Artes

Félix Perdomo «Sin título», por Oscar Marcano

Un texto de Oscar Marcano a propósito de la exposición de Félix Perdomo que lleva por nombre «Sin Título» y que se inaugura el domingo 14 de Octubre, en La Ventana (Los Galpones, Los Chorros)

Por Oscar Marcano | 12 de octubre, 2012

Si alguna vez me conmovió un artista de carne y hueso, ese fue Félix Perdomo. Lo conocí a mediados de los ochenta, a instancias de Ibrahim Nebreda, quien una tarde me invitó a El Herbario, el taller donde trabajaba en el Instituto Pedagógico de Caracas. Desde el mismo momento de mirar sus telas, clavadas las unas en las paredes, extendidas las otras por el suelo junto a brochas, tazas de café, botas y latas de pintura industrial, me impactó la poderosa ternura que emanaban. Recuerdo que le pregunté un tanto sorprendido: «¿Tú trabajas con pintura industrial?», a lo que él me respondió con esa humildad apabullante que lo caracteriza: «Yo pinto con lo que manche».

En esa época usaba aserrín para dar fibra y robustez a la pintura de aceite y conseguir ciertas texturas. A partir de entonces fueron muchas las conversas que sostuvimos y ene los tragos que compartimos. En esas conversas y en esos tragos nos hicimos hermanos. Unos hermanos que se frecuentan poco, pero que saben que al otro lado de la maraña siempre está el otro y que la consanguinidad por elección es Plata Ley 1000.

Félix hacía entonces esos hombrecitos filamentosos que lo desarmaban a uno. Los dibujaba en vías de perpetrar acciones en múltiples circunstancias: en escenas de caza evocando pinturas rupestres, en acciones circenses como el trapecio, el funambulismo o efectuando juegos malabares. Recuerdo particularmente a dos acróbatas endebles pintados en el momento en el que uno cedía y el otro recibía el trapecio, erigiendo una delicada y simultáneamente vigorosa simetría. Para mí esa obra siempre ha encriptado el símbolo de algo.

Lo visité dos veces en Nueva York, en cuyo apartamento me quedé cuando ganó el Premio del P.S.1. Contemporary Art Center 1991, la magnífica institución que creó la visionaria Alanna Heiss y que ahora forma parte del MoMa. De más está decir que fueron estadías inolvidables. A ellas debo las peripecias y correrías que me ayudaron a hilvanar la historia neoyorkina de la novela Puntos de sutura. La ciudad despertaba de la era del crack y la mitología urbana estaba en su furor. Central Park y muchos callejones y estaciones de metro servían como tenebrosos escenarios en los que discurrían los más exuberantes y desquiciados crímenes. David Dinkins era el alcalde, pero ya el inmarcesible «Rudy» Giuliani, quien lo sucedería, había iniciado, desde la Fiscalía, su celebérrima cruzada contra el delito.

Eran los tiempos en que el despuntar de un día más era motivo de fiesta, y nuestros hígados se empeñaban en extender a como diera lugar una Belle Époque que solo existía en nuestros corazones. No olvido ese Halloween en que, haciendo el censo de los bares del Village (la ciudad se volvía literalmente loca el día de brujas), desperté en mi cama con una indumentaria vaya usted a saber de quién, y con los dedos llenos de sortijas de murciélagos de plástico negro. Lo último que recordaba era la sonrisa de la anónima rubia del último bar, y el líquido renal de John Dewar and sons lamiendo las rocas de nuestros omnipresentes vasos cortos.

A Félix le habían asignado el mejor estudio del PS1 en Queens. Un espacio luminoso, de más de cuatrocientos metros cuadrados, cuyos amplios ventanales daban al Puente de la Calle 59, mejor conocido como el Queensboro bridge, el cual une a Manhattan con los barrios de Long Island City y que, a los ojos de los señoritingos del Financial District no es más que una decrépita y antiestética estructura de acero y hormigón, pero para nosotros, ángeles sin cielo, constituía el puente más querido de Gotham. Al atardecer solíamos contemplar sus dos mil trescientos sesenta y dos metros de largo por cien pies de ancho y sus setenta mil toneladas de acero. Admirábamos también el vuelo de los avechuchos que lo circunvalaban en su ronda por el East River. Escuchábamos sus graznidos a lo lejos. Nos referíamos a ellos como «las gaviotas radiactivas del Queensboro bridge».

Félix vivía rodeado de curiosos personajes. Su morada, situada a cuadra y media del estudio, parecía un set de la Ópera de tres centavos. Cargaba con taxistas ilegales, desempleados, matatigres e indocumentados, los cuales se daban cita todos los días en su casa para comer y beber por cuenta del pintor venezolano. «Reverón tenía sus muñecas -le decía-. Tú tienes tu séquito».

Es célebre la anécdota del Consulado de Venezuela en Nueva York, en cuya galería, aprovechando su permanencia en la ciudad, organizaron una muestra suya. El día de la vernissage temprano, Félix Perdomo, cual Míster Peachum, llevó a su comparsa a echar un vistazo. Quería mostrarles cómo se veían las telas que conocieron clavadas en los muros o pisadas en el suelo del estudio. El tema fue que al llegar se toparon con la esposa del Cónsul que, atareada, organizaba la logística para la noche. Ella no conocía al artista y, al ver a aquel sujeto en ropa de trabajo y estampa fabril, liderando ese hatajo de impresentables criaturas frente a las obras, decidió que tenía que ser parte del personal subalterno de la legación. Entonces lo miró mal y le increpó autoritariamente: «¿Qué hace usted ahí perdiendo el tiempo? ¡Vamos! ¡Recoja esas cajas y esa escalera y llévelas para allá! ¡Muévase!». Y para desconcierto y jolgorio de su séquito, Félix acató diligentemente la orden y consumó uno a uno los mandatos de la dama. Ya en el brindis y en cuenta del lamentable error, la abochornada señora pedía una y otra vez excusas a un indulgente Perdomo que sonreía nervioso al ver que la primera dama del Consulado se negaba a dar vuelta a la página.

Me dolió mucho cuando se corrió el rumor de que sobre él pesaba una suerte de «veto». Sucede que por años circuló entre el gremio de los galeristas la especie de que el propio Félix Perdomo «pervertía» su mercado. Que no respetaba acuerdos de exclusividad y que, mientras la galería ofrecía un cuadro por un monto equis, él lo quemaba por un precio inferior. Un ilustre mercachifle se dio a la tarea de enviar correos electrónicos advirtiendo a sus colegas que tuvieran cuidado con el pintor. Que se libraran de invertir en su carrera e imagen, o de promoverlo en el exterior. Cuando se lo consulté, me respondió: “Jamás he tenido exclusividad con ninguna galería. Varias ofrecen mis trabajos y saben que, al igual que todos, vendo a precios más bajos en el taller. Si no, ¿cómo comen mis hijos? ¿Qué quiere ese señor?  ¿Qué le diga a los míos que se esperen seis meses o un año hasta que él me llame para decirme que ya está el cheque?”.

En un momento dado a Nebreda se le ocurrió que yo podía acompañarlo a las reuniones de un proyecto en el que estaba Félix junto a un conjunto de artistas excepcionales. Lo lideraba Jorge Stever y participaban, entre otros, Eugenio Espinoza y Sigfredo Chacón. Era el Grupo Clínica. Se llamaba así porque Jorge se había cortado un brazo con el vidrio de una ventana rota y eso generó los primeros encuentros con Eugenio en el comedero de la clínica Santiago de León. Yo asistí a algunas reuniones ya en la casa de Stever. Todavía me pregunto qué hacía yo ahí. A cambio de no aportar nada, tales reuniones comenzaron a educar mi mirada. A ellos debo, no lo que sé de arte, porque en definitiva lo ignoro todo, pero sí el germen, el gusanillo de la curiosidad por la imagen plástica que sus conversaciones me incubaron.

Félix desconoce la mezquindad. Lo he visto compartir su talento, sus ideas, su pasión y experiencia con los jóvenes que se inician. Un artista cabal, consecuente con su trabajo. No lo concibo sino pintando. Con uñas y dientes. Un artista cuya obra, “la vaina más elemental del mundo” como él mismo la define, cautiva y enternece. Un artista modesto, que se maravilla con los hallazgos de otros, estén donde estén, en la felicidad de ese brillo que da el denuedo cuando lo corona un hallazgo. Son muchos sus aciertos en ese ya largo diálogo que sostiene con la pintura. Su alimento es la fascinación. Sin aspavientos.

Cuando veo sus cuadros, y me embriaga su candor, su pureza, su sugestiva simplicidad, advierto que alguna vez, acaso de niño, yo tuve un alma. Y me pregunto en qué columpio, en qué triciclo, patinando dónde, la olvidé.

A veces lamento no tener la experticia ni el lenguaje de museólogos y curadores para decir más de sus obras. Solo puedo dar fe del gran  artista que es, y de que la leyenda que se ha forjado en torno a su imagen se queda corta ante la autenticidad de este espíritu tocado por una mano de divina.

Oscar Marcano  es un escritor venezolano. Fue galardonado con el Premio Jorge Luis Borges, otorgado en Argentina. Puedes leer más textos de Oscar aquí y seguirlo en twitter en @oscarmarcano

Comentarios (5)

Sydney Perdomo Salas.
12 de octubre, 2012

¡Vaya! Es una pena que se esté tan lejos para poder asistir a su exposición. Por la forma en cómo se expresa de él, ha de tener una calidad artística impresionante. Muchas gracias por contar la historia y darnos a conocer otro más de nuestros grandes artistas que sin duda son muchos los que no hemos de conocer y otros más que se están por descubrir. ^.^

¡Saludos y mis respetos sinceros! :)

Adrián
12 de octubre, 2012

Me gustó esta reseña, muy útil para conocer a nuestros artistas.

Lady Sánchez
13 de octubre, 2012

Bella narración que despierta en el lector la curiosidad sobre el artista.

Oswaldo Aiffil
13 de octubre, 2012

Que belleza de escrito. Nada más.

Daniel
16 de octubre, 2012

Gracias por el texto.

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