Artes

Caminando al fin por Miami Beach, por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 4 de Noviembre, 2012

1. Si mi memoria no se burla de mí, la primera vez que oí hablar de Miami fue cuando mi hermana Corina visitara a una tía materna que había pasado allí una larga temporada, a finales de los años sesenta. Acostumbrado desde que tenía yo uso de razón a las estrecheces familiares y las vacaciones caseras, que saliera mi hermana mayor al extranjero, acompañando a mi abuela Carmen, debutantes ambas en avión por lo demás, era suceso extraordinario en nuestro modesto mundo de clase media caraqueña. Recuerdo haberlas despedido con mamá en la casona de los tíos en San Bernardino, ocupada a la sazón sólo por el chofer que las llevaría, en el Mercedes de aquéllos, al Maiquetía que era solo otro nombre ignoto para mí. Con su robusta estampa de matrona gomecista en la Caracas de Leoni y Caldera, mi abuela vestía uno de los austeros talleres que ella misma confeccionaba, según patrones de las revistas Burda que mis tías le traían; por contraste, Corina llevaba un juvenil vestido de talle imperio y falda corta, con el estampado geométrico de Mondrian que popularizara Saint Laurent en aquellos años rabiosos, pero versionado por mi abuela, como casi toda su ropa formal hasta aquel viaje. Y el detalle más vívido que conservo es que ambas portaban sendos neceseres con todo tipo de cosméticos y accesorios, permitidos en aquellos tiempos glamorosos de Boac y Pan Am, anteriores a todo terrorismo y narcotráfico, cuando transitar por los aeropuertos era experiencia deleitable.

Creo que, justamente para escoltar a mi abuela, el pasaje de Corina había sido obsequiado por los parientes ricos, instalados en Florida desde que el tío Pancho terminara uno de sus tantos cargos en las administraciones adecas. Con su ortografía diferente de su pronunciación, Miami comenzaba entonces a resonar como destino dorado para la cúpula política y económica de la Venezuela de Punto Fijo, antes de que deviniera en meca consumista y hasta corrupta del país saudita. Algo de ese cambio había sido prefigurado en la propia metamorfosis de la otrora colonia española en el emporio estadounidense: en buena medida retrasada por la hostilidad indígena hacia Menéndez de Avilés,  Ponce de León y otros conquistadores desde mediados del siglo XVI, Florida apenas salió de su letargo cuando el gobierno federal la comprara a España en 1819, después que Andrew Jackson la invadiera para controlar las arremetidas seminolas hacia comarcas vecinas. Si bien pasara Florida de territorio a estado en 1843, la helada finisecular socavó el próspero cultivo de cítricos; en repetición de su historia fallida, todavía a comienzos del siglo XX buscaba Miami brillar en la unión, cuando el huracán de 1926 y la Gran Depresión postergaron sus aspiraciones turísticas. Sin embargo, apurada la inmigración judía hacia Estados Unidos por la Segunda Guerra Mundial, que acrecentó el poblamiento del caribeño paraíso de jubilados para aquella sociedad opulenta, la ciudad se orientó hacia Latinoamérica gracias a una privilegiada ubicación geográfica que la expansiva industria aeronáutica supo capitalizar. Y sobre ese cúmulo de ventajas, la Revolución cubana y sus expatriados completaron el sabor latino de la metrópoli incipiente, ideal por demás para inmigrados y visitantes que, como mis tíos, querían ser parte del sueño americano sin hablar inglés.

2. Las advocaciones de Miami volvieron a resonar mucho en mi familia a mediados de los setenta, cuando algunos de mis sobrinos comenzaron a ser enviados a campamentos veraniegos en Boston y otros destinos norteamericanos, al final de los cuales terminaban mi hermano y mi cuñada recogiendo a los niños para enrumbarse a Pompano, Orlando o Disney World. De esa época data mi primera visita mayamera, sacrificado regalo de mamá por mi graduación de bachiller, para que conociera la residencia de los tíos en North Miami Beach; ya no era ésta tan mítica como en mi infancia, sobre todo por las frecuentes excursiones de otros parientes a Florida y los contrastes que hacían al regreso con parajes más lujosos, de Coral Gables a Coconut Grove. Al igual que me ocurre con otros viajes de la adolescencia, poco recuerdo del itinerario y las vivencias, desdibujados además por la estadía anodina en la casita suburbana; apenas retengo que, además de la infaltable piscina, la parte trasera desembocaba en un estanque que parecía sacado de una postal kitsch. Por sobre todo me intrigó que, si bien la vivienda tenía mucho del bungalow que había visto yo en mis primeros libros de arquitectura – carrera que pensaba entonces estudiar, antes de decantarme por urbanismo – familiares y allegados insistían en llamarla tanhaus, en una suerte de onomatopeya entre criolla y germanizada de la denominación anglosajona.

Siempre en carro para arriba y para abajo, de los restaurantes de cangrejo y langosta a las tiendas Burdines y Jordan Marsh, destinos favoritos de mis tíos ya mayores, en ese viaje de 1978 fui llevado a South Beach en un par de oportunidades, cuando me deslumbró el estilo de la Oficina Postal y el hotel Astor en la avenida Washington. A pesar de mis veleidades arquitectónicas, no sabía yo a la sazón que esas edificaciones eran exponentes del art déco, ni mucho menos que por entonces se gestaba el rescate del distrito epónimo, inclusivo de más de 700 edificaciones. Era una iniciativa que, además de su valor patrimonial, buscaba contrarrestar la maleada imagen que la ciudad comenzaba a padecer, acentuada después por la llegada de los marielitos y otros inmigrantes díscolos. Tanto el escenario art déco como la violencia callejera devinieron componentes de la serie Miami Vice, popularísima creo desde finales de la década de 1970, pero de la que yo apenas tuve noticia en la siguiente, cuando algún episodio me sedujo por el entorno urbano, aunque no gusté de los blazers arremangados de Don Johnson, icónicos de los ochenta mayameros.

3. Después de casi veinte años, en el verano de 1997 volví a Miami invitado por mi hermano y mi cuñada a conocer el sobrio apartamento que habían comprado en Pompano Beach, casi al mismo tiempo que la casa de los tíos fuera vendida a la muerte de éstos, después del huracanado pasaje de Andrew en el 92. Si bien disfrutamos a pie del condominio impecable y los jardines en los que florece una cultura del entretenimiento saludable, casi toda la visita fue realizada en carro, lo que me limitó las posibilidades de desplazamiento en transporte público, que son siempre las que más me interesan. A pesar de mis europeizados prejuicios contra la artificial dinámica del centro comercial – muy marcados por las lecturas de pensadores citadinos desde mis estudios de urbanismo, de Lewis Mumford a Richard Sennett, pasando por Henri Lefebvre y Jane Jacobs – revisé en esos días mayameros mi propia concepción del shopping center. Contemplando el dinamismo y la sofisticación que interactúan en Aventura y Bal Harbour, en Galleria y Town Center, entre otros que entonces visitamos, acepté sin ambages que, con antecedentes en las arcadas y los pasajes decimonónicos, el centro comercial es acaso el espacio urbano más característico de la ciudad del siglo XX, que llegó para quedarse en la del XXI. No necesitaba estar en Miami, por supuesto, para alcanzar esa conclusión, especialmente habiendo crecido en la Caracas de Chacaíto, CCCT y Sambil, entre otros que han marcado la historia de la que, a pesar de la reciente retórica antiimperialista, acaso sea la más americanizada metrópoli al sur del río Grande. Pero siendo yo usuario esporádico de centros comerciales caraqueños, estar en Miami me dio la oportunidad de reconocerlos y aceptarlos desde entonces sin prejuicios, bien sea en los pasadizos del metro de Oxford Street en Londres, o en las inmediaciones playeras de Salvador de Bahía.

Otra revelación de esa visita vino dada una noche que fuimos a cenar en un céntrico restaurante de carne, cuando el resplandeciente skyline mayamero despuntó, en nuestro raudo arribo por la 95, como una epifanía urbana dentro de la constelación estadounidense. La ciudad estaba a la sazón convulsionada por el reciente homicidio de Gianni Versace frente a su palacio mediterráneo en Ocean Drive, último episodio de un asesino serial de homosexuales que hacía realidad la truculencia de filmes y programas detectivescos. Contemplando el trasiego y el cosmopolitismo de aquella Miami nocturna y viciosa, proclamada además gay-friendly en todo tipo de anuncios publicitarios, me maravilló cómo el otrora paraíso de jubilados y palmeras había renovado una vez más su imagen metropolitana, trocándose en esta babel entre gringa e hispana que atrapara al gurú de la moda milanesa.

4. Para poder arribar a Baltimore en noviembre de 2011, necesitaba pernoctar en algún punto de ingreso a Estados Unidos, por lo que decidí pasar por Miami; quería además visitar a una entrañable amiga que vive allí desde hace años, aunque originalmente no gustaba de la ciudad, como herencia en parte de nuestros prejuicios adolescentes. Ocurrió que Aurace y su esposo estaban justamente esa semana en Los Ángeles y no pudieron hospedarme, por lo que reservé en un hotelito en Miami Beach que terminó siendo regentado por argentinos; no obstante las usuales limitaciones de éstos con el inglés, los del Ocean Reef lo hablaban muy bien, por haber vivido en Florida desde la dictadura de Videla, según comentaron ante mis elogios.

Se pasó la estadía muy rápido, considerando que llegué al aeropuerto al atardecer y la buseta que iba hacia South Beach tardó tiempo en llegar y cargarse, con varios jóvenes pasajeros europeos, por cierto; éstos parecían buscar en ese paisaje floridano, entre artificioso y natural, mucho de lo que han fabulado el cine y la televisión, los deportes y la música pop. Con orgullo muy mayamero y para distraernos del tráfico de la rush hour, el chofer de la shuttle nos mostró desde la autopista el estadio de los Marlins y la Star Island, donde se yerguen olímpicas las mansiones de Gloria Stefan y Ricky Martin, entre otras celebridades de la farándula latina que Miami capitaliza desde hace décadas.

Habiéndome registrado en el hotel al anochecer, apenas tuve tiempo de salir a caminar un tramo de la avenida Collins, donde me dejé seducir por la ornamentada arquitectura en tonos pastel, desde el art déco de la Essex House hasta el modernismo del hotel Fontainebleau. Fue muy poco lo que recorrí para todo lo que ofrece el distrito, pero el cansancio del viaje y la necesidad de madrugar me empujaron de nuevo a la suite, provista con todo tipo de facilidades para cenar y desayunar. Me aliviaba la íntima satisfacción de estar al fin caminando por entre los edificios y el escenario que llamaron mi atención desde aquella visita del 78; no importó que no hubiese comprado ninguna prenda para renovar mi vestuario, a diferencia de mi hermana Corina en aquel viaje de finales de los sesenta; ni tampoco que no me sumergiera en centro comercial alguno, como sí hice en el 97. Ya cerradas muchas tiendas por la hora, alcancé a ver en la vitrina de una librería una guía intitulada Miami, the Mistress of America; pensé entonces que, después de su demorada adultez metropolitana, esa querida estadounidense puede también hoy arrogarse con justeza ser la capital latinoamericana.

Arturo Almandoz Marte 

Comentarios (8)

doviana Leon y fila
4 de Noviembre, 2012

Querido Arturo, que belleza de artículo!!! Lo acabo de leer en alto, aqui en la sala de mi casa en compañía de Anna,Carlos y Fèlix! Nos emocionó mucho y porsupuesto nos ubicamos de los sitios que mencionas! Que bueno es leerte y que gratificante haberlo leído en familia! Te queremos y extrañamos mucho! Dovi y Flia Almandoz!

Arturo Almandoz
5 de Noviembre, 2012

Gracias, Dovi. Viniendo de expertos en Miami como ustedes, el comentario es especialmente valioso. Los extraño también.

Mónica González
5 de Noviembre, 2012

Siempre un placer leer sus textos Prof. Arturo . Muchos saludos, Mónica.

Arturo Almandoz
6 de Noviembre, 2012

Gracias, recordada Mónica. Bueno saber que el texto satisface tu destacada formación arquitectónica.

Armando
7 de Noviembre, 2012

Muy agradable

Arturo Almandoz
9 de Noviembre, 2012

Complacido, Armando.

Eiderman
13 de Noviembre, 2012

Excelente su Articulo…!!! me llevo a esa ciudad que ya esta impregnada con nuestro sabor. Saludos desde Puerto Rico

Arturo Almandoz
13 de Noviembre, 2012

Saludos también desde Santiago de Chile, Eidernman. Me gusta saber que la imagen latina de Miami está, desde la mirada portorriqueña, captada en la crónica.

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