Artes

La sonrisa congelada, por Patricio Pron

Por Patricio Pron | 21 de Octubre, 2012
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Aunque una de las reglas tácitas de la crítica literaria viene a decir (creo que con razón) que no se debe hablar de lo que un libro no es, tal vez sea necesario comenzar diciendo que, a pesar de sus editores y de Anthony Burgess (que la llamó “una de las grandes novelas cómicas del siglo XX”), Augustus Carp de Henry Howarth Bashford no es un libro gracioso, o no lo es en la medida suficiente.

Claro que otra de esas reglas tácitas es que el valor de los libros es relacional y está estrechamente vinculado con su comparación voluntaria o involuntaria con otros textos leídos, de modo que parece necesario decir también que, si Augustus Carp no es una novela particularmente graciosa, esto se debe a la existencia de grandes textos humorísticos en la tradición anglosajona. Comparada con Tristram Shandy de Laurence Sterne, Ulises de James Joyce, Viajes con mi tía de Graham Greene, La boca pobre de Flann O’Brien, Trampa 22 de Joseph Heller o La conjura de los necios de John Kennedy Toole (por mencionar algunos pocos ejemplos de esa tradición), Augustus Carp no parece una novela cómica. Y sin embargo, las tribulaciones de su protagonista (el pretencioso, melifluo, beato, misógino, arrogante, tacaño, pomposo, insoportablemente católico e hipócrita Augustus Carp, que nos cuenta aquí su vida) no carece por completo de comicidad, particularmente su final, en el que el desafortunado Augustus es víctima de una venganza tan cruel como inteligente.

A pesar de que es posible que ese final deje en el lector una impresión positiva que el libro en su totalidad posiblemente no merezca, lo cierto es que Augustus Carp apenas consigue arrancar una u otra sonrisa a lo largo de sus más de doscientas páginas (por ejemplo allí donde el padre de Augustus dice al director de la escuela de su hijo que no comparte el criterio tan extendido de que un niño debe pasar de curso por sus calificaciones y no por razones morales o religiosas y en el diálogo disparatado entre padre e hijo alrededor de la expresión involuntaria “se dobla como un junto bajo el tiento”), demasiado poco para una novela pretendidamente “desternillante”. Claro que (y esta es otra de las últimas reglas tácitas de la crítica literaria a las que hacía referencia antes) la impresión que nos provocan los textos también depende estrechamente de las circunstancias sociales en las que son leídos, y tal vez, si Augustus Carp no nos resulta hilarante y disparatada, es porque estamos rodeados de personas tan hipócritas y mediocres como su protagonista y a que sus acciones casi nunca conducen a otra cosa que a nuestra perdición, en particular si ocupan puestos de gobierno. Cuando el padre del protagonista lo define como “Mi hijo Augustus, comerciante cristiano, preferiblemente al por mayor. Un magnate cristiano, un comerciante de Dios” (69), al lector le resulta difícil no recordar a otros comerciantes de valores sagrados, las nefastas consecuencias de cuyas acciones son la portada de los periódicos un día tras otro en estos tiempos. Basta pensar en ello para que la sonrisa se congele de inmediato.

Patricio Pron 

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