Artes

Los parientes de Hemingway, por Alberto Salcedo Ramos

Por Alberto Salcedo Ramos | 24 de Noviembre, 2012
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El escritor joven que me acompaña en este café acaba de terminar su primera novela.

- ¿De qué trata?

- Una saga familiar. Cero narcotráfico, ya sabes. En este país la literatura pasó del realismo mágico al realismo trágico, y yo no quiero nada de eso.

El camarero nos trae el pedido y además nos deja unas revistas sobre la mesa.

- Ese tipo era un ególatra – dice mi interlocutor, mientras hojea una de las revistas.

- ¿De quién me hablas?

Por toda respuesta, voltea hacia mí la revista. Veo entonces la foto de un Ernest Hemingway cuarentón con el torno desnudo, posando al lado de un marlin gigantesco.

- ¿Lo dices por la forma en que muestra el pez como trofeo? Para los cazadores la foto con la presa es más importante que la presa misma.

- Hemingway hablaba mucho de sí mismo. ¿Viste cómo lo retrata Woody Allen en la película “Midnight in París”?

- Hemingway era Hemingway. Si yo tan solo escribiera alguna vez algo como “La breve vida feliz de Francis Macomber”, moriría satisfecho.

El escritor joven cierra la revista, bebe un nuevo sorbo de café.

- Un amigo mío -prosigo- considera que el ego es la proteína de los escritores.

- Según tu amigo, nadie podría forjar una obra literaria sin una buena dosis de ego.

¿Tú crees que se sería posible escribir novelas como “El amor en los tiempos del cólera” o “El ruido y la furia” sin una ambición poderosa?

- Bueno, para mí ambición y ego no son lo mismo.

- No son lo mismo pero van de la mano. Yo no me imagino a Borges diciendo que está escribiendo “un ensayito” ni a Octavio Paz entregándole a su editor un “libro de poemitas”.

- Siempre he creído que el ego es irrelevante.

- Bueno, a un escritor no hay que juzgarlo por su ego sino por su obra. Cuando otro autor se crea mejor que tú, no lo tomes como una ofensa personal. Eso, si lo miras bien, es hasta divertido.

- En eso tienes razón: una cosa es que un tipo se crea superior a uno y otra que sea sucio e intente poner zancadillas.

- De esos sucios también hay pero estamos hablando es del ego.

- Sí, del ego.

- Uno no sabe lo que pasa por la psiquis de un escritor que llega a Kyoto o a Edimburgo y encuentra libros suyos en las librerías. ¿Has visto alguna vez las filas de gente que se plantan frente a Vargas Llosa en busca de autógrafos?

Mi amigo asiente con la cabeza. Le digo entonces que hasta él ya tiene el ego grande, a juzgar por su advertencia de que su primera novela no se parecerá a ninguna otra novela colombiana, ni del realismo mágico ni del realismo trágico.

- Hemingway -concluyo- simplemente era un tipo tan ególatra como lo serías tú si fueras Hemingway.

Mi amigo sonríe maliciosamente por encima de su pocillo de café.

Pagamos la cuenta. Salimos.

Alberto Salcedo Ramos 

Comentarios (2)

Javier Romero
25 de Noviembre, 2012

Definitivamente si yo fuera Hemingway tuviese un ego super-elevado también.

Tr89
1 de Febrero, 2013

El ego está en la esencia de todos los seres humanos. En los artistas, desde los escritores hasta los actores, lo único que hace es potenciarse como mecanismo de defensa. Gracias a ese ego queremos enseñar lo que hemos escrito a los otros; por ese ego padecemos la modalidad del perfeccionista, re-editamos lo que escribimos, nos sabemos imperfectos al instante de haber creído que nuestro escrito se leía como lo mejor que podía salirnos. La vanidad se edifica sobre las cosquillas al ego cuando los lectores vienen a pedirnos un autógrafo; como las cosquillas, tienen la duración de lo express, pero en ese instante nos divierte.

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