Artes

Los tres simios místicos, por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 15 de Septiembre, 2012
0

Sobre la puerta del venerado santuario de Tōshō-gū, en las afueras de Nikkō, en Japón, el escultor Hidari Jingorō realizó en el siglo xvii la más célebre -e imitada- reproducción de los llamados “tres simios místicos”, Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, cuyos nombres significan no ver, no oír y no decir. Provenientes de una antigua leyenda de origen chino, retomada luego por la tradición confuciana, se les asocia con un modelo ideal de conducta que conmina a no ver, no oír y no decir el mal (en otras representaciones, un cuarto mono, Shizaru, explicita el precepto de no hacer el mal). Como suele ocurrir cuando un icono transita de una cultura a otra, en Occidente los tres monos hoy simbolizan a sus contrarios: quienes no quieren ver ni oír el mal, aunque esté frente a ellos, y quienes prefieren callar antes que reconocer sus errores.

El México de las últimas semanas parece el reinado de estos tres simios indiferentes y obcecados, incapaces no sólo de ver u oír el mal que ellos mismos han perpetrado, o de referirse al que contamina hasta los últimos rincones de nuestra sociedad, sino de aceptar otra concepción del mundo que la propia, como si en vez de ser políticos humanos fuesen los infalibles dueños de la Verdad. Cada uno de ellos, así como las hordas que los glosan y veneran, defiende una posición única y excluyente, ciega, sorda y muda frente a las ideas de los otros, provocando que quienes no somos sus fervientes o interesados servidores -la mayor parte de los ciudadanos- estemos obligados a observar como guerrean mientras el país se desangra sin remedio.

Peña Nieto no ve el mal por ninguna parte. Para él, como para sus comparsas en la prensa o el Tribunal Federal Electoral, México es una democracia perfecta e impecable, donde no sólo no hay lugar para manipulaciones y fraudes, sino donde ni siquiera es válido albergar la menor duda sobre la eficacia o la transparencia de nuestras instituciones. Escudados en una legalidad defectuosa -y en las torpezas jurídicas y retóricas de sus enemigos-, Peña y sus adláteres se muestran como amos absolutos del país. Quienes los cuestionan no merecen sentarse a su mesa: son perversos o totalitarios, falsos demócratas y malos perdedores. Que numerosos ciudadanos cuestionen sus métodos, señalen sus vicios o exhiban sus turbiedades les tiene sin cuidado. La legitimidad les pertenece y lo demostrarán como les plazca. Para ellos, no vale la pena reconocer la diversidad o llamar a la reconciliación: los integrantes de YoSoy132 y las huestes de AMLO son radicales desquiciados y lo mejor es fingir que no existen. No mirarlos.

López Obrador, lo sabemos, nunca escucha. Siente que él encarna la voluntad de todos los oprimidos, de todos los vejados por el sistema. Aunque su diagnóstico sea certero -al país lo manejan y exprimen unos cuantos-, su solución sólo pasa por él mismo. Odia que lo llamen redentor, pero pontifica como uno, convencido de que sólo él posee la entereza moral para denunciar a los malhechores y los corruptos. Señala, insulta y descalifica como si, por una revelación o un milagro, sólo él tuviese acceso al auténtico ánimo del pueblo. Con sus argumentos, ninguna democracia en el mundo sería legítima, pues en todas los ciudadanos son manipulados por los medios y los poderosos. Obcecado, se presenta como un padre que no confía en las -malas o pésimas- elecciones de sus hijos. Afirma que las votaciones no fueron libres, pero al hacerlo desprecia la inalienable libertad de los electores a equivocarse. Y lo peor: la única voz que escucha es la que resuena en su interior.

Calderón, por su parte, calla. En el mensaje con motivo de su último informe de Gobierno -diseñado, como en la época priista, para su lucimiento sin freno y el apapacho de sus incondicionales-, no importó nada lo que dijo, el inagotable torrente de alabanzas que se dirigió a sí mismo y a sus colaboradores, sino lo que no dijo, lo que no se atrevió a decir. Su silencio frente a los muertos generados por su desastrosa guerra contra el narcotráfico fue lo más significativo. Lo mismo eludir que México fue el único gran país latinoamericano donde aumentó la pobreza. El que después de machacarnos sin fin con su estrategia contra el narco le haya dedicado tanto tiempo al seguro popular, acaso el único mérito de su gestión, es prueba de que su silencio fue intencional. Tras dejar a México en la mayor debacle social de su historia reciente, y de que su partido perdiera estrepitosamente las elecciones, Calderón niega cualquier yerro y cierra la boca.

Una cosa es segura: mientras Peña y los suyos sigan sin ver a sus opositores, mientras López Obrador y los suyos sigan sin escuchar a quienes no piensan como él, y mientras Calderón y los suyos sigan resistiéndose a hablar de sus fatídicos errores, México no sólo permanecerá quebrado y dividido, sino condenado a los tropiezos que provoca la ceguera, el aislamiento que sufren los sordos y el miedo que resulta del silencio.

Jorge Volpi 

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.