Artes

Tarde de lluvia en Salvador de Bahía, por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 1 de Diciembre, 2012
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1. Las cortinas de encaje comenzaban a agitarse con la fuerte brisa precursora del temporal, mientras entraba yo en el señorial vestíbulo del museo Costa Pinto; era la tarde de un sábado de mayo de 2009, en las postrimerías de mi estadía de tres meses en Salvador de Bahía, dictando un curso en la Universidad Federal. Caían ya algunos goterones cuando venía yo caminando desde el cercano apartamento del barrio de Graça, en esas horas aletargadas en que los bahianos duermen la siesta, después de los aromatizados almuerzos con moqueca y mandioca, con carne seca o aracajé servidos con fariña y cocada. Ya próxima mi partida a finales del mes, había decidido aquel sábado adentrarme en el blanco caserón de estilo colonial pero reciente construcción, que me atrajo con frecuencia al pasar a pie o autobús por el Largo da Vitória, donde despuntan asimismo mansiones heredadas de la otrora oligarquía cañicultora y negrera, incluyendo la del museo de arte regional que yo visitara al llegar en febrero.

Tal como algunos estudiantes y colegas me habían explicado en el modesto campus de Federação, la después llamada avenida Siete de Septiembre había crecido desde finales del siglo XIX con aquellas mansiones que, manteniendo su imagen aristocrática, fueron las primeras en disfrutar del acceso provisto al centro por los bondes o tranvías desde comienzos del XX, así como de las modernas redes sanitarias diseñadas por Theodoro Sampaio a mediados de los años treinta. De las usanzas y las decisiones escenificadas en ese corredor de postín, entre Campo Grande y la iglesia de Nuestra Señora de Victoria, fueron irradiados a la rezagada provincia bahiana muchos de los cambios y las modas seculares que Jorge Amado caracterizara alrededor de las míticas heroínas de sus novelas; ora las campañas profilácticas a las que tuviera Teresa Batista que someterse en los cabarets y prostíbulos de Aracajú, ora los salones de tertulias y recitales que, so pretexto de refinarse, tuvo Gabriela que soportar en Ilheus, acompañando al turco Nacib que la desposara.

2. Justo al trasponer yo el umbral de la quinta, el cielo, encapotado desde el mediodía, desembozó la tormenta atlántica que subía desde la Cidade Baixa hacia la Alta, como lo hace el elevador Lacerda desde 1873, epitomando muchos otros procesos de cambio a lo largo de la historia bahiana. Predispuesto quizás por ese sentimiento de haber llegado justo a tiempo, así como por la sensación de estar casi a solas, la cual disfruto en los museos poco frecuentados, desde la entrada me sedujo el cuidado prolijo de las salas y dependencias familiares, respetadas en tanto prudente criterio museístico, lo cual hace sentir al visitante que Carlos Costa Pinto y su familia moran todavía en la casa, aunque la legaran desde los años sesenta al estado de Bahía, poco después de fabricarla.

Las lámparas de Baccarat y los canapés tapizados en terciopelo, presididos por los bargueños y aparadores con marquetería en caoba y cedro reposan en las dependencias sociales como recordatorios del bienestar que disfrutara esa oligarquía de la primera capital brasileña, descubierta por Américo Vespucio y sede del gobierno virreinal hasta que Río la destronara en 1763. Desde entonces siguió siendo centro del tráfico de esclavos que eran requeridos no sólo para las plantaciones de azúcar y algodón de Bahía y Río de Janeiro, sino también para los sembradíos de café de São Paulo y las chacras de Minas Gerais, aunque a éstos comenzaba a llegar la inmigración europea suplente de los cada vez más numerosos manumisos y libertos. Después de la tardía abolición de la esclavitud en 1888, que precipitó el fin del imperio al año siguiente, Salvador continuó siendo la capital y metrópoli principal del Brasil negro y atrasado del nordeste, contrapuesto al sur blanco e industrioso.

Trasuntando algo de esas diferencias regionales, no exhibe la decoración del museo bahiano el mismo lujo rabioso y secularizado que todavía se respira en salones de algunos palacetes de Higienópolis y Campos Elíseos, entre otros barrios urbanizados por los barones paulistanos del café. Al menos en la casa de los Conta Pinto, percíbese mucho tradicionalismo y religiosidad más bien: como en los encajes y tejidos que ambientan parte de la muestra de artes decorativas y sedan mucho de la luminosidad tropical, desde las cortinas del recibo hasta los manteles de las mesas, esa tradición parece tamizar y aclimatar buena parte del eclecticismo estilístico del museo. Mientras recorría las salas de la planta baja, pensé yo – quizás recordando Los conceptos fundamentales en la historia del arte (1915) de Wölfflin – que el carácter local se manifiesta estéticamente en esa suerte de celosía de los tejidos; ésta también informa también las blancas faldas de miriñaque de las mujeres bahianas, o los abullonados manteles que se consiguen en el mercado Modelo de la Ciudad Baja, antigua casa de la Aduana.

Entreverada con la tradición, la religiosidad doméstica se manifiesta a través de lámparas procesionales y crucifijos en madera tallada y hojilla de oro, así como de imágenes marianas en varias advocaciones; todas están cubiertas con prolijos mantos estampados que trasuntan la fantasía y creatividad bahianas, como todavía se puede ver en las calles que acceden al céntrico Pelourinho. Aquí compré yo por cierto, en mi primera visita a Salvador en 2003, una imagen que acompañó a mamá hasta su defunción y continúa erguida en la misma peana de su lecho mortuorio, ahora junto a su retrato y unos candelabros, para mi consuelo en las horas de soledad; también me acompaña, desde la acristalada mesa del comedor, una gran carpeta calada, como la llamaba mamá, comprada asimismo para ella en el mercado bahiano. Como en un cuadro de Federico Brandt, ambas reliquias realzan para mí el sentido entre tradicional y sagrado de la domesticidad, mucho del cual me envolvió en la casa de los Costa Pinto.

3. En buena medida catalogada a través de su modesta pinacoteca, la religiosidad de la mansión retrata el sincretismo bahiano. Algunas de las pinturas reproducen la serie de azulejos inspirados en alegóricas escenas flamencas y epígrafes de Horacio sobre las virtudes humanas, los cuales sirven de diario alimento espiritual a los monjes que recorren el patio del convento de San Francisco. Aquí contrasta la austeridad del claustro con el esplendor de las naves, inspiradas en el ideal imperial de los templos portugueses, tapizados con molduras doradas y murales de azulejos. Sin embargo, el exterior de San Francisco y de muchas otras iglesias – de las que el Salvador virreinal se jactaba de tener una para cada día del año – son expresión más bien del barroco americano, desde el convento de Carmo hasta Nuestra Señora del Rosario de los Hombres Negros, construida por la hermandad homónima en homenaje a la devoción que llegara con los esclavos.

Otros lienzos e ilustraciones retratan baianas vistiendo coloridos turbantes y faldas almidonadas; por la fineza de los encajes y las joyas que seguramente recibieron de sus amas en herencia definitiva o préstamo para posar, las estampas de esas esclavas y criadas resultan nobles y distinguidas. Junto a prendas cristianas, exhiben amuletos y balangandans usados en los ritos del candomblé, en ceremonias que loan a los oxixás desde los tiempos negreros, acompañadas de atabaques o tambores que a veces aparecen en las composiciones. Esas santeras bahianas son personificaciones de la heterodoxia de cultos que cristalizara a mediados del siglo XVIII en la iglesia del Señor de Bom Fin, en la península de Itapagipe, donde las cintas de colores que los turistas compran al entrar y los exvotos exhibidos en la sala anexa a la sacristía, son recordatorios de que se está en la capital del sincretismo religioso afro-brasileño.

Como para escenificar los orígenes rurales de esos personajes criollos y sus cultos atávicos, también están en la colección Costa Pinto paisajes rurales que reproducen las haciendas bahianas. Mucho me ilustraron esas pinturas la revisión que por entonces hacía, para mis clases universitarias, de los padres de la sociología histórica brasileña, de Gilberto Freyre a Sergio Buarque de Holanda, quienes buscaron en esos latifundios y sertões algunas claves para entender las peculiaridades y rémoras del Brasil secular. Habiendo asumido a finales de la década de 1920 una de la primeras cátedras de sociología, Freyre publicó en el 33 la archiconocida Casa-grande e senzala, en la que, no obstante las influencias evolucionistas que todavía se sentían de Herbert Spencer, sobre todo del equilibrio entre contrarios, se logró una renovadora lectura del proceso de mestiçagem racial y social brasileño, a través de todos los componentes indígena, portugués y negro, para dar lugar a una sociedad “agrária, escravocrata e híbrida”. Por su parte, en aquellos mismo años germinales del autocrático Estado Novo de Getulio Vargas, Buarque señaló en sus Raízes do Brasil que, para superar las rémoras de la masa en fragua, “era necesario conocer a fondo las raíces” de las contradicciones nacionales, sobre todo las estructuras latifundistas y el atraso del mundo agrario en general, los cuales eran impedimentos a la modernización urbana del supuesto país del futuro. Y aunque la obra de Freyre correspondiera en buena medida a su contexto natal pernambucano, mientras que la de Buarque remite al Brasil todo, mucho de ese atraso se escenificaba en ese nordeste de inveteradas debilidades, del que Bahía y Salvador continúan siendo exponentes.

4. Ya recorrida la colección de artes decorativas a lo largo de la tarde, regresé al pórtico del museo Costa Pinto para marcharme antes del anochecer temprano; absorto como había estado en la contemplación de las dependencias interiores, olvidé que el aguacero tropical continuaba desatado, aunque se percibían ya señales de que amainaría pronto. Si bien llevaba conmigo un pequeño paraguas que suelo cargar en mi petaca de viajero, no me importó esta vez esperar en el vestíbulo: a través de las cortinas de agua que sustituyeran a las de encaje que me recibieron al llegar, contemplé el final de la tarde lluviosa desde la mansión bahiana, en una como epifanía de la ciudad que me había acogido por cerca de tres meses. Recordé asimismo al Bachelard de La poétique de l’espace, por aquel argumento, relativo a lo sagrado en la domesticidad, de que los dramas del universo se patentizan mejor en la casa que en el apartamento, ya que la primera está más expuesta a los elementos.

Arturo Almandoz Marte 

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