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Ante el Comité de Salud Pública, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 2 de Noviembre, 2012

A la mayoría le encanta señalar con el dedo a escondidas y acusar y denunciar, chivarse a sus amistades, a los vecinos, a sus superiores y jefes, a la policía, a las autoridades, descubrir y exponer a culpables de cualquier cosa, aunque lo sean solo en su imaginación; hundirles la vida si pueden o por lo menos dificultársela, procurar que haya apestados [...] y expulsar de su sociedad, como si la reconfortara decirse tras cada victima o pieza cobrada: ‘Ese ha sido desgajado, apartado, ese ha caído y yo no’. Entre toda esa gente hay unos pocos (a diario vamos menguando) que sentimos, por el contrario, una indecible aversión a asumir ese papel, el papel del delator.

Javier Marías, Los enamoramientos

Declaro que a los 19 años descubrí Un mundo para Julius y en sus páginas atisbé un mundo entrañable, habitado por criaturas tan extraviadas y ridículas como nosotros en la infancia.

Declaro que, tras pasar meses abismado en las grandiosas arquitecturas de La casa verde, Cien años de soledad o Terra Nostra, los libros de Alfredo Bryce Echenique me llenaron de nostalgia por la niñez perdida. Aún me asombra su humor corrosivo y la sutil melancolía que se filtra en su agudeza.

Declaro que, años más tarde, en París, leí La vida exagerada de Martín Romaña y me interné en el laberinto de sus calles con el mismo desatino de su protagonista, y fui feliz y desdichado con sus delirantes aventuras. Ningún personaje desde Don Quijote me había hecho reír tanto -y sentir tanta compasión- con sus peripecias.

Declaro que, a lo largo de más de 40 años, Bryce continuó enriqueciendo ese universo personal en una veintena de libros singulares.

Declaro, en contra de lo que afirman quienes ni siquiera lo han leído, que Un mundo para Julius, No me esperen en abril o La vida exagerada de Martín Romaña enaltecen al Premio FIL tanto como los libros de sus más ilustres predecesores.

Declaro estar seguro de que miles de jóvenes lectores continuarán descubriendo, al lado de Julius y Martín Romaña, el valor, la belleza y la majestad de nuestra lengua.

Declaro que jamás he tenido con Bryce otra conversación que la que se sostiene a través de sus cuentos y novelas.

Declaro que sumé mi voto al de la mayoría, en la última sesión del jurado del Premio FIL -el más transparente de nuestro país-, por un simple acto de amor hacia sus libros.

Declaro que el jurado premió a Bryce por su obra narrativa pues ésta bastaba y sobraba para concederle este premio y cualquier otro. Ello nada tiene que ver con el valor intrínseco del periodismo, el ensayo o la poesía.

Declaro que me resistí, hasta el último segundo, a emitir un juicio moral sobre su autor. No porque me obstine en cerrar los ojos ante el plagio (o el fraude o la mentira), sino porque la sola tentación de evaluar en un jurado literario la conducta moral de un escritor, incluso aquella que tiene que ver con su ética de artista, me parece arrogante y peligrosa.

Declaro que el plagio es absolutamente condenable (escribo esta obviedad para que no la olviden quienes me citan). Pero los plagiados son los únicos que pueden exigir legítimamente una reparación o una disculpa. No necesitaban una turba enardecida para defenderse.

Declaro que, si los plagios periodísticos de Bryce ya eran juzgados en Perú, ¿por qué un jurado literario tendría que juzgarlo y castigarlo otra vez por esas mismas faltas, violando un principio elemental del derecho?

Declaro que en ocasiones lo imaginé, azuzado por la angustia, incapaz de escribir las líneas punzantes o aguerridas que antes brotaban tan fácilmente de su pluma. Y en el acto extremo de apropiarse de las palabras de otros no pude entrever al alevoso criminal que dibujan sus enemigos, sino al artista derrotado que no encontró otra salida. Sus desventuras no lo justifican -que quede claro-, pero el justo reconocimiento a su obra narrativa jamás significó la absolución de sus errores.

Declaro que quienes queríamos recompensar la obra del artista, sin tomar en cuenta las faltas del hombre, deploramos que el premio se le haya entregado fuera de la Feria. La decisión de apartarlo de Guadalajara fue el ínfimo triunfo de quienes confunden la ética con el linchamiento.

Declaro mi respeto hacia los periodistas, escritores y académicos legítimamente preocupados por este asunto -decenas de voces razonables- y mi desprecio hacia quienes se jactan de exhibir los pecados ajenos como trofeos de caza. Los mismos insensatos que ahora exigen retirarle los fondos públicos a la Feria -una de las escasas instituciones por las que somos admirados en el mundo- o incluso boicotearla. Sepulcros blanqueados.

Declaro que, si ésta es la moral pública que buscan imponernos, la moral de los delatores, yo no quiero ser parte de ella.

Y, en fin, declaro mi orgullo por haber defendido, más que a un escritor -humano, demasiado humano-, unos libros extraordinarios. Una gran obra narrativa que en modo alguno se define por las faltas de quien la concibió ni por los insultos de sus detractores.

Jorge Volpi 

Comentarios (5)

reyna
2 de Noviembre, 2012

Y yo celebro tus declaraciones con alegria!

Javier Pérez
2 de Noviembre, 2012

Ante la polémica situación surgida a partir del reciente otorgamiento del premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara al escritor Alfredo Bryce Echenique, comento y me pregunto: Era de esperarse que la sola consideración de Bryce por parte del jurado anticipara conflictos más allá del reconocimiento literario, por los plagios realizados por el autor en columnas periodísticas. Quién o quiénes pusieron entonces su nombre en agenda? A cuántos y cuáles autores se descartaron, con méritos – quizá sin la grandeza y fama de la obra real, la no plagiada de Bryce- pero sin mácula en la genuinidad del quehacer intelectual? Se verá afectado el prestigio del Premio de la FIL? Podrá esperarse que algún futuro premiado rechace el galardón?

Hay algo que no me cuadra, si alguien que se dedica al trabajo intelectual hace trampa en éste cómo se le puede premiar separando el trabajo intelectual entre lo periodístico y lo literario si ambos son frutos del mismo intelecto? Es admisible trampear en uno sin afectar el otro? A mi no me importa que un líder político o un estadista tenga amoríos fuera del matrimonio, no lo quiero como rol o paradigma familiar, me interesa su efectividad tomando decisiones políticas. Pero que un hombre que trabaja con la escritura robe los escritos de otros y le premiemos luego? Las grandes obras de Bryce siempre sobrevivirán, pero el premio sólo subraya el plagio, al menos en cuanto éste permanezca.

Rosa Esparta
3 de Noviembre, 2012

Clásico desencuentro entre los vencedores y los vencidos con respecto a la Historia.

Eustaquio Espinoza
9 de Noviembre, 2012

Letanía rima con cobardía

Hugo Rengifo
24 de Noviembre, 2012

Lo simpatico del articulo , no dsminuye la culpa del autor . Si Un mundo para Julius, junto con alguno de su cuentos iniciales , como muerte de Sevilla o huerto cerrado , son las unicas obra de calidad producida por este autor . el resto , tuvo plagios, incluso a si mismos , escondidos a la vista de todo el mundo que cerraba sus ojos , por ayayerismo a alguien que provenía de las canteras del aristocratismo minsuculo poblano . LA vida exagerada , tiene capitulo integros robados a Rayuela de Cortazar , especialmente , cuando copia descaradamente el capitulo donde a la Maga se le muere Rocamador su hijo y a la madre como al amante o les importa nada. Su calidad de beodo pertinaz no tendria problemas si se mantuviera su calidad literaria , pero unido al desgraciado intento de echar la culpa a su fiel secretaria , eso no tiene perdón y da inidice de la catadura moral de este personajillo, lleno de envidia de otro paisano transfuga que tambien ha seguido las mismas eventualdiades pero con mas calidad.

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