Artes

Gemidos, por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 6 de Diciembre, 2012

 

Bien visto, si he leído tanto,
ha sido para defenderme del volumen
de los otros,
y si escribo,
he escrito para imaginar
cómo serían los otros con volumen bajo
o en silencio

Fabio Morábito. Alguien de lava

 

Ocurrió hace algunos años, mientras vivía solitario e insomne en un edificio de La Urbina.

Empezaban a eso de las once de la noche. Al principio eran unos sonidos leves que podían confundirse con bostezos, con llanto de bebé, con un ligero ataque de asma. Pero no. Porque en cuestión de segundos adquirían un volumen, una consistencia y un ritmo de connotaciones fácilmente descifrables. Con frecuencia, todo se limitaba a ronroneos lujuriosos de decibeles moderados, pero lo suficientemente nítidos como para traspasar las paredes de mi cuarto. Eso de lunes a viernes, repito, a golpe de once, justo cuando me disponía a arrebatarle unas horas de sueño a mi insomnio, que por esa época era de alta fidelidad.

En ocasiones de mucho éxito –ajeno–, los gemidos de al lado mutaban en desgarradoras plegarias y, en casos de estrépito, en un repertorio de lisuras y onomatopeyas que crispaban ventanas y cuadros y nervios. Ella era la voz cantante. La vocalista. En los instantes más arrebatados podía ofrecer unos arpegios de gozo que me dejaban hecho una porquería hasta el amanecer. Él, por el contrario, apenas se dejaba escuchar en el remate final, como un músico concentrado no tanto en sonar como en extraer sonidos de su instrumento en cada ejecución. Yo renegaba de la delgadez de esas paredes que me obligaban a dar vueltas y vueltas sobre mi cama, con la cabeza bajo la almohada, en un esfuerzo inútil por desentenderme de la pasión vecinal. Cuando no aguantaba más, me levantaba y caminaba hacia el balcón a tomar aire –único lugar de la casa a resguardo del fornicio sonoro–, con no pocas ganas de arrojarme a la vereda, si no fuese porque vivía en un primer piso. Tampoco ponía música ni encendía el televisor; no deseaba caer en una competencia de sonidos en la que llevaba todas las de perder. Así que sólo balcón y nada más, pues con los meses comprobé que el coito de mis vecinos, por razones acústicas que jamás entendí, se escuchaba en todos los espacios de la casa a esa hora y todos los días –salvo los fines de semana que descansaban– como un recordatorio de la felicidad estereofónica a la cual nunca tuve chance de responder en igualdad de condiciones.

Sé que los que hemos vivido en edificios solemos compartir este tipo de experiencias, ya sea como oyentes o como practicantes. No pretendo llamar la atención sobre un hecho que quizás raye en la normalidad, aunque lo normal también sea que casi nadie hable públicamente de esos asuntos tan, digamos, ruidosamente íntimos. Como sea, no deja de ser una situación incómoda, sobre todo cuando uno se encuentra con la saciada pareja al día siguiente en el ascensor, o camino al estacionamiento, y los buenos días de uno y los buenos días de ellos no suenan igual ni mucho menos significan lo mismo, malditas paredes.

Pero uno trata de ser amable, de hacerse el loco, y hasta alguna vez me tocó ayudar a mi vecina a cargar las bolsas del mercado hasta su casa, y cada vez que me hablaba yo sólo atinaba a escuchar variantes melódicas de su feroz nocturnidad, hasta que no pude aguantar más su voz ni su mirada ni sus bolsas, y entonces salí corriendo y rodaron los tomates, los cereales, las latas de atún, la leche en polvo, porque encima la mujer de mi vecino era de una hermosura que ya, francamente, era el colmo del abuso. Así vivía yo.

*  *  *

Por esos días –o más bien noches– me era inevitable, por masoquista, no recordar al personaje del relato “Duraznos” de Juan Carlos Méndez Guédez. Un estudiante universitario que habita en un edificio de vecinos detestables, aguijoneado por la ausencia de Selena, una puertorriqueña de caderas de infarto con quien le tocó intercambiar sudores y aullidos durante quince días en su apartamento. En venganza contra una vecindad que le revienta la paciencia, y en despecho por la ausencia de Selena, el personaje decide, en un ejercicio de ventriloquia sexual nunca antes leído, reconstruir sus noches de placer a todo pulmón: “Por eso todos los amaneceres repito mis gestos recién inventados –describe el narrador–. Salto sobre mi cama. Salto mucho hasta hacer que crujan los resortes, y luego gimo con mi voz, con mi voz rota como cuando Selena me absorbía. Y luego voy dándole matices a mi gemido, Y lo hago frágil, agudo. Soy Selena. Soy el gemido de Selena. Y luego soy yo, y gimo grueso, y otra vez Selena que gime desde mi garganta. Todavía no puedo imitar un gemido en el que parezca que las dos voces se confunden. Pero no ceso. Gimo, gimo, gimo y ellos me oyen. Se arropan, dan vueltas en la cama, maldicen”. Y así hasta que se duerme, dejando a los vecinos en un envidioso estado de vigilia.

Juro que en algún momento esa idea me cruzó por la cabeza. Yo también tenía una Selena a quien evocar, a quien imitar, pero nunca me atreví, quizás porque el gesto, que en el cuento era de risueña ternura, en la realidad podría resultar patéticamente desolador.

Salvo por ese relato de Juan Carlos, desconocía en aquella época otras referencias literarias que recrearan ese tipo de cópulas traspasamuros. Por eso, cuál no sería mi sorpresa, tiempo después de esas madrugadas, al constatar que lo que viví –y morí– durante esas noches fecundas en alaridos, era textual y sexualmente similar a la escena descrita por Alfredo Bryce Echenique en su novela Reo de nocturnidad. Aquella en la que Maximiliano Gutiérrez, profesor peruano para más señas de la casualidad, les cuenta a sus amigos de Montpellier el escándalo hardcore ejecutado por una pareja de fogosos vecinos recién mudados a su edificio. Una auténtica contaminación sonora para el estado de ánimo de un personaje cuya depresión amorosa e insomnio incurable debe arrastrar durante más de doscientas cincuenta páginas de risible tragedia. Las correspondencias hablan –o gritan– por sí solas: “El acto de amor más largo, más ardiente, más apasionado y más delirante del mundo –cuenta Max– arrancaba cada noche en la cama de los altos, situada encima de la mía. Los alaridos de ella, que no de otra cosa se trataba, porque a él debía bastarle con ser él, empezaban con una puntualidad realmente asombrosa, pero en cambio nunca se sabía cuándo iban a terminar. Todos los fuegos, todos los ardores y todos los orgasmos de Montpellier parecían concentrarse en la cama de los altos, y recuerdo que en más de una ocasión me descubrí agachando la cabeza de vergüenza viril al pensar que un solo hombre era capaz de organizar semejante escándalo en el vientre de una mujer y extraer una gama tan variada de alaridos, gemidos, chillidos, chilliditos, lamentos gitanos, ven pa’cás, no me sueltes, me matas, te mato, nos matamos, papis-papis, otra vez, ayayayais-sí y demás ayes de amor, en fin, el más amplio registro sonoro del que, estoy convencido, puede ser capaz el animal humano”.

Hasta aquí las coincidencias con lo vivido en mi apartamento. Porque tratándose de Bryce, esa descripción es apenas la antesala de una situación verdaderamente exagerada. Max invita a sus incrédulos amigos del bar a que asistan una noche a los bajos de su edificio para que escuchen lo que les acaba de contar. A ellos les parece una idea genial, y parten en comitiva para presenciar el espectáculo erótico nunca antes escuchado en la historia sexual de Montpellier. De modo que sentados en la esquina de la cuadra, y una vez llegada la hora del show, la morbosa cofradía comprueba con admiración que Max no se había quedado corto en su relato. Tal es el entusiasmo colectivo que deciden buscar a Tutú, un viejito árabe medio sordo que la mayor parte del tiempo los acompaña en silencio, con una beatífica sonrisa que pareciera no pertenecer a este mundo. Es como el abuelo feliz del grupo, por lo que todos coinciden en que deben traerlo para que no se pierda la maravillosa furia de esos atletas de la fornicación. Una vez que Tutú llega a la cuadra, uno de sus amigos lo sube sobre sus hombros para que pueda oír mejor, y en ese momento Bryce es más Bryce y malvado que nunca pues todos allí empiezan a arrepentirse de haber traído a Tutú. A medida que el viejito va oyendo el estruendo pasional, se le va borrando de golpe la sonrisa por primera vez en la novela, y en su cara empiezan a rodar unos lagrimones que para qué seguir oyendo más, aunque uno sigue, claro, y lee que Tutú alza su brazo tembleque hacia el dormitorio en que se halla la pareja incansable y, observando a sus amigos, les dice entre sollozos, casi como una súplica: “El amor, ¿qué fue del amor? ¡Cuénteme, por favor, qué fue del amor!”

Tengan ustedes buenas noches.

Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (8)

Oscar Marcano
6 de Diciembre, 2012

Glorioso.

Cecilia
6 de Diciembre, 2012

Maravilloso, delicado uso de palabras y sensualidad disimulada.

La chica de tus poesía
7 de Diciembre, 2012

Apoteósico.

dora
8 de Diciembre, 2012

_____oso

Pedro Velasco Astudillo
8 de Diciembre, 2012

Una respuesta sincera, que intenta responder la pregunta angustiada del ancianoTUTÚ: El AMOR ?…el amor en el SEXO, puede o no estar presente, porque es sólo un motivo- que puede ser cierto, honesto y serio – o menos que eso- para hacerlo ! Que el AMOR ( en algunos “equivocados” casos llamado SEXO ) es un sentimiento, “casi” perfecto, en el cerebro TELENCEFÁLICO del HOMO SAPIENS…quien además de sentirlo como una MOTIVACIÓN primaria (según Sheldon) , lo acompaña – las más de las veces- para conquistar a su pareja, con las expresiones, más o menos sinceras, ladinas y convincentes, de su “segundo sistema de señales” que es el LENGUAJE… Inexistente – ambos- en los RINOCEFÁLICOS de la escala animal de más abajo….El AMOR – en la pareja- como tal sentimiento humano implica : atracción, empatía y deseo ; para mencionar lo más cotidiano y trajinado, que – en todo caso – debe ir acompañado por la ESTIMACIÓN y el RESPETO del DADOR, por el “RECIPIENDARIO” …Así que , el SEXO y su atracción, es el “primus movens” para la PROCREACIÓN animal; que se manifiesta en los inferiores, con la aparición del “CELO” , en las hembras, en su momento de maduración para la reproducción; y sus ” fragantes anunciadoras “: las FEROMONAS , que llaman la atención y atraen. para la coyunda, a los machos…En los seres humanos cambia el concepto y la “interpretación” primitiva del SEXO, como medio de reproducción, y se convierte en un “instrumento”, que lleva dentro los momentos más sublimes del placer orgánico y mental , y lo usa para eso ! Pero para “manipular” este instrumento, no es indefectible el AMOR, sólo es indispensable el DESEO, que se hace presente en cualquier momento y por variopintas circunstancias, en la pareja humana; porque la MUJER es el único animal que acepta pareja de sexo, en cualquier momento, pues carece de “epoca de CELO” !… AMOR y SEXO honesto…Tanto uno como el otro – en la raza humana, -son compañeros de ruta, pero por caminos paralelos, que cuando se juntan y siguen el mismo sendero por largo tiempo ( es el “PLAN de RUTA” , por el cual – sin mencionarlo- preguntaba TUTÚ ), dicen los que saben de eso, que: “SE LLEGA AL CIELO” !!!

Ramón Nuñez
9 de Diciembre, 2012

Extraordinario relato.

Nasly
10 de Diciembre, 2012

Fabul – oso, o de fábula, para no seguir con los “oso”.

Luis Yslas
10 de Diciembre, 2012

Gracias por sus lecturas, por pasar y escuchar estos gemidos vecinales.

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