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Viaje a la otra isla de la narrativa venezolana, por Víctor Carreño

Por Víctor Carreño | 18 de Diciembre, 2012

I

Entre el 5 y 7 de diciembre se realizó el II Congreso Crítico de Narrativa Venezolana en Margarita, organizado por el Instituto de Investigaciones Literarias de la UCV, dirigido por la profesora María Eugenia Martínez. Un evento digno de recordar, como para despedir con una reflexión de especialistas e investigadores de la narrativa este año de 2012. No fue en vano. Del I Congreso, realizado en 2009 apenas se entregaron este año las memorias en un CD. Para que tengamos la idea de la escasez de recursos con que se trabajó en el Congreso, como ya lo destacó Antonio López Ortega en una breve reseña publicada en Prodavinci, donde también  advierte que ha pasado injustamente ignorado. Este año la obra de Carlos Noguera fue escogida como centro de un homenaje en el Congreso. En el anterior, la obra escogida fue la de José Balza. Hubo investigadores y narradores venezolanos (jóvenes y no tan jóvenes), invitados internacionales y presentación de libros. En el acto de instalación había más de cien personas. En este recuento aspiro sintetizar algunas de las diferentes tendencias y temáticas (las que más llamaron mi atención),a partir de las Conferencias centrales. Tanto mis apuntes como el Programa y los resúmenes del Congreso me sirvieron de apoyo. También haré mención de los libros que se presentaron, no es justo que pasen ignorados.

La Conferencia central del acto de instalación estuvo a cargo de José Balza. Se tituló “Una calle llamada escritura” y fue sobre la obra de Carlos Noguera. Balza retomó algunas ideas de su ensayo “Inventando a Carlos Noguera”, pero fue mucho más allá, al desplegar una mirada panorámica por sus novelas, sin limitarse a ellas. No faltaron las anécdotas biográficas, como la influyente labor de Noguera como conductor de talleres literarios, desde 1978 (Luis Barrera Linares se referiría luego a este Congreso como un “vasto taller”: por fortuna, creo que lo fue), también mencionó sus ensayos. Hablar de una obra tan extensa, con varios premios que apuntan a una trascedencia, es un desafío casi titánico. Balza volvió a un recurso de su anterior ensayo, y consiste en encontrar y articular una metáfora que pueda aludir a la totalidad: “Toda la obra de Noguera está vertebralmente recorrida por un tiempo verbal poco usual en la ficción: el potencial, “el futuro imperfecto”, de Historias de la calle Lincoln. ¿Una remota huella prustiana o del Jorge Semprum de El largo viaje?” (“Inventando a Carlos Noguera”). En el mismo ensayo, así como en la conferencia, habló de cómo estos potenciales “sostienen el zigzagueante destino de sus creaturas”, a la vez que sumergen al lector en interrogaciones sobre sus virtuales destinos. ¿Qué pasará, qué pasaría con tal personaje en una noche o en una década?¿Qué deseamos o no de sus deseos? Quien haya leído al menos un volumen de En busca del tiempo perdido o El largo viaje recordará esos laberintos de la conciencia (incluyendo en ésta las huellas del inconsciente),  por donde se extravían los personajes en el tiempo. Balza en su conferencia postuló un paralelismo con una tradición narrativa venezolana más lejana, al sugerir relaciones con personajes del siglo XIX, como los de “Claudia”, un cuento de Eduardo Blanco (compilado por Carlos Sandoval en Días de espanto), donde un mismo hecho cambia su estatuto de realidad según el punto de vista de los personajes, y el narrador testigo introduce interrogantes que hacen que la historia oscile entre narración psicológica, relato fantástico y policial. Son estas metáforas tomadas de la misma literatura lo que dan su profundidad a la lectura de Balza. Sin olvidar cómo la narrativa de Noguera acompaña los avatares de nuestra historia contemporánea (desde la subversión guerrillera de los 60 hasta las crisis institucionales de los 80, sin obviar el país más reciente), Balza fue deteniéndose en una por una de sus novelas: Historias de la calle Lincoln, Inventando los días, Juegos bajo la luna, La flor escrita, Los cristales de la noche, hasta llegar a la última de ellas, Crónica de los fuegos celestes. Balza citó un extracto de la ponencia de Gabriel Jiménez Emán sobre esta novela y las contradicciones históricas que representa (en su centro está el golpe de Estado del 11 de abril de 2002). Mi memoria no retuvo la cita de Jiménez Emán ni él asistió, pero la impresión que me dejaron sus reflexiones y las de Balza es que para poder hacer una evaluación crítica de esta novela, es necesario hacer un análisis contextual de la historia transcurrida en los (casi) tres últimos lustros en Venezuela. No está de más recordar que hubo una mesa de “Análisis del discurso” y cuyo eje en casi todas sus ponencias fue la violencia en la narrativa venezolana reciente (pienso en las de María Eugenia Martínez, Antonietta Alario o Vicente Lecuna, quien analizó a los narradores José Luis Palacios, Rodrigo Blanco, Carlos Ávila, Mario Morenza, Lucas García, Camilo Pino, Hensly Rahn). Sin embargo, entre las obras analizadas no estaba la novela de Noguera. Estudiarla en el contexto de esta narrativa es un desafío para futuras investigaciones.

Después de la presentación de su obra por Balza, Noguera expresó palabras de agradecimiento y leyó una breve autobiografía, con datos pocos conocidos de su vida (de su infancia, por ejemplo), que vendrían a complementar lo que nos llega de ella a través de sus novelas. Esperemos que se publique, pues sin duda será de mucho interés para sus críticos y lectores.

La complejidad de las estructuras novelísticas de Noguera fue discutida atentamente en el Congreso. François Delprat señaló un “imaginario nutrido de modelos literarios que juegan con las pautas genéricas de la novela realista engarzadas con las de la policíaca, de la erótica, de la sentimental y de la psicológica” en La flor escrita. Judit Gerendas  refirió en la misma novela  una “estructura trigonométrica, generada a partir de triángulos” entre los personajes, “así como en medio de crímenes, traiciones y poderosas fuerzas económicas y políticas que se mueven en las sombras”. Miguel Arcángel Florian habló del experimento con el cine a través de la inserción de un documental testimonial en Crónicas de fuegos celestes. Luis Barrera Linares  analizó un “ficcionario histórico” que reconstruye una historia paralela a la oficial o intrahistoria, categoría que ha difundido entre nosotros Luz Marina Rivas a través de su libro La novela intrahistórica.

Extrañé la presencia de Rivas, así como la de Violeta Rojo, Arnaldo Valero, Steven Bermúdez, entre otros investigadores y escritores. También es oportuno decir que la convocatoria fue abierta y amplia, y participamos prácticamente representantes de todas las universidades e instituciones de investigación literaria del país.

Al final de la tarde del primer día se presentaron varios libros publicados este año. La obra completa de Ángel Gustavo Infante, con el título de Todos vuelven (Caracas: Equinoccio). Una edición de Cubagua, de Enrique Bernado Núñez, a cargo de Alejandro Bruzual  (Caracas: Monte Ávila), un trabajo que fue objeto de una ponencia sobre esta investigación de crítica-genética hecha desde el Celarg (este clásico venezolano experimentó a lo largo de 36 años un largo proceso de corrección y reescritura). El libro Leer la realidad. Estudios críticos sobre el contexto en la narrativa venezolana, de los autores Antonietta Alario, Ángel Gustavo Infante, María Eugenia Martínez, Rebeca Pineda, Mario Morenza y Carlos Sandoval (Caracas: UCV). Caracas en varios tiempos, compilado por Horacio Biord (Caracas: Fundación Empresas Polar). Los últimos cuatro números del Anuario del Instituto de Investigaciones Literarias. No siempre estuvieron todos los libros a la venta. Pero pudimos compensar con las mesas de libros de Monte Ávila, Universidad Central de Venezuela y editoriales privadas.

La segunda Conferencia central fue leída el día siguiente. Se tituló “¿Qué y cómo es la no ficción de los nuevos narradores hispanoamericanos?”, escrita por el profesor invitado Wilfrido Corral, de la California State University, Sacramento, y autor de varios libros, como Vargas Llosa. La batalla en las ideas (Madrid: Vervuert, 2012), Bolaño traducido: nueva literatura mundial (Madrid: Ediciones Escalera, 2011), Cartografía occidental de la novela hispanoamericana (Quito: Centro Cultural Benjamín Carrión, 2011), entre otros. El profesor Corral abordó un conjunto de narradores nacidos en los 60, para destacar el uso del ensayo y otras formas prosísticas de no ficción, paralela o simultáneamente en la elaboración de su narrativa. Estos autores fueron Jorge Volpi, Alberto Fuguet (sobre todo por su libro Missing), Héctor Abad Faciolince Leonardo Valencia, Cristina Rivera Garza, entre otros, para quien usó el término de “nuevos realistas”. El uso de estos recursos no es nuevo, ni Corral lo planteó como tal, aunque sí considero que les dio un matiz personal en su reflexión. Dentro de esta preocupación por este nuevo realismo están los retos con los cuales se enfrentan los escritores contemporáneos, que se mueven entre las nuevas tecnologías y las realidades movedizas que representan(pensemos en los blogs literarios y las revistas digitales como formatos “emergentes”, también uno de los temas del Congreso), pues además de que no sabemos todavía, dice Corral, cómo afectará la digitalización del libro los derechos de autor o qué “vida “literaria”adquirirán las fuentes instantáneas que emplean sus autores”, todas estas transformaciones traen consigo mayores implicaciones: “cuando las fuentes reales son redefinidas se convierten en parte del fluir de una nueva narración cultural”. Sugiere luego al final hacia dónde fluye esta nueva narración cultural: “En ese sentido se podría decir que los nuevos narradores son “nuevos realistas”, y su no ficción transmite que sólo se puede mitigar los males literarios desarrollando mecanismos de contención.  Por esto la reputación de la no ficción es igualmente inestable, y encima se tiende a subestimarla, cuando nos puede decir tanto como la ficción.  En esta redefinición, que propone una relación objetiva con los obstáculos del pasado, hay diversión, ingenio, originalidad, riesgo y tensión” (todas las citas son hechas gracias a la cortesía de su autor).

Cuando las fuentes digitales vuelven inestable la noción de literatura como se venía entendiendo hasta hace poco, surge la necesidad de “mitigar los males literarios”, de allí, creo, la importancia que tiene la prosa ensayística en estos autores, pues el ensayo problematiza  la realidad. Como también lo hace la prosa histórica. Al respecto advierte Corral: “las novelas basadas en  hechos históricos no son la mejor manera para que un novelista principiante desarrolle su talento, pero obtener competencia en los principios de lenguaje y construcción de personajes requeridos para la prosa histórica seria y accesible provee algunas de las herramientas esenciales para escribir ficciones convincentes, y esto lo sabemos desde el Cervantes que se educó leyendo chansons de geste” (e-mail, 11 de diciembre de 2012).

¿Adónde nos lleva Corral? Una tendencia de los Estudios Culturales y el Nuevo historicismo sostiene que todo es objeto de atención en la academia, todo es historiable, lo que de por sí es legítimo, pero surge un problema parecido al de la web: si vale la pena prestar atención a todo, ¿hasta qué punto las fuentes que usamos son confiables?, ¿qué tan rigurosa es la metodología con que investigamos (y escribimos) para discernir lo verdadero de lo falso y no caer en un cómodo relativismo? Pienso por eso que tiene profundas implicaciones para nosotros la pregunta que hiciera Corral después de su conferencia. ¿Qué autores venezolanos se relacionarían con los caracterizados como “nuevos realistas”? Quiero aclarar que Corral no estaba proponiendo como un imperativo estético que los novelistas venezolanos tuvieran que parecerse a los que él analizó, pero como comunidad de relaciones que es la literatura hispanoamericana, es legítima la pregunta. Y creo que, sin pretender igualar a unos y a otros, la problematización de la realidad, en un tiempo en que más que nunca la dilucidación de la verdad tiende a diluirse entre las manipulaciones mediáticas e ideológicas, cuando no en el relativismo posmoderno, este enfrentamiento crítico con la realidad afecta a esos escritores que describió Corral y a nuestros narradores también. ¿Por qué? Voy a escoger un ejemplo, para tratar de responder a esta difícil pregunta. Y el ejemplo es el narrador venezolano Norberto Olivar, también nacido en los 60. Dos ponencias en el Congreso se ocuparon de él, perolas que siguen serán reflexiones en la línea de la conferencia de Corral.

II

En las novelas de Olivar no solo confluyen la ficción y la historia, sino que él mismo es historiador y ha declarado que muchos de sus textos los realiza a partir de una investigación histórica. Olivar introduce sus reflexiones históricas a través del diálogo coloquial, a través del humor o la ironía, evitando la posición de quien busca imponer la verdad en vez de promover la discusión, alternando el punto de vista del historiador y el del narrador de ficciones. En su polémico ensayo “Espantados por la ficción (el miedo de los historiadores)”, publicado en Prodavinci, dice: “los narradores venezolanos que han incursionado en la novela histórica lo han hecho con timidez, producto precisamente de la poca o nula formación en la teoría de la historia”. Habla de narradores como Federico Vegas en Falke, El pasajero de Truman, de Francisco Suniaga, y El último fantasma, de Eduardo Liendo, autores todos discutidos en el Congreso. Olivar no cuestiona el valor estético de estas obras, sólo quiere llamar la atención sobre una carencia epistemológica. Para fundamentar más su idea, revisa un fragmento de Fernando Aínsa, y pregunta si será posible “que la literatura se abra al estudio de la teoría histórica y complejizar el discurso narrativo con los problemas fundamentales de la historiografía, digamos, el sujeto histórico, el tiempo, la historia inmediata, la distancia, las posibilidades de la verdad, la ideología, entre muchos más”. Su interlocutor (ficcionalizado o no es menos importante que las ideas discutidas) contraataca con ideas de Hayden White y su afirmación de que la historia es una “construcción verbal”. Olivar no resuelve el dilema en este ensayo, aunque creo que su obra sí aporta una respuesta. Extiendo entonces la inquietud planteada por el novelista con otras preguntas.

¿Para qué preocuparse de “las posibilidades de la verdad” de la historia si no es más que un juego literario? ¿Pero no se cae entonces en el riesgo de un relativismo posmoderno y de una estetización extrema de la historia? Sin pretender cerrar el debate, traigo a colación el artículo “Is Theory to Blame?” (¿Debemos culpar a la Teoría?), de John M. Ellis (luego diré algo más sobre él), donde Ellis confronta a un estudioso de White, Hans Keller. White, recuerda Keller, argumenta que la historia es en última instancia un sistema de tropos, la versión de la historia de un historiador depende en última instancia de sus valores estéticos y morales. Se pregunta luego Ellis si bastan entonces los valores estéticos y morales de alguien como Charles Manson o Adolf Hitler para legitimar su versión de la historia. Quizá sea exagerada la comparación. Pero piénsese en el deconstrucionista Paul de Man, para él también la literatura, en tanto construcción verbal, es un inestable sistema de tropos (ya Shelley había dicho que la lengua es un poema cíclico),su sentido, así como el de toda construcción lingüística,  es en última instancia indecidible. Pero cuando después de su muerte aparecieron unos artículos publicados en Bélgica en un periódico pro-nazi (uno de ellos con fuertes declaraciones antisemitas) el campo intelectual se dividió en dos. Los deconstruccionistas, como Derrida, buscaron relativizar el antisemitismo de DeMan, tratando de demostrar que cuando De Man defendía ideas antisemistas, lo que de verdad estaba haciendo era condenarlas (?). Sin embargo, otros se opusieron a Derrida. Había documentos históricos posteriores, una carta donde De Man mentía sobre este periodo de su vida, diciendo que solo había escrito artículos durante la guerra en 1940 y 1941, y luego no continuó, cuando en efecto publicó ese año el comprometedor artículo “Los judíos en la literatura contemporánea” y el año siguiente también. Como dije antes, el campo intelectual quedó dividido, pero más pertinente, creo, es la pregunta de qué lado escogemos estar, si a favor o en contra del relativismo histórico. Y para esta pregunta sería infructuoso responder rápidamente, como un acto de fe que absuelve o condena. Más útil, creo, es la posición crítica, el continuo examen que podamos derivar de ella.

No estamos lejos de las ideas de la Conferencia central de Wilfrido Corral. Estas reflexiones las vengo haciendo desde el referido ensayo de John M. Ellis, recogido en el libro Theory´s Empire: An Anthology of Disent (El imperio de la Teoría: Una antología del disentimiento), compilado por Daphne Patai y Wilfrido Corral (New York: Universidad de Columbia, 2005), libro que advierte sobre los excesos del Nuevo Historicismo y los Estudios Culturales (que son hoy la Teoría en la academia en los Estados Unidos; qué tanto es acierto o desacierto en ellos es otro tema), excesos como el planteado anteriormente. Ellis está dispuesto a admitir que la historia y la literatura se valen de la imaginación, aquí se acercan, pero una cosa es admitir que no se puede conocer la verdad última de todo lo ocurrido en el pasado, y otra muy distinta es afirmar seguidamente que un historiador está autorizado para decir cualquier cosa sobre el pasado. Acá la historia y la ficción se separan. Pero también la ficción literaria puede servir para alertar sobre los riesgos de los usos indiscriminados de la imaginación, que puede liberar pero también servir para reescribir el pasado de acuerdo a intereses ideológicos nada liberales o liberadores, como cuando promueven el culto a los héroes. Cito a Olivar: “¿Qué sentido tienen nuestras vidas si no podemos ser mejores que Bolívar y Urdaneta? ¿Qué esperanza tiene una sociedad que no puede superar su pasado, a sus héroes?” (“Discurso en el acto de entrega del Premio de la Crítica a la novela de 2008”).

Norberto Olivar, quien valora positivamente la novela intrahistórica en Venezuela, discutida en el Congreso (con novelas como las de Ana Teresa Torres o Victoria de Stefano), reclama sin embargo ir más allá en la relación entre la literatura y la historia. Pues no basta con rescatar lo que queda al margen de la historia oficial, rescatar y recrear la vida privada, anónima, cotidiana o como quiera llamársele. Hay que ahondar en el sentido del para qué de una “nueva narración cultural”, como en su conferencia dijo Corral, pues ésta “nunca se reduce al entretejer de ficción y realidad, sino que alienta a sus autores a emplear más arte, que es precisamente lo que quiere todo lector exhausto del entre siglo inmediatamente pasado”. Veo en estas palabras el recuerdo de que el acto de escribir ficciones no es de una libertad incondicional, sino acaso tanto o más exigente con la realidad que el acto de escribir historia.

Por eso, de las discusiones del Congreso, además de las que giraron en torno a la novela intrahistórica, la narrativa diaspórica o extraterritorial y las narrativas alegóricas de la nación, considero muy sugestivas las ponencias inscritas en la temática de la “Tradición de lo moderno”. Quiero destacar una ponencia sobre “Utopía y distopía en la literatura venezolana”, de Mariano Nava y Carlos Sandoval. Si textos como las crónicas coloniales o las novelas de principios de siglo XX tuvieron elementos utópicos, los distópicos cobran fuerza a fines del siglo XX y continúan en el siglo XXI.  De esta narrativa distópica, muy prometedora en su urdimbre de mundos caóticos, se mencionaron los cuentos “Urbanos todos” (1995)  y “Chofer de plaza” (2008), de José Luis Palacios, pero la lista no se detiene acá. Los ejemplos que podríamos aportar de ésta (como de la literatura contemporánea venezolana en general) no presentan una tendencia uniforme, y recuerdan el título de uno de los libros de Carlos Sandoval sobre narrativa venezolana: La variedad: el caos. A veces los mundos subjetivos, fantásticos o violentos se entre tocan. El país o yace en el caos o se pierde en un futuro vacío. (¿Acaso una de nuestras traumáticas “Marcas del Caribe”, esa otra temática del Congreso?). Quizá después de todo no estemos tan lejos de la narrativa latinoamericana, si pensamos en libros apocalípticos como 2666, de Roberto Bolaño. El ejemplo del chileno vale también para recordar que la narrativa venezolana no se limita a “reflejar” la realidad. También la transgrede, la recrea o sustituye en mundos posibles.

Los que hemos podido viajar y asistir a Congresos fuera de Venezuela hemos podido observar que la literatura venezolana reciente tiene una presencia muy reducida en el extranjero, cuando no inexistente o promovida por figuras individuales, con poco o nulo apoyo del Estado. Esto viene a colación pues resulta cuando menos problemático hablar de un boom en la narrativa venezolana reciente, si más allá de los autores que han emigrado y han escrito una obra cada vez más reconocida, la narrativa que se escribe en el país no trasciende sus fronteras.  El hecho de que a un Congreso de narrativa venezolana vengan reconocidos investigadores como Wilfrido Corral o François Delprat, de universidades de Estados Unidos y de Francia respectivamente, muestra el interés que despierta nuestra literatura. Pero estos hechos aislados, por más valiosos que sean, no son suficientes. ¿Podremos cambiar la tendencia de esta historia en los años que vienen? Dejo la pregunta en el aire.  Vayan estas memorias fragmentarias, incompletas, con unas felicitaciones al Instituto de Investigaciones Literarias de la UCV y a todos los que colaboraron en la realización del II Congreso crítico de narrativa venezolana, en un momento en que este tipo de eventos en Venezuela son como pequeñas islas, apenas distinguibles en el mar de una anónima cotidianidad.

Víctor Carreño  es escritor. Doctor En Letras Hispánicas por La Universidad De Columbia y profesor de la cátedra Historia de la estética contemporánea en la Universidad del Zulia

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