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Artes

Cómo escribir literatura en 10 simples pasos (del libro “Nosotros los impostores”), de Leila Macor

Fragmento del último libro de Leila Macor, "Nosotros los impostores", publicado por Ediciones Puntocero

Por Prodavinci | 3 de Diciembre, 2012
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Cómo escribir literatura en 10 simples pasos

 

No es que uno quiera comprar una revista literaria, vaya a una librería, vea tres y elija la que no tenga a Proust en la portada. No es tan fácil. Si uno inexplicablemente sufre un deseo similar en Estados Unidos, es asaltado por una legión de revistas literarias que ocupan decenas de anaqueles en la sección «Literatura» del área «Revistas» de cualquier Librería X. Fue así como terminé sitiada por decenas de revistas literarias light que vanidosamente descarté y ahora me arrepiento de no haber comprado. Era una cohorte de ediciones de medio pelo para escritores inseguros, con artículos instructivos cuyos títulos comenzaban todos con un «How to». Como las revistas Mecánica Popular que explican cómo armar una mesa en cinco simples pasos, así aquellas enseñaban a construir un relato con sinécdoques, hipérboles, pleonasmos y metáforas. Poco texto, muchos gráficos y miles de tips para convertirse en un escritor prolífico, exitoso y feliz.

Eran maravillosas. Mecánicas populares textuales que solo los estadounidenses y su excepcional sentido práctico son capaces de editar y comprar. Con sugerencias sobre cómo dirigirse a un editor, trucos para conseguir un protagonista verosímil y dar redondez a un personaje secundario, datos para diseñar el plan de mercadeo de una obra, guías paso-a-paso para escribir un cuento y hasta tests: «¿Qué clase de escritor eres?». A) Me levanto al amanecer, salgo a trotar, escribo dos horas, hago yoga y luego voy al trabajo. B) Me tomo una botella de vino, fumo dos cajetillas, paso la noche en vela y a las 5 am tal vez di con un párrafo. Abundaban los tips para vencer la tentación de huir del monitor en blanco, los recuentos de las excusas más frecuentes que hallan los escritores para no escribir y consejos para no perderse mirando por la ventana. En mi caso, sería para no perderme mirando el ejemplar de Thriller que tengo en el escritorio y que me distrae con la infatigable curiosidad de si algún día esa edición venezolana, que titula el single más famoso de Michael Jackson como «Representación emocionante», tendrá algún valor.

Parece que el negocio está en convencer a los escritores de que sigan escribiendo. Como si escribir fuera la maldición de unos pocos designados por un destino perverso; una penitencia que se debe pagar a latigazos y cauterizar con revistas comprensivas. Lo entiendo. Casi nada me da más placer que escribir, pero basta que llegue el catálogo de ofertas del supermercado o se me ocurra hervir dos huevos para llevar a la oficina al día siguiente para que se vaya todo al traste. Eso es postergacionismo. Distracción inexcusable. Algo muy distinto es el Bloqueo de Autor, una presuntuosa patología cuyo más célebre doliente fue Coleridge, que a casi dos siglos de su muerte es más famoso por sus fulanos bloqueos que por su poesía.

Y en medio de la pretenciosa solemnidad de los escritores postergacionistas wannabe con Bloqueos de Autor, como yo, aparecen estas maravillosas revistas de bricolaje textual que banalizan todo, tratando al escritor como a un ama de casa que compra revistas sobre arreglos florales. La única diferencia, tal vez, es que el ama de casa no tiene que ser convencida de que se ponga a hacer arreglos florales, de que deje de mirar el vacío con el ramo entre las manos y de que meta de una vez las putas flores en el florero.

Pero esas revistas tienen toda la razón. Los gringos son gente sabia. Hay que frivolizar la escritura. Por culpa de la presunción artística es que ocurre tanto postergacionismo: porque uno de golpe se mira y se da cuenta de que es un idiota promedio. Vamos, hay que tomarse el oficio como se toman el suyo los plomeros y los electricistas. «¿No le gustó el trabajo, señora? ¡Llame a otro!». Imagínense si un obrero viniera a mi casa, se quedara dos horas hipnotizado viendo la carátula del LP de Michael Jackson y argumentara ante su inoperancia que la musa no le viene. Sin pretensión no hay tortura, malditismo, solo quedaría el placer. Porque escribir es como el sexo: uno siempre se pregunta por qué no lo hace más a menudo y sin tanto prolegómeno.

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Nosotros los impostores
Leila Macor
Editorial Punto Cero (2012)

Prodavinci 

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