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La industria del odio, por Juan Gabriel Vásquez

Por Prodavinci | 26 de Septiembre, 2012
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A la izquierda, el papa Benedicto XVI, las manos entrelazadas sobre la barriga, un corazoncito flotando sobre su cabeza; a la derecha, cuatro musulmanes sosteniendo cuatro estacas, y en cada una de las estacas, una cabeza del Tío Sam. “Amaos los unos a los otros”, dice el papa de la caricatura, y uno de los musulmanes se gira con gesto iracundo para decirle a su vecino: “¡Otra provocación!”.

Los ataques al consulado de Estados Unidos en Bengasi no fueron sólo la reacción espontánea de una turba de indignados. Fueron la consecuencia, lentamente meditada, de varias fuerzas del odio religioso que son expertas —y siempre lo han sido— en el arte de la manipulación de las masas ignorantes, fanáticas y supersticiosas, y también de las masas inflamables de los humillados y los ofendidos. El odio religioso es ciego, pero sus organizadores (en todas partes y de todas las confesiones) tienen la vista muy aguda y un impecable sentido de la oportunidad. Y eso fue lo que pasó aquí: un grupo de pescadores asomándose al río revuelto más peligroso, por lo que tiene de irracional: el de los fanatismos religiosos.

Ustedes conocen lo sucedido: una pésima película de un tarado con pseudónimo, hecha por imbéciles para disfrute de imbéciles, se proyectó por primera vez en Hollywood a comienzos de este año; nadie le prestó la más mínima atención a ese producto grosero, salvo el egipcio copto Morris Sadek, dueño de un blog conocido por su islamofobia, que le dio a la película toda la difusión de que fue capaz y captó al hacerlo la atención del hombre perfecto: el pastor Terry Jones, aquel desquiciado que hace unos meses organizó una quema masiva de coranes. Jones no iba a perder la oportunidad de aportar su granito de odio a todo este asunto; hizo una animada promoción de la película en internet, y de ahí a que la elaborada maquinaria del fanatismo saltara el charco no había más que un paso: Khaled Abdallah, presentador de una cadena islamista en Egipto, reprodujo las imágenes, llevando a cabo, en efecto, un llamado a los fundamentalistas del salafismo. Eso sucedió el 8 de septiembre; para el 11, día en que se conmemoraba el aniversario número 11 de los atentados de las Torres Gemelas, ya las masas indignadas atacaban la embajada de El Cairo y el consulado de Bengasi, asesinando, entre otros, a uno de los más dedicados valedores del pueblo libio: el embajador Christopher Stevens. Varios muertos después, una fundación iraní ha declarado que aumenta en medio millón de dólares la recompensa a quien asesine a Salman Rushdie. “Si la sentencia se hubiera ejecutado”, dijo su líder religioso, “los posteriores insultos en forma de caricaturas, artículos y películas no hubieran ocurrido”. Extraña sindéresis la del fanatismo.

Los fanáticos de uno y otro lado no trabajan juntos, pero ni falta que les hace: sus elaborados esfuerzos por causar muerte y daño en nombre de su dios no necesitan más que una página de internet y la siempre buena disposición de las masas, listas para matar al enemigo abstracto en venganza por cualquier abstracta ofensa. En sus manos estamos todos. O más bien, en sus dedos sobre el teclado.

Prodavinci 

Comentarios (1)

Charles Manson
26 de Septiembre, 2012

La unica verdad incontestable que dijo Karl Marx en su momento fue y sigue siendo hoy en dia una realidad:”La religion es el opio de los pueblos” con ello solo les digo que vean todo este enredo y las estupideces que se ejecutan en nombre de la religion (cualquiera) para ver lo poco que ha evolucionado el ser humano en tantos siglos de historia, y peor cuando se le mezcla con politicos. Una droga.

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