Artes

Tinglado de lenguas (notas sobre “dicha la dádiva” de Claudia Sierich), por Gina Saraceni

Por Prodavinci | 3 de noviembre, 2012

Supongo que hay algo en mí que tiende a respetar
siempre el lado físico de las palabras al margen de
su contenido; el mismo movimiento de los labios
de alguien es más esencial que aquello que los mueve.

Joseph Brodsky

El cambio de un imperio por otro se vincula íntimamente
con el murmullo de las palabras, el suave rocío fricativo
de la saliva al hablar (…).

Joseph Brodsky

Hay una pregunta que recorre la poesía de Claudia Sierich desde su primer libro  Imposible de lugar (2008, Monteávila Ed.) hasta el más reciente dicha la dádiva (2011) publicado por la Editorial Equinoccio en la colección Papiros/Poesía. La pregunta es: ¿Se puede escribir una lengua imposible con una lengua intraducible? ¿Puede la poesía hablar más de una lengua sin elegir ninguna, haciendo uso de las huellas, ruinas, ecos de los idiomas que allí resuenan?

El nuevo poemario de Sierich se enfrenta con esta interrogante como si su mayor desafío fuera, además de reflexionar sobre ciertos contenidos  específicos -la condición humana y sus “innúmeras  preguntas”: en qué consiste la muerte, el valor de la  amistad, las ausencias que nos acompañan, las  incomprensibles separaciones, entre otros-, pensar  cómo funciona el lenguaje, la materia prima del poema, concebido como organismo vivo que procesa la experiencia y la convierte en un resto sonoro e inatribuible que da cuenta de las distorsiones y combinaciones “impuras” que la creación verbal produce.

El gesto de excavar en la lengua como si fuera una tierra donde la historia se inscribe hacia adentro y hacia abajo es el movimiento que este libro realiza. Lo que le interesa a Sierich es el registro de una memoria que se acumula en la lengua y que, más que restituir, muestra su dispersión y fractura, sus devenires y cambios, incluso su propio deterioro y desaparición.

En dicha la dádiva la aparente negatividad del resto y de lo “que queda” se tornan ocasión poética para mostrar que allí donde algo disminuye y se gasta también es posible leer el relato de la experiencia y sus incalculables derivas.

Si por un momento Sierich parece confiar en las garantías de un patrimonio verbal acumulado y almacenado, plural y políglota, en la medida en que se enfrenta con sus contenidos, asume que es en la dispersión y alteración donde acontece su “apropiación”. De este modo, su poesía da cuenta de esa zona esquiva de la herencia cultural y lingüística donde la lengua es “miles de lenguas” que crecen y proliferan en el poema y que existen una y todas a la vez en una simultaneidad que sólo la literatura hace posible:

 

Escribo un poemario
como quienes guardan
todas las semillas
en un galpón en isla
remota con un norte.

Cuán segura será la bóveda.
Los ingeniosos sacan la cuenta.
Yo paso a olvidar.

 

Este libro se juega en los límites formales, semánticos, sintácticos, ortográficos, lingüísticos de una lengua que es más-que-una-lengua y que se enuncia desde una voz que lleva y trae, va y viene, trafica y negocia y se “empalabra”, se descalabra, “mordizca” los vocablos como si estuviera saboreando esa “prolífera diferencia” entre idiomas y culturas que se enrarecen y se transforman en una lengua privada que cuestiona la estabilidad y seguridad de la pertenencia.

De aquí que sea posible leer dicha la dádiva también como un libro sobre la relación entre lenguaje y cuerpo en el sentido de que hablar un idioma requiere de una particular disposición del cuerpo a “pronunciar” el mundo de otro modo; una actitud del órgano boca-lengua a tocar la materia verbal y a hacerse tocar por ella y lograr, de este modo, moldear la materia verbal según los requerimientos de un idioma.

El hablante poético como alguien que se dispone a aprender-aprehender otra lengua, se entrega, se dispone a “la dicha”, a “transitar” -de “travesía, travesura”- en un “tinglado de lenguas”:

 

ohhh miles de lenguas y miríada la boca quisiera.
Cada forma ofrece
su propia distorsión” (pp. 94-95).

 

Esta travesía por las herencias literarias –la biblia, Lezama Lima, Johan Menter, Rilke, Gabriela Kizer, por mencionar algunas– y por los paisajes de una geografía lingüística y cultural impredecible y errática, donde la ceiba y el “Caribe impávido” conviven con ἀγάπε, Mund, Strandgut y “una canción de cuna que comienza con m/ mu   mi   my  mein” (p. 67), adquiere también la significación de una ofrenda gozosa de amor que revela hasta dónde la lengua, más que un sistema de control del sentido, es un estado afectivo y sonoro que “afecta” tanto la materia verbal según se la pronuncie, como a quien al pronunciarla se siente tocado por ella.

En este sentido, dicha la dádiva muestra cómo se puede hacer de la poesía una teoría y cómo el poema es también una forma de pensar el lenguaje con el lenguaje y también en su contra:

 

la destrucción que promueve la escritura
entonces
dar paso
a relaciones impuras         magullar
y yantar  (p. 102)

 

Este rasgo que consiste en apostar por un “estilo”, por una lengua extranjera resultado de la minoración de la lengua mayor con el propósito de extender los horizontes posibles del sentido y del pensamiento a través de una intervención de la gramática y su norma, vincula el proyecto estético de Sierich con el de otros autores de la escena poética venezolana reciente como Gabriela Kizer, Teresa Casique, Alfredo Herrera, Jacqueline Goldberg, Luis Moreno Villamediana, Eleonora Requena, Willy Mckey.

Libro complejo, sofisticado, de exigente lectura, dicha la dádiva parece cumplir lo que de incumplido tenía Imposible de lugar. Me refiero a la promesa de que lo imposible se puede realizar a través de la poesía que le da existencia mediante una lengua que crece transversalmente, entre memorias y culturas, en la estela de legados dispersos donde el poema es también un “dichoso(s) malentendido(s)” que muestra cómo la significación es una dádiva incalculable, fugitiva, nunca realizable “porque en el sentido/ohh sedante   no   no /nos alcanzaremos (p. 35). La poesía entonces como “un caminar donde es precario y rasga y no hay cura” (p.82), a la vez que celebración –también- de lo inapropiable.

Prodavinci 

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