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Guayana: El milagro al revés (Fragmento), por Damián Prat
Un extracto del más reciente libro de Damián Prat, Guayana: el milagro al revés (Editorial Alfa, 2012).
En 1999, a pocos meses de estar en Miraflores, Chávez anuncia la privatización de Venalum y un intento de asociación estratégica con respecto a Alcasa: «el aluminio no se venderá en bloque», dijo, cambiando la estrategia de privatizar en bloque, incluyendo lo difícil (Bauxilum y sobre todo Alcasa) junto con lo verdaderamente apetecible (Venalum), que tuvo el gobierno anterior.
Aunque muchos lo hayan olvidado o les parezca increíble, así fue. En cadena de radio y TV del jueves 25 de marzo de 1999, el presidente presentó unos planes económicos basados en los poderes que le otorgaría la Ley Habilitante que sería aprobada por el antiguo Congreso Nacional y en el que sus opositores tenían mayoría. El plan contemplaba medidas para intentar bajar la inflación a niveles de entre 20% y 24%. También anunció un segundo intento de privatizar el aluminio, aquejado por la crisis mundial, en la que el precio de venta del metal superaba apenas los 1.200 dólares la tonelada.
Chávez explicó que los planes del Ejecutivo para el sector incluían la reserva de la propiedad de la producción de bauxita y alúmina, la venta de Venalum y el establecimiento de asociaciones estratégicas en Alcasa y Carbonorca. Eso significaba que se conservaría la propiedad estatal en Bauxilum, se semiprivatizarían Alcasa y Carbonorca –pues las asociaciones estratégicas implicaban el ingreso de capital privado como accionistas– y se vendería a las transnacionales interesadas la mejor de las empresas: Venalum.
¿Cómo se explica, en un líder que tronaba contra el «neoliberalismo salvaje» y contra el «capitalismo explotador», que aceptara fórmulas para la privatización del aluminio a través de un método diferente al del proceso anterior, por el hecho de que los inversionistas solo deseaban el bocado apetecible de Venalum?
Sin dudas porque el déficit en los ingresos nacionales, producto de la caída sistemática de los precios del petróleo, no permitía margen de acción. Había que ser realista. Como tuvo que serlo el gobierno anterior. ¡Y Chávez se hizo privatizador!
Claro que, en el camino, ese proceso no se cumplió. En parte, porque no era fácil un acuerdo en medio de las dificultades de la industria mundial del aluminio. Lo mismo que le había ocurrido al gobierno anterior.
Y luego ocurrió un hecho que lo trastocaría todo: la China comunista comenzó a abrirse aceleradamente al capitalismo más agresivo. Comenzó a privatizar empresas y a atraer capitales extranjeros. El gigante comenzó a consumir y producir. Salió del semifeudalismo maoísta para entrar de lleno al capitalismo con más intensidad de lo que lo hiciera, en el siglo XIX, la revolución industrial en Inglaterra. Y ello comenzó a apuntalar la economía mundial. Los precios del petróleo se elevaron. El gobierno de Chávez comenzó a nadar en abundancia. Y cambió el discurso.
Lo cierto es que dos días después de aquella transmisión, el presidente de CVG, Clemente Scotto, ratificó el anuncio de Chávez y explicó que «Alcoa, Billiton y Reynolds nuevamente están interesados en la privatización del aluminio», de acuerdo con el titular de Correo del Caroní del domingo 28 de marzo. Scotto anuncia, además, «la llegada al país del nuevo presidente de Alcoa (la poderosa transnacional estadounidense del aluminio) quien se reunirá con Chávez». Por si fuera poco, anunció también «una reunión con el Fondo Monetario Internacional». Explicó el entonces presidente de CVG que «no se venderán ni Minerven ni Ferrominera. Solo las empresas del aluminio por separado más las asociaciones estratégicas pero conservando el control de la propiedad de la bauxita y la alúmina». En cuanto a Alcasa, señaló que «buscaremos una asociación estratégica para desarrollar el laminador y la Línea V que permitirá producir aluminio a menor costo».
Los avatares de la Línea V
En el año 2001, Chávez y el nuevo presidente de la CVG, el general Francisco Rangel Gómez, hoy gobernador, anuncian que se construirá la Línea V de Alcasa. De hecho, un año más tarde colocan «la piedra fundacional», una valla y realizan actos y eventos.
Tal como les ocurrió a los gobiernos anteriores, ante los aún bajos precios del petróleo, costaba realizar esa inversión con recursos exclusivos del Estado. Por tal razón, Chávez y Rangel anuncian en 2003 un convenio con la polémica transnacional Glencore para una inversión conjunta de algo más de 680 millones de dólares, con tecnología de la transnacional francesa Pechiney, con la que Chávez ya había firmado un contrato para modernizar algunas líneas de Bauxilum-planta. En 2004, la CVG firma la carta de intención y solo restaba firmar el contrato definitivo, aunque se debatían aún algunos aspectos conflictivos, como el de los volúmenes anuales de producción que Glencore se llevaría como forma de pago a su inversión.
Hasta allí llegó todo. Nada más se hizo, ni privatizando, ni invirtiendo en asociación con empresas transnacionales ni con inversión del Estado, a pesar de los colosales ingresos debidos a los muy altos precios petroleros de los que gozó Venezuela en los años subsiguientes.
He allí la principal clave –si bien no la única– de la ruina actual de Alcasa: el gobierno le negó la inversión para modernizarla y transformarla en productiva, lo que constituyó una condena a muerte calculada como consecuencia de la aplicación de medidas supuestamente socialistas, centralistas, que buscaban liquidar la propiedad privada, por un lado, así como reducir la fuerza de las luchas y conquistas laborales.
El libro de Jorge Giordani Impresiones de lo cotidiano devela esa estrategia de «cerrar varias plantas industriales de Guayana» (2010: 182); y el Plan Guayana Socialista (que desarrollaremos en el capítulo III) dibuja claramente la imposición de un modelo ultracentralista e hiperburocrático al modo soviético bajo el concepto de la «planificación centralizada».
Cuando Chávez no esté ya en el gobierno y se logre desmontar el sistema de censura y miedo que rige a su propia gente, se podrán ir conociendo muchas interioridades de ese proceso, interioridades que ampliarán las respuestas a lo que de algún modo sabemos que ocurrió.
Usarla para ensayos
En 2005 Chávez desmantela totalmente la dirección de CVG y sus empresas básicas, incluyendo a muchos de sus propios partidarios del grupo del general Rangel Gómez. Usa para ello, en un primer momento, a un grupo de un sector político interno del entonces MVR, funcionarios de la vieja izquierda marxista, traídos de Caracas, a quienes luego desechará.
Complace a ese grupo entregando Alcasa para un ensayo de cogestión socialista ideado por el sociólogo Carlos Lanz, proyecto que, sin embargo, no permite llevar adelante en ninguna otra empresa. Pese a algunos tímidos reclamos de otros chavistas en Venalum o Bauxilum, prohíbe terminantemente ensayar cualquier forma de cogestión socialista en esas empresas. Solo en Alcasa. En caso de fracasar y precipitarse el cierre, la culpa sería de los trabajadores y no de una impopular decisión administrativa de su gobierno.
La cogestión
En el inicio del proceso de cogestión, se aparta –aunque sin maltrato, hay que decirlo– a todos los técnicos de experiencia y se realizan asambleas por departamento donde se eligen ternas de nuevos gerentes que deben dirigir en forma colectiva en cada gerencia. Comienza a abultarse la nómina y a dedicarse más esfuerzos en la formación política marxista que en la producción.
En 2006 se rompe definitivamente el convenio para invertir en la Línea V, pues el grupo sostenía que Venezuela no debía invertir más en producción de aluminio primario, sino en los productos «aguas abajo». En realidad, lo correcto era hacer ambas cosas, pero la revolución negó tanto la una como la otra. Posteriormente, crearon algunas cooperativas para producir partes de autobuses y se habló igualmente de fábricas de ollas de aluminio. Todo fue un fracaso. Lanz denuncia a la empresa Glencore ante la AN, en un documento que conviene tener a mano para contrastarlo con lo que el propio Chávez y sus ministros aprobarían con dicha compañía en 2009[1].
En el documento, Lanz niega como válido el proyecto de la Línea V, pero al mismo tiempo propone a Chávez una nueva estrategia para dar a Alcasa rentabilidad: invertir en el laminador y en varias líneas de productos terminados. Por su parte, el ministro Víctor Álvarez señala que el proyecto de convenio con Glencore y Pechiney, acordado por sus predecesores para la Línea V, resulta lesivo al interés nacional.
Aquello fue una prueba de fuego para Chávez y su gobierno. El documento le proponía una estrategia industrial diferente, pero que implicaba inversión y la intención de rescatar Alcasa como empresa autosustentable. El propio Lanz lo confirmó, ya próximo a su salida de Alcasa: el presidente había estado de acuerdo, pero el gobierno jamás lo concretó (El Universal, 20-2-2007).
Nunca aparecieron los recursos prometidos para invertir en el laminador y así duplicar o triplicar la producción de laminados. Nunca aparecieron los recursos para la proclamada estrategia industrial revolucionaria y soberana. El plan de inversiones, por unos 340 millones de dólares, se redujo a nada, al igual que el anterior plan de inversión en la Línea V. Tal ha sido el balance de la revolución: ni Línea V, ni laminador, ni desarrollo de productos semielaborados o terminados. Tampoco se invirtió un bolívar en sistemas de protección ambiental o de salud, lo que en Alcasa, por su tecnología obsoleta, siempre constituyó un serio problema.
Las pérdidas de Alcasa crecían exponencialmente a pesar de la subida del precio mundial del aluminio, porque sus costos se elevaban y la producción caía pero, sobre todo, porque se le negó sistemáticamente toda solución de crecimiento y productividad.
Destituido en 2007 el grupo Álvarez-Lanz, de izquierda marxista, Chávez designa a Rodolfo Sanz como ministro de Industrias Básicas y Minería.
Fue nombrado presidente de Alcasa un profesor de educación media, amigo de la infancia de Sanz, sin conocimientos sobre el aluminio, sin experiencia gerencial ninguna y mucho menos en lo tocante a una empresa de esa magnitud. El deterioro de Alcasa se acentuaba. Se iban perdiendo celdas de reducción por falta de mantenimiento e inversión. Alcasa producía menos mientras subían sus gastos.
Son muchos los que piensan que en ese, como en otros momentos, Chávez esperaba –cuando no estimulaba– una dura reacción de protesta laboral para justificar el cierre de la empresa, culpando a los trabajadores, al sindicato o a la oposición. De hecho, el 6 de marzo de 2009, en un discurso en Ciudad Piar, los reta y trata de provocarlos:
Me dicen que van a pararse por esto o por aquello, amenazan con detener las labores en diversas plantas de Guayana. ¡Háganlo! (…) Ya yo enfrenté el paro de PDVSA; más grave que eso no puede ser. Ya yo estoy probado en esa guerra. Yo mandé a decir que las pararan todas, ya yo veré que hago. Pero eso sí, después me tendrán que soportar, porque se están metiendo conmigo directamente (…) el que pare aquí una empresa del Estado, se está metiendo con el Jefe del Estado.
[1] Véase, a este respecto, <http://www.correodelcaroni.com/archivo/archivo php?view=wrapper&id_articulo=61217&catid=54>; <http://www.aporrea.org/internacionales/a30725.html>.
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Guayana: El Milagro al revés
Damián Prat
Editorial Alfa (2012)
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