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“Con el alma en los pies” (Fragmento), por Ernesto Rangel

Por Prodavinci | 26 de Noviembre, 2012
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Familia de corredores

Correr es una prueba contra uno mismo que tiene un propósito personal. Es un ejercicio mental que comienza en el instante en que dejas de lado cualquier excusa, te pones tu ropa, tus zapatos y sales a trotar. Cuando empiezas a moverte, en los primeros minutos, te topas con la resistencia del cuerpo, la mente está intranquila y vienen las preguntas: ¿para qué hacerlo?, ¿por cuánto tiempo?, ¿y si corro menos de lo que me propuse? Muchos tiran la toalla en esos momentos iniciales de incomodidad. Pero si resistes viene lo bueno, como sabemos quienes hemos entrenado regularmente.

Sólo en la medida en que logras vencer tu incomodidad y tu malestar inicial, obtienes recompensas. Consigues llegar a un éxtasis que conecta contigo mismo, con tu soledad, y reflexionas sobre tu propósito en la vida. Mientras corres ves todo desde un ángulo más emocional y creativo. Esas ideas y pensamientos se van intensificando mientras trascurre la carrera, y si es una competencia sucede aun con más fuerza, porque te exiges más y la resistencia que debes vencer es mayor. Al cruzar la meta sientes libertad, sientes que valió la pena el esfuerzo de varios meses por la satisfacción de esos últimos segundos.

Empecé a correr con mi padre en Maracaibo, en las vacaciones del año 1975, cuando tenía 15 años. En el Paseo del Lago entré en contacto por primera vez con el ambiente de los corredores, y en esa ciudad, ante el reto de su duro clima, logré mi primera marca, cuando corrí 5 km en 23:22. Luego, en 1996, estudiando en Nueva York, empecé a entrenar nuevamente entusiasmado con la atmósfera deportiva del parque, de los grupos de corredores y con algo que me sorprendía: las de mujeres que me pasaban con facilidad durante el recorrido. Establecí una rutina para correr en las noches, al salir de las clases de la universidad. Con el entrenamiento y apoyo de Francisco Paulini, ese mismo año participé por primera vez en el maratón Nueva York. Recuerdo que la segunda mitad del recorrido llovió todo el tiempo, así que llegué empapado y eufórico a la meta –en 4h04’– donde me esperaban mi padre y mi madre. Cuando la crucé, lloré de la emoción y por primera vez comprendí el sentido de esta disciplina. Luego entrené con mi amigo y compadre Antonio Azpiroz, quien me ayudó a mejorar enormemente. Para el maratón de Nueva York de 2007, él me pronosticaba un tiempo de 3h16’ y yo tenía mis dudas al respecto. Antonio entonces me dijo: “tú has entrenado muy duro para este día, pero de nada servirá si no crees en ti mismo”. Decidí olvidar esas dudas y pensar positivo, pensar que sí era posible, eso marcó la diferencia. Salí convencido y a pesar de que en los últimos kilómetros sentía que no daba más, logré hacer mi mejor tiempo (3h17’) y llegué entre los primeros ocho venezolanos de ese año. En la meta celebré con un alemán y un francés con quienes venía compitiendo los últimos kilómetros, estábamos eufóricos y nos tomamos una foto juntos.

Cuando volví a Venezuela, al ingresar al Grupo de Empresas Econoinvest, tuve la idea de organizar un grupo para correr juntos en el Parque del Este. Al comienzo éramos pocos quienes entrenábamos con mucho entusiasmo: José Gonzáles, David Alayon, Ángela Méndez, Marcial Guerra, Carlos Hernández, Richard Peña, su sobrino Víctor y yo. Luego se nos fueron uniendo muchos más. Cuando comenzamos en 2006, éramos ocho personas y en 2009 ya participábamos en los entrenamientos y en las carreras más de 100, que venían de todo el país y de todas empresas del grupo: Seguros Carabobo, Econoinvest Casa de Bolsa y Fundación para la Cultura Urbana.

Gente de todas las áreas entrenaba con nosotros y hasta se incorporaron miembros del personal externo de mantenimiento de las oficinas, quienes estaban entre los más entusiastas. Con el tiempo pasó algo extraordinario: los corredores invitaban a sus familiares a acompañarlos al parque y a las carreras, por lo que las actividades del equipo se volvieron una fuente de recreación y esparcimiento para la comunidad ligada a la empresa. En el Grupo trabajábamos muchas horas con mucha tensión y habíamos crecido tan rápido que no todos nos conocíamos. Reunirnos para correr nos ayudaba a mejorar nuestra salud, a estar en buenas condiciones y a aliviar el estrés, pero también nos permitió conocernos e integrarnos, creó lazos fuertes entre nosotros y hasta un mayor sentido de cooperación entre las áreas y las compañías.

Muchos sábados nos encontrábamos en el estacionamiento del Parque del Este a las 6:00 am para entrenar y también algunas tardes, al salir de la oficina, en grupos más pequeños, corríamos por los alrededores del municipio Chacao para drenar las tensiones del día y tratar de mejorar nuestros tiempos. Comenzamos a participar en carreras, caminatas, media maratones y maratones en varias ciudades del país y cada vez obteníamos mejores marcas y sumábamos más gente.

En 2008 empezamos a llamarnos Corredores Econoinvest. A todas las competencias asistíamos con una franela que nos identificaba como equipo y al final nunca faltaba la foto del grupo. Muchos corríamos además maratones en otras ciudades como Nueva York, Chicago, Berlín… Recibíamos formación de especialistas en la disciplina. Antonio Aspiroz se convirtió en el entrenador oficial del equipo y Sandra Suárez en la nutricionista. Nos vinculamos con otros corredores y entrenadores y Econoinvest apoyó sus actividades. Además, los que teníamos más experiencia (como Franca Messina, José Gonzáles, David Alayón y yo) compartíamos nuestras historias y nos convertimos en embajadores de la disciplina. Para 2009, Corredores Econoinvest era el grupo de voluntariado más grande de toda la Organización. Este libro surge de esa experiencia y es un homenaje a los pioneros de la disciplina en el país, a los que ayudaron a convertirla en lo que es hoy en día. Me refiero a gente como Pedro Penzini y su columna “Correr es vivir”, o como Tulio Carta, organizador de los primeros maratones en Caracas y el primero en conseguir apoyo para llevar a venezolanos a competencias internacionales. También a entrenadores como Leslie Mentor y Alfredo, quienes han dedicado su vida a esta actividad. Y por supuesto a corredores como Marisela Díaz y Carlos Tarazona, que nos hicieron saber que los venezolanos sí podemos destacarnos si le ponemos corazón.

En sus páginas se combinan las fotografías de corredores y competencias, tomadas por Ángela Bonadies, con las entrevistas a diez destacadas figuras de la disciplina en Venezuela, realizadas por Ernesto Linzalata, periodista y también entusiasta maratonista y entrenador. El conjunto de textos e imágenes, que fueron hechos entre 2009 y 2012, muestra las sombras y las luces de una actividad que es una forma de imponerse un rigor para superarse a sí mismo, para educar la voluntad y aprender a resistir cuando nos tocan tareas de largo aliento, cuando nos toca “rendirle respeto a la distancia”, como dice Andrés Kerese.

Las entrevistas comienzan con la que le hiciera Ernesto a Maickel Melamed cuando se preparaba para participar en el Maratón de Nueva York en 2011. Hay allí una frase suya extraordinaria: “en el asfalto hay dioses muy particulares”. Leerla me hizo recordar a William Niño Araque, quien a veces nos acompañaba en las competencias. Para él esas pruebas eran una oportunidad para ver a Caracas con otros ojos, desde otra perspectiva, para descubrirla y contemplarla. Con sus descripciones y su entusiasmo, con los circuitos que imaginaba, pude vislumbrar una ciudad posible mientras la recorría absorto, concentrado en la duración.

Al trabajar en esta publicación siempre he tenido en mente a William, quien me llenó de un optimismo sin límites por mi país, y a todos los que me han acompañado o han sido una inspiración para mí en estos momentos que también han sido una prueba de largo aliento: mi madre, apoyo incansable en días difíciles, y Maickel Melamed, que nos enseñó a los venezolanos lo que la tenacidad puede lograr cuando las circunstancias son adversas. Recuerdo lo que éste dijo a los pocos días de haber terminado el maratón de Nueva York: “15 horas y veintidós minutos llevando a Venezuela conmigo, con sus dolores, sus angustias, sus miedos individuales y colectivos, todos los sentí”. Me identifiqué con cada una de sus palabras.

Ernesto Rangel
Fundador del Grupo de Corredores Econoinvest

Prodavinci 

Comentarios (1)

MARITZA BARRETO.
30 de Noviembre, 2012

HIJO ESTMO CON TIGO DIOS NO TE OLVIDA TU VAS A SALIR DE ESTA PESADILLA TE QUEREMOS MUCHO TU FAMILIA Q NUNCA TE A OLVIDADO

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