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Tres Obamas, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 16 de Noviembre, 2012
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El primer Obama es una anomalía, una quimera. Senador primerizo, de piel negra y familia desmembrada -padre nacionalista nigeriano; madre blanca, progresista y nómada-, educado entre Hawaii e Indonesia, salta a la fama con un brioso discurso durante la convención demócrata que unge al malogrado John Kerry, su reverso: un liberal de alta cuna, estirado y, peor, afrancesado. Cuatro años después lo vemos transmutado en un joven líder tan lúcido como ambicioso, tan astuto como impredecible, decidido a trastocar todas las reglas del sistema y a vencer, en las primarias, ni más ni menos que a Hillary Clinton, otra rara avis.

Consciente -a veces demasiado consciente- de su originalidad y su exotismo, el primer Obama enarbola un discurso de reconciliación y esperanza cuando Estados Unidos, y el mundo entero, se precipitan en la mayor catástrofe económica desde el crash del 29. Tras los ocho años de Bush Jr., marcados a fuego por el 11-S y las campañas de Irak y Afganistán, con su desprecio de la legalidad, sus mentiras y su aprobación de la tortura, el primer Obama, esa anomalía, promete un regreso a la normalidad democrática. Frente a la retórica de la venganza, el equilibrio; frente a la hubris de Wall Street, rendición de cuentas; frente a la interesada disminución del Estado, orquestada por los ideólogos neoliberales en alianza con los republicanos, un Estado que ofrezca apoyo a los más débiles y frene el riesgo desmedido y la avaricia.

El primer Obama es también un hombre de su tiempo y, enfrentado al cascado y tozudo John McCain -metáfora ideal de su partido-, conquista la blogósfera, seduce a los jóvenes y a las mujeres, a los profesionales y a los sectores más golpeados por la crisis, y cuenta de por sí con el apoyo de negros e hispanos, minorías que forman mayorías. Su victoria se lee histórica: el primer presidente negro, sí, pero también el único que podría conducir a Estados Unidos, y al mundo, a una nueva era de estabilidad y cooperación.

Sólo que, en cuanto se muda a la Casa Blanca, acompañado por su ejemplar familia, el primer Obama da paso al segundo. Aún es una anomalía, pero ser parte del sistema es distinto a confrontarlo. Coherente con sus promesas, se esfuerza (y agota) en buscar un entendimiento con los republicanos, quienes le responden con desdén y, a la postre, con la campaña de desprestigio más brutal que se recuerde. Camuflada en el Tea Party, la extrema derecha dibuja al Presidente como socialista o de plano comunista, cuando no sugiere que se trata de un musulmán nacido en Asia. El segundo Obama responde con la templanza del primero, pero el tiempo corre y sus ideales se diluyen.

Contra las cuerdas, el segundo Obama se empecina en ganar una heroica batalla: su reforma del sistema sanitario. Para lograrlo, descuida los demás frentes -la regulación del sistema financiero, el problema migratorio, el cierre de Guantánamo, etcétera- y, al autorizar las ejecuciones extrajudiciales y los ataques con aviones no tripulados, se revela casi tan indiferente a la legalidad internacional como su predecesor, pero es el precio a pagar para obtener, al menos, ese triunfo. El asesinato de Bin Laden lo hace ver como un líder firme e implacable, pero para entonces el primer Obama casi se ha desvanecido.

Mientras el primer Obama se caracterizaba por su apertura, el segundo se muestra enigmático y opaco; mientras el primero encarnaba el futuro, el segundo luce contradictorio e improvisado; mientras el primero parecía capaz de sobreponerse a cualquier obstáculo, el segundo es la triste víctima del bloqueo de sus rivales; mientras el primero prometía transformar Washington, el segundo parece haber sido transformado por Washington. Poco importa que, en el proceso, los republicanos queden exhibidos por su mezquindad y su falta de espíritu patriótico: conforme se acerca el final de su mandato, el segundo Obama luce débil, alicaído.

Durante la campaña electoral de 2012, el segundo Obama cuenta con una sola ventaja: Romney. El candidato republicano es su contrario: blanco, rico, sin convicciones (ser mormón es su único rasgo propio y lo oculta cuanto puede). Para devenir candidato, Romney se presenta como un ultraconservador antediluviano; luego, abanderando ya a su partido, busca el centro con desesperación. Tenso y arrogante, el segundo Obama -el peor Obama- se deja apabullar en el primer debate. En una dolorosa inversión de los papeles, por un momento Romney simboliza el cambio y el Presidente la apatía de quien gobierna por inercia.

Sólo en el último instante, cuando podría perderlo todo, el primer Obama suplanta tímidamente al segundo: apenas lo necesario para obtener una ajustada victoria. Llega, así, el tiempo del tercer Obama. Un Obama que volverá a enfrentar una Cámara baja con mayoría opositora. Un Obama que requiere el empuje del primero y la amarga experiencia del segundo. Un Obama que, desprovisto ya del temor ante la reelección, no puede conformarse con ser él mismo. Un Obama que es, hoy, una incógnita.

Jorge Volpi 

Comentarios (1)

Ricardo
19 de Noviembre, 2012

El padre de Obama no era de Nigeria, era de Kenya.

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