marea igual que el alcohol. Lo confirmé esa noche. El odio es un relámpago helado de lucidez. Vi claramente las conexiones que unían cada escena, sus protagonistas, sus intenciones, qué papel me correspondía a mí en esa trama. Y actué en consecuencia.

Prodavinci 

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