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La pauta del día: a propósito del Premio FIL a Bryce Echenique; por Armando Coll

Por Armando Coll | 27 de Octubre, 2012

Más que tomarme el trabajo, me permití el solaz, estoy lo suficientemente mayor para demorarme en algo que para otros tal vez sea una lata: revisé uno a uno los cotejos de los textos de los autores originales y los plagios del gran Alfredo Bryce Echenique. Fabiola Ramírez Gutiérrez sí se tomo el trabajo de al menos acopiar los originales y las calcas en una entrega para la publicación online Nexos, titulada “En el taller de Bryce Echenique” http://www.nexos.com.mx/?Article=2102983&P=leerarticulo

Paso a hacer la salvedad de rigor: Bryce Echenique fue demasiado importante en mi iniciación literaria. Un mundo para Julius, para mí un revelador dibujo de una infancia con puntos de fuga que me atravesaban entrañablemente, un espejo, una vida paralela, –lo leí varias veces; mi generación hizo gozosas gárgaras con citas y pasajes de La vida exagerada de Martín Romaña. Sus cuentos me marcaron a fuego y, sobre todo, entre lo poco que en mis años de estudiante de Comunicación me mostró una novedosa forma, precisamente, de hacer periodismo: aquella compilación de sus crónicas A vuelo de buen cubero.

Cumplido el trámite.

Ahora entro en materia: Bryce Echenique cometió un delito intelectual, incurrió en el detestable plagio. A causa de ese desliz se manifestaron muy respetables académicos, escritores y periodistas, sobre todo de México en ocasión de que un jurado haya decidido otorgarle uno de los más importantes premios literarios en lengua española: el Premio FIL, que en el pasado tuviese el honroso nombre de Juan Rulfo.

Tributa, además, mi descontento de un testimonio del todo importuno y que olímpicamente desdeña las razones de los que quisieron se reconsiderara la concesión de tan importante premio a un gran escritor, al que no por ello haya que perdonarle el atropello de apropiarse de tinta ajena: “Los organizadores de la FIL de Guadalajara y del Premio de Literatura en Lenguas Romances difundieron una carta de 110 personalidades del mundo literario en defensa del galardón a Bryce”, puede leerse en el portal web de El Nuevo Herald. Si el haberme enterado de que Bryce era un copión produjo en mi una perplejidad difícil de expresar en un primer momento, este manifiesto de 110 “personalidades del mundo literario” me da un poco de asco. Una jugada ventajista –adjetivo muy al uso por estos días en Venezuela—del poderoso lobby que probablemente ronda la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante del mercado editorial hispano.

Alguien dirá, con toda razón, que no soy quién para redactar esta protesta. Y aclaro de una vez, que no me avergüenza hablar desde la minusvalía atribuida a mi oficio: el periodismo. Entiendo que en la jerarquía literaria, el periodismo sea visto como un género menor. Menor pero no por ello menos exigente y menos cuando en ello se te va la vida. Y menos cuando, tantos la han perdido –como bien recuerda Juan Villoro, a propósito del caso que ocupo—en el ejercicio del periodismo. Me trae sin cuidado que alguien invoque palabras tales: resentimiento, envidia, frustración.

En mi caso, no soy digno ni siquiera de esos malos sentimientos ¡Y quién puede resentir, envidiar o frustrar ante un grande como Bryce! Solo alguien que aproxime su estatura continental, su resonancia en el espacio y el tiempo, que tanto merece como miembro emérito del Boom latinoamericano.

Estoy confortablemente a salvo de esas magnitudes. Y desde mi condición menesterosa quisiera decir una poca cosa más de lo mucho y bueno que se ha dicho, en vista de que pese a todos los alegatos, se haya concedido finalmente el premio FIL a Alfredo Bryce Echenique, sospechosamente a destiempo y fuera de contexto, como a hurtadillas, como entre gallos y media noche. La señora Dulce María Zúñiga, a la que la prensa designa “directora del galardón”, tomó un avión hasta Lima, donde reside el notable escritor. Y allá, lejos del mundanal ruido, los flashes y la prensa desfachatada, supone uno le extendió el cheque por 150.000 dólares a quien no creo esté precisamente pasando por un apuro económico.

Y he ahí un argumento, tal vez ad hominem: si alguien nunca se ha visto en la necesidad extrema de usurpar las cuartillas sudadas por otro, es el exitoso Alfredo Bryce Echenique. Pero, lo hizo.

Mientras la señora Zúñiga hacia la entrega del cuestionado premio, yo comentaba ante mis alumnos de la Escuela de Comunicación Social de la Ucab el texto de Juan Villoro –al salir de clase, ingresé en Google y me topé con la noticia—titulado muy a cuento “La ética de un oficio”.

Es por esa coincidencia, por mis alumnos, que me animo también a escribir esta declaración non petita,  subsidiaria de la que a tiempo y sin resultado hiciera mi admirado Villoro.

Quise llamar la atención de los futuros comunicadores en torno a varios pasajes cruciales del alegato de Villoro.

“…hay algo que no puede soslayarse: Bryce robó al menos 16 trabajos ajenos. El plagio es el equivalente literario del dopaje deportivo o la negligencia médica. ¿Merece el Balón de Oro un futbolista que ganó el Mundial pero en otros 16 partidos dio positivo por dopaje? ¿Merece ser Médico del Año alguien que inventó una vacuna pero perjudicó a 16 pacientes? Por supuesto que no”.

El símil con la ética en el deporte conmovió particularmente a los jóvenes.

“El delito de Bryce contra los derechos de autor ya fue sancionado en tribunales. Otro jurado, el del Premio FIL, decidió que esto no afectaba su valoración. Me parece un error inaceptable.

“¿Cuáles son los límites morales de un jurado literario? Obviamente, no se le puede exigir a un escritor que también sea un estupendo ciudadano, un ser piadoso o un buen marido. Anton Chéjov sólo vivió una vez. Lo que sí se le debe exigir es que tenga ética en su escritura”.

La clase de hoy tocaba sobre la argumentación como recurso del ensayo, el texto de Villoro, escrito al calor de la actualidad me pareció tan propicio por sus impecables razonamientos y su magistral resolución. Aparte, me servía para advertir a los comunicadores en formación sobre las desviaciones que están ahí a la vuelta de la esquina en el destino profesional que les espera.

Y crucial en la disertación de Villoro:

“El jurado del Premio FIL consideró que los artículos que Bryce plagió no perjudican su ejercicio literario. Probablemente entienden al periodismo como un género menor, susceptible de ser usado como la zona impune de un Gran Artista”.

Bryce con su displicente actitud hacia la página periodística, abona a la idea de que ese papel perecedero, que al día siguiente tal vez sirva como letrina de su perro faldero, no merece mayor atención que la que le presta el lector apresurado y olvidadizo.

Olvida él también, que buena parte de la prosa extraordinaria de José Martí se vertió en páginas de periódicos y para cumplir con encargos de un editor y de rápida confección, lo que los periodistas llamamos la pauta del día.

Armando Coll 

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