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Miguel Cabrera, triple coronado y más valioso; por Francisco Suniaga

Por Francisco Suniaga | 9 de Octubre, 2012
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El último trimestre es el mejor de cada año. Con octubre, vienen los playoffs de las grandes ligas y comienza la temporada venezolana. Con esta última arrancan las buenas y malas noches para los fanáticos de los diferentes equipos, pero “there’s no crying in baseball”, solo se puede compensar el amargo de las derrotas con el dulce de las victorias. Quienes tenemos la dicha (y demasiadas veces el infortunio) de seguir a la veleidosa nave turca sabemos como nadie cuán tormentoso es ese amor.

Pero no quiero derivar en esta nota por el incierto mar en el que navega el Magallanes. Ahora, cuando las esperanzas campeoniles de la mítica nave están aún intactas, quiero disfrutar a plenitud con el advenimiento de ese continuo sabroso que se inicia con el final del Big Show, sigue con nuestra temporada de invierno y se empalma con las hallacas y la Navidad. Siendo el beisbol un juego de niños, esta es definitivamente la época más propicia para, de la mano del beisbol, revisitar la infancia y ponerse a soñar.

El beisbol sigue siendo mi gran afición, pero puedo afirmar, en coro con mis coetáneos y sin la menor originalidad, que el beisbol ya no es lo que era. Ahora, sin duda, es mejor, más atlético y mucho más complejo, sin embargo, para quienes ya han visto más encuentros que los que les falta por ver, carece de esa pátina romántica que cubría al viejo juego de pelota. Aquel beisbol que, en nuestro caso, en la Margarita distante de otrora, ni siquiera era en blanco y negro sino imaginado sobre los neologismos de las narraciones radiales de Delio Amado y compañía. El inevitable romanticismo por el juego de pelota de la época en que, siguiendo al irresponsable de mi padre, me inicié en mis dos aficiones más firmes: la del Magallanes (por lo que mi infancia toda y buena parte de mi adolescencia, sin contar con la fatídica década de los ochenta, transcurrieron sin conocer la alegría de conquistar un campeonato) y la del  equipo que juegue en la Serie Mundial contra los Yankees (llevamos 28 series perdidas, viejo, y contando).

Mi afición al beisbol debería ser más sólida de lo que aún es. No en balde, se forjó escuchando al viejo sastre de La Asunción contarme, con las licencias del caso, juegos memorables de aquel Magallanes de los años cincuenta, el de Ramón Monzant y “Camaleón” García. El Magallanes que perdió una Serie del Caribe porque en una jugada Camaleón no sabía que tenía la pelota en el guante –mi padre culpaba a Luis Aparicio de haber hecho un tiro malo a tercera, tan malo que nuestro héroe tiró un guantazo y no se dio cuenta de que sí había cogido la pelota; la buscó azorado a su derredor mientras, ante la desesperación de todos, un boricua llamado Jim Rivera anotaba la de ganar–, y otra porque Willie Mays, quien hasta ese fatídico turno bateaba de doce nada, le dio un jonrón en el Universitario a Monzant para que Cuba nos derrotara 1 a 0.

En 1966, en el frenesí de mi afición infantil, corría del liceo a la casa en las tardes para escuchar  los  juegos de la Serie Mundial en la voz de Buck Canel. Ese campeonato lo disputaron los Dodgers de Los Angeles y los Orioles de Baltimore y fue muy especial para el mundo del beisbol porque para el equipo californiano pitcheaba Sandy Koufax y para los Orioles jugaba el triple coronado Frank Robinson. Fue esa la primera vez que escuché hablar de ese título, pero entonces nada importaba más que el hecho maravilloso de que en las paradas cortas de Baltimore estaba Luis Aparicio, el héroe más grande de la nación beisbolera venezolana.

En 1967 hubo otro ganador de la triple corona, un jugador de nombre impronunciable, Carl Yastrzemski. Le tocaría liderar a los Medias Rojas contra los Cardenales de San Luis en la Serie Mundial, pero la gesta del “Yaz” estaba minimizada por el hecho de ser Bob Gibson el líder de San Luis. Un pitcher negro sensacional que había vestido la camiseta del Magallanes unos años antes –pasantía que obviamente yo ignoraba pero que mi padre se encargó de reconstruir para mí con las exageraciones que, desde que el mundo es mundo, los padres han usado para inocular a sus hijos el virus incurable del beisbol– y sesgaba nuestra atención.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esas dos hazañas, en particular la última, pasaron a ser iconografías del viejo beisbol, en el mismo altar con los 406 de bateo de Ted Williams y los cincuenta y seis juegos seguidos bateando de hit de Joe Dimaggio. Con cada año, más distante era la conquista de una triple corona –no recuerdo que alguien estuviera siquiera cerca de alcanzarla–, más sepia se tornaba la película del recuerdo. La infancia quedó bien atrás y la triple corona devino en una suerte de hito que servía al mismo tiempo de referencia para ir marcando el distanciamiento anímico que con la madurez me ha venido separando del beisbol.

Pero el beisbol tiene sus mañas y ocurren cosas que te regresan a ese estado de gracia –y de eventuales desgracias– de la afición infantil ya perdida. La triple corona de Miguel Cabrera ha venido a ser uno de esos milagros del viejo juego que hacen renacer el romanticismo e inyectan vigor a una afición que envejece.

Miguel Cabrera es ya uno de los grandes nombres del beisbol, de los peloteros que han aportado sustanciales elementos a la materia invisible sobre la que se ha construido el beisbol: la nostalgia por los grandes momentos. Sin mayores apoyos publicitarios, ha sido un jugador que desde sus comienzos en las Grandes Ligas ha venido haciendo eso.

En lo personal, recuerdo un episodio de la Serie Mundial de 2003, entre Yankees y Marlins –la recuerdo bien porque fue la última en la que mi padre y yo compartimos la victoria de nuestro viejo encono con el equipo de Nueva York–. Era el cuarto juego de una serie que los Mulos dominaban 2 a 1 y cuyos prospectos de inclinarse definitivamente por Nueva York eran serios pues el pitcher de turno era “El Cohete” Roger Clemens. En el propio inning del comienzo, sin embargo, el rumbo que el destino había trazado giró abruptamente, en el primer turno del ahora triple coronado.

Siendo en ese entonces Miguel Cabrera un novato –talentoso pero novicio al fin y al cabo–, Clemens recurrió, en su primer lanzamiento, a una de sus “maldades” intimidatorias habituales: alta, pegada a la cabeza y por encima de las noventa–. En una pelea que parecía de tigre contra burro, Cabrera no tuvo otra alternativa que aterrizar como pudo en el suelo para protegerse instintivamente del proyectil. Era casi posible ver en la cara de Clemens y demás duros del juego –usualmente en el lineup de los Yankees– una mueca de burla ante la candidez del “rookie”. Cabrera se levantó, sin siquiera cruzar mirada con el lanzador, se sacudió el polvo de uniforme, volvió a plantarse en la caja de bateo y entonces fue cuando la batalla comenzó. Varios lanzamientos después, un Clemens que ya no encontraba que lanzarle, dejó un envío alto y Cabrera, para sorpresa de todo el beisbol, se la sacó por el rightfield. Un jonrón trepidante, decisivo, que cambió la historia del juego y de la serie.

Después de aquella, han sido muchas las satisfacciones y alegrías que Miguel Cabrera ha regalado a su castigada Venezuela. De hecho, ya había obtenido la triple corona por separado, ganando en distintas temporadas las coronas de bateo, jonrones y empujadas. Este año, como solo pueden hacer los superdotados, le dio por juntarlas, algo que no parece tan difícil para quienes no conocen el juego pero que ha dejado maravillado al mundo del beisbol y a los venezolanos.

No a todo el beisbol, por cierto. Algo hay de verdad en aquello de que el beisbol ya no es lo que era. Para algunos comentaristas y conocedores del juego en Estados Unidos que tienen por culto las nuevas estadísticas beisboleras –se llama Sabermetrics y si quieren saber más de ella métanse en Google o vean la película “Moneyball”–, la hazaña de Cabrera no es tan hazaña. Fundados en esta nueva forma de analizar el juego, algunos cultores aprecian que más valiosa fue la temporada del Mike Trout, el novato de Los Angelinos.

A lo mejor tienen razón, pero solo en el mundo de los híper expertos maniáticos de la computación y las estadísticas –que son a los aficionados comunes del beisbol lo que los economistas econométricos a las amas de casa–. En el mundo real del beisbol, donde el WAR* (traduce Victorias sobre remplazo o sustituto) no se calcula según un hipotético pelotero de un modelo estadístico sino por lo que de verdad aporta un pelotero de carne y hueso en el terreno (el remplazo de Cabrera se llama Ramón Santiago y es cuestión de ver sus números), la proeza de Miguel Cabrera brilla por encima de todas las luces. Un aporte enorme a la leyenda que varias generaciones de peloteros y aficionados de Venezuela hemos venido construyendo en torno a un juego de niños que constituye una de nuestras más simpáticas identidades.

***

*WAR: Winning Above Replacement. Una vaina complicadísima que, según entendí, combina la ofensiva y defensiva de un pelotero en cuanto que aporte positivo al club por encima de lo que sumaría un jugador hipotético o modelo.

Francisco Suniaga 

Comentarios (6)

@manuhel
9 de Octubre, 2012

Que previsible casualidad: soy magallanero y siempre le voy en contra a los yankees en la serie mundial.

Y Cabrera, ni que decir, es el MVP decretado. A Trout le dieron tanta publicidad solo porque los periodistas americanos quieren siempre robar protagonismo, y a veces les da por creerse amos de la verdad.

Guillermo Alzuru
9 de Octubre, 2012

Estoy totalmente de acuerdo, Cabrera deberia ser el MVP y las nuevas estadisticas no me gustan, a pesar de que me encantan las estadistica. Si queda Trout como MVP, el beisbol habar cometido otro error, el peor desde que Ted Williams tambien la gano (dos veces!) pero no fue electo MVP ninguna de las dos, a pesar de tener mejores numeros que los que obtuvieron el MVP en ambas ocasiones.

Carlos Abreu
9 de Octubre, 2012

Excelente crónica, pero Bob Gibson nunca jugo con Magallanes, sino con Oriente.

Ruben
9 de Octubre, 2012

Impecable, sobre todo el último párrafo, está de antología, como su libro “la otra isla”.

Oswaldo Aiffil
10 de Octubre, 2012

Una hazaña difícil de minimizar. Su manager, Jim Leyland ya dijo que si le quitan el MVP sería una grosería para el beisbol de Grandes Ligas aunque se han visto casos: el guante de oro de Alex Rodriguez sobre Vizquel, en una de las mejores temporadas defensivas de Manos de Seda, habiendo cometido siete errores en 150 juegos…

Ignacio Arias Vincentelli
11 de Octubre, 2012

En cuanto al episodio de la Serie Mundial de 2003, entre Yankees y Marlins, “El Cohete” Roger Clemens, si mal no recuerdo, se estaba despidiendo en ese juego del beisbol. Ningún batazo le ha dolido a Clemens mas que aquel. El “rookie” le enchavó la despedida de tal forma, que Clemens regresó. Saludos.

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