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Hacia Rosario y Santa Fe, por Arturo Almandoz Marte

Por Arturo Almandoz Marte | 23 de Septiembre, 2012

“Gabriel Quiroga es patriota porque, en las viejas ciudades y en las aldeas primitivas, ha aspirado el incienso venerable de la tradición colonial y estremecídose hasta las raíces del alma con la honda poesía de las músicas nacionales”.

Manuel Gálvez, El diario de Gabriel Quiroga (1910).

1. Casi como los libreros, los taxistas porteños con los que me he topado suelen estar tan bien informados y se expresan tan correctamente, que desde que tomo la remise, como la llaman ellos, desde el aeropuerto de Ezeiza hacia los distritos más céntricos de Buenos Aires en los que me he alojado, siento que estoy aprendiendo una lección magistral: bien sea, por ejemplo, sobre la desproporcionada economía del Mercosur – siempre favorable al Brasil, al parecer de los taxistas – o sobre la endémica herencia de corruptelas en la política de Menem o los Kirchner, por citar temas recurrentes. Influye en mi admiración ese acendrado respeto que, al menos venezolanos de mi generación crecida en los setenta, profesamos hacia los emigrantes que desde la década anterior huían de los regímenes de Guido y Onganía, para alojarse en las universidades, librerías o teatros de la boyante Venezuela saudita, contribuyendo con sus ideas y esfuerzos a renovar la escena urbana nuestra. No obstante su arrogancia proverbial, algo hay en el cadencioso acento argentino que al menos yo asocio con los cultos libreros de Sabana Grande y Chacaíto; o que me retrotrae al pasmo ante profesores de la Universidad Simón Bolívar de finales de los setenta y comienzos de los ochenta, desde Sebastián Salamó con sus abstrusas leyes de termodinámica – que llevaron al límite mi escasa capacidad comprensiva de la física – hasta Ángel Cappelletti en sus eruditos cursos de historia de la filosofía, recitados homéricamente sin una nota de apunte, una diapositiva o una lámina de power point, como ahora parece requerirse para toda clase o conferencia.

Con la locuacidad característica de sus colegas porteños, el taxista que me llevó esta vez del hotel República, en plena plaza del Obelisco, hasta la estación Retiro, me explicaba con autoridad profesoral que la ciudad de cuatro millones de habitantes recibe a diario otro tanto que llega en los trenes y colectivos de las cercanías, la mayoría de los cuales arriban a la estación donde me dejaría. Su lección fue propiciada por el tráfico de aquel miércoles de ceniza de 2011, que contrastaba con la relativa calma del carnaval de mi llegada, el primero feriado en muchos años por decreto del Ejecutivo, lo que la prensa opositora denunciaba como gesto populista. Pasamos primero por la imponente estación ferroviaria de estructuras eduardianas y cúpulas afrancesadas, deslustradas hoy a la distancia del tiempo y del taxi, aunque reminiscente todavía de la colosal Argentina del Centenario, cuando se irguió como la mayor terminal de Latinoamérica; pero iba yo a la más anodina de colectivos, a tomar el ómnibus de cara a inaugurar un seminario en Rosario, alejándome así por vez primera de la cabeza de Goliat, para utilizar la celebérrima metáfora de Martínez Estrada.

Tienden a ser ordinarias y hasta vulgares las estaciones de bus, pero la de Retiro me impresionó por el contraste no sólo con sus contrapartes europeas, sino incluso con relación a las pocas que he conocido en los vecinos Brasil y Chile. Ya el taxista me había advertido sobre la inseguridad y el desaseo, así como sobre los problemas con los trenes, heredados de la nacionalización que iniciara Perón de los ferrocarriles británicos, e irredentos todavía a pesar de la privatización emprendida por el Menem liberal. Desde las harapientas ropas de algunos merodeadores, pasando por las villas miseria y fritangas aledañas a Retiro, hasta el deficiente estado de la infraestructura obsoleta, esta estación porteña era como un microcosmos de la Argentina tercermundista que había quedado al desnudo, después de décadas perdidas entre dictaduras ineficientes y el peronismo montonero; desengañada y humillada primero en la derrota de las Malvinas, y liquidada después con el “corralito” de 2001, su capacidad de resistencia y recuperación es empero admirable, pensaba yo mientras contemplaba el incesante trasiego de buses y el relativo orden con que partían de los andenes en la estación gigantesca, como todo en el país meridional.

2.  Si bien los colectivos tienen fama de estar en buen estado y ser puntuales, el ómnibus en que viajaba yo sufrió un desperfecto a la altura del pueblo de San Pedro; cuando me informaron del traslado a otro que me llevaría hasta Rosario, al bajar en el merendero, pude no sólo notar el calor húmedo de finales del verano austral, sino también las nubes de mosquitos que manan del crecido río Paraná. Habiendo comprado un emparedado de milanesa y una coca-cola helada que disfruté como pocas en mi vida – está prohibido vender bebidas alcohólicas en las carreteras argentinas – el viaje continuó sin contratiempos hasta llegar a la periferia rosarina en las primeras horas de la tarde. Aunque no debería haberlo notado viniendo yo de la Caracas de rancherías, lo primero que me sorprendió entonces fue la precariedad, más que la abundancia, de las villas miseria, algunas de cuyas casuchas tienen literalmente techos de cartón o zinc, sostenidos apenas con piedras en los vértices; esa noche en el evento, los colegas me explicaron que los cinturones más externos de las villas suelen ser de tal rusticidad alarmante, pero que las viviendas lucen más consolidadas en los sectores internos y antiguos.

Algunas villas miseria han estado en Rosario al menos desde las protestas obreras y estudiantiles del 68 contra Onganía, emuladas por el más famoso Cordobazo que sacudió al régimen militar, cuando ya el Che Guevara natal era difunto y legendario. La magnitud de los asentamientos informales se agrandó con la crisis de mediados de los setenta y después con la reconversión industrial del primer gobierno menemista, que afectó varios rubros mecánicos y siderúrgicos, químicos y textiles. Todo ello dio a Rosario, sembrada de usinas y silos, la imagen de aquella Barcelona proletaria y anarquista tan en boga durante el franquismo, antes de que la urbe olímpica se convirtiera en esa suerte de ciudad modélica de ferias y eventos que ahora ostenta. Pero esa imagen industrial había sido precedida por la de Rosario como Chicago argentino, debido a su voraz crecimiento en la segunda mitad del siglo XIX, apoyado sobre la explotación de la carne y los cereales y su rol como puerto de la confederación desde 1859. No obstante su sedicente fecha de fundación en 1725, tan dudosa y oscura como la de su famosa contraparte estadounidense, esa “ciudad bastarda y trepadora”, como me la refirió un colega santafesino jugando con la rivalidad tradicional, probó ser más fértil y dinámica que la capital de la provincia de Santa Fe, aunque nunca se aproximara a la soberbia capital nacional, a la que robó empero el monopolio portuario.

A pesar de esos supuestos orígenes espurios y mercantiles, Rosario proclama abrigar, en su museo histórico, una de las mejores colecciones de arte colonial de Hispanoamérica. Pero su verdadera reivindicación patrimonial vino con el monumento a la Bandera, diseñado por Alejandro Bustillo y Ángel Guido entre 1933 y 1957, en ese estilo entre art déco y neoclásico tan en boga a la sazón, el cual se ha transformado en una de las más emblemáticas piezas nacionalistas en la provincia argentina. Desde el elevado propileo donde arde la llama votiva dedicada al soldado desconocido, se divisa la sucesión de terrazas del patio cívico, presididas por la torre con la cripta dedicada al general Belgrano, quien izó allí por vez primera, el 27 de febrero de 1812, el estandarte albiceleste inspirado en la escarapela usada por las tropas rebeldes. Aquel sábado al anochecer en que contemplé el monumento llevado por mi colega Xavier Fedele, casi cien años después del izamiento, divisando las esculturas alegóricas y la magnífica ciudad despuntando en las llanuras litorales, resultaba sobrecogedor el sagrado republicanismo del conjunto.

3. No conocía Buenos Aires el taxista rosarino que me llevó del hotel Savoy Splendor a la moderna estación de colectivos; ante mi sorpresa, afirmó que no le hacía falta, en respuesta impasible que dejaba ver el sempiterno recelo para con la cabeza de Goliat, rival portuaria desde los tempranos tiempos federales. Pero su localismo desafiaba también a Santa Fe: creía el pibe que Rosario tiene suficiente empuje y riqueza como para separarse de la provincia administrada desde aquella adormecida “capital de funcionarios y abogados”; pero fundamental por aspirarse en ella “el incienso venerable de la tradición”, recordé yo del alegato patriota que hiciera Manuel Gálvez en El diario de Gabriel Quiroga, rebelándose ante las extranjerizadas metrópolis litorales en la Argentina del Centenario. Me confirmaba el taxista en todo caso, como también me lo anticiparan los colegas durante el seminario, la competencia económica entre las dos ciudades crecidas, en la adolescencia republicana, al calor de las tierras y los negocios de Justo José de Urquiza y Estanislao López, entre otros caudillos regionales de las guerras civiles; competencia que fue ganada por la Rosario devenida puerto confederado por designio del Urquiza que fuera Director General de la República, después de derrotar a Rosas en Monte Caseros.

La rivalidad favorece a la capital provincial, sin embargo, al mirarla en términos históricos y políticos. Fundada en 1573 por Juan de Garay en su navegación a lo largo del Paraná – después de haber sido destruida la primera Buenos Aires de Mendoza, pero antes de la nueva fundación porteña por el mismo Garay en 1580 – Santa Fe añade a su mayorazgo colonial la epopeya de su mudanza durante diez años, hasta reconstruirse en 1660 en su actual emplazamiento, respetando la misma disposición del damero y los solares de la ciudad vieja. La prosapia colonial fue enaltecida por su gesta independentista y su puja federal liderada por Estanislao López; como recompensa, el cabildo de Santa Fe fue sede del congreso de 1853 convocado por Urquiza, el cual proclamó la constitución modelada según las Bases de Alberdi y el proyecto civilizador de Sarmiento; con sus enmiendas y adiciones de 1860 y 1866, aquel texto santafesino fue égida de la Argentina aluvial – como llamara José Luis Romero al país del crecimiento y la inmigración espectaculares – hasta que Perón lo sustituyera en 1949, buscando la reelección. Siendo incluso retomada al ser éste derrocado, aquella carta fundamental, como sus reformas de 1957 y 1994, han sido promulgadas desde la ciudad señera, marcada entonces por la constitución como motivo, desde la escena solemne de aquel primero de mayo recreada hoy en una sala del convento de San Francisco con próceres de cera, hasta los paseos que entretejen las efemérides de esos textos con monumentos santafesinos.

Si bien el protagonismo republicano no ha estado acompañado del económico, y de hecho Santa Fe nunca prosperó como puerto equiparable a Rosario, sus edificios cívicos – de los palacios Municipal y de Justicia hasta la facultad de Leyes de la Universidad Nacional del Litoral – dejan ver la robusta capitalidad provincial, cuya escala resulta incomparable con la venezolana. Como un pequeño Golden Gate, el Puente Colgante y la variedad comercial de la calle San Martín, cercana al hotel Castelar donde estuve alojado, confirman todos la modernidad con tradición del país pujante que era Argentina a mediados del siglo XX. Pero también el conjunto portuario, por años decaído y hoy reconvertido en distrito turístico, a la manera de Puerto Madero, con complejo de casino y centro comercial, junto a la renovada estación ferroviaria de Belgrano y el mercado Norte, son ejemplos recientes de una administración municipal y provincial que, como el país todo, supera crisis y se repotencia en oportunidades.

4. A lo largo de las casi seis horas del viaje de regreso a Buenos Aires, en el colectivo tuve tiempo, además de contemplar el cambiante paisaje litoral y la calidad de la infraestructura carretera, de deleitarme con las imágenes blanquinegras de un libro sobre la modernización santafesina, que el colega Luis Müller me obsequiara después de concluir el curso que impartí en la Universidad Nacional del Litoral. De las escuelas primarias  a los elevadores de granos, de los palacios gubernamentales a las avenidas costaneras, pude confirmar de nuevo que el formidable proyecto argentino había sido no sólo modelado en la capital, sino también en la provincia, de la que ahora apenas había visitado esa Santa Fe tan ligada a la constitución como Rosario a la bandera.

A mitad del camino, algunos pasajeros comenzaron a quejarse del calor causado por la falta de aire acondicionado; por momentos temí un motín y otro traslado de unidad, como en el viaje de ida, pero las aguas volvieron a su cauce después de que alguien, con acento muy porteño, espetara algunas quejas contra la compañía autobusera y su falta de mantenimiento de esos “cachivaches”. Fue un incidente menor que ciertamente puede ocurrir en cualquier parte, pero que después de aquel viaje y de estar hojeando ese libro sobre una modernización que ha probado ser tan cercana como elusiva en Argentina, me recordaba el drama subdesarrollado del país llamado a ser potencia desde mucho antes de algunos que hoy integran el Primer Mundo.

Arturo Almandoz Marte 

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