Artes

Aguirre, por Héctor Abad Faciolince

Por Héctor Abad Faciolince | 13 de Septiembre, 2012

Aguirre —siempre le dije Aguirre, nunca Alberto— era mi amigo más viejo y también el más viejo de mis amigos. Nuestra amistad era tan vieja que se remonta a los tiempos de mi abuelo Faciolince y de su padre, Pedro Claver Aguirre (el Negro Aguirre, gobernador de Antioquia en la presidencia de López Pumarejo) a quienes no conocí.

Como eran tan amigos, mi abuelo y su padre, y como en esa época todavía no había celular y ya no había señales de humo, se mandaban mensajes cifrados desde lejos, tirando voladores de un extremo a otro de Medellín: el Negro Aguirre los tiraba desde su finca, Casabela, por Robledo, en las montañas occidentales de la ciudad, y al otro lado del valle, desde La Polka, en las montañas orientales de Loreto, le contestaba el Mono Faciolince, con su propio alfabeto de voladores. Las familias eran tan amigas que mi mamá recuerda a Aguirre y tiene fotos con él en pantalones cortos, jugando juntos, hace más de 80 años, cuando las dos familias se reunían.

Después Aguirre fue amigo de mi padre. Lucharon juntos por la justicia con la única arma que tocaron en su vida: la de sus plumas. La misma pluma que los llevó, en agosto de 1987, a Abad Gómez a la muerte, y a Aguirre al exilio. Tengo en mis manos Cuadro, el libro de columnas de Aguirre publicado en 1984, dedicado a mi padre: “Para HAG, de quien aprendí (y aprendo) rebeldías y amores populares”. También tengo en mis manos las Obras Completas de León de Greiff (1960), dedicada a mí, con unas frases que omito por pudor.

Esa vieja amistad de los abuelos y los padres la heredé yo, y haber tenido este amigo fue quizá mi mayor tesoro durante tres decenios. Empezamos a hablar cuando yo tenía 21 años y él 53, y esa larga conversación duró hasta el domingo pasado, cuando se me murió. Nosotros no rezábamos, sino que recitábamos. Por eso, ante su cuerpo en coma, vencido, solos los dos en un cuarto de hospital, hice por última vez lo que tantas veces hicimos: le recité. Él me enseñó que saberse poemas de memoria —esa plegaria laica— es la mejor compañía para los momentos de mayor abatimiento. El último que le recité era de César Vallejo, unos versos que él mismo decía con emoción: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre y le dijo: ‘¡No mueras, te amo tanto!’ Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo”.

Nuestra amistad, en dos personas devotas de los libros (Aguirre fue librero y editor), se nutría sobre todo de lecturas compartidas: gracias a él yo amé y amo a Antonio Machado, a Canetti, a Thomas Bernhard, a la Celestina, al Quijote, a Quevedo, a Balzac, y un etcétera tan largo que no cabría aquí. Pero además de este goce compartido, Aguirre fue la oreja comprensiva y sabia de mis angustias, mis miedos, mis iras. El que tenga un oído donde pueda vaciar sin el menor titubeo todo su corazón (con sus partes negras y con sus partes tiernas, con sus partes podridas y con las más vitales), con una confianza tan plena como cuando uno habla en silencio consigo mismo, sabrá lo que es perder un amigo así. Es otra orfandad. No voy a decir la banalidad de que él era como un padre para mí, pues él mismo, una vez, cuando le preguntaron si yo era como un hijo suyo, contestó: “¡No, él es mi papá!” Y soltó una carcajada.

Me quedan sus palabras, su recuerdo, sus gestos, su dignidad. Me queda, mientras yo siga vivo, su presencia. Y no digo más, para que estas lágrimas amargas dejen de salir. Aguirre odiaba todo patetismo y si leyera esto me estaría insultando por sentimental. ¿Qué puedo hacer? Los padres con los hijos somos así. Aguirre odiaba todo homenaje, todo premio (jamás recibió ninguno), todo monumento. Cuando su yerno le preguntó dónde quería que arrojaran sus cenizas, contestó: “Hacéme un favor: ¡tirálas por el sanitario!”.

¿Qué más decir? Que si no fuera por Aguirre, yo no sería escritor. Y que por medio siglo lo sostuvo una mujer frágil, pequeña, que parece débil y fue siempre la columna que lo mantuvo en pie: Aura. El aura de Aguirre.

Héctor Abad Faciolince 

Comentarios (2)

Carlos Herrera
13 de Septiembre, 2012

Héctor, Al terminar de leer este homenaje póstumo a su amigo Aguirre, tenía el corazón acongojado. Sin embargo, y al mismo tiempo, también tenía una extraña alegría al comprobar que aún existen esas amistades que son para toda la vida. Cosa que, creo yo, es difícil que se dé en estos tiempos tan llenos de frivolidad. Recordé una canción que interpreta Alberto Cortez y busqué un video de la misma (http://www.youtube.com/watch?v=hjfH2oNsa34&feature=related). Espero que lo disfrute y que sea también un homenaje para Aguirre… Le envío un fraternal saludo…

Jose Luis quintero
27 de Septiembre, 2012

hermoso homenaje a la amistad.Gracias por compartirlo.

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