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El Lazca como epílogo, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 24 de Octubre, 2012
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Bajo el fiero sol norteño de un mediodía de octubre, uno de los hombres más buscados del planeta, Heriberto Lazcano, alias el Lazca o el Z-3, el líder del cártel de los Zetas -en su propio vocabulario, la Compañía- se entretiene observando un rústico partido de beisbol en el miserable pueblo de Coahuila que responde al paradójico nombre de Progreso. Según la versión oficial, alguien repara en las armas largas escondidas en una camioneta en las cercanías de la cancha -como si fuese algo insólito en nuestro relucientes sets de Western- y contacta a un grupo de marinos (ahora usados como marines) que “por casualidad” patrullan la zona. En cuanto éstos se aproximan al terroso estadio, se produce la refriega, al término de la cual el Lazca resulta “abatido” junto a uno de sus guardaespaldas.

Hasta aquí, el relato apenas se distancia de otras capturas anunciadas por esa empresa de espectáculos macabros en que se han convertido las oficinas de prensa de nuestros órganos públicos: otro cadáver ensangrentado y macilento, rodeado de billetes, armas o grapas de cocaína, exhibido en un intimidante estado de putrefacción física que basta para demostrar su putrefacción moral. Sólo que, en un detalle que transforma la escena de una “película de Rambo en una de Woody Allen”, en palabras de Diego Enrique Osorno, horas más tarde un comando roba de la funeraria el cadáver del Lazca (si acaso es el Lazca). Y así, en un suspiro, lo que hubiese sido anunciado por el presidente Calderón como su último y mayor logro -una proeza equivalente a la ejecución de Bin Laden- deriva en el peor epílogo, a la vez ridículo y cruel, de estos seis años de guerra.

Y es que en esta ácida trama podrían concentrarse, en une especie de Aleph borgiano, todos los errores y desvaríos provocados por la obsesión por frenar el tráfico de drogas a través de una estrategia puramente militar que hasta ahora se ha cobrado unas cien mil víctimas -cifra escalofriante, propia de una guerra civil. Cien mil cadáveres que, como el del Lazca, el Gobierno ha perdido de vista en su demencial esfuerzo por contener la violencia empleando únicamente la violencia.

Aunque los datos precisos sobre el Lazca resultan tan contradictorios como su final, sabemos que perteneció a un cuerpo de élite del Ejército y que, apenas unos meses después de ser apostado sobre el terreno, fue cooptado por el Cártel del Golfo. La pregunta, más bien, es otra: ¿y cómo no habría de traicionar a sus empleadores? ¿Y cómo no habrían de hacerlo decenas de compañeros suyos que ganan una centésima parte de lo que podrían obtener por cumplir las mismas funciones sirviendo en el lado oscuro de la fuerza? En una simple lógica de mercado, ¿de verdad piensa el Gobierno que logrará mantener la fidelidad de sus fuerzas por su compromiso cívico? Al volverse contra quienes lo entrenaron como una máquina de muerte, el Lazca no sólo se transformó en un enemigo formidable -una especie de Bourne del mal-, sino en un símbolo, en carne viva, de que la mera perspectiva militar está condenada al fracaso, incluso en términos íntimos.

Quiérase aceptar la responsabilidad o no, lo cierto es que los Zetas constituyen la más aberrante deriva del narcotráfico y del necio combate diseñado por frenarlo. Que ex militares y ex policías se pasen al bando de sus enemigos resulta, dadas las condiciones de la lucha, casi inevitable; pero que se conviertan en los villanos más brutales y siniestros de esta siniestra historia habla de que su corrupción acaso esté emparentada con la formación que recibieron. Su salvaje imitación de las técnicas kaibiles -no sólo hay aniquilar a los rivales, sino de torturarlos, decapitarlos y exhibirlos de la manera más cinematográfica, como una suerte de escarmiento adelantado-, es acaso la consecuencia más vil y enloquecida de dividir al mundo en bandos antagónicos e irreconciliables, como ha insinuado el discurso oficial en sus peores momentos.

La única solución al absurdo conflicto que vivimos radica, como tantas veces se ha dicho, en la despenalización de las drogas. ¿O de verdad alguien puede justificar que los daños causados por la decisión voluntaria de un adulto de abismarse en las drogas es peor que la de una guerra con cien mil muertos, miles de desaparecidos, una erosión social generalizada y la aparición de figuras como el Lazca o su previsible sucesor, más cruento si cabe, el Z-40? Abatir capos, como ha explicado Eduardo Guerrero, genera exultantes notas de prensa -en caso de que no se extravíen sus cadáveres- pero a la postre sólo recrudece la violencia. Lo peor sería no aprender del gigantesco error de este sexenio y, al menos hasta ahora, Enrique Peña Nieto no ha planteado la menor rectificación en los principios que han guiado esta lucha estéril y atrozmente dolorosa. Si ya en el poder Peña Nieto no rectifica, el extraviado cuerpo del Lazca habrá ganado su última batalla desde ultratumba -o dondequiera que esté.

Jorge Volpi 

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