Artes

Secretos del oficio narrativo, por Antonio López Ortega

Por Antonio López Ortega | 18 de Noviembre, 2012

Los surrealistas recomendaban escribir muy de mañana, y preferiblemente en ayunas: decían que a esas horas la mente estaba muy cerca del sueño y que, por lo tanto, se hacía fácil pescarlos. Para quienes veían en el inconsciente su fuente de inspiración, es comprensible que así procedieran. Nuestro gran Ramos Sucre fue un reconocido insomne, y es de pensar que la noche era su territorio de navegación, preferiblemente en la alta madrugada. Sin ser insomne, Eugenio Montejo sí era noctámbulo, y su jornada de escritura comenzaba a las diez de la noche, extendiéndose muchas veces hasta las dos o tres de la mañana, hasta que el cuerpo (o la mente) diera. Salvador Garmendia fue un conocido madrugador, de los que comenzaban a escribir sobre las cuatro de la mañana, alargando la jornada hasta el mediodía. Una vez le preguntaron al gran novelista larense su secreto para escribir y su figura de enano barbado, con gesto lacónico, le respondió al periodista: “Hay que pegar el culo a la silla”.

El gran Fernando Pessoa se jactaba, al menos en su Libro del desasosiego, de escribir a mediodía, cuando su oficio de contabilista le permitía un par de horas libres en el almuerzo. Es fama que la escritura de su famoso poema “Tabaquería” la hizo de pie, apoyado en la repisa de una chimenea, en una especie de trance. Los hábitos se convierten a veces en mañas, y para el novelista cartagenero Oscar Collazos es imprescindible escribir descalzo, y preferiblemente apoyando la planta de los pies sobre baldosas que estén frías. Hay esquemas más racionales, como los de Vargas Llosa antes de recibir el Nobel, quien para escribir huye de los inviernos. Los románticos alemanes, los originales, creían en la inspiración, y todavía en tiempos cibernéticos hay quienes frente a la pantalla gris esperan la visita de las musas, como si aún estuviéramos en la clásica Atenas. El gran poeta Stéphane Mallarmé, simbolista francés, postulaba que toda página en blanco era un abismo, y que en definitiva los espacios vacíos eran tan importantes como las letras.

A Antonio Ramos Rosas, el gran poeta portugués, traducido por nuestro Eugenio Montejo, le gustaba escribir de noche, al calor de una simple lamparita. Su libro emblemático, Lámpara con algunos insectos, dice mucho de su set de escritura: obviamente la luz no venía sola, sino con acompañantes alados. La dicotomía diurnos/nocturnos ha marcado a través de la historia los pareceres y procederes: diurnos son los novelistas, mientras nocturnos los poetas; diurnos los ensayistas, mientras nocturnos los románticos. Para Paul Eluard la noche era una “perla perdida”, esto es, una piedra que alguna vez tuvo brillo. Quienes mucho comen, luego no escriben por pesadez; pero quienes no han comido, mucho escriben para poder comer. La inspiración es una especie en vías de extinción, y hoy cuenta más la disciplina y el peso del oficio por sobre todos los estereotipos.

El rosario de ritos, manías o mañas constituye por sí mismo un correlato: es el revés de lo que siempre se nos muestra de manera luminosa: carátulas, afiches o fotografías. Todo escritor tiene su cocina, su fogón, su carpintería, su utilería. Espacio secreto y angustioso, terreno abonado de virtudes o vicios. Hay quienes se dicen ordenados y sufren para lograr concentración; hay quienes aparentan ser desordenados y logran sus horas diarias de producción. Los ingredientes de la cocina no abundan en una despensa habitual: miedo, temor y sufrimiento, por un lado; pasión, goce y realización, por el otro. Juan Sánchez Peláez acuñó una frase extraordinaria para definir la escritura: habló de la “angustiosa cosecha”. En síntesis, quien escribe sufre y goza a la vez. La buena escritura no depende tanto de posturas físicas u horarios como de genio, talento o entrega. La buena escritura es más bien un asedio al alma propia, y quien no la entrega finalmente se reserva lo más preciado.

¿Qué asegura, en todo caso, la escritura de un buen cuento? La primera aproximación es que hay que dejarlo hablar. Ni imponerse, ni pensarlo demasiado, ni imaginarlo más allá de lo necesario. Sencillamente, dejar que llegue, subrepticiamente, como una voz callada, o como una sorpresa siempre esperada. Un maestro de estos días, el mexicano Juan Villoro, me decía años atrás que la narrativa era un arte visual: el reflejo del pensamiento en una hoja en blanco, recordaba, equivale a ver el proceso de la mente en una pantalla. Yo diría más bien que es un arte auditivo: que es necesario oírse, u oír el flujo de la conciencia, para que ese manantial se convierta en escritura, y en el mejor de los casos en una secuencia narrativa. Ahora bien, ante la indagación en torno a cuáles son las circunstancias que se prestan más para convertirse en cuento, yo estaría tentado a responder, sin ánimo de sonar demagogo, que todas. En sus orígenes, ciertamente, un cuento pudo haber sido una historia escuchada o contada por un amigo, pero también un sonido, una imagen, una palabra, un trozo de sueño recuperado al despertar, un garabato o anotación de diario que va creciendo hacia un destino incierto. En 1983, por ejemplo, me desperté un día con una frase entre los labios que decía: “Te veo por un huequito”. Era pronunciada por una joven caraqueña, estudiante universitaria, que iniciaba una febril relación epistolar con su también joven amante, cada vez menos interesado en responderle bajo el encantamiento de Europa. Esa frase, casi quince años después, era la primera línea de mi novela Ajena, publicada en 2001. Más recientemente, en otro despertar, un sueño me devolvía a la cama con la frase “Hay pus en el ojo de la jirafa”. Por más incongruente que fuera, la frase se prestaba a las mil maravillas para escribir una alegoría sobre el personaje bíblico Noé y las dificultades que padeció para montar a todos los animales vivientes al arca: es de suponer que, con tantos días en cuarentena, alguno se haya enfermado.

Pero cuando no son frases, pueden ser imágenes. Un cuento de carretera que aún se oye en la vieja vía que va de Caracas a Guarenas habla de dos ánimas, en su origen monjas, que piden un aventón al borde de una capillita de camino, señal inequívoca de algún accidente con muertos. Se asegura que todo conductor que pase de largo y las ignore podrá verlas al instante por el retrovisor, sentadas en el asiento trasero de su automóvil. Una visión tan poderosa como ésa merece por lo menos un cuento que parta de esa fantasmagoría, tan extraña como envolvente. En mis tiempos de infancia, transcurridos en campos petroleros, se expandía una versión más urbana de la Llorona, leyenda folklórica que sobrevive a todo progreso. Siempre vieja, siempre vestida de negro, siempre bajo luna llena y siempre llorando, la variante la colocaba debajo de nuestras camas de niño. De manera que si a alguien se le antojaba, en medio de la noche, levantarse para buscar un vaso de agua, ten la seguridad de que la Llorona te sujetaba con su mano callosa el tobillo para llevarte a la penumbra y recuperar al hijo perdido.

De las imágenes podemos saltar a las historias verdaderas, referentes poderosos, que nunca sabremos si glosar o recrear. Hace unos años, en el sur de Venezuela, una maestra se monta con siete niños en una curiara, pequeña embarcación fluvial, para remontar el río Aponwao, afluente remoto del Orinoco. Bastó que el motor de borda dejara de ronronear para que la embarcación se precipitara por el prodigioso salto del río y convirtiera a sus tripulantes en nebulosas. La historia, me parece, no está en la estampa trágica de los niños inocentes, de por sí poderosa, sino más bien en el hecho de que ninguno de ellos sabía nadar. Y cuando los otros pasajeros –cuatro turistas y un cura, para más señas– se percatan de la abominación, quedan paralizados ante la indecisión: ¿salvar a los muchachos o salvar la vida propia? Los turistas optaron por saltar en medio de la rápida corriente y ganar la orilla, pero el cura decidió quedarse con los niños y apretar su crucifijo como la última certeza terrestre. Otra historia más personal, contada por un buen amigo, da cuenta de un gavilán que en vuelo bajo se incrusta por accidente en la ventanilla de un carro. Mi amigo no recuerda tanto las maniobras empleadas para espantar al ave rapaz como la larga cicatriz que le dejó en el brazo, línea de sangre que aún le palpita y que, según su firme creencia, lo conecta con los cielos. Un relato que aborde esa estampa, obviamente, tiene que partir de esa cicatriz.

Pero dejemos las historias reales para recuperar los sonidos o para escuchar el flujo silencioso de la mente. El gran poeta chileno Gonzalo Rojas recordaba que la noche castellana era más noche que la nuit francesa porque la primera se pronunciaba con el paladar y la segunda en la punta de la boca. Oscuro, decía, os-cu-ro, es en verdad una palabra oscura porque es inicialmente gutural. De allí, el título de su conocido libro de poemas. Titular un relato, por ejemplo, un arte que para el gran Cortázar era de los más exigentes, puede ser determinante para el desarrollo de un relato. “No se culpe a nadie”, por ejemplo, ya señala a una víctima; y “Continuidad de los parques” remite forzosamente a un paso entre una dimensión y otra. Un relato de mi libro Lunar llamado “Extensión de la carne” habla de mi abuelo: la frase de cierre revela que la sangre del roast-beef, su manjar preferido, es la misma sangre que le sube por la tráquea para ahogarlo en su último día de vida. Un verso final de un poema de García Lorca –“los muertos gimen esperando turno”– se me antoja de una significación extrema pero también de una sonoridad irrebatible. Otro libro mío llamado Calendario, escrito originalmente en 1981, partió de una estrofa de Calderón de la Barca que el gran dramaturgo pone en boca de Segismundo. En la España del Siglo de Oro era muy común ver a gente enferma de hidropesía, un mal que se caracterizaba por la acumulación de agua en los ojos. Calderón aprovecha la circunstancia para elevar un tema de salud pública a una dimensión metafísica:

Ojos hidrópicos creo
que mis ojos deben ser
pues cuando es muerte el beber,
beben más, y desta suerte,
viendo que el ver me da muerte,
estoy muriendo por ver

Se me dirá que es una estrofa de sentido profundo, abarcante, pero también deberá admitirse que esta piedra preciosa es sonoridad pura, al rojo vivo.

Recupero mis líneas iniciales para recordar que en el origen de un cuento puede estar una palabra, una imagen, una sonoridad, una vivencia. Todas éstas, repito, aseguran el origen, pero no el cuento. El largo trecho entre una intuición y su desenlace es precisamente el campo de los narradores, de los cuentistas. De ellos depende que la chispa inicial forme un incendio preciso. O mejor, sólo ellos ven en la chispa de los orígenes la hoguera que luego nos consume como lectores devotos que somos.

Antonio López Ortega ... ... ...

Comentarios (2)

Víctor Rodríguez
22 de Noviembre, 2012

Todo aquello que nos haga cambiar el ritmo pausado de la respiración, es un motivo válido para iniciar un cuento. El desarrollo del mismo dependerá, desde luego, de la capacidad del autor para navegar en ese universo imaginativo, haciéndole ver a quien lo lea, que también puede andar el trazado que dejó al contarlo. El retorno del ritmo sosegado de la función respiratoria, indica el final del viaje creativo.

dariela
12 de Diciembre, 2012

Todo puede ser un comienzo… lo difícil es dejar que nuestra imaginación siga su camino, pero he ahí el trabajo de la mano en el teclado.

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