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Breve sobre Dave Brubeck, por Armando Coll (+video)

Por Armando Coll | 16 de Diciembre, 2012
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Dave Brubeck

Que Joe Morello fuese un violinista prodigio de niño tal vez explique algunas cosas. Que lo importunara una calamidad que le impidiera ver como los demás es irrelevante, si se atiene a lo que hacía con las baquetas y el hi hat, con tal exactitud, el gran baterista de los anteojos oscuros.

Que Paul Desmond ajustara minuciosamente la caña en la embocadura de su saxo alto al finalizar un solo, a lo mejor dé un indicio adicional en torno al lirismo de sus solos inobjetables.

Que Dave Brubeck haya armonizado esos impromptus de Desmond en el Blue Rondo a la Turk que tan súbito como dulcemente derivan al jazzwalking haciendo equilibrio entre las roncas cuerdas del contrabajo de Eugene Wright. Que quede algo a las palabras, es más bien asunto que concierne al silencio.

Escuché el sonido como de mar de los aplausos cerrados sobre los cuatro músicos que buscan acomodo en el escenario. Afina el contrabajo y súbito el ataque de Brubeck sobre las teclas: Ellington’s Take The A Train…Youtube me ha concedido la gracia de presenciar la mitología del jazz en su registro visual y, por añadidura, la oportunidad de observar el discurso fílmico que la televisión de entonces ensayaba como profecía de un arte nuevo que no es precisamente el estandarizante género del video-clip, y que presumo sin porvenir.

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Brubeck entregaba sus acordes magnánimo, establecía los enlaces propicios, orquestaba con sus dos poderosas manos el ensamble inigualable que fue el cuarteto por él liderado durante lo que duró, mucho, más no suficiente.

Dave Brubeck no en balde vivió a lo largo del siglo del jazz y lo sobrevivió quién sabe si además para asegurar que no se dispersara tan condensada herencia. Que no falte quien lo recuerde en la eternidad por lo mucho que le debemos al bien temperado maestro que supo estar en el centro, atrás y adelante, sin nunca perder el tempo en sus 91 años de existencia en la tierra.

Todavía en el 2009 se encaramaba en un escenario…Y cuando yo nací él tenía 40, diez más que mi padre. Y hasta ayer.

Crecimos con la idea de que era el pianista de Paul Desmond, un artista, el gran saxofonista de Take Five,  tan fuera de serie que opacaba al no menos extraordinario conjunto que lo respaldaba; Brubeck el cerebro.

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“Se darán cuenta de que está en 11 por 4”, anunciaba Brubeck el Take de Desmond en un concierto y agregaba: “Fue escrito por Paul (Desmond). Escribirlo es muy difícil, pero ese no es el problema”.

Informaba el pianista al público sobre lo incomunicable de la música: la partitura, la notación no es sino la sombra, la mancha diría un dibujante, de lo que ocurre en la cabeza de un músico.

La muerte es una bendición para los genios, más si los desgaja a destiempo, tempranamente, y se los lleva impolutos. No estaba tan joven Desmond cuando el tabaco y el alcohol le hicieron la emboscada terminal a los 53 años. Pero, hasta entonces se conservó en esa inocencia a la que parecen regresar los artistas irrepetibles, una condición que bendice a varios creadores del jazz tan disímiles como Bill Evans, Paul Chambers o, incluso, el accidentado Chet Baker, tan terso al cantar bien fuese con la voz o la trompeta con su boca sin dientes, cierta cosa seráfica que embelesa a los demás, no precisamente multitudes.

El persistente, hombre de fe que fue Brubeck tal vez no haya sido tocado por ese don, porque los dioses le asignaron otra tarea: la del líder, el concertador, el armonizador, el pianista, el maestro.

Entre tanto ruido digital, orbita en Internet una cita de momento atribuida a Brubeck: “Hay una manera de tocar a salvo, hay una manera de hacerlo con maña, y hay una la manera que a mí me gusta, que es peligrosa, en la que puedes equivocarte en la búsqueda de algo que no habías logrado antes”.

El pudo con eso y más.

Armando Coll 

Comentarios (2)

Oswaldo Aiffil
17 de Diciembre, 2012

Excelente la nota señor Armando. Cabe destacar que la genialidad de Brubeck consistía a mi entender en poner s todos esos genios en un “orden” exquisito, por decirlo de alguna forma. Se paseaba por el jazz como Pedro por su casa, “flawless” sería la palabra. Antes de Gene Wright estuvo Norman Bates, antes de Joe Morello estuvo Joe Dodge, que también eran músicos extraordinarios, pero la clave siempre estuvo en esos dos monstruos que fueron Brubeck y Paul Desmond. Ellos tenían la clave…

Armando Coll
17 de Diciembre, 2012

No podía ser más exacto, apreciado Oswaldo: flawless.

Gracias por su comentario.

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